ALMA (1)
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IX
De la antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma
El dogma de la inmortalidad del alma es la idea más consoladora y
al mismo tiempo más reprimidora que el espíritu humano pudo
concebir. Esta agradable filosofía fue tan antigua en Egipto como
sus pirámides, y antes que los egipcios, la conocieron los persas.
He referido ya en alguna parte la alegoría del primer Zaratustra,
que cita el Sadder, en la que Dios enseña a Zaratustra el sitio
destinado para recibir el castigo, sitio que se llamaba Dardarot
en Egipto, Hades y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en nuestras lenguas modernas por la palabra
«infierno». Dios enseña a Zaratrustra en el sitio destinado a los
castigos a todos los malos reyes, a uno de los cuales le faltaba un
pie, y Zaratustra preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese
rey sólo había hecho una buena acción en toda su vida, y esta acción
consistía en haber acercado con el pie una gamella que no estaba
bastante próxima a un pobre borrico que se moría de hambre. Dios
llevó al cielo el pie del rey malvado y dejó en el infierno el resto
de su cuerpo.
Dicha fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota antigüedad de la opinión sobre la segunda vida. Los
judíos
también tenían esta opinión, y su metempsicosis lo prueba. Los
chinos reverenciaban las almas de sus antepasados, y esos pueblos
fundaron poderosos imperios mucho tiempo antes que los egipcios.
Aunque es antiguo el imperio de Egipto, no lo es tanto como los
imperios del Asia, y en aquél y en éstos el alma subsistía después
de la muerte del cuerpo. Verdad es que todos esos pueblos, sin
excepción, supusieron que el alma tenía forma etérea, sutil, y era
imagen del cuerpo. La palabra «soplo» la inventaron mucho después
los griegos, pero no se puede negar que creyeron que era inmortal
una parte de nosotros mismos. Los castigos y las recompensas en la
otra vida formaron los cimientos de la antigua teología.
Ferecides fue el primer griego que creyó que las almas vivían una
eternidad, pero no fue el primero que dijo que las almas sobrevivían
a los cuerpos. Ulises, que vivió mucho
tiempo antes que Ferecides, había ya visto las almas de los héroes
en los infiernos; pero que las almas fuesen tan antiguas como el
mundo fue una opinión que nació en Oriente y que FerecIdes
difundió en Occidente. No creo que exista un solo sistema moderno
que no se encuentre en los pueblos antiguos. Los edificios actuales
los hemos construido con los escombros de la antigüedad.
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