ÁNGEL (1)
(2)
(3)
Ángeles de los indios, de los persas, etc.-
El autor del artículo
Ángelll, publicado en la Enciclopedia, dice: «Todas
las religiones han admitido la existencia de los ángeles, aunque la razón natural no haya podido demostrarla.»
No conocemos más razón que la natural; lo sobrenatural está sobre la razón; por eso el autor del citado artículo debió decir que muchas religiones, no todas, admitieron los ángeles. La de Numa, la del sabeísmo, la de los druidas, la de la China, la de los escitas, la de los antiguos fenicios y la de los antiguos egipcios no admitieron los ángeles.
Entendemos por la palabra «ángeles» a los ministros de Dios,
a sus emisarios, a los hombres intermedios entre Dios
y el hombre enviados al mundo para comunicarnos sus órdenes.
Precisamente en el año actual, esto es, en 1772, hace precisamente cuatro mil ochocientos setenta y ocho años que los brahmanes se vanaglorian de tener escrita su primer ley sagrada, que titulan el
Shasta, la cual conocieron mil quinientos años antes que su segunda ley, llamada
Vedas, que significa «la palabra de Dios». El Shasta contiene cinco capítulos: el primero se ocupa de Dios y de sus atributos; el segundo, de la creación de los ángeles; el tercero, de la caída de los ángeles; el cuarto, de su castigo; el quinto, de su perdón y de la creación del hombre.
Es útil observar desde luego el modo como habla de Dios ese libro.
Primer capítulo del Shasta.
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«Dios es uno, y lo creó
todo. Es una esfera perfecta, sin principio ni fin. Dios gobierna toda la creación por medio de una providencia general, que es la resultante de un principio determinado. No pretendas descubrir la esencia y la naturaleza del Eterno, ni por qué leyes la gobierna. Semejante empresa sería vana y
criminal. Satisfácete contemplando noche y día su sabiduría, su poder y su bondad.»
Después de pagar este tributo de admiración al Shasta, pasemos
a ocuparnos de la creación de los ángeles...
Segundo capítulo del Shasta.-
«El Eterno, absorto en la
contemplación de su propia existencia, resolvió en la plenitud de los tiempos comunicar su gloria
y su esencia a seres
capaces de sentir y de participar de su bienaventuranza y
servir a su gloria. El Eterno quiso, y los creó. Los formó
con parte de su esencia, capaces de perfección y de imperfección, según su voluntad.
»El Eterno empezó por crear a Birma, a Vichnú y a Siva,
y luego a Mozazor y a multitud de ángeles. El Eterno dio la preeminencia
a Birma, a Vichnú y a Siva. Birma
fue el príncipe del ejército angélico, y Vichnú y Siva sus coadjutores. El Eterno dividió el ejército de los ángeles en muchos bandos, dando
a cada uno de éstos un jefe. Adoraron al Eterno
alineados alrededor del trono, ocupando cada uno de ellos la grada que le asignaron. El armonioso coro sonó en los cielos. Mozazor,
jefe del primer bando, entonó el cántico de alabanza y de adoración al
Creador y el canto de obediencia a Birma, la primera de las criaturas; y el Eterno se regocijó de su nueva creación.»
De la caída de algunos ángeles.-
Desde la creación del
ejército celeste, el regocijo y la armonía rodearon el trono del Eterno durante mil años multiplicados por otros mil, y hubieran durado hasta la consumación de los tiempos si la envidia no se hubiera apoderado de Mozazor y de otros príncipes de los bandos angélicos. Entre éstos se encontraba Raabón, el primero en dignidad después de Mozazor. Olvidándose de la dicha de haber sido creados y de su deber, rechazando el poder de perfección, ejercieron el poder de imperfección, y obraron mal en presencia del Eterno; le desobedecieron, y se negaron
a someterse al primer representante de Dios y a los asociados de aquél, Vichnú y Siva,
y dijeron: «Queremos gobernar»; y sin temer el poder y la cólera del Creador, difundieron esas doctrinas sediciosas en el ejército celeste. Sedujeron
a varios ángeles, que tomaron parte en la rebelión y que se alejaron del trono del Eterno; la tristeza se apoderó de los espíritus angélicos que permanecían fieles, y por primera vez se conoció el dolor en el
cielo.»
Castigo de los ángeles culpables.-
«El Eterno, cuyo poder
infinito y cuya presencia se extiende a todo, excepto a los actos de los seres que
Él creó libres, vio con dolor y con cólera la defección de Mozazor, de Raabón y de otros jefes de los ángeles; pero siendo misericordioso,
a pesar de estar indignado, comisionó a Birma, a Vichnú y a Siva para que les reprocharan el crimen que cometieron y para instarles
a que cumplieran con su deber; pero decididos a ser independientes, persistieron en la rebelión. Al saber el Eterno su resolución, mandó
a que fuera contra ellos, traspasándole su omnipotencia, y que los precipitara desde aquel sitio «altísimo» hasta el sitio de las tinieblas, al
Ondera
para castigarlos allí durante mil años multiplicados por otros mil.»
Extractemos lo que dice el capítulo V. Cuando transcurrieron mil años, Birma, Vichnú y Siva solicitaron del Eterno que tuviera clemencia con los delincuentes. El Eterno se dignó librarles de la prisión de Ondera y llevarlos
a un sitio de prueba durante gran número de revoluciones
del sol. Pero intentaron otras rebeliones contra Dios desde aquel sitio de penitencia.
En uno de esos períodos fue cuando Dios creó el mundo; los ángeles penitentes sufrieron en él muchísimas metempsicosis, y en una de las últimas se convirtieron en vacas. Por eso las vacas fueron sagradas en la India. Últimamente se convirtieron en hombres. De modo que la teoría de los indios sobre los ángeles es la misma teoría del jesuita Bougeant, que supone que en los cuerpos de las bestias se alojan los ángeles pecadores. Lo que los brahmanes inventaron seriamente lo imaginó un jesuita por burla cuatro mil años después, si acaso este chiste no se le ocurrió por conservar un resto de superstición mezclada con el espíritu sistemático, cosa que sucede con alguna frecuencia.
Tal es la historia de los ángeles en el antiguo pueblo de los brahmanes, historia que enseñan todavía en la actualidad, después de transcurrir cerca de cincuenta siglos. Nuestros comerciantes que traficaron en la India nunca se enteraron de esto, ni nuestros misioneros tampoco, y los brahmanes, que jamás vieron con gusto ni la ciencia ni las costumbres de los extranjeros, no quisieron nunca comunicarles sus secretos.
Fue preciso, para que llegáramos a descubrirlos, que el inglés Holwell habitase durante treinta años en Benares, ciudad situada sobre el Ganges, donde tenían establecida su escuela los antiguos brahmanes;
fue necesario que el citado inglés aprendiese la lengua sagrada del sánscrito, y que leyese los antiguos libros de la religión india, para participar
a Europa tan singulares conocimientos; como
fue también preciso que Sale permaneciese mucho tiempo en la Arabia para poder traducir fielmente el
Corán y darnos una idea exacta de lo que
fue el antiguo sabeísmo, al que sucedió la religión musulmana; como fue preciso, en fin, que Hyde estudiase durante veinte
años en Persia todo lo concerniente a la religión de los
magos.
De los ángeles en Persia.-
Los persas conocieron treinta
y un ángeles. El primero de ellos, el superior, a quien sirven otros cuatro ángeles, se llama Bahaman, y está
a su cargo la inspección de todos los animales, exceptuando al hombre, sobre el que Dios se reserva la jurisdicción inmediata.
Dios prescribe el día en que el sol entra en el signo del
Carnero, y ese día es el sábado, lo que prueba que la fiesta
del sábado se observaba en Persia desde tiempos muy remotos.
El segundo de los ángeles se llama Debadur, y preside el
día octavo. El tercero le apellidaban Kur, de cuya palabra probablemente se originó Cyrus, y era el ángel del sol; el cuarto se llama Ma, y preside
a la luna. Cada ángel tenía su distrito. En Persia
fue donde empezó a conocerse la doctrina del ángel de la guarda y del ángel malo. Créese que Rafael
fue el ángel de la guarda del Imperio persa.
De los ángeles entre los hebreos.-
Los hebreos no conocieron la caída de los ángeles hasta los primeros años de la era cristiana. Para esto era preciso que conocieran la doctrona secreta de los antiguos brahmanes, porque fue en época cuando se confeccionó el libro atribuido
a Enoch respecto a los ángeles pecadores expulsados del cielo.
Enoch debió ser un autor antiquísimo, porque el según afirman los judíos, vivió en la séptima
generación antes del diluvio. Pero ya que Set, que es más antiguo que él, dejó
libros a los hebreos, podían igualmente éstos jactarse de tener también libros de Enoch. He aquí lo que Enoch escribió, según dicen los judíos:
«Habiendo crecido prodigiosamente el número de hombres y teniendo éstos hijas muy hermosas, los ángeles se enamoraron de ellas, y fueron arrastrados
a muchos errores. Animándose unos a otros, dijeron: «Escojamos mujeres entre las hijas de los hombres.» Semiaxas, que era su príncipe, les dijo: «Temo que no os atreváis
a realizar este deseo y a tener que cargar yo solo con el crimen.» Los ángeles le respondieron
a coro: «Juramos ejecutar nuestro designio, y nos entregamos al anatema si no lo realizamos.» Se unieron por medio de este juramento y lanzaron imprecaciones. Se unieron doscientos ángeles. Partieron juntos y ascendieron
a la montaña que se llamaba Hermonium. Los principales ángeles conjurados se llamaban: Semiaxas, Atarcuf, Araciel, Chobabiel, Sampsich, Zaciel, Farmar, Thausael, Samiel, Tyriel, Jumiel, etc., etc.
Éstos y los demás, hasta completar
el número de doscientos, tomaron mujeres el año 1170 de la creación del mundo. Del comercio de los ángeles con las mujeres nacieron tres clases de hombres», etc., etc.
El autor de ese fragmento, por la candidez con que está escrito, parece que deba pertenecer
a los primitivos tiempos. Nombra a los personajes, no olvida las fechas, pero no incluye reflexiones ni máximas;
ése es el estilo oriental.
Compréndese que esa historia se funda en el capítulo VI del
Génesis, que dice: «En aquel tiempo existieron gigantes en el mundo; porque teniendo los hijos de Dios comercio
con las hijas de los hombres, dieron ellas a luz a los poderosos del siglo.»
El libro de Enoch y el Génesis están acordes respecto
a la cohabitación de los ángeles con las hijas de los hombres y respecto
a la raza de gigantes que nació de dicha cópula. Pero ni el libro de Enoch ni ningún otro del Antiguo Testamento hablan de la rebelión de los ángeles contra Dios, ni de su derrota, ni de su caída en el infierno, ni del odio que profesan al género humano.
Casi todos los comentaristas del Antiguo Testamento
dicen unánimemente que antes de la cautividad de Babilonia los judíos no
supieron el nombre de ningún ángel. El que se le apareció a Manué, padre de Sansón, no quiso decir cómo se llamaba. Cuando los tres ángeles se aparecieron
a Abraham y éste les obsequió, dándoles para que comieran un becerro asado, no le quisieron decir sus nombres.
Únicamente uno de los ángeles le habló de este modo: «Volveré a veros el año próximo, si Dios me concede vida, y Sara vuestra esposa tendrá entonces un hijo.»
El abate Calmet encuentra mucha semejanza entre esa historia y la fábula de Ovidio que el célebre poeta latino refiere que sucedió entre Júpiter, Neptuno y Mercurio, cuyos dioses fueron
a cenar en casa del anciano Hyriens, al que encontraron triste y afligido por no poder ya tener hijos, como los tres ángeles encontraron
a Abraham cuando se le aparecieron (1). Calmet dice también que las frases que los ángeles dirigieron
a Abraham pueden traducirse de este modo: «Nacerá un hijo de vuestro becerro.» De todos modos, los ángeles no dijeron sus nombres
a Abraham ni tampoco a Moisés, y sólo encontramos el nombre de Rafael en el libro de Tobías, en la época de la cautividad. Los demás nombres de los ángeles son copiados de los caldeos y de los persas. Rafael, Gabriel, Uriel y otros son persas babilónicos.
Hasta el nombre de Israel es caldeo. El sabio judío Filón lo dice
terminantemente al referir la diputación que enviaron a Calígula.
De los ángeles
en Grecia y en Roma.-
Tuvieron demasiados dioses mayores, menores y semidioses para necesitar otros seres subalternos. Mercurio desempeñaba las comisiones de Júpiter, Isis las de Juno, y sin embargo, conocieron también genios y demonios. La doctrina de los ángeles de la guarda
fue puesta en verso por Hesíodo, poeta contemporáneo de Homero. Cuanto más estudiamos la antigüedad, más nos convencernos de que las naciones modernas, unas tras otras, han ido agotando los tesoros de las minas antiguas, que en la actualidad están casi abandonadas. Los griegos, que durante mucho tiempo pasaron por inventores, fueron imitadores del Egipto; Egipto copió a los caldeos, y éstos lo copiaron casi todo de los indios. La teoría de los ángeles de la guarda, que Hesíodo relató, la sofisticaron luego las escuelas, y
fue todo lo que pudieron hacer. Cada hombre tuvo su genio, bueno o malo, como tuvo su estrella. Sócrates, como sabemos, tuvo su ángel bueno, pero indudablemente le guió su ángel malo, porque sólo un ángel malo puede comprometer
a un filósofo a ir de casa en casa diciendo a todo el mundo que el padre y la madre, el preceptor y el alumno, eran unos ignorantes y unos imbéciles. El ángel de su guarda no pudo impedir que le condenaran
a beber la cicuta.
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NOTAS
(1) Véase el artículo
Alegorías.
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