ATEÍSMO (1)
(2)
I
De la comparación que se hace con frecuencia entre el ateísmo y la idolatría
Nunca se refutará bastante la opinión que sostiene el jesuita
Richeome sobre los ateos y los idólatras; opinión sostenida antiguamente por
Santo Tomás, San Gregorio Nacianceno,
San Cipriano y Tertuliano, y que Arnobe expuso con energía, diciendo
a los paganos: «¿No os avergonzáis de censurar que despreciemos a vuestros dioses,
cuando es mucho más justo no creer en ningún dios que imputarles
acciones infames?» Esta opinión la manifestó muchos años antes Plutarco,
diciendo que «él prefería que le dijeran que no había existido Plutarco,
a que le creyeran inconstante, colérico y vengativo», y esta opinión la
fortificó la dialéctica contundente de Bayle.
El fondo de esta controversia, suscitada por el jesuita Richeome y
sostenida por Bayle, es el siguiente:
«Había dos porteros en la puerta de una casa, y les preguntaron:
«¿Se puede hablar a vuestro señor?» «No está», responde uno de ellos.
«Sí que está -contesta el otro portero-, pero está muy ocupado, fabricando
moneda falsa, falsos contratos, puñales y venenos para perder a los que han
cumplido sus designios.» El ateo se parece al primero de esos dos porteros,
el pagano al segundo; es, pues, evidente que el pagano ofende mucho más a la
Divinidad que el
ateo.»
Con el permiso del padre Richeome y de Bayle, les diremos que
ése no es
precisamente el estado de la cuestión. Para que el primer portero se parezca
a los ateos, no es menester que diga: «Mi señor no está aquí»; debiendo decir:
«Yo no tengo señor; el que suponéis que es mi señor no existe; y mi compañero
es un tonto, que os dice que el señor se ocupa en confeccionar venenos y aguzar puñales
para asesinar a los que cumplen su voluntad. Semejante ser
no existe en el mundo.»
Richeome argumenta en falso, y Bayle se olvida en sus
difusos discursos del honor que quiere hacer a Richeome comentándole inoportunamente. Plutarco se expresa mejor
al preferir a las gentes que digan que no ha existido a las que digan que Plutarco
es un hombre insociable. Nada efectivamente le importa que nieguen su existencia,
pero sí que le importa mucho que ajen su reputación. No está en el mismo caso el Ser Supremo.
Plutarco apenas se ocupa del verdadero objeto que se debe tratar. No se trata de
averiguar quién ofende más al Ser Supremo, si el que lo niega o el que lo desfigura.
No es imposible saber, excepto por la revelación, si Dios se ofende de las charlatanerías
que sobre Él propalan los hombres. Los filósofos, sin sospecharlo siquiera, caen muchas
veces en las ideas vulgares al suponer que Dios está celoso de su
gloria; que es colérico y vengativo, tomando estas figuras retóricas por ideas
reales. Lo único que verdaderamente interesa al universo entero es saber si vale más,
para el bienestar de los hombres, creer que existe un Dios justiciero, que recompensa
las buenas acciones ocultas y castiga los crímenes secretos, o creer que no
existe.
Bayle amontona en sus escritos todas las infamias que la fábula imputa
a los dioses de la antigüedad; sus adversarios le contestan, citándole lugares comunes que nada
significan, y los partidarios de Bayle y sus enemigos pelean casi siempre sin encontrarse.
Convienen unos y otros en que Júpiter es adúltero, Venus impúdica, Mercurio pillo; pero me
parece que no es de esto de lo que se debía tratar y que debían distinguir las
Metamorfosis
de Ovidio de la religión antigua de los romanos. Se sabe cierto que ni Roma ni Grecia
dedicaron nunca altares a Mercurio el pillo, a Venus la impúdica ni a Júpiter el adúltero.
Al dios que los romanos llamaban Deus, optimus, maximus,
nunca le atribuyeron que incitase a Clodio a acostarse con la mujer de César, ni
a César a ser el Gitón (1) del rey Nicomedes. Cicerón no dice que
Mercurio indujera a Verres a volar a Sicilia, aunque en la
fábula Mercurio roba las vacas a Apolo. En la verdadera religión pagana, Júpiter era «bueno
y justo», y los dioses secundarios castigaban a los perjuros en los infiernos. Por esto
los romanos, durante muchos años, cumplían religiosamente sus juramentos, y su
religión les fue muy útil. No estaban obligados a creer ni en los dos huevos de seda, ni en la
metamorfosis de la hija de Inaco en vaca, ni en el amor de Apolo a Jacinto. No se debe,
pues, decir que la religión de Numa deshonraba la Divinidad.
Tras esta cuestión promovieron otra: la cuestión de si podría subsistir un pueblo de
ateos, cuestión en la que debemos distinguir entre el pueblo propiamente así llamado y
una sociedad compuesta de filósofos. Es indudable que en todos los países necesita el
pueblo tener un gran freno, y el mismo Bayle, si hubiera tenido que gobernar a quinientos
o seiscientos individuos, les hubiera inculcado la existencia de un Dios justiciero.
Pero Bayle no hubiera hablado del mismo modo a los epicúreos, que eran ricos, amantes de
la paz, que practicaban las virtudes sociales, sobre todo la amistad, que huían de los
asuntos públicos y pasaban una vida inocente y cómoda. Creo que de este modo queda terminada la cuestión en la parte que hace referencia
a la sociedad y a la política.
Respecto a los pueblos que son enteramente salvajes, ya
dijimos en la «Introducción al ensayo sobre las costumbres
y el espíritu de las naciones» que no se les puede contar ni
entre los ateos ni entre los teístas. Preguntarles cuál es su creencia
sería lo mismo que preguntarles si seguían la doctrina de Aristóteles o la de Demócrito: ni saben ni conocen nada; ni son
ateos ni peripatéticos. Pero se nos puede objetar, diciendo que viven en
sociedad y que no creen en Dios; luego se puede vivir en sociedad sin religión.
A esa objeción contestaré que los lobos también viven como ellos y que no
constituye una sociedad la reunión de bárbaros antropófagos. Además os preguntaré:
cuando prestáis alguna cantidad a algún miembro de la sociedad a que pertenecéis,
¿quisierais que vuestro deudor, vuestro procurador, vuestro notario y vuestro
juez no creyeran en Dios?
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(1) Gitón, joven afeminado, en el que personificó Petronio
los vicios contra Natura de la juventud romana.
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