ALMA (1) (2) (3)
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I
Es un término vago, indeterminado, que expresa un principio desconocido, pero de efectos conocidos, que sentimos
en nosotros mismos. La palabra «alma» corresponde a la frase anima
de los latinos, a la palabra que usan todas las naciones para
expresar lo que no comprenden más que nosotros.
En el sentido propio y literal del latín y de las lenguas que se
derivan de él, significa lo que «anima». Por eso se dice: «el alma
de los hombres, de los animales y de las plantas», para significar
su principio de vegetación y de vida.
Al pronunciar esta palabra sólo nos da una idea confusa, como
cuando se dice en el Génesis: «Dios sopló en el rostro del hombre un
soplo de vida y se convirtió en alma
viviente; el alma de los animales está en la sangre; no matéis pues,
su alma.»
De modo que el alma -en sentido general- se toma por
el origen y la causa de la vida, por la vida misma. Por esto las
naciones antiguas creyeron durante muchísimo tiempo que todo moría
al morir el cuerpo. Aunque es difícil desentrañar la verdad en
el caos de las historias remotas, tiene visos de probabilidad que
los egipcios fuesen los primeros que distinguieron la inteligencia y
el alma, y los griegos aprendieron de ellos a distinguirla. Los
latinos, siguiendo el ejemplo de los griegos, distinguieron animus y
anima, y nosotros distinguimos también alma e
inteligencia. Pero lo que constituye el principio de nuestra vida
¿constituye el principio de nuestros pensamientos? ¿Son dos cosas diferentes,
o forman un mismo principio'? Lo que nos hace digerir,
lo que nos produce sensaciones y nos da memoria, ¿se parece a lo
que es causa en los animales de la digestión, de las
sensaciones y de la memoria?
He aquí el eterno objeto de las disputas de los hombres.
Digo eterno objeto porque, careciendo de la noción primitiva que
nos guíe en este examen, tendremos que permanecer siempre encerrados
en un laberinto de dudas y de conjeturas.
No contamos ni con un solo escalón donde afirmar el pie
para llegar al vago conocimiento de lo que nos hace vivir y de lo
que nos hace pensar. Para poseerlo sería preciso ver cómo la vida y
el pensamiento entran en un cuerpo. ¿Sabe un padre cómo produce a
su hijo? ¿Sabe la madre cómo lo concibe? ¿Puede alguien adivinar
cómo se agita, cómo se despierta y cómo duerme? ¿Sabe alguno cómo
los miembros obedecen a su voluntad? ¿Ha descubierto el medio por
el cual las ideas se forman en su cerebro y salen de él cuando lo
desea? Débiles autómatas, colocados por la mano invisible que nos
gobierna en el escenario del mundo, ¿quién de nosotros ha podido ver
el hilo que origina nuestros movimientos?
No nos atrevemos a cuestionar si el alma inteligente es
«espíritu» o «materia»; si fue creada antes que nosotros; si sale
de la nada cuando nacemos; si después de habernos animado durante un
día en el mundo, vive, cuando nosotros morimos, en la eternidad.
Esas cuestiones, que parecen sublimes, sólo son cuestiones de
ciegos que preguntan a otros ciegos: «¿Qué es la luz?»
Cuando tratamos de conocer los elementos que encierra
un pedazo de
metal, lo sometemos al fuego en un crisol.
¿Poseemos crisol alguno para someter el alma? Unos dicen que es
«espíritu»; pero ¿qué es espíritu? Nadie lo sabe; es una palabra tan
vacía de sentido, que nos vemos obligados a decir que el espíritu no
se ve, porque no sabemos decir lo que es. «El alma es materia»,
dicen otros. Pero ¿qué es materia? Sólo conocemos algunas de sus
apariencias y algunas de sus propiedades, y ninguna de estas
propiedades y apariencias parece tener la menor relación con el
pensamiento.
Hay también quien opina que el alma está formada de algo distinto de
la materia. Pero ¿qué pruebas tenemos de esto? Se funda tal opinión
en que la materia es divisible y puede tomar diferentes aspectos, y
el pensamiento no lo es. Pero ¿quién os ha dicho que los primeros
principios de la materia sean divisibles y figurables? Es muy
verosímil que no lo sean; sectas enteras de filósofos sostienen que
los elementos de la materia no tienen figura ni extensión. Creéis
anonadarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni piedra, ni
arena, ni metal; luego el pensamiento no puede ser materia.» Pero
eso son débiles y atrevidos razonamientos. La gravitación no es
metal, ni arena, ni piedra, ni madera: el movimiento, la
vegetación, la vida, no son ninguna de esas cosas, y sin embargo,
la vida, la vegetación, el movimiento y la gravitación son
cualidades de la materia. Decir que Dios no puede conseguir que la
materia piense, es decir el absurdo más insolente que se haya
proferido nunca en la escuela de la demencia. No estamos seguros de
que Dios haya obrado así, pero sí que estamos seguros de que puede
obrar de tal modo. ¿Qué importa todo lo que se ha dicho y lo que se
dirá sobre el alma? ¿Qué importa que la hayan llamado entelequia,
quinta esencia, llama o éter; que la hayan creído universal,
increada, transmigrante, etc., etc.? ¿Qué importan en cuestiones
inaccesibles a la razón esas novelas creadas por nuestras inciertas
imaginaciones? ¿Qué importa que los Padres de la Iglesia de los
cuatro primeros siglos creyeran que el alma era corporal? ¿Qué
importa que Tertuliano, contradiciéndose, decidiese que el alma es corporal, figurada y simple al mismo tiempo? Tenemos mil
testimonios de nuestra ignorancia, pero ni uno solo ofrece
vislumbre de verosimilitud.
¿Cómo nos atrevemos a afirmar lo que es el alma? Sabemos con
certidumbre que existimos, que sentimos y que pensamos. Deseamos ir
más allá y caemos en un un abismo de tinieblas. Sumergidos en ese
abismo, todavía se apodera de nosotros la loca temeridad de disputar
si el alma, de la que no tenemos la menor idea, se creó antes que
nosotros o al mismo tiempo que nosotros, y si es perecedera o
inmortal.
El alma y todos los artículos que son metafísicos
deben empezar sometiéndose sinceramente a los dogmas de la
Iglesia,
porque indudablemente la revelación vale más que toda la filosofía.
Los sistemas ejercitan el espíritu, pero la fe le alumbra y le guía.
Con frecuencia pronunciamos palabras de las que
tenemos una idea muy confusa, y algunas veces ignoramos el
significado, ¿No está en este caso la palabra «alma»? Cuando la
lengüeta o la válvula de un fuelle está descompuesta, y el aire que
entra en el vientre del fuelle sale por alguna de las aberturas que
tiene la válvula, y éste no está comprimido por las dos paletas y no
sale con la violencia que se necesita para encender el fuego, las
criadas dicen: «Está descompuesta el alma del fuelle,» No saben más,
y esa cuestión no turba su tranquilidad. El jardinero habla del
«alma de las plantas», y las cultiva bien, sin saber lo que
significa esta palabra. En muchas de nuestras manufacturas, los
obreros dan la calificación de alma a sus máquinas, y nunca disputan
sobre el significado de dicha palabra; no sucede así a los
filósofos.
La palabra «alma», entre nosotros, en su
significado general, sirve para denotar lo que «anima». Nuestros
antepasados los celtas dieron al alma el nombre de seel, del
que los ingleses formaron la palabra soul y los alemanes la
palabra seel, y probablemente los antiguos teutones y los
antiguos bretones no disputarían sobre esa palabra.
Los griegos distinguían tres clases de alma: «el
alma sensitiva» o «el alma de los sentidos» (he aquí por qué el
Amor, hijo de Afrodita, sintió tan vehemente pasión por Psyquis, y
por qué Psyquis le amó tiernamente); el soplo que da vida y
movimiento a toda máquina, y que nosotros traducimos por «espíritu»,
y la tercera clase de alma, que, como nosotros, llamaron
«inteligencia». Poseemos, pues, tres almas, sin tener la más ligera
noción de ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite estas tres
almas, como buen peripatético, y distingue cada unía de ellas en
tres partes: una está en el pecho, otra en todo el cuerpo y la
tercera en la cabeza. En nuestras escuelas no se conoció otra
filosofía hasta el siglo XVIII... ¡Y desgraciado el hombre que
hubiera tomado una de esas tres almas por la otra!
Hay, sin embargo, motivo para este caos de ideas.
Los hombres conocieron que, cuando les excitaban las pasiones del
amor, de la cólera o del miedo, sentían ciertos movimientos en las entrañas. El hígado y el corazón fueron asignados
como asiento de las pasiones. Cuando se medita profundamente,
sentimos cierta opresión en los órganos de la cabeza: luego el
alma intelectual está en el cerebro. Sin respirar no es posible la
vegetación y la vida: luego el alma vegetativa está en el pecho, que
recibe el soplo del aire.
Cuando los hombres vieron en sueños a sus padres
o a sus amigos
muertos, se dedicaron a estudiar qué es lo que se les había
aparecido. No era el cuerpo, porque lo había consumido una hoguera,
se lo había tragado el mar y había servido de pasto a los peces.
Esto no obstante, sostenían que algo se les había aparecido, puesto
que lo habían visto; el muerto les había hablado, y el que estaba
soñando le dirigía preguntas. ¿Con quién habían conversado durmiendo?
Se imaginaron que era un fantasma, una figura aérea, una sombra, los
manes, una pequeña alma de aire y fuego extremadamente delicada,
que vagaba por no sé dónde.
Andando el tiempo, cuando quisieron profundizar este estudio,
convinieron en que dicha alma era corporal, y esta fue la idea que de ella tuvo la antigüedad. Llegó después Platón,
que sutilizó esa alma de tal manera, que se llegó a sospechar que la
separó casi completamente de la materia; pero ese problema no se resolvió
hasta que la fe vino a iluminarnos.
En vano los materialistas alegan que algunos
Padres de la Iglesia
no se expresaron con exactitud, San Ireneo dice que el alma es el
soplo de la vida, que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo
de los mortales, pero que conserva la figura de hombre con el objeto
de que se la reconozca.
En vano Tertuliano se expresa de este modo: «La corporalidad del
alma resalta en el Evangelio; porque si el alma no tuviera cuerpo,
la imagen del alma no tendría imagen corpórea.» En vano ese mismo
filósofo refiere la visión de una mujer santa que vio un alma muy
brillante y del color del aire.
En vano alegan que San Hilario dijo en tiempos posteriores: «No
hay nada de lo creado que no sea corporal, ni en el cielo ni en la
tierra, ni en lo visible ni en lo invisible; todo está formado de
elementos, y las almas, ya habiten en un cuerpo, ya salgan de él,
tienen siempre una sustancia corporal.»
En vano San Ambrosio, en el siglo VI, dijo: «No conocemos nada que
no sea material, si exceptuamos la venerable Trinidad.»
La Iglesia ha decidido por unanimidad que el alma es
inmaterial. Los indicados santos incurrieron en un error que era
entonces universal; eran hombres. Pero no se equivocaron respecto a
la inmortalidad, porque los Evangelios evidentemente lo anuncian.
Necesitamos conformarnos con la decisión de la
Iglesia, porque no
poseemos la noción suficiente de lo que se llama «espíritu puro» y
de lo que se llama «materia». El espíritu puro es una palabra que
no nos transmite ninguna idea, y sólo conocemos la materia por alguno de sus fenómenos. La conocemos
tan poco, que la llamamos «sustancia», y la palabra «sustancia»
quiere decir lo que «está debajo»; pero este debajo está oculto
eternamente para nosotros; es el secreto del Creador en todas
partes. No sabemos cómo recibimos la vida, ni cómo la damos, ni
cómo crecemos, ni cómo digerimos, ni cómo dormimos, ni cómo
pensamos, ni cómo sentimos. Es una incomprensible dificultad conocer
cómo cualquiera de los seres concibe sus pensamientos.
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