ALMA (1)
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IV
Sobre el alma y nuestras ignorancias
Fundándonos en los conocimientos adquiridos, nos hemos atrevido a
cuestionar si el alma se creó antes que nosotros; si llega de la
nada a introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad viene a colocarse entre una vejiga y los intestinos;
si allí recibe o aporta algunas ideas, y qué ideas son éstas; si
después de animarnos algunos momentos su esencia, luego que el cuerpo
muere, vive en la eternidad; si siendo espíritu, lo mismo que Dios,
es diferente a éste o es semejante. Esas cuestiones que parecen
sublimes, como dijimos, son las cuestiones que entablan los ciegos
de nacimiento respecto a la luz.
¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y los modernos? Nos
han enseñado que un niño es más sabio que ellos, porque éste sólo
piensa en lo que puede conseguir. Hasta ahora la naturaleza de los
primeros principios es un secreto del Creador. ¿En qué consiste que
los aires arrastran los sonidos? ¿Cómo es que algunos de nuestros
miembros obedecen constantemente a nuestra voluntad? ¿Qué mano es
la que coloca las ideas en la memoria, las conserva allí como en un
registro y las saca cuando queremos y también cuando no queremos?
Nuestra naturaleza, la del universo y la de las plantas, están
escondidas en un abismo de las tinieblas. El hombre es un ser que
obra, que siente y piensa: he aquí todo lo que sabemos; pero
ignoramos qué es lo que nos hace pensar, sentir y obrar. La facultad
de obrar es tan incomprensible para nosotros como la facultad de
pensar. Es menos difícil concebir que el cuerpo de barro tenga
sentimientos e ideas, que concebir que un ser tenga ideas y sentimientos.
Comparad el alma de Arquímedes con el alma de un imbécil: ¿son las
dos de una misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar,
pensarán siempre con independencia del cuerpo, que no podrá obrar
sin ellas; si piensan por su propia naturaleza, ¿será de la misma
especie el alma que no puede comprender una regla de aritmética, que
el alma que midió los cielos? Si los órganos corporales hacen pensar
a Arquímedes, ¿por qué un idiota, mejor constituido y más
vigoroso que Arquímedes, digiriendo mejor y desempeñando con más
perfección las funciones corporales, no piensa? A esto se contesta
que su cerebro no es tan bueno; pero eso es una suposición, porque
los que así contestan no lo saben. No se encontró nunca diferencia
alguna en los cerebros disecados, y es además verosímil que el
cerebelo de un tonto se encuentre en
mejor estado que el de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó
prodigiosamente.
Deduzcamos, pues, de esto lo que antes dedujimos: que somos
ignorantes ante los primeros principios.
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