ÁNGEL (1)
(2)
(3)
II
La teoría de los ángeles es de las más antiguas que se conocieron en el mundo, y precedió
a la de la inmortalidad del alma. Esto es lógico. Se necesita tener filosofía para creer que es inmortal el alma del hombre, pero sólo se necesita imaginación y temor para inventar seres superiores
a nosotros que nos protegen o nos persiguen. A pesar de esto, los antiguos egipcios no conocieron esos seres celestes, de cuerpo etéreo, ejecutores de las órdenes de Dios. Los antiguos babilónicos fueron los primeros en admitir tal teología. Los libros hebreos emplean
a los ángeles desde el primer libro del Génesis; pero el Génesis no se escribió hasta que
los caldeos constituyeron una nación poderosa. Hasta la época de su cautividad en Babilonia, que sucedió mil años
después de Moisés, los judíos no supieron los nombres de Gabriel, Rafael, Miguel y Uriel, que aquéllos pusieron
a los ángeles. Es singular, fundándose las religiones judaica y cristiana en la caída de Adán, y fundándose esta caída en la tentación del ángel malo,
o sea del diablo, que el Pentateuco no diga una palabra respecto
a la existencia de los ángeles rebeldes, ni de su castigo y su caída en el infierno.
El motivo de esta omisión es evidente. Consiste en que los ángeles malos fueron desconocidos de los judíos hasta que estuvieron cautivos en Babilonia. Entonces empezaron
a ocuparse de Asmodeo y de Rafael. Entonces por primera vez oyeron hablar de Satanás. La palabra «Satanás» es caldea, y el libro de Job, habitante de Caldea, es el primer libro que la menciona.
Los antiguos persas decían que Satán era un genio que hacía guerra
a los Divos y a los Peris, esto es, a las hadas. Siguiendo, pues, las reglas ordinarias de la probabilidad, debe permitirse
a los que sólo se valen de la razón creer que de esta teología tomaron los judíos y los cristianos la idea de que los ángeles malos fueron expulsados del cielo, y de que el principal de ellos tentó
a Eva, apareciendo bajo la forma de serpiente.
Supónese también que Isaías tuvo presente esta alegoría cuando exclamó: «¿Cómo caíste del cielo, astro de la luz que te levantabas al nacer el día?» Ese mismo versículo latino, traducido de Isaías, es el que proporcionó al diablo el nombre de Lucifer. No pensaron que Lucifer significaba «el que derrama la luz», y mucho menos en meditar las palabras de Isaías, que las pronunció ocupándose de un rey de Babilonia destronado, y usando una figura retórica, exclamó: «¿Cómo caíste de los cielos, astro brillante?»
Es improbable que tratara Isaías por medio de tal rasgo poético de restablecer la doctrina de los ángeles rebeldes precipitados en el infierno. Por eso creemos que hasta los tiempos de la primitiva Iglesia cristiana no se intentó semejante cosa, y que entonces fue cuando los Santos Padres y los rabinos se esforzaron en propagar dicha doctrina, para salvar lo que había de increíble en la historia de la serpiente que sedujo
a la madre de los hombres, y que, condenada por esa mala acción a arrastrarse,
fue después la enemiga del hombre, que trata siempre de aplastarla, mientras ella trata de morderle. De algunas substancias celestes precipitadas en el abismo, y que sólo salen de él para perseguir al género humano, han imaginado que son invenciones más sublimes.
No puede probarse de ningún modo que esas potencias celestes
e infernales existen; pero tampoco se puede probar que no existen. No se incurre en contradicción reconociendo que hay substancias bienhechoras y substancias malignas, que no son ni de la naturaleza de Dios ni de la naturaleza del hombre; pero no basta que una cosa sea posible para creerla.
Los ángeles que imperaban entre los babilónicos y entre los judíos eran precisamente lo mismo que los dioses de
Homero: seres celestes subordinados a un Ser Supremo. Probablemente la imaginación que produjo aquéllos produjo igualmente éstos. La religión de Homero
fue aumentando el número de dioses inferiores, y con el transcurso del tiempo la religión cristiana aumentó el número de sus
ángeles.
Dionisio el Areopagita y Gregorio I fijaron el número de ángeles en nueve coros, divididos en tres jerarquías: la primera era de los «serafines», de los «querubines» y las del «séptimo coro»; la segunda de las «dominaciones», de las «virtudes» y de las «potestades»; la tercera de los «principados», de los «arcángeles» y de los «ángeles», que dan el nombre
a las tres jerarquías. Sólo a un Papa se le permite arreglar de ese modo las categorías del cielo.
|