ATEÍSMO (1)
(2)
II
De los ateos modernos
Somos seres inteligentes; luego seres inteligentes no pudieron ser creados
por un ser grosero, insensible, ciego; luego la inteligencia de Newton provino
de otra inteligencia. Cuando contemplamos una máquina complicada, comprendemos
en seguida que es un producto de un buen constructor. El mundo es una máquina
admirable; luego la ha construido una gran inteligencia. Este argumento es antiguo,
pero no por eso es malo.
Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y de poleas que obran obedeciendo
a leyes de la mecánica; de juegos que hacen circular perpetuamente las leyes de
la hidrostática, y nos sorprendemos de que todos esos seres estén dotados de sentimiento,
que no tiene nada que ver con su organización.
El movimiento de los astros y el de la tierra alrededor del sol se opera en virtud
de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón, que no conocía
ninguna de esas leyes, que dijo que la tierra estaba cimentada sobre un triángulo
equilátero y el agua sobre un triángulo rectángulo; cómo el extraño Platón, que dijo que sólo podían existir cinco mundos,
porque sólo existían cinco cuerpos regulares, y que ignoraba la trigonometría
esférica, pudo tener tanto genio e instinto perspicaz, que llamó a Dios el Eterno
Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el mismo
Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible combatir esa verdad que nos rodea y
que nos estrella por todas partes.
Esto no obstante, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la existencia
de la inteligencia creadora, y sostienen que únicamente el movimiento creó por sí
mismo todo lo que vemos y todo lo que somos. Sostienen con audacia que la combinación
del universo era posible, puesto
que existe; luego también es posible que sea obra del movimiento. Dicen también:
«Elijamos cuatro astros, Marte, Mercurio, Venus y la Tierra: pensemos desde luego en
el sitio que ocupan, haciendo abstracción de todo lo demás, y veremos que tenemos
muchas probabilidades para creer que sólo el movimiento los ha colocado en sus sitios
respectivos. Tenemos de nuestra parte veinticuatro probabilidades en esta combinación;
queremos decir que podemos apostar veinticuatro contra uno a que esos astros no se
encontrarían donde se encuentran por la relación de unos a otros. Añadamos a
esos cuatro astros el de Júpiter, y tendremos ciento veinte
probabilidades contra una para apostar que Júpiter, Marte, Venus,
Mercurio y nuestro globo no ocuparían el sitio que hoy ocupan. Añadamos
por fin a Saturno, y tendremos setecientas veinte probabilidades
contra una para colocar esos seis grandes planetas en los sitios que ocupan y a la
distancia que están. Está, pues, demostrado que, en setecientas veinte veces, el
movimiento pudo colocar los seis planetas principales en los sitios que ocupan.
»Si consideráis en seguida los demás astros secundarios, sus combinaciones, sus
movimientos, los seres que vegetan, que viven, que sienten, que piensan y que
obran en todos los globos, aumentaréis el número de las probabilidades: multiplicad
ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos infinito, y en
esa multiplicación obtendremos siempre una unidad en favor de la formación del
mundo tal como está formado, exclusivamente por el movimiento; luego es posible que
en toda la eternidad el movimiento de la materia haya creado el universo tal como
existe; de modo que no sólo es posible que el mundo sea como es, sólo por el movimiento,
sino que es imposible que deje de ser como decimos, después de las infinitas combinaciones.»
La suposición que acabo de describir detalladamente la
encuentro prodigiosamente quimérica, por dos razones: la
primera, porque en ese universo imaginado no existen seres inteligentes,
y no me podréis probar que el movimiento produzca la inteligencia; la segunda
razón consiste en que, según vuestra propia confesión, puede apostarse el
infinito contra uno a que una causa inteligente y creadora anima el
universo. Cuando el hombre se encuentra solo frente a frente del infinito,
comprende su insignificancia.
El mismo Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no lo habéis
leído, y debéis leerle. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él, y con necio
orgullo sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se atrevió a descender?
Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una causa ciega
consiga que el cuadrado de una revolución de un planeta equivalga siempre al cuadrado
de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su
distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás al centro común.
¡Oh, los astros son grandes geómetras, y el Eterno Geómetra reglamentó la carrera
de los astros!
¿Mas dónde está el Eterno Geómetra? ¿Está en un sitio
o en todos los sitios, sin
ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia sustancia? No lo sé.
¿Es inmenso sin cualidad y sin cantidad? No lo sé. Lo único que sé es que debemos
adorarle y ser justos.
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