ALMA (1)
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X
Sería un magnífico espectáculo poder ver el alma. La máxima
«Conócete a ti mismo» es un excelente precepto, pero precepto que
sólo Dios puede practicar; porque ¿qué mortal puede comprender su
propia esencia?
Llamamos alma a lo que anima; pero no podemos saber más de ella, porque nuestra
inteligencia tiene límites. Las tres cuartas partes
del género humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero no encontró ni encontrará.
El hombre ve una planta que vegeta, y dice que tiene «alma
vegetativa»; observa que los cuerpos tienen y dan movimiento, y a
esto llama fuerza; ve que su perro de caza aprende el oficio, y
supone que tiene «alma sensitiva, instinto»; tiene ideas
combinadas, y a esta combinación llama «espíritu». ¿Pero qué
entiendes tú por esas palabras? Indudablemente la flor vegeta;
¿pero existe realmente un ser que se llame vegetación? Un cuerpo
rechaza a otro, ¿pero posee dentro de sí un ser distinto que se
llama fuerza? El perro te trae una perdiz, ¿pero vive en él un ser
que se llama instinto? ¿No te burlarías de un polemista que te
dijese: «Todos los animales viven; luego encierran dentro de ellos
un ser, una forma sustancial, que es la vida»? Si un tulipán
pudiera hablar y te dijera: «Mi vegetación y yo somos dos seres
que formamos un conjunto», ¿no te burlarías del tulipán?
Vamos a ver lo que sabes y de lo que estás seguro: sabes
que andas
con los pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el
cuerpo y que piensas con la cabeza. Veamos si el único auxilio de
la razón pudo proporcionarte bastantes datos para deducir, sin un
apoyo sobrenatural, que tienes un alma.
Los primeros filósofos, tanto caldeos como
egipcios, dijeron: «Es indispensable que haya dentro de nosotros algo que
produzca los pensamientos; ese algo debe ser muy sutil, debe ser un
soplo, debe ser un éter, una quinta esencia: una entelequia, un
nombre, una armonía.» Según el divino Platón, es un compuesto del
«mismo» y del «otro». «Lo constituyen dos átomos que piensan en
nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. ¿Pero cómo un átomo
pudo pensar? Confesad que no lo sabéis.
La opinión más aceptable es sin duda la de que el alma es un ser
inmaterial; ¿pero indudablemente conciben los sabios lo que es un
ser inmaterial? «No -contestan éstos-, pero sabemos que por
naturaleza piensa.» «¿Y por dónde lo sabéis'?» «Lo sabemos, porque
piensa.» «Me parece que sois tan ignorantes corno Epicuro. Es
natural que una piedra caiga, porque cae; pero yo os pregunto:
¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene alma; sabemos
que una negación y una afirmación no son divisibles, porque no son
parte de la materia.» Soy de vuestra opinión; pero la materia posee
cualidades que no son materiales, ni divisibles, como la
gravitación; la gravitación no tiene partes; no es, pues, divisible.
La fuerza motriz de los cuerpos tampoco es un ser compuesto de
partes. La vegetación de los cuerpos orgánicos, su vida, su
instinto, no constituyen seres aparte, seres divisibles; no podéis
dividir en dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el
instinto de un perro, lo mismo que no podéis dividir en dos una
sensación, una negación o una afirmación. El argumento que sacáis
de la indivisibilidad del pensamiento no prueba nada.
¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que
existe en vuestro interior un poder desconocido que os hace sentir y
pensar. Pero ese poder de sentir y de pensar ¿es el mismo poder que
os hace digerir y andar? Tenéis que confesarme que no, porque
aunque el entendimiento diga al estómago: «digiere», el estómago
no digerirá si está enfermo; y si el ser inmaterial manda a los
pies que anden, éstos no andarán si tienen gota. Los griegos
comprendieron que el pensamiento no tiene relación muchas veces
con el juego de los órganos, y dotaron los órganos del alma animal
y los pensamientos de una alma más fina. Pero el alma del
pensamiento, en muchas ocasiones, depende del alma animal. El alma
pensante ordena a las manos que tomen, y toman; pero no dice al
corazón que lata, ni a la sangre que corra, ni al quilo que se
forme, y todos esos actos se realizan sin su intervención. He aquí
dos almas que son muy poco dueñas de su casa.
De esto debe deducirse que el alma animal no
existe, o que consiste en el movimiento de los órganos; y al mismo tiempo hay que añadir
que al hombre no le suministra su débil razón ninguna prueba de que
la otra alma exista.
Veamos ahora los varios sistemas filosóficos que se han establecido
respecto al alma. Uno de ellos sostiene que el alma del hombre es
parte de la sustancia del mismo Dios; otro, que es parte del Gran
Todo. Hay sistema que asegura que el alma está creada para toda la
eternidad; hay otro que sostiene que el alma fue hecha y no
creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las almas a medida
que las necesita, y que llegan en el instante de la copulación;
otros añaden que se alojan en el cuerpo con los animalillos seminales, etc., etc. Filósofo hubo que dijo que se equivocaban
todos los que le hablan precedido, asegurando que el alma espera
seis semanas para que esté formado el feto, y entonces toma posesión
de la glándula pineal; pero que si se encuentra con algún germen
falso, sale del cuerpo y espera mejor ocasión. La última opinión
consiste en dar al alma por morada el cuerpo calloso; este es el
sitio que le asigna La Peyronie.
Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es
una forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia
difiere de su poder, que existen tres almas «vegetativas»: la «nutritiva»,
la «aumentativa» y la «generativa»; que la memoria de las cosas
espirituales es espiritual, y la memoria de las corporales
corporal; que el alma razonable es una forma inmaterial en cuanto a
las operaciones, y material en cuanto al ser». ¿Has entendido
algo? Pues Santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como
ésta. Por esto, sin duda, le llaman el ángel de las escuelas. No se
han inventado menos sistemas para el cuerpo; para explicar cómo oirá
sin tener oídos, cómo olerá sin tener nariz y cómo tocará sin tener
manos; en qué cuerpo se alojará en seguida; de qué modo el «yo», la
identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el alma del
hombre que se volvió imbécil a la edad de quince años y murió
imbécil a los setenta volverá a anudar el hilo de las ideas que tuvo
en la edad de la pubertad, y por qué medio un alma a cuyo cuerpo se
le cortó una pierna en Europa y perdió un brazo en América podrá
encontrar la pierna y el brazo, que quizás se habrán transformado
en legumbres y habrán pasado a formar parte integrante de la sangre
de cualquier otro animal. No terminaría nunca si detallara todas
las extravagancias que sobre el alma humana se han publicado.
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