ALMA (1)
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VII
Debo confesar que siempre que examino al
«infatigable» Aristóteles, al «doctor Angélico» y al «divino» Platón, tomo por motes estos
epítetos que se les aplican. Me parecen todos los filósofos que se han ocupado del alma humana ciegos,
charlatanes y temerarios, que hacen esfuerzos para persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros
amantes de la
filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo su palabra,
imaginándose que de ese modo ven algo.
No vacilo en colocar en la categoría de maestro de errores
a Descartes y a Malebranche. Descartes nos asegura que el alma del
hombre es una sustancia, cuya esencia es pensar que piensa siempre,
y que se ocupa desde el vientre de la madre de ideas metafísicas y
de acciones generales que olvida en seguida. Malebranche está
convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró partidarios, es
porque las fábulas más atrevidas son las que mejor recibe la débil
imaginación del hombre.
Muchos filósofos han escrito la novela del alma; pero un sabio es
el único que ha escrito modestamente su historia. Compendiaré esa
historia según yo la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará
acorde con las ideas de Locke; pudiera ser que Locke tenga razón
contra Descartes y Malebranche, y que se equivoque para la
Sorbona, pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no
desde el punto de las revelaciones de la fe. Sólo me corresponde
pensar humanamente. Los teólogos que decidan respecto a lo divino:
la razón y la fe son de naturaleza contraria. En una palabra, voy a
insertar un extracto de Locke, a quien yo censuraría si fuese
teólogo, pero a quien patrocino como una hipótesis, como conjetura
filosófica, humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el
alma.
1.º La palabra alma es una de esas palabras que pronunciamos sin
entenderlas; sólo entendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas;
no tenemos idea del alma: luego no la comprendemos.
2.º Se nos ha ocurrido llamar alma a la facultad de sentir y de
pensar, así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a
la facultad de querer.
Algunos razonadores dijeron en seguida a esto: «El hombre es un compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa
y divisible; el espíritu ni es una cosa ni otra: luego es de
naturaleza distinta. Es una reunión de dos seres que no han sido
creados el uno para el otro y que Dios unió a pesar de su
naturaleza. Apenas vemos el cuerpo, y absolutamente no vemos el
alma. Esta no tiene partes: luego es eterna; tiene ideas puras y
espirituales: luego no las recibe de la materia; tampoco las recibe
de sí misma: luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la
idea de Dios y del infinito, y todas las ideas generales.»
Humanamente hablando, contesto a dichos razonadores diciéndoles que son muy sabios. Empiezan por concedernos que
existe el alma, y luego nos explican lo que debe ser; pronuncian la
palabra materia, y deciden de plano lo que la materia es. Pero yo
les replico: No conocéis ni el espíritu ni la materia. En cuanto al
espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar, y en cuanto a la
materia, comprendéis que ésta no es mas que una reunión de
cualidades, de colores, de extensiones y de solideces; a esa
reunión llamáis materia, y marcáis los límites de ésta y los del
alma antes de estar seguros de la existencia de una y de otra.
Enseñáis gravemente que las propiedades de la materia son la
extensión y la solidez; y yo os repito modestamente que la materia
tiene otras mil propiedades, que ni vosotros ni yo conocemos.
Aseguráis que el alma es indivisible y eterna, dando por seguro lo
que es cuestionable. Obráis casi lo mismo que el director de un
colegio que, no habiendo visto un reloj en toda su vida, le pusieran
en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese director,
como buen peripatético, queda sorprendido viendo la precisión con
que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombra de que el
botón oprimido por el dedo haga tocar la hora que la saeta marca. El
filósofo no duda un momento de que dicha máquina tenga un alma que
la dirige y que se manifiesta por medio de los resortes. Demuestra
científicamente su opinión, y compara esa máquina con los ángeles,
que imprimen movimiento a las esferas celestes, sosteniendo en
clase una agradable tesis sobre el alma de los relojes. Uno de sus
discípulos abre el reloj, en el que no ve mas que las ruedas y los
muelles; y sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del
alma de los relojes, creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante
que abre el reloj, que se llama hombre, y que en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos, trata de examinar por grados
lo que deseamos conocer.
Tomemos un niño desde el momento en que nace, y sigamos paso
a
paso el progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios
se tomó el trabajo de crear un alma para que se alojara en el cuerpo
de dicho niño cuando éste tuviera cerca de seis semanas, y que
cuando se introduce
en su cuerpo está provista de ideas metafísicas, conoce el espíritu,
las ideas abstractas y el infinito; en una palabra, es sabia. Pero
desgraciadamente sale del útero con una completa ignorancia; pasa
diez y ocho meses sin conocer mas que la teta de la nodriza, y
cuando llega a la edad de veinte años y se pretende que esa alma
recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo,
es muchas veces tan obtusa, que ni siquiera puede concebir ninguna
de aquellas ideas. El mismo día que la madre pare al citado niño con
su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un canario. Al cabo
de diez y ocho meses, el perro es excelente cazador, al año el
canario canta muy bien, y el gato al cabo de seis semanas posee
todos los atractivos que ha de poseer. El niño, al cumplir cuatro
años, no sabe nada. Supongo que yo sea un hombre grosero, que he
presenciado tan prodigiosa diferencia y que no he visto nunca
ningún niño; pues desde luego creo que el gato, el perro y el
canario son criaturas muy inteligentes y que el niño es un autómata.
Pero poco a poco voy apercibiéndome de que el niño tiene ideas,
memoria y las mismas pasiones que esos animales, y entonces
comprendo que es una criatura razonable como ellos. Me comunica
diferentes ideas por medio de las palabras que aprendió, como el
perro por sus distintos gritos me hace conocer sus diversas
necesidades. Me apercibo de que a los siete u ocho años el niño
combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el
suyo, y que por fin, pasando los años, consigue adquirir gran número de conocimientos. Entonces ¿qué debo pensar de él? ¿Qué es
de una naturaleza completamente diferente? No puedo creerlo, porque
vosotros veis un imbécil al lado de Newton, y sostenéis que uno y
otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia del más
al menos. Para asegurarnos de la verosimilitud de mi opinión
probable, estudio al perro y al niño cuando están despiertos y
cuando duermen. Hago que los sangren a uno y a otro, y sus ideas
parece que salgan de ellos con la sangre. Puestos en ese estado, los
llamo y no me contestan; y si me esfuerzo en hablar con ellos, no lo
consigo. Luego los examino durante su sueño: me doy cuenta de que el
perro, después de comer muy bien, sueña y grita como si estuviera
cazando; y el
niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen
frugalmente, ni uno ni otro sueña; en una palabra, veo en ellos que
la facultad de sentir, de apercibirse, de expresar las ideas, se
desarrolla poco a poco y se debilita también por grados. Encuentro
entre el niño y el perro muchos más puntos de contacto que encuentro
entre el hombre de talento y el hombre absolutamente imbécil. ¿Qué
opinión tendré, pues, de esa naturaleza'? La que
todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la inmortalidad del alma.
Hasta sospecharé, con apariencias de verdad, que Arquímedes y un
topo son de la misma especie, aunque de género diferente; que la
encina y el grano de mostaza están formados por los mismos
principios, aunque aquélla sea un árbol grande y ésta una planta
pequeña. Creeré que Dios concedió porciones de inteligencia a las
porciones de materia organizada para pensar; que la materia está
dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos;
que éstos las proporcionan según la medida de nuestras ideas. Creeré
que la ostra tiene menos sensaciones y menos sentido, porque
teniendo el alma dentro de la concha, los cinco sentidos son
inútiles para ella. Hay muchos animales que sólo están dotados de
dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto que son muy
pocos. Es de creer que en otros mundos existan otros animales que
estén dotados de veinte o treinta sentidos y otras especies mucho
más perfectas que tengan muchos más.
Esta parece la manera más lógica de razonar, quiero decir, de
sospechar y de adivinar. Indudablemente pasó mucho tiempo antes de
que los hombres fueran bastante ingeniosos para inventar un ser
desconocido que está en nosotros, que nos hace obrar, que no es
completamente nosotros y que vive después que nosotros morimos. De
ese modo se llegó por grados a concebir idea tan atrevida. Al
principio, la palabra «alma» significó «vida», y era común para
nosotros y para los demás animales; luego nuestro orgullo nos hizo
sospechar que el alma sólo correspondía al hombre, y entonces
inventamos una forma sustancial para las demás criaturas: el
orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de apercibirse y
de sentir que se llama «alma» en el hombre e «instinto» en el
bruto. Dilucidaré esa cuestión cuando los físicos me enseñen lo que
es la «luz», el «sonido», el «espacio», el «cuerpo» y el «tiempo». Repetiré con el sabio Locke: «La filosofía consiste en detenerse
cuando la antorcha de la física no nos alumbra.»
Observo los efectos de la Naturaleza; pero confieso que, como
vosotros, tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a
que no debo atribuir a muchas causas, y mucho menos a causas
desconocidas, lo que puedo atribuir a una causa conocida; puedo
atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de sentir: luego no
debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se llama
alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os subleváis
contra esta proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a
decir que el cuerpo pueda pensar. «Pero ¿qué contestaríais -respondería
Locke- si os dijera que vosotros sois también culpables de
irreligión, porque os atrevéis a limitar el poder de Dios? ¿Quién,
sin ser impío, puede asegurar que es imposible para Dios dotar a la
materia de la facultad de sentir y de pensar? Sois al mismo tiempo
débiles y atrevidos; aseguráis que la materia no piensa, únicamente
porque no concebís que la materia pueda pensar.»
Grandes filósofos que decidís sobre el poder de Dios y al mismo
tiempo concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel
(1), ¿no comprendéis que, según vuestras mismas teorías y en el
citado caso, Dios concedería a la piedra la facultad de pensar? Si
la materia de la piedra desapareciera, no sería piedra ya, sería
ángel. Por cualquier parte que cuestionéis, os veréis obligados a confesar
dos cosas: vuestra ignorancia y el poder inmenso del Creador;
vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la omnipotencia del Creador nos demuestra que le es posible
conseguir que la materia piense.
Conociendo que la materia no perece, no debéis negar
a Dios el poder
de conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de
que la dotó. La extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que
hay filósofos que creen en el vacío; los accidentes subsisten
independientes de la sustancia para los cristianos que creen en la
sustanciación. Decís que Dios no puede hacer nada que implique
contradicción, pero para encontrar ésta se necesita saber
muchísimo más de lo que sabemos; y en esta materia sólo sabemos
que tenemos cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la
escuela a no dudar, y que toman por oráculos los silogismos que en
ellas les enseñaron y las supersticiones que aprendieron por
religión, tienen a Locke por impío
peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y
enseñarles que las opiniones de los filósofos
jamás perjudicaron a la religión, Está probado que la luz proviene
del sol y que los planetas giran alrededor de ese astro; por esto
no se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el
sol, y que el sol se paró ante la aldea de Gabaón. Está demostrado
que el arco iris lo forma la lluvia, y por eso no deja de respetarse
el texto sagrado, que dice que Dios puso el arco iris en las nubes
después del diluvio, como signo de que ya no habría más
inundaciones.
Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen
las demostraciones de la razón, no por eso dejan de reverenciarlos
los filósofos católicos, que saben que la razón y la fe son de
diferente naturaleza. La idea de los antípodas fue condenada por los
papas y los concilios; y luego otros papas reconocieron los
antípodas, adonde llevaron la religión cristiana, cuya destrucción
creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre que, como se
decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba, con
relación a nosotros, y que, como dice San Agustín, hubiera caído del
cielo.
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(1) San Mateo, cap. III, verso 9.
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