ALMA (1)
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VI
Las almas de los tontos y de los monstruos
Nace un niño mal conformado y absolutamente imbécil; no concibe
ideas y vive sin ellas. ¿Cómo hemos de definir esta clase de animal?
Unos doctores dicen que es algo entre el hombre y la bestia; otros,
que posee un alma sensitiva, pero no un alma intelectual. Come, bebe
y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa. ¿Existe para él la
otra vida, o no existe? Se ha propuesto este caso, pero hasta hoy no
ha obtenido completa resolución.
Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener alma,
porque su padre y su madre la tenían; pero guiándonos por este
razonamiento, si hubiera nacido sin nariz, debíamos suponer que la
tenía, porque su padre y su madre la tuvieron.
Una mujer da a luz un niño que carece de barba, que tiene la frente
aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos
redondos; pero sin embargo de esto, el resto del cuerpo tiene la
misma estructura que los demás mortales. Los padres deciden que reciba el bautismo, y todo el mundo
cree que posee alma inmortal; pero si esa misma ridícula criatura
tiene las uñas en forma de punta y la boca en forma de pico, le
declaran monstruo, dicen que carece de alma y no la bautizan.
Sabido es que en Londres, en 1726, hubo una mujer que paría cada
ocho días un gazapillo. Sin ninguna dificultad, bautizaban a dicho
niño. El cirujano que asistía a la referida mujer durante el parto
juraba que ese fenómeno era verdadero, y le creían. ¿Pero qué
motivo tenían los crédulos para negar que tuviesen alma los hijos de
dicha mujer? Ella la tenía, sus hijos debían también tenerla. ¿El
Ser Supremo no puede conceder el don del pensamiento y el de la
sensación al ser desfigurado que nazca de una mujer en forma de
conejo, lo mismo que al que nazca en figura de hombre? El alma que
se predisponía a alojarse en el feto de esa madre, ¿sería capaz de
volverse al vacío?
Locke observa respecto a los monstruos que no debe atribuirse la
inmortalidad al exterior del cuerpo, que la configuración nada
importa en este caso. La inmortalidad no está más ligada a la forma
del rostro o del pecho que a la configuración de la barba o a la
hechura del traje, y pregunta: «¿Cuál es la justa medida de
deformidad a la que hay que sujetarse para conocer si un niño tiene
alma o no la tiene? ¿Desde qué grado debe ser declarado monstruo?»
¿Qué hemos de pensar en esta materia de un niño que tenga dos
cabezas y que, a pesar de esto, su cuerpo está bien modelado? Unos
dicen que tiene dos almas, porque está provisto de dos glándulas pineales, y otros contestan
a esto diciendo que no puede tener dos
almas quien no tiene mas que un pecho y un ombligo.
Se ha cuestionado tanto sobre el alma humana, que si ésta llegara
a
examinarlas todas, sería víctima de insoportable fastidio. Le
pasaría lo que le sucedió al cardenal Polignac en un conclave. Su
intendente, cansado de no poderle enterar nunca de las cuentas de
la intendencia, hizo un viaje a Roma y se colocó en la pequeña
ventana de su celda, cargado con un inmenso fajo de papeles. Estuvo
allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo que no
obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía
cerca de dos horas que el cardenal había salido de su celda.
Nuestras almas nos abandonarían antes que sus intendentes las
hubieran enterado de lo mucho que de ellas nos hemos ocupado.
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