ALMA (1)
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V
De la necesidad de la revelación
El mayor beneficio que debemos al Nuevo Testamento consiste en
habernos revelado la inmortalidad del alma. Inútil fue que el
obispo Warburten tratara de oscurecer tan importante verdad
diciendo continuamente que «los antiguos judíos desconocieron ese
dogma necesario, y que los saduceos no lo admitían en la época de
Jesús».
Interpreta a su modo las palabras que dicen que Jesucristo
pronunció: «¿Ignoráis que Dios os dijo: Yo soy el Dios de Abraham,
el Dios de lsaac y el Dios de Jacob? Luego Dios no es el Dios de
los muertos, sino el Dios de los vivos.» Atribuye a la parábola del
mal rico un sentido contrario al que le atribuyen todas las
Iglesias. Sherlock, obispo de Londres, y otros muchos sabios lo
refutan; los mismos filósofos ingleses le echan en cara que es
escandaloso que un obispo anglicano tenga la opinión contraria de la Iglesia anglicana; y Warburten, al verse contradecido, llama impíos
a dichos filósofos, imitando a Arlequín, personaje de la comedia
titulada El ladrón de la casa, que después de robar y arrojar los
muebles por la ventana, viendo que en la calle un hombre se llevaba algunos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Coged al
ladrón!»
Vale más bendecir la revelación de la
inmortalidad del alma y de las penas y recompensas después de la
muerte, que la soberbia filosofía de hombres que siembran la duda.
El gran César no creía; claro lo dijo en pleno Senado, cuando, para
impedir que matasen a Catilina,
expuso su criterio según el cual la muerte no dejaba en el hombre ningún sentimiento, y todo moría con él. Nadie le refutó esta
opinión.
El imperio romano estaba dividido en dos grandes sectas: la de
Epicuro, que sostenía que la Divinidad era inútil en el mundo y que
el alma perecía con el cuerpo, y la de los estoicos, que sostenía
que el alma era una porción de la Divinidad, la cual después de la
muerte del cuerpo volvía a su origen; esto es, al gran todo de
donde había dimanado. Unas sectas creían que el alma era mortal y
otras que era inmortal, pero todas ellas estaban conformes en
burlarse de las penas y las recompensas futuras.
Nos restan todavía bastantes pruebas de que los romanos tuvieron tal
creencia, y esta opinión, profundamente grabada en los corazones de
los héroes y de los ciudadanos romanos, les inducía a matarse sin
el menor escrúpulo, sin esperar que el tirano los entregara al
verdugo.
Los hombres más virtuosos de entonces, que estaban convencidos de
la existencia de un Dios, no esperaban en la otra vida ninguna
recompensa ni temían ningún castigo. Veremos en el artículo titulado
Apócrifo que Clemente, que más tarde fue Papa y santo, puso en duda
que los primitivos cristianos creyesen en la segunda vida, y sobre
esto consultó a San Pedro en Cesárea. No creemos que San Clemente
escribiera la historia que se le atribuye; pero esa historia prueba
que el género humano necesitaba guiarse por la revelación. Lo que
en este asunto nos sorprende es que un dogma tan reprimente y tan
saludable haya consentido que cometan grandes crímenes los hombres,
que viven tan poco tiempo y que se ven estrechados entre dos
eternidades.
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