ALMA (1)
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II
De las dudas de Locke sobre el alma
El autor del artículo Alma, que publicó la
Enciclopedia, siguió escrupulosamente las opiniones de Jaquelet. Pero Jaquelet no
nos enseña nada. Ataca a Locke porque éste modestamente dijo:
«Quizás no seremos nunca capaces de conocer si un ser material
piensa o no, por la razón de que nos es imposible descubrir por
medio de la contemplación de nuestras propias ideas si Dios ha
concedido a cualquier montón de materia, preparada a propósito, el
poder de conocerse y de pensar, o si unió a la materia de ese modo preparada una sustancia
inmaterial que piensa. Con relación a nuestras nociones, no nos es difícil concebir que Dios puede,
si
así le place, añadir a la idea que tenemos de la materia la
facultad de pensar; ni nos es difícil comprender que pueda añadirle
otra sustancia que posea dicha facultad; porque ignoramos en qué
consiste el pensamiento, y no sabemos tampoco la clase de sustancia
a la que el Ser todopoderoso pueda conceder ese poder, y que puede
crear en virtud de la voluntad omnímoda de Creador. No encuentro
contradicción en que Dios, ser pensante, eterno y todopoderoso, dote
si quiere de algunos grados de sentimiento, de perfección y de
pensamiento a ciertos montones de materia creada insensible, y que
los una a ella cuando lo crea conveniente.»
Como acabamos de ver, Locke habla como hombre
profundo, religioso y modesto (1).
Conocidos son los disgustos que
le proporcionó el manifestar esta opinión, que en su época pareció
atrevida, pero que sólo era la consecuencia de la convicción que
abrigaba de la omnipotencia de Dios y de la debilidad del hombre. No
aseguró que la materia piensa, pero dijo que no sabemos bastante
para demostrar que es imposible que Dios añada el don del
pensamiento al ser desconocido que llamamos materia, después de
haberle concedido nosotros el don de la gravitación y el don del
movimiento, que no son igualmente incomprensibles.
Locke no fue el único que inició esta opinión; indudablemente ya la
tuvo la antigüedad, puesto que consideraba el alma como una materia
muy delicada, y por consecuencia, aseguraba que la materia podía
sentir y pensar.
Esta fue también la opinión de Gassendi, como puede verse en las
objeciones que hizo a Descartes. «Es verdad -dice Gassendi- que
conocéis, que pensáis, pero no sabéis qué especie de sustancia
sois. Por lo tanto, aunque os sea conocida la operación del
pensamiento, desconocéis lo principal de vuestra esencia, ignorando
cuál es la naturaleza de esa sustancia de la que el acto de pensar
es una de las operaciones. En esto os parecéis al ciego que, al
sentir el calor de los rayos solares y sabiendo que lo causa el sol,
creyera que tenía la idea clara y distinta de lo que es ese astro,
porque si le preguntaban qué es el sol, podía responder: «Es una
cosa que calienta.» El mismo Gassendi, en su libro titulado
Filosofía de Epicuro, repite algunas veces que no hay evidencia
matemática de la pura espiritualidad del alma.
Descartes, en una de las cartas que dirigió a la princesa palatina Elisabeth, le dijo: «Confieso que por medio de la
razón natural podemos hacer muchas conjeturas respecto al alma y
acariciar halagüeñas esperanzas, pero no podemos tener ninguna
seguridad.» En este caso, Descartes ataca en
sus cartas lo que afirma en sus libros.
Acabamos de ver que los Padres de la
Iglesia de los primeros
siglos, creyendo al alma inmortal, la creían material al mismo
tiempo, suponiendo que a Dios le era tan fácil conservar como crear. Por eso decían: «Dios la hizo pensante, y pensante la
conservará.»
Malebranche probó bastante bien que nosotros no adquirimos ninguna
idea por nosotros mismos, y que los objetos son incapaces de
dárnoslas. De esto dedujo que provienen de Dios. Esto equivale a
decir que Dios es el autor de todas nuestras ideas. Su sistema
forma un laberinto, en el cual una de las veredas conduce al sistema
de Spinoza, otra al estoicismo y la tercera al caos.
Después de disputar mucho tiempo sobre el espíritu y sobre la
materia, acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo
logró levantar con sus propias fuerzas el velo que la
Naturaleza tiene extendido sobre los primeros principios de las cosas.
Mientras ellos disputan, la Naturaleza obra.
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(1) Puede decirse que Locke creó la metafísica (así como Newton creó
la física) para conocer el alma, sus ideas y sus afecciones. No estudió en los libros, porque éstos le hubieran dado instrucción
errónea; se contentó con estudiarse a si mismo, y después de
contemplarse mucho tiempo, en el Tratado del entendimiento humano
presentó a los hombres el espejo donde él se había contemplado. En
una palabra, redujo la metafísica a lo que debe ser: a que fuese la
física experimental del alma.
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