ALMA (1)
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III
Del alma de las bestias
Antes de admitir el extraño sistema que supone que los animales son
unas máquinas incapaces de sensación, los hombres no creyeron nunca
que las bestias tuvieran alma inmaterial, y nadie fue tan
temerario que se atreviera a decir que la ostra estaba dotada de
alma espiritual. Estaban acordes las opiniones y convenían en que
las bestias habían recibido de Dios sentimiento, memoria, ideas,
pero no espíritu. Nadie había abusado del don de raciocinar hasta
el extremo de decir que la Naturaleza concedió a las bestias todos
los órganos del sentimiento para que no tuvieran sentimiento. Nadie
había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando se las
persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la
omnipotencia de Dios, reconociendo que pudo comunicar a la materia
orgánica de los
animales el placer, el dolor, el recuerdo, la combinación de algunas
ideas; pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, al
perro de caza, del talento para perfeccionarse en las artes que se
les enseñan; pudo dar a los animales carnívoros medios para hacer la
guerra. No sólo pudo, sino que así lo hizo; pero Pereyra y
Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba; que Dios había
jugado con él a los cubiletes, dotando con todos los instrumentos de
la vida y de la sensación a los animales, con el propósito
deliberado de que carecieran de sensación y de vida propiamente
dicha, y otros que tenían pretensiones de filósofos, con la idea de
contradecir la idea de Descartes, concibieron la quimera opuesta,
diciendo que estaban dotados de espíritu los animales y que tenían
alma los sapos y los insectos.
Entre estas dos locuras, la primera que niega el sentimiento
a los
órganos que lo producen, y la segunda que hace alojar un espíritu
puro en el cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por
un término medio, que llamaron instinto. ¿Y qué es el instinto? Es
una forma sustancial, una forma plástica, es «un no sé qué». Seré
de vuestra opinión cuando llaméis a la mayoría de las cosas «yo no
sé qué», cuando vuestra filosofía empiece y acabe por «yo no sé
nada».
El autor del artículo Alma, publicado en la
Enciclopedia, dice: «En
mi opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia
inmaterial e inteligente. Pero ¿de qué clase es ésta? Debe consistir
en un principio activo capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre
la naturaleza del alma de las bestias, no nos proporciona ningún
motivo para creer que su espiritualidad las salve del
anonadamiento.»
Es para mí incomprensible poder tener idea de una sustancia
inmaterial. Representarse algún objeto es tener en la imaginación
una imagen de él, y hasta hoy nadie ha conseguido pintar el
espíritu. Concedo que el autor que acabo de citar entienda
«concebir» por la palabra «representar». Pero yo confieso que
tampoco la concibo, como no concibo que pueda anonadarse un alma
espiritual, como no
concibo la creación ni la nada, porque ignoro completamente el
principio de todas las cosas.
Si trato de probar que el alma es un ser real, me contestan
diciendo que es una facultad; si afirmo que es una facultad y que
posee la de pensar, me responden que me equivoco, que Dios, dueño
absoluto de la naturaleza, lo hace todo en mí y dirige todos mis
actos y pensamientos; que si yo produjera mis pensamientos, sabría
los que produzco
cada minuto, y no lo sé; que sólo soy un autómata con sensaciones y
con ideas, que dependo exclusivamente del Ser Supremo, y estoy tan
sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.
Confieso, pues, mi ignorancia, y que cuatro mil tomos de metafísica
son insuficientes para enseñamos lo que es el alma.
Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis
conseguido llegar a creer que por su naturaleza el alma es mortal y
que sólo es eterna por la voluntad de Dios?» «Porque lo he
experimentado», contestó el otro filósofo. «¿Cómo lo habéis
experimentado'? ¿Acaso os habéis muerto'?» «Si; algunas veces. Tenía
ataques de epilepsia en mi juventud, y os aseguro que me quedaba
completamente muerto durante algunas horas. Después no
experimentaba ninguna sensación ni recordaba lo que me había
sucedido. Ahora me sucede lo mismo casi todas las noches. Ignoro en
qué momento me duermo, y duermo sin soñar. Sólo por conjeturas
puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy, pues, muerto
ordinariamente seis horas cada veinticuatro: la cuarta parte de mi
vida.» El ortodoxo sostuvo que él pensaba siempre mientras dormía,
pero sin saber lo que pensaba. El heterodoxo le contestó: «Creo por
la revelación que pensaré siempre en la otra vida; pero os aseguro
que rara vez pienso en esta.»
El ortodoxo no se equivocaba al afirmar la inmortalidad del alma,
porque la fe y la razón demuestran esta verdad; pero podía
equivocarse al asegurar que el hombre dormido piensa siempre. Locke
confesaba francamente que no pensaba siempre que dormía; y otro
filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de pensar, pero ésta no
es la esencia del hombre.» Dejemos a cada individuo la libertad y el consuelo de estudiarse
a sí mismo y de perderse en el laberinto de
sus ideas.
Esto no obstante, es curioso saber que en 1730 hubo un filósofo que
fue perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, o sea que no
ejercitaba su entendimiento todos los minutos del día y de la
noche, así como no se servía en todos ellos de los brazos y de las
piernas. No sólo la ignorancia de la corte le persiguió, sino
también la ignorancia maligna de algunos que pretendían ser literatos. Lo que sólo
produjo en Inglaterra algunas disputas filosóficas produjo en
Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima por seguir a Locke.
Siempre hubo en el fango de nuestra literatura algunos
miserables capaces de vender su pluma y atacar hasta a sus mismos
bienhechores. Esta observación parece impertinente en un articulo en
el que se trata del alma; pero no debemos perder ninguna ocasión de
afear la conducta de los que quieren deshonrar el glorioso título de
hombres de letras, prostituyendo su escaso talento y su conciencia a
un vil interés, a una política quimérica, y que hacen traición a sus
amigos por halagar a los necios. No sucedió nunca en Roma que
denunciaran a Lucrecio por haber puesto en verso el sistema de
Epicuro; ni a Cicerón por decir muchas veces que después de morir no
se siente dolor alguno; ni acusaron a Plinio ni a Varrón de haber
tenido ideas particulares acerca de la Divinidad. La libertad de
pensar fue ilimitada en Roma. Los hombres de cortos alcances y
temerosos que en Francia se han esforzado en ahogar esa libertad,
madre de nuestros conocimientos y espuela del entendimiento humano,
para conseguir sus fines han hablado de los peligros quiméricos que
ésta puede traer. No reflexionaron que los romanos, que gozaban de
completa libertad de pensar, no por eso dejaron de ser nuestros
vencedores y nuestros legisladores, y que las disputas de escuela
tienen tan poca relación con el gobierno como el tonel de Diógenes
tuvo con las victorias de Alejandro. Esta lección equivale a una
lección respecto al alma; quizá tendremos algunas ocasiones de
insistir sobre ella.
Aunque adoremos a Dios con toda el alma, debemos confesar nuestra
profunda ignorancia respecto al alma, a esa facultad de sentir y de
pensar que debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros
endebles raciocinios nada quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto
que debemos emplear la inteligencia, cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias,
como los relojeros emplean los resortes en los relojes, sin saber
lo que es un resorte.
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