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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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ATEÍSMO (1) (2)

II

De los ateos modernos

Ateísmo - Diccionario Filosófico de VoltaireSomos seres inteligentes; luego seres inteligentes no pudieron ser creados por un ser grosero, insensible, ciego; luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Cuando contemplamos una máquina complicada, comprendemos en seguida que es un producto de un buen constructor. El mundo es una máquina admirable; luego la ha construido una gran inteligencia. Este argumento es antiguo, pero no por eso es malo.

Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y de poleas que obran obedeciendo a leyes de la mecánica; de juegos que hacen circular perpetuamente las leyes de la hidrostática, y nos sorprendemos de que todos esos seres estén dotados de sentimiento, que no tiene nada que ver con su organización.

El movimiento de los astros y el de la tierra alrededor del sol se opera en virtud de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón, que no conocía ninguna de esas leyes, que dijo que la tierra estaba cimentada sobre un triángulo equilátero y el agua sobre un triángulo rectángulo; cómo el extraño Platón, que dijo que sólo podían existir cinco mundos, porque sólo existían cinco cuerpos regulares, y que ignoraba la trigonometría esférica, pudo tener tanto genio e instinto perspicaz, que llamó a Dios el Eterno Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el mismo Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible combatir esa verdad que nos rodea y que nos estrella por todas partes.

Esto no obstante, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la existencia de la inteligencia creadora, y sostienen que únicamente el movimiento creó por sí mismo todo lo que vemos y todo lo que somos. Sostienen con audacia que la combinación del universo era posible, puesto que existe; luego también es posible que sea obra del movimiento. Dicen también: «Elijamos cuatro astros, Marte, Mercurio, Venus y la Tierra: pensemos desde luego en el sitio que ocupan, haciendo abstracción de todo lo demás, y veremos que tenemos muchas probabilidades para creer que sólo el movimiento los ha colocado en sus sitios respectivos. Tenemos de nuestra parte veinticuatro probabilidades en esta combinación; queremos decir que podemos apostar veinticuatro contra uno a que esos astros no se encontrarían donde se encuentran por la relación de unos a otros. Añadamos a esos cuatro astros el de Júpiter, y tendremos ciento veinte probabilidades contra una para apostar que Júpiter, Marte, Venus, Mercurio y nuestro globo no ocuparían el sitio que hoy ocupan. Añadamos por fin a Saturno, y tendremos setecientas veinte probabilidades contra una para colocar esos seis grandes planetas en los sitios que ocupan y a la distancia que están. Está, pues, demostrado que, en setecientas veinte veces, el movimiento pudo colocar los seis planetas principales en los sitios que ocupan.

»Si consideráis en seguida los demás astros secundarios, sus combinaciones, sus movimientos, los seres que vegetan, que viven, que sienten, que piensan y que obran en todos los globos, aumentaréis el número de las probabilidades: multiplicad ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos infinito, y en esa multiplicación obtendremos siempre una unidad en favor de la formación del mundo tal como está formado, exclusivamente por el movimiento; luego es posible que en toda la eternidad el movimiento de la materia haya creado el universo tal como existe; de modo que no sólo es posible que el mundo sea como es, sólo por el movimiento, sino que es imposible que deje de ser como decimos, después de las infinitas combinaciones.»

La suposición que acabo de describir detalladamente la encuentro prodigiosamente quimérica, por dos razones: la primera, porque en ese universo imaginado no existen seres inteligentes, y no me podréis probar que el movimiento produzca la inteligencia; la segunda razón consiste en que, según vuestra propia confesión, puede apostarse el infinito contra uno a que una causa inteligente y creadora anima el universo. Cuando el hombre se encuentra solo frente a frente del infinito, comprende su insignificancia.

El mismo Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no lo habéis leído, y debéis leerle. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él, y con necio orgullo sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se atrevió a descender? Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una causa ciega consiga que el cuadrado de una revolución de un planeta equivalga siempre al cuadrado de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás al centro común. ¡Oh, los astros son grandes geómetras, y el Eterno Geómetra reglamentó la carrera de los astros!

¿Mas dónde está el Eterno Geómetra? ¿Está en un sitio o en todos los sitios, sin ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia sustancia? No lo sé. ¿Es inmenso sin cualidad y sin cantidad? No lo sé. Lo único que sé es que debemos adorarle y ser justos.

 

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  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco