ANTIGÜEDAD (1)
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V
Del origen de las artes
Pretendemos conocer a fondo la teología de Thaut, de Zerdust, de Sanchoniathon y de los primeros brahmanes, y no sabemos quién inventó la lanzadera. El primer tejedor, el primer albañil y el primer forjador, indudablemente fueron grandes genios, pero nadie se acuerda de ellos. ¿Por qué? Porque ninguno de ellos inventó un arte perfeccionado. El que derribó una encina para que le sirviera de puerta
o de puente para atravesar un río, no construyó galeras; los que arrancaron en la montaña grandes piedras con traviesas de madera, no idearon la edificación de las pirámides. En todo se adelanta gradualmente y la gloria no corresponde
a nadie.
Todo se hizo a tientas, hasta que los filósofos, con la ayuda de la geometría, enseñaron
a los hombres a proceder con exactitud y seguridad.
Fue preciso que Pitágoras, al regresar de sus viajes, enseñara a los obreros el modo de hacer una escuadra perfectamente exacta. Tomó tres reglas, una de tres pies, otra de cuatro, otra de cinco, y con ellas formó un triángulo rectángulo. Además, el lado quinto alcanzaba un cuadrado precisamente doble que los cuadrados de los
lados tercero y cuarto, método importante para la simetría de las obras. Ese famoso teorema lo trajo de la India, y como
ya dijimos en otra parte,
fue conocido mucho tiempo antes en la China, según refiere el emperador Kang-hi.
Arquitas y Eratóstenes inventaron un método para doblar el cubo, lo que era impracticable según la geometría ordinaria.
Arquímedes encontró el modo de calcular con exactitud la liga que tenía mezclada el oro, y trabajaban ese dichoso metal muchísimo tiempo antes de que pudiera descubrirse el fraude que cometían los obreros. La bribonería se conoció también muchísimo tiempo antes que las matemáticas. Las pirámides se construyeron
a escuadra, correspondiendo con exactitud a los cuatro puntos cardinales, y eso prueba que en Egipto, desde tiempo inmemorial, se conoció la geometría.
Sin el conocimiento de la filosofía, no seríamos superiores
a los animales que cavan y elevan sus habitaciones, que preparan en ellas sus alimentos y cuidan y nutren
a sus pequeñuelos, y resultan superiores a nosotros al nacer vestidos.
Vitrubio, que viajó por la Galia y por España, refiere que todavía en su época se edificaban las casas con argamasa compuesta de barro y paja, y tapaban los techos con rastrojos
o bálago, desconociendo aún el uso de las tejas. Y Vitrubio vivió en la época de Augusto. Las artes apenas eran conocidas entre los españoles, que poseían minas de oro y de plata, y entre los galos, que habían peleado diez años contra César. El mismo Vitrubio nos dice que en la opulenta
e ingeniosa Marsella, que comerciaba con muchas naciones, los techos eran de arcilla petrificada y de paja. Nos dicen también que los frigios profundizaban bajo tierra las habitaciones: fijaban estacas alrededor del foso y las juntaban en forma de punta; después rellenaban de tierra todo el sitio que aquéllas ocupaban. Los hurones y los olbouquines tenían mejores habitaciones. El estado en que se encontraba la arquitectura en tiempos de Vitrubio puede darnos la idea de lo que sería mucho antes la ciudad de Troya, que edificaron los dioses, y el magnífico palacio de Príamo.
Los modernos poseemos nuestras artes y la antigüedad poseyó las suyas. En la actualidad no sabríamos construir una trirreme, pero construimos buques dotados de cien cañones. No sabemos elevar obeliscos de cien pies de altura construidos de una sola pieza, pero poseemos meridianos exactos. Desconocemos el viso, pero las sedas de Lyón valen más que el viso. El Capitolio es notable, pero la iglesia de San Pedro es mucho mayor y más admirable. El Louvre es una obra magistral comparada con el palacio de Persépolis, cuya situación y cuyas ruinas nos dan
a entender que
fue el vasto monumento de la barbarie rica. La música de Rameau equivaldrá probablemente
a la de Timoteo, y cualquier cuadro que se presente hoy en París en el Salón de Apolo es superior
a las pinturas que hemos desenterrado en Herculano.
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