ALMA (1)
(2) (3)
(4) (5) (6)
(7)
(8)
(9) (10)
(11)

Es singular que las leyes del pueblo predilecto de Dios no digan ni
una sola palabra acerca de la espiritualidad y de la inmortalidad
del alma, ni hablen tampoco de esto el Decálogo, ni el Levítico, ni
el Deuteronomio. También es indudable que en ninguna parte
Moisés proponga a los judíos recompensas y penas en otra vida. No
les habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les dice que
esperen ir al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de
Moisés todo es temporal. En el Deuteronomio habla a los judíos de
este modo:
«Si después de haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis
exterminados en vuestra patria y quedaréis reducidos a escaso
número, que viviréis esparcidos por las demás naciones.
»Yo soy un Dios celoso que castigo la iniquidad de los padres hasta
la tercera y hasta la cuarta generación.
»Honrad a padre y madre, con el objeto de vivir
muchos años.
»Siempre tendréis que comer; la comida no os faltará nunca.
»Si obedecéis a dioses extranjeros, seréis destruidos.
»Si obedecéis al verdadero Dios, tendréis lluvias en la primavera,
y en otoño trigo, aceite, vino, heno para los animales, y podréis
comer y saciaros.
»Imprimid estas palabras en vuestros corazones, ponedlas ante
vuestros ojos, escribidlas sobre vuestras puertas, con la idea de
que vuestros días se multipliquen.
»Haced lo que os mando, sin quitar ni añadir nada.
»Si aparece un profeta que profetice sucesos prodigiosos, si su
predicación es verdadera, si lo que prevé sucede, si os dice:
«Vamos, seguid conmigo a los dioses extranjeros», matadle en
seguida, que se amotine todo el pueblo contra él para herirle.
»Cuando el Señor os entregue las naciones, degollad sin perdonar
a
un solo hombre, no tengáis piedad de nadie.
»No comáis animales
impuros, como lo son el águila, el grifo, el ixión, etc.
»No comáis tampoco animales rumiantes y que tengan las uñas
hendidas, como el camello, la liebre, el puercoespín, etc.
»Si observáis estos mandatos, seréis bendecidos en la ciudad y en
los campos, y serán benditos los frutos de vuestro vientre, de
vuestra tierra y de vuestras bestias.
»Si no obedecéis todos estos mandatos ni observáis todas las
ceremonias, seréis malditos en la ciudad y en los campos, sufriréis la pobreza y el hambre, os moriréis de frío, de fiebre
y de miseria; tendréis sarna, fístulas, etc., os saldrán úlceras en
las rodillas y en los muslos.
»El extranjero os prestará con usura; pero vosotros no le prestaréis
de ese modo, porque vosotros querréis servir al Señor», etc., etc.
Es evidente que en todas estas promesas y amenazas no se trata mas
que de lo temporal, y no se encuentra una sola palabra que verse
sobre la inmortalidad del alma ni sobre la vida futura. Algunos
comentaristas ilustres creen que Moisés estaba enterado de esos dos
grandes dogmas, y prueban su opinión apoyándose en lo que dijo
Jacob, el cual, creyendo que habían devorado a su hijo bestias
feroces, exclamó: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto es,
moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia
citando pasajes de Isaías y de Ezequiel; pero los hebreos a quienes
habló Moisés no pudieron haber leído a Isaías ni a Ezequiel, que
escribieron muchos siglos después.
Es inútil cuestionar sobre lo que secretamente opinaba Moisés, ya
que está comprobado que en sus leyes no habló nunca de la vida
futura, y que limita los castigos y las recompensas al tiempo
presente. Si conoció la vida futura, ¿por qué no proclamó este
dogma? A tal pregunta contestan varios comentaristas diciendo que
el Señor de Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de
explicar en tiempo oportuno a los judíos una doctrina que no
estaban en estado de comprender cuando vivían en el desierto.
Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del alma, le hubiera combatido una importante escuela de los judíos, la de los saduceos,
autorizada por el Estado, que les permitía desempeñar los primeros
cargos de la nación y nombrar grandes pontífices a sus sectarios.
Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los
judíos en tres sectas: la de los fariseos, la de los saduceos y la
de los esenios. El historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos
refiere en el libro XIII de sus antigüedades que los fariseos
creían en la metempsicosis; los saduceos creían que el alma perecía
con el cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según éstos,
las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los
aires para introducirse en los cuerpos, por la violenta atracción
que ejercían sobre ellas; y cuando morían los cuerpos, las almas que
habían pertenecido a los buenos iban a morar más allá del Océano, en
un país donde no se sentía calor ni frío, ni
había viento ni llovía. Las almas de los malos iban a morar en un
clima pernicioso. Esta era la teología de los judíos.
El que debía enseñar a todos los hombres condenó
a estas tres
sectas. Sin su auxilio no hubiéramos llegado nunca a comprender
nuestra alma, porque los filósofos no tuvieron jamás una idea
determinada de ella, y Moisés, único legislador del mundo antiguo,
que habló con Dios frente a frente, dejó la humanidad sumida en la
más profunda ignorancia respecto a este punto. Sólo después de mil
setecientos años tenemos la certidumbre de la existencia y de la inmortalidad
del alma.
Cicerón abrigaba sus dudas. Su nieto y su nieta supieron la verdad
por los primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de esa época y después de ella, en todo el resto del mundo,
donde los apóstoles no penetraron, cada cual debía preguntar a su
alma: «¿Qué eres? ¿de dónde vienes? ¿qué haces? ¿dónde vas? Eres
un no sé qué, que piensas y sientes, pero aunque sientas y pienses
más de cien millones de años, no conseguirás saber más sin el
auxilio de Dios, que te concedió el entendimiento para que te
sirviera de guía,
pero no para penetrar en la esencia de lo que él creó.» Así pensó Locke, y antes que Locke, Gassendi, y antes que Gassendi, multitud
de sabios; pero hoy los bachilleres saben lo que esos grandes
hombres ignoraban.
Enemigos encarnizados de la razón se han atrevido
a oponerse a esas verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su
imprudencia hasta el extremo de imputar al autor de esta obra la
opinión de que cada alma es materia. Perseguidores de la
inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo contrario, y que, dirigiéndonos
a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les
preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que
no sabéis nada.» Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.
Nadie sabe lo que es el ser que llamamos «espíritu», al que vosotros
mismos dais un nombre material, haciéndole sinónimo de aire. Los
primeros Padres de la Iglesia creían que el alma era corporal. Es
imposible que nosotros, que somos seres limitados, sepamos si
nuestra inteligencia es sustancia o facultad; no podemos conocer a
fondo ni el ser extenso ni el ser pensante, o sea el mecanismo del pensamiento. Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke,
afirmamos que por nosotros mismos no podemos conocer los secretos
del Creador. ¿Sois dioses que lo sabéis todo? Os repetimos que
sólo podemos conocer por la revelación de la Naturaleza y el destino
del alma; y esta revelación no os
basta. Debéis ser enemigos de la revelación, porque perseguís a
los que la creen y a los que de ella lo esperan todo.
Nos referimos a la palabra de Dios, y vosotros, que fingiendo
religiosidad sois enemigos de Dios y de la razón, que blasfemáis
unos de otros, tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero en las fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste
de mi el año pasado; debo beberme tu sangre.» Pero la filosofía no
se venga, se ríe de esos vanos esfuerzos y enseña tranquilamente a
los hombres que queréis embrutecer para que sean iguales a vosotros.
|