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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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Antigüedad (primera parte) - Diccionario Filosófico de VoltaireHabréis visto algunas veces en una aldea a un rústico y a su mujer empeñarse en ir en la procesión precediendo a sus vecinos, alegando para esto tener perfecto derecho, y diciéndoles: «Nuestros abuelos repicaban ya las campanas antes que los que nos codean hoy día llegasen a ser propietarios de un mal establo.» La vanidad del rústico, de su mujer y de los vecinos, no alcanza más, pero cuestionan, como si se tratase de un punto de honor, sobre el que no tienen más pruebas. Un sabio que cantaba en el facistol, descubre un día una antiquísima caldera oxidada, que tiene por marca una A, la primera letra del apellido del calderero que la construyó, y el rústico se convenció de que esa caldera era un casco de sus antepasados. De este modo César descendía de un héroe y de la diosa Venus. Ésta es la primitiva historia de todas las naciones, y poco más o menos ése es el conocimiento que tenemos de la más remota antigüedad.

Los sabios de Armenia «demuestran» que en su país existió el Paraíso terrenal. Los suecos «demuestran» que existió hacia el lago Vener; los españoles «demuestran» que estuvo en Castilla, y los japoneses, los chinos, los tártaros, los indios, los africanos y los americanos, son tan desgraciados, que no supieron nunca que existió en otros tiempos un paraíso terrestre en los manantiales del Fisón, del Gehón, del Tigris y del Eufrates, o en los manantiales del Guadalquivir, del Guadiana, del Duero o del Ebro; porque de Fisón se forma con facilidad la palabra Fætis y de Fætis se forma la palabra Bætis, que significa Guadalquivir. El Gehón es indudablemente el Guadiana, que empieza por una G. El Ebro está en Cataluña, y es indudablemente el Eufrates, porque la E es su letra inicial.

Entablada esta cuestión, se presenta un escocés a demostrar que el jardín del Edén estuvo situado en Edimburgo, porque aún conserva su primitivo nombre. Es de creer que esta opinión haga fortuna dentro de algunos siglos.

«En tiempos antiguos se incendió todo el globo —dice un hombre versado en la historia antigua y moderna—, porque he leído en un diario que se ha encontrado en Alemania madera carbonizada a cien pies de profundidad y entre montañas, y hasta se sospecha que en aquella parte debió haber carboneros.» La aventura de Faetón prueba que hirvió toda la tierra hasta el fondo del mar. El azufre que encierra el monte Vesubio prueba indudablemente que las riberas del Rhin, del Danubio, del Ganges, del Nilo y del gran río Amarillo, son de azufre y de nitro y están esperando el momento de la explosión para reducir el mundo a cenizas, como ya lo estuvo otra vez. La arena sobre la que caminamos es una prueba evidente de que el universo se ha vitrificado y que el globo es realmente una bola de vidrio, lo mismo que nuestras ideas.

Pero si el fuego cambió el globo, el agua produjo mayores revoluciones: el mar, cuyas mareas ascienden hasta veinte pies de altura en los climas meridionales, produjo las montañas que se elevan desde su nivel a diez y seis o a diez y siete mil pies. Esto es tan cierto, que algunos sabios que no han estado nunca en Suiza encontraron un inmenso buque, con todos sus aparejos, petrificado en el monte de San Gotardo, o en el fondo de un precipicio, o no saben bien dónde, pero lo cierto es que estaba allí. Luego originariamente los hombres han sido peces.

Para descender de la primitiva antigüedad a otra menos remota, hemos de ocuparnos de los tiempos en que la mayor parte de las naciones bárbaras salieron de sus países para ir a buscar otros que valían menos. Es verdad (si algo sabemos verdadero de la historia antigua) que existieron bandidos galos que fueron a saquear a Roma en la época de Camilo, y que otros bandidos galos pasaron por la Iliria para ir a alquilar sus servicios de asesinos a otros asesinos en Toracia, donde cambiaron su sangre por pan, estableciéndose luego en Galatia. ¿Mas quiénes eran esos galos? Sin duda fueron los que los romanos bautizaron con el nombre de cisalpinos, y que nosotros llamamos trasalpinos, montañeses hambrientos que moraban cerca de los Alpes y del Apenino. Los galos del Sena y del Marne no sabían entonces que Roma existía, y no podían aventurarse a pasar el monte Cenis, como lo hizo después Aníbal, para robar el guardarropa de los senadores romanos, que entonces tenían únicamente por trajes y adornos una vestidura de pésimo paño gris, orlada con una banda de color de sangre de toro; dos pequeños pomos de marfil, o mejor dicho, de huesos de perro, colocados en los brazos de una silla de madera, y en sus cocinas, por toda vianda, un pedazo de tocino rancio.

Los galos, que se morían de hambre, no encontrando qué comer en Roma, se fueron más lejos a buscar fortuna, como luego hicieron los mismos romanos destruyendo y conquistando muchísimos países, y como más tarde hicieron los pueblos del Norte, cuando aniquilaron al Imperio romano.

Si nos hemos enterado de esas terribles emigraciones fue por algunos párrafos que por casualidad escribieron los mismos romanos. Porque los celtas y los galos, lo mismo que los bardos (1), en aquella época no sabían leer ni escribir.

Inferir de lo que llevamos dicho que los galos o los celtas, que fueron conquistados por algunas legiones de César y en seguida por una horda de godos, luego por otra horda de borgoñones, y por fin por otra horda de sicambros, habían anteriormente subyugado al mundo entero y dictado sus leyes en el Asia, me parece una exageración y una inverosimilitud. No es un hecho matemáticamente imposible; por lo tanto, cuando me lo demuestren lo creeré.

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(1) Bardos; bardi; recitantes camina bardi; eran los poetas y los filósofos de los welches.

 

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