ALMA (1)
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VIII
Supongo que hay en una isla una docena de filósofos buenos, y que en
esa isla no han visto mas que vegetales. Esta isla, y sobre todo los
doce filósofos buenos, son difíciles de encontrar; pero permitidme
esta ficción. Admiran la vida que circula por las fibras de las
plantas, que parece que se pierde y se renueva en seguida; y no
comprendiendo bien cómo las plantas nacen, cómo se alimentan y
crecen, llaman a estas operaciones «alma vegetativa», «¿Qué
entendéis por alma vegetativa?» «Es una palabra -responden- que
sirve para explicar el resorte desconocido que mueve la vida de las
plantas.» «Pero ¿no comprendéis —les replica un mecánico— que ésta la
desarrollan los pesos, las palancas, las ruedas y las poleas?» «No —replicarán dichos filósofos—; en su vegetación hay algo más que
movimientos ordinarios; existe en todas las plantas el poder secreto
de atraerse el zumo que las nutre, y ese poder, que no puede
explicar ningún mecánico, es un don que Dios concedió a la materia,
cuya naturaleza nos es desconocida.»
Después de esa cuestión, los filósofos descubren los animales que hay en la isla, y luego de examinados atentamente,
comprenden que hay otros seres organizados como los hombres. Esos seres
es indudable que tienen memoria, que tienen conocimiento, que están dotados de las mismas
pasiones que
nosotros, que nos hacen comprender sus necesidades, y como
nosotros, perpetúan su especie. Los filósofos disecan algunos
animales, les encuentran corazón y cerebro, y exclaman: «El autor
de esas máquinas, que no crea nada inútil, ¿les hubiera concedido
todos los órganos del sentimiento con el propósito de que no
sintieran? Sería absurdo creerlo así. Encierran algo que
llamaremos también «alma», a falta de otra expresión más propia,
algo que experimenta sensaciones y que en cierta medida tiene
ideas. Pero ¿qué es ese principio? ¿Es diferente de la materia? ¿Es espíritu puro? ¿Es un ser intermedio entre la materia, que apenas
conocemos, y entre el espíritu puro, que nos es completamente
desconocido? ¿Es una propiedad que Dios concedió a la materia
orgánica?»
Los filósofos, para estudiar esa materia, hacen experimentos
con los insectos y los gusanos; los cortan, dividiéndolos en
muchas partes, y quedan sorprendidos al ver que al pasar algún
tiempo nacen cabezas a las partes cortadas. El mismo animal se
reproduce, y en su propia destrucción encuentra el medio de multiplicarse. Hay muchas almas que están esperando, para animar
las partes reproducidas, que hayan cortado la cabeza al primor
tronco. Se parecen a los árboles a los que se cortan las ramas y
plantándolas se reproducen. ¿Esos árboles tienen muchas almas? No
parece esto posible; luego es muy probable que el alma de las bestias sea de otra especie que la que llamamos alma vegetativa
en las plantas, que sea una facultad de orden superior que Dios
concedió a ciertas porciones de materia 'para darnos otra prueba de
su poder y otro motivo para adorarle.
Si oyera ese raciocinio un hombre violento que argumentase
más,
les diría: «Sois unos malvados que mereceríais que os quemaran los
cuerpos para salvar las almas, porque negáis la inmortalidad del
alma del hombre.» Los filósofos, al oír esto, se mirarían unos a
otros con sorpresa; y después, uno de ellos contestaría con suavidad
al hombre violento: «Por qué creéis que debíamos arder en una
hoguera y qué os indujo a suponer que abriguemos nosotros el
convencimiento de que es mortal vuestra alma cruel?» «Porque
abrigáis la creencia de que Dios concedió a los brutos, que están organizados como nosotros, la
facultad de tener sentimientos e ideas, y como el alma de las bestias muere con sus
cuerpos, creéis también que lo mismo muere el alma de los hombres.»
Uno de los filósofos le replicaría:
«No tenemos la seguridad de que lo que llamamos alma en los animales
perezca cuando éstos dejan de vivir; estamos persuadidos de que la
materia no perece, y suponemos que Dios haya dotado a los animales
de algo que puede conservar, si esta es la voluntad divina, la
facultad de tener ideas. No aseguramos que esto suceda, porque no es
propio de hombres ser tan confiados; pero no nos atrevemos a poner
límites al poder de Dios. Decimos sencillamente que es probable que
las bestias, que son materia, hayan recibido de Él algo de
inteligencia. Descubrimos todos los días propiedades de la materia
que antes de descubrirlas no teníamos idea de que existieran.
Empezamos definiendo la materia, diciendo que era una sustancia
que tenía extensión; luego reconocimos que también tenía solidez, y
más tarde tuvimos que admitir que la materia posee una fuerza que llamamos «fuerza de inercia», y últimamente nos sorprendió
a
nosotros mismos tener que confesar que la materia gravita. Al
avanzar en nuestros estudios, nos vimos obligados a reconocer
seres que se parecen en algo a la materia, y que, sin embargo,
carecen de los atributos de que la materia está dotada. El fuego
elemental, por ejemplo, obra sobre nuestros sentidos como los
demás cuerpos, pero no tiende a un centro común como éstos; por el
contrario, se escapa del centro en líneas rectas por todas partes, y
no parece que obedezca a las leyes de atracción y de gravitación
como los otros cuerpos. La óptica tiene misterios que sólo podemos
explicar atreviéndonos a suponer que los rayos de la luz se
compenetran. Efectivamente, hay algo en la luz que la distingue de
la materia común: parece que la luz sea un ser intermediario entre
los cuerpos y otras especies de seres que desconocemos. Es verosímil
que esas otras especies de seres sean el punto intermedio que
conduzca hasta otras criaturas, y que así sucesivamente exista una
cadena de sustancias que se eleven hasta lo infinito.
»Esa idea nos parece digna de la grandeza de Dios, si hay alguna
idea humana digna de ella. Entre esas sustancias pudo Dios escoger
una para alojarla en nuestros cuerpos, y es la que nosotros
llamamos alma humana. Los libros santos nos enseñan que esa alma es
inmortal, y la razón está acorde en esto con la revelación; ninguna
sustancia perece: las formas se destruyen, el ser permanece. No
podemos concebir la creación de una sustancia; tampoco podemos
concebir su anonadamiento, pero nos atrevemos a afirmar que el Señor absoluto de todos los seres puede dotar de
sentimientos y de percepciones al ser que se llama materia. Estáis
seguros de que pensar es la esencia de vuestra alma, pero nosotros
no lo estamos; porque cuando examinamos un feto nos cuesta gran
trabajo creer que su alma haya tenido muchas ideas en su envoltura
materna, y dudamos que en su sueño profundo, en su completo letargo,
haya podido dedicarse a la meditación. Por eso nos parece que el pensamiento pudiera consistir, no en la esencia del ser pensante,
sino en el presente que el Creador hiciera a esos seres que
llamamos «pensadores»; y todo esto nos hace sospechar que si Dios
quisiera, podría otorgar ese don a un átomo, conservarle o destruirle, según fuese su voluntad. La dificultad consiste menos
en adivinar cómo la materia puede pensar, que en adivinar cómo
piensa una sustancia cualquiera. Sólo concebimos ideas, porque
Dios quiso dárnoslas. ¿Por qué os empeñáis en oponeros a que se las
conceda a las demás especies? ¿os atreveréis a creer que vuestra
alma sea de la misma clase que las sustancias que están más cerca
de la Divinidad? Hay motivo para sospechar que éstas sean de orden
superior, y por lo tanto, Dios les haya concedido una manera de
pensar infinitamente más hermosa, así como concedió cantidad muy
limitada de ideas a los animales, que son de un orden inferior a los
hombres. Ni sé cómo vivo ni cómo doy la vida, y ¡queréis que sepa
cómo concibo ideas! El alma es un reloj que Dios nos concedió para dirigirnos, pero no nos ha explicado la maquinaria de
que el reloj
se compone.
»De todo cuanto digo no es posible inferir que el alma humana sea
mortal. En resumen: pensamos lo mismo que vos sobre la inmortalidad
que la fe nos anuncia; pero somos demasiado ignorantes para poder
afirmar que Dios no tenga poder para conceder la facultad de pensar
al ser que él quiera. Limitáis el poder del Creador, que es sin
límites, y nosotros lo extendemos hasta donde alcanza su existencia.
Perdonadnos que le creamos omnipotente, y nosotros os perdonaremos
que restrinjáis su poder. Sin duda sabéis todo lo que puede hacer, y
nosotros lo ignoramos. Vivamos como hermanos, adorando
tranquilamente al Padre común. Sólo hemos de vivir un día; vivámosle en paz, sin proporcionarnos
cuestiones que se decidirán en la vida inmortal que empezará
mañana.»
El hombre brutal, no encontrando nada que replicar
a los filósofos,
incomodándose, habló y dijo muchas vaciedades. Los filósofos se
dedicaron durante algunas semanas a
leer historia, y después de este estudio, he aquí lo que dijeron a
aquel bárbaro indigno de estar dotado de alma inmortal:
«Hemos leído que en la antigüedad había tanta tolerancia como en
nuestra época; que en ella se encuentran grandes virtudes, y que
por sus opiniones no perseguían a los filósofos. ¿Por qué, pues,
pretendéis que nos condenen al fuego por las opiniones que
profesamos? Creyeron en la antigüedad que la materia era eterna;
pero los que suponían que era creada no persiguieron a los que no lo
creían. Díjose entonces que Pitágoras, en una vida anterior, había
sido gallo, que sus padres habían sido cerdos, y sin embargo de esto,
su secta fue querida y respetada en todo el mundo, menos por los
pasteleros y por los que tenían habas que vender. Los estoicos
reconocían a un Dios poco más o menos semejante al que admitió
después temerariamente Spinoza; el estoicismo, sin embargo, fue la
secta más acreditada y la más fecunda en virtudes heroicas. Para los
epicúreos, los dioses eran semejantes a nuestros canónigos y su
indolente gordura sostenía su divinidad, y tornaban en paz el néctar
y la ambrosía, sin inmiscuirse en nada. Los epicúreos enseñaban la
materialidad y la mortalidad del alma; pero no por eso dejaron de
tenerles consideraciones, y eran admitidos a desempeñar todos los
empleos.
»Los platónicos no creían que Dios se hubiera dignado crear al
hombre por sí mismo; decían que había confiado este encargo a los
genios, que al desempeñar su tarea cometieron muchas tonterías. El
Dios de los platónicos era un obrero inmejorable, pero que empleó
para crear al hombre discípulos muy medianos. No por eso la antigüedad dejó de apreciar la escuela de Platón. En una palabra:
cuantas sectas conocieron los griegos y los romanos tenían
distintos modos de opinar sobre Dios, sobre el alma, sobre el
pasado, sobre el porvenir, y ninguna de esas sectas fue perseguida.
Todas esas sectas se equivocaban, pero vivieron en amistosa paz, y
esto es lo que nosotros no alcanzamos a comprender, porque hoy vemos
que la mayor parte de los discutidores son monstruos y los de la antigüedad
eran verdaderos hombres.
»Si desde los griegos y los romanos queremos remontarnos
a las
naciones más antiguas, podemos fijar la atención en los judíos. Ese
pueblo, que fue supersticioso, cruel, ignorante y miserable,
sabía, sin embargo, honrar a los fariseos, que creían en la
fatalidad del destino y en la metempsicosis. Respetaba también a
los saduceos, que negaban en
absoluto la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus,
fundándose en la ley de Moisés, que no habló nunca de penas ni de
recompensas después de la muerte. Los esenios, que creían también en
la fatalidad, y nunca sacrificaban víctimas en el templo, eran más
respetados todavía que los fariseos y saduceos. Ninguna de esas
opiniones perturbó nunca el gobierno del Estado; y quizás hubieran
tenido motivo para degollarse y para exterminarse recíprocamente
unos a otros, si en tenerlo se hubiesen empeñado. Debemos, pues, imitar esos loables ejemplos; debemos pensar en alta voz y dejar
que piensen lo que quieran los demás. Seréis capaz de recibir
cortésmente a un turco que crea que Mahoma viajó por la luna, ¿y
deseáis descuartizar a un hermano vuestro porque cree que Dios
puede dotar de inteligencia a todas las criaturas?»
Así habló uno de los filósofos, y otro añadió: «Creedme;
no ha habido ejemplo de que ninguna opinión filosófica perjudique a
la religión de ningún pueblo. Los misterios pueden contradecir las
demostraciones científicas; no por
eso dejan de respetarlos los filósofos cristianos, que saben que los
asuntos de la razón y de la fe son de diferente naturaleza. ¿Sabéis
por qué los filósofos no lograrán nunca formar una secta
religiosa? Pues no la formarán porque carecen de entusiasmo. Si
dividimos el género humano en veinte partes, componen las diez y
nueve los hombres que
se dedican a trabajos manuales, y quizá éstos ignorarán siempre que
existió Locke. En la otra veinteava parte se encuentran pocos
hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo
leen novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el
número de los que piensan, y éstos no se ocupan en perturbar el
mundo. No encendieron la tea de la discordia en su patria Montaigne,
Descartes, Gassendi, Bayle, Spinoza, Hobbes, Pascal, Montesquieu,
ni ninguno de los hombres que han honrado la filosofía y la
literatura. La mayor parte de los que perturbaron a su país fueron
teólogos, que ambicionaron ser jefes
de secta o ser jefes de partido. Todos los libros de filosofía
moderna juntos no produjeron en el mundo tanto ruido como produjo
en otro tiempo la disputa que tuvieron los franciscanos respecto a
la forma que debía dárseles a sus mangas y a sus capuchones.»
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