ALMA
I
Es un término vago, indeterminado, que expresa un principio desconocido, pero de efectos conocidos, que sentimos
en nosotros mismos. La palabra «alma» corresponde a la frase anima
de los latinos, a la palabra que usan todas las naciones para
expresar lo que no comprenden más que nosotros.
En el sentido propio y literal del latín y de las lenguas que se
derivan de él, significa lo que «anima». Por eso se dice: «el
alma
de los hombres, de los animales y de las plantas», para significar
su principio de vegetación y de vida.
Al pronunciar esta palabra sólo nos da una idea confusa, como
cuando se dice en el Génesis: «Dios sopló en el rostro del hombre un
soplo de vida y se convirtió en alma
viviente; el alma de los animales está en la sangre; no matéis pues,
su alma.»
De modo que el alma -en sentido general- se toma por
el origen y la causa de la vida, por la vida misma. Por esto las
naciones antiguas creyeron durante muchísimo tiempo que todo moría
al morir el cuerpo. Aunque es difícil desentrañar la verdad en
el caos de las historias remotas, tiene visos de probabilidad que
los egipcios fuesen los primeros que distinguieron la inteligencia y
el alma, y los griegos aprendieron de ellos a distinguirla. Los
latinos, siguiendo el ejemplo de los griegos, distinguieron animus y
anima, y nosotros distinguimos también
alma e
inteligencia. Pero lo que constituye el principio de nuestra vida
¿constituye el principio de nuestros pensamientos? ¿Son dos cosas diferentes,
o forman un mismo principio'? Lo que nos hace digerir,
lo que nos produce sensaciones y nos da memoria, ¿se parece a lo
que es causa en los animales de la digestión, de las
sensaciones y de la memoria?
He aquí el eterno objeto de las disputas de los hombres.
Digo eterno objeto porque, careciendo de la noción primitiva que
nos guíe en este examen, tendremos que permanecer siempre encerrados
en un laberinto de dudas y de conjeturas.
No contamos ni con un solo escalón donde afirmar el pie
para llegar al vago conocimiento de lo que nos hace vivir y de lo
que nos hace pensar. Para poseerlo sería preciso ver cómo la vida y
el pensamiento entran en un cuerpo. ¿Sabe un padre cómo produce a
su hijo? ¿Sabe la madre cómo lo concibe? ¿Puede alguien adivinar
cómo se agita, cómo se despierta y cómo duerme? ¿Sabe alguno cómo
los miembros obedecen a su voluntad? ¿Ha descubierto el medio por
el cual las ideas se forman en su cerebro y salen de él cuando lo
desea? Débiles autómatas, colocados por la mano invisible que nos
gobierna en el escenario del mundo, ¿quién de nosotros ha podido ver
el hilo que origina nuestros movimientos?
No nos atrevemos a cuestionar si el
alma inteligente es
«espíritu» o «materia»; si fue creada antes que nosotros; si sale
de la nada cuando nacemos; si después de habernos animado durante un
día en el mundo, vive, cuando nosotros morimos, en la eternidad.
Esas cuestiones, que parecen sublimes, sólo son cuestiones de
ciegos que preguntan a otros ciegos: «¿Qué es la luz?»
Cuando tratamos de conocer los elementos que encierra
un pedazo de
metal, lo sometemos al fuego en un crisol.
¿Poseemos crisol alguno para someter el alma? Unos dicen que es
«espíritu»; pero ¿qué es
espíritu? Nadie lo sabe; es una palabra tan
vacía de sentido, que nos vemos obligados a decir que el
espíritu no
se ve, porque no sabemos decir lo que es. «El
alma es materia»,
dicen otros. Pero ¿qué es materia? Sólo conocemos algunas de sus
apariencias y algunas de sus propiedades, y ninguna de estas
propiedades y apariencias parece tener la menor relación con el
pensamiento.
Hay también quien opina que el
alma está formada de algo distinto de
la materia. Pero ¿qué pruebas tenemos de esto? Se funda tal opinión
en que la materia es divisible y puede tomar diferentes aspectos, y
el pensamiento no lo es. Pero ¿quién os ha dicho que los primeros
principios de la materia sean divisibles y figurables? Es muy
verosímil que no lo sean; sectas enteras de filósofos sostienen que
los elementos de la materia no tienen figura ni extensión. Creéis
anonadarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni piedra, ni
arena, ni metal; luego el pensamiento no puede ser materia.» Pero
eso son débiles y atrevidos razonamientos. La gravitación no es
metal, ni arena, ni piedra, ni madera: el movimiento, la
vegetación, la vida, no son ninguna de esas cosas, y sin embargo,
la vida, la vegetación, el movimiento y la gravitación son
cualidades de la materia. Decir que Dios no puede conseguir que la
materia piense, es decir el absurdo más insolente que se haya
proferido nunca en la escuela de la demencia. No estamos seguros de
que Dios haya obrado así, pero sí que estamos seguros de que puede
obrar de tal modo. ¿Qué importa todo lo que se ha dicho y lo que se
dirá sobre el alma? ¿Qué importa que la hayan llamado entelequia,
quinta esencia, llama o éter; que la hayan creído universal,
increada, transmigrante, etc., etc.? ¿Qué importan en cuestiones
inaccesibles a la razón esas novelas creadas por nuestras inciertas
imaginaciones? ¿Qué importa que los Padres de la Iglesia de los
cuatro primeros siglos creyeran que el alma era corporal? ¿Qué
importa que Tertuliano, contradiciéndose, decidiese que el
alma es corporal, figurada y simple al mismo tiempo? Tenemos mil
testimonios de nuestra ignorancia, pero ni uno solo ofrece
vislumbre de verosimilitud.
¿Cómo nos atrevemos a afirmar lo que es el
alma? Sabemos con
certidumbre que existimos, que sentimos y que pensamos. Deseamos ir
más allá y caemos en un un abismo de tinieblas. Sumergidos en ese
abismo, todavía se apodera de nosotros la loca temeridad de disputar
si el alma, de la que no tenemos la menor idea, se creó antes que
nosotros o al mismo tiempo que nosotros, y si es perecedera o
inmortal.
El alma y todos los artículos que son metafísicos
deben empezar sometiéndose sinceramente a los dogmas de la
Iglesia,
porque indudablemente la revelación vale más que toda la filosofía.
Los sistemas ejercitan el espíritu, pero la fe le alumbra y le guía.
Con frecuencia pronunciamos palabras de las que
tenemos una idea muy confusa, y algunas veces ignoramos el
significado, ¿No está en este caso la palabra «alma»? Cuando la
lengüeta o la válvula de un fuelle está descompuesta, y el aire que
entra en el vientre del fuelle sale por alguna de las aberturas que
tiene la válvula, y éste no está comprimido por las dos paletas y no
sale con la violencia que se necesita para encender el fuego, las
criadas dicen: «Está descompuesta el alma del fuelle,» No saben más,
y esa cuestión no turba su tranquilidad. El jardinero habla del
«alma de las plantas», y las cultiva bien, sin saber lo que
significa esta palabra. En muchas de nuestras manufacturas, los
obreros dan la calificación de alma a sus máquinas, y nunca disputan
sobre el significado de dicha palabra; no sucede así a los
filósofos.
La palabra «alma», entre nosotros, en su
significado general, sirve para denotar lo que «anima». Nuestros
antepasados los celtas dieron al alma el nombre de seel, del
que los ingleses formaron la palabra soul y los alemanes la
palabra seel, y probablemente los antiguos teutones y los
antiguos bretones no disputarían sobre esa palabra.
Los griegos distinguían tres clases de
alma: «el
alma sensitiva» o «el
alma de los sentidos» (he aquí por qué el
Amor, hijo de Afrodita, sintió tan vehemente pasión por Psyquis, y
por qué Psyquis le amó tiernamente); el soplo que da vida y
movimiento a toda máquina, y que nosotros traducimos por «espíritu»,
y la tercera clase de alma, que, como nosotros, llamaron
«inteligencia». Poseemos, pues, tres almas, sin tener la más ligera
noción de ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite estas tres
almas, como buen peripatético, y distingue cada unía de ellas en
tres partes: una está en el pecho, otra en todo el cuerpo y la
tercera en la cabeza. En nuestras escuelas no se conoció otra
filosofía hasta el siglo XVIII... ¡Y desgraciado el hombre que
hubiera tomado una de esas tres almas
por la otra!
Hay, sin embargo, motivo para este caos de ideas.
Los hombres conocieron que, cuando les excitaban las pasiones del
amor, de la cólera o del miedo, sentían ciertos movimientos en las entrañas. El hígado y el corazón fueron asignados
como asiento de las pasiones. Cuando se medita profundamente,
sentimos cierta opresión en los órganos de la cabeza: luego el
alma intelectual está en el cerebro. Sin respirar no es posible la
vegetación y la vida: luego el alma vegetativa está en el pecho, que
recibe el soplo del aire.
Cuando los hombres vieron en sueños a sus padres
o a sus amigos
muertos, se dedicaron a estudiar qué es lo que se les había
aparecido. No era el cuerpo, porque lo había consumido una hoguera,
se lo había tragado el mar y había servido de pasto a los peces.
Esto no obstante, sostenían que algo se les había aparecido, puesto
que lo habían visto; el muerto les había hablado, y el que estaba
soñando le dirigía preguntas. ¿Con quién habían conversado durmiendo?
Se imaginaron que era un fantasma, una figura aérea, una sombra, los
manes, una pequeña alma de aire y fuego extremadamente delicada,
que vagaba por no sé dónde.
Andando el tiempo, cuando quisieron profundizar este estudio,
convinieron en que dicha alma era corporal, y esta fue la idea que de ella tuvo la antigüedad. Llegó después Platón,
que sutilizó esa alma de tal manera, que se llegó a sospechar que la
separó casi completamente de la materia; pero ese problema no se resolvió
hasta que la fe vino a iluminarnos.
En vano los materialistas alegan que algunos
Padres de la Iglesia
no se expresaron con exactitud, San Ireneo dice que el
alma es el
soplo de la vida, que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo
de los mortales, pero que conserva la figura de hombre con el objeto
de que se la reconozca.
En vano Tertuliano se expresa de este modo: «La corporalidad del
alma resalta en el Evangelio; porque si el
alma no tuviera cuerpo,
la imagen del alma no tendría imagen corpórea.» En vano ese mismo
filósofo refiere la visión de una mujer santa que vio un
alma muy
brillante y del color del aire.
En vano alegan que San Hilario dijo en tiempos posteriores: «No
hay nada de lo creado que no sea corporal, ni en el cielo ni en la
tierra, ni en lo visible ni en lo invisible; todo está formado de
elementos, y las almas, ya habiten en un cuerpo, ya salgan de él,
tienen siempre una sustancia corporal.»
En vano San Ambrosio, en el siglo VI, dijo: «No conocemos nada que
no sea material, si exceptuamos la venerable Trinidad.»
La Iglesia ha decidido por unanimidad que el
alma es
inmaterial. Los indicados santos incurrieron en un error que era
entonces universal; eran hombres. Pero no se equivocaron respecto a
la inmortalidad, porque los Evangelios evidentemente lo anuncian.
Necesitamos conformarnos con la decisión de la
Iglesia, porque no
poseemos la noción suficiente de lo que se llama «espíritu puro» y
de lo que se llama «materia». El espíritu puro es una palabra que
no nos transmite ninguna idea, y sólo conocemos la materia por alguno de sus fenómenos. La conocemos
tan poco, que la llamamos «sustancia», y la palabra «sustancia»
quiere decir lo que «está debajo»; pero este debajo está oculto
eternamente para nosotros; es el secreto del Creador en todas
partes. No sabemos cómo recibimos la vida, ni cómo la damos, ni
cómo crecemos, ni cómo digerimos, ni cómo dormimos, ni cómo
pensamos, ni cómo sentimos. Es una incomprensible dificultad conocer
cómo cualquiera de los seres concibe sus pensamientos.
II - De las dudas de Locke sobre el alma
El autor del artículo Alma, que publicó la
Enciclopedia, siguió escrupulosamente las opiniones de Jaquelet. Pero Jaquelet no
nos enseña nada. Ataca a Locke porque éste modestamente dijo:
«Quizás no seremos nunca capaces de conocer si un ser material
piensa o no, por la razón de que nos es imposible descubrir por
medio de la contemplación de nuestras propias ideas si Dios ha
concedido a cualquier montón de materia, preparada a propósito, el
poder de conocerse y de pensar, o si unió a la materia de ese modo preparada una sustancia
inmaterial que piensa. Con relación a nuestras nociones, no nos es difícil concebir que Dios puede,
si
así le place, añadir a la idea que tenemos de la materia la
facultad de pensar; ni nos es difícil comprender que pueda añadirle
otra sustancia que posea dicha facultad; porque ignoramos en qué
consiste el pensamiento, y no sabemos tampoco la clase de sustancia
a la que el Ser todopoderoso pueda conceder ese poder, y que puede
crear en virtud de la voluntad omnímoda de Creador. No encuentro
contradicción en que Dios, ser pensante, eterno y todopoderoso, dote
si quiere de algunos grados de sentimiento, de perfección y de
pensamiento a ciertos montones de materia creada insensible, y que
los una a ella cuando lo crea conveniente.»
Como acabamos de ver, Locke habla como hombre
profundo, religioso y modesto (1).
Conocidos son los disgustos que
le proporcionó el manifestar esta opinión, que en su época pareció
atrevida, pero que sólo era la consecuencia de la convicción que
abrigaba de la omnipotencia de Dios y de la debilidad del hombre. No
aseguró que la materia piensa, pero dijo que no sabemos bastante
para demostrar que es imposible que Dios añada el don del
pensamiento al ser desconocido que llamamos materia, después de
haberle concedido nosotros el don de la gravitación y el don del
movimiento, que no son igualmente incomprensibles.
Locke no fue el único que inició esta opinión; indudablemente ya la
tuvo la antigüedad, puesto que consideraba el
alma como una materia
muy delicada, y por consecuencia, aseguraba que la materia podía
sentir y pensar.
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Esta fue también la opinión de Gassendi, como puede verse en las
objeciones que hizo a Descartes. «Es verdad -dice Gassendi- que
conocéis, que pensáis, pero no sabéis qué especie de sustancia
sois. Por lo tanto, aunque os sea conocida la operación del
pensamiento, desconocéis lo principal de vuestra esencia, ignorando
cuál es la naturaleza de esa sustancia de la que el acto de pensar
es una de las operaciones. En esto os parecéis al ciego que, al
sentir el calor de los rayos solares y sabiendo que lo causa el sol,
creyera que tenía la idea clara y distinta de lo que es ese astro,
porque si le preguntaban qué es el sol, podía responder: «Es una
cosa que calienta.» El mismo Gassendi, en su libro titulado
Filosofía de Epicuro, repite algunas veces que no hay evidencia
matemática de la pura espiritualidad del alma. |
Descartes, en una de las cartas que dirigió a la princesa palatina Elisabeth, le dijo: «Confieso que por medio de la
razón natural podemos hacer muchas conjeturas respecto al
alma y
acariciar halagüeñas esperanzas, pero no podemos tener ninguna
seguridad.» En este caso, Descartes ataca en
sus cartas lo que afirma en sus libros.
Acabamos de ver que los Padres de la
Iglesia de los primeros
siglos, creyendo al alma inmortal, la creían material al mismo
tiempo, suponiendo que a Dios le era tan fácil conservar como crear. Por eso decían: «Dios la hizo pensante, y pensante la
conservará.»
Malebranche probó bastante bien que nosotros no adquirimos ninguna
idea por nosotros mismos, y que los objetos son incapaces de
dárnoslas. De esto dedujo que provienen de Dios. Esto equivale a
decir que Dios es el autor de todas nuestras ideas. Su sistema
forma un laberinto, en el cual una de las veredas conduce al sistema
de Spinoza, otra al estoicismo y la tercera al caos.
Después de disputar mucho tiempo sobre el
espíritu y sobre la
materia, acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo
logró levantar con sus propias fuerzas el velo que la
Naturaleza tiene extendido sobre los primeros principios de las cosas.
Mientras ellos disputan, la Naturaleza obra.
III - Del alma de las bestias
Antes de admitir el extraño sistema que supone que los animales son
unas máquinas incapaces de sensación, los hombres no creyeron nunca
que las bestias tuvieran alma inmaterial, y nadie fue tan
temerario que se atreviera a decir que la ostra estaba dotada de
alma espiritual. Estaban acordes las opiniones y convenían en que
las bestias habían recibido de Dios sentimiento, memoria, ideas,
pero no espíritu. Nadie había abusado del don de raciocinar hasta
el extremo de decir que la Naturaleza concedió a las bestias todos
los órganos del sentimiento para que no tuvieran sentimiento. Nadie
había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando se las
persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la
omnipotencia de Dios, reconociendo que pudo comunicar a la materia
orgánica de los
animales el placer, el dolor, el recuerdo, la combinación de algunas
ideas; pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, al
perro de caza, del talento para perfeccionarse en las artes que se
les enseñan; pudo dar a los animales carnívoros medios para hacer la
guerra. No sólo pudo, sino que así lo hizo; pero Pereyra y
Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba; que Dios había
jugado con él a los cubiletes, dotando con todos los instrumentos de
la vida y de la sensación a los animales, con el propósito
deliberado de que carecieran de sensación y de vida propiamente
dicha, y otros que tenían pretensiones de filósofos, con la idea de
contradecir la idea de Descartes, concibieron la quimera opuesta,
diciendo que estaban dotados de espíritu los animales y que tenían
alma los sapos y los insectos.
Entre estas dos locuras, la primera que niega el sentimiento
a los
órganos que lo producen, y la segunda que hace alojar un
espíritu
puro en el cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por
un término medio, que llamaron instinto. ¿Y qué es el instinto? Es
una forma sustancial, una forma plástica, es «un no sé qué». Seré
de vuestra opinión cuando llaméis a la mayoría de las cosas «yo no
sé qué», cuando vuestra filosofía empiece y acabe por «yo no sé
nada».
El autor del artículo Alma, publicado en la
Enciclopedia, dice: «En
mi opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia
inmaterial e inteligente. Pero ¿de qué clase es ésta? Debe consistir
en un principio activo capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre
la naturaleza del alma de las bestias, no nos proporciona ningún
motivo para creer que su espiritualidad las salve del
anonadamiento.»
Es para mí incomprensible poder tener idea de una sustancia
inmaterial. Representarse algún objeto es tener en la imaginación
una imagen de él, y hasta hoy nadie ha conseguido pintar el
espíritu. Concedo que el autor que acabo de citar entienda
«concebir» por la palabra «representar». Pero yo confieso que
tampoco la concibo, como no concibo que pueda anonadarse un
alma
espiritual, como no
concibo la creación ni la nada, porque ignoro completamente el
principio de todas las cosas.
Si trato de probar que el alma es un ser real, me contestan
diciendo que es una facultad; si afirmo que es una facultad y que
posee la de pensar, me responden que me equivoco, que Dios, dueño
absoluto de la naturaleza, lo hace todo en mí y dirige todos mis
actos y pensamientos; que si yo produjera mis pensamientos, sabría
los que produzco
cada minuto, y no lo sé; que sólo soy un autómata con sensaciones y
con ideas, que dependo exclusivamente del Ser Supremo, y estoy tan
sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.
Confieso, pues, mi ignorancia, y que cuatro mil tomos de metafísica
son insuficientes para enseñamos lo que es el
alma.
Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis
conseguido llegar a creer que por su naturaleza el
alma es mortal y
que sólo es eterna por la voluntad de Dios?» «Porque lo he
experimentado», contestó el otro filósofo. «¿Cómo lo habéis
experimentado'? ¿Acaso os habéis muerto'?» «Si; algunas veces. Tenía
ataques de epilepsia en mi juventud, y os aseguro que me quedaba
completamente muerto durante algunas horas. Después no
experimentaba ninguna sensación ni recordaba lo que me había
sucedido. Ahora me sucede lo mismo casi todas las noches. Ignoro en
qué momento me duermo, y duermo sin soñar. Sólo por conjeturas
puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy, pues, muerto
ordinariamente seis horas cada veinticuatro: la cuarta parte de mi
vida.» El ortodoxo sostuvo que él pensaba siempre mientras dormía,
pero sin saber lo que pensaba. El heterodoxo le contestó: «Creo por
la revelación que pensaré siempre en la otra vida; pero os aseguro
que rara vez pienso en esta.»
El ortodoxo no se equivocaba al afirmar la
inmortalidad del alma,
porque la fe y la razón demuestran esta verdad; pero podía
equivocarse al asegurar que el hombre dormido piensa siempre. Locke
confesaba francamente que no pensaba siempre que dormía; y otro
filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de pensar, pero ésta no
es la esencia del hombre.» Dejemos a cada individuo la libertad y el consuelo de estudiarse
a sí mismo y de perderse en el laberinto de
sus ideas.
Esto no obstante, es curioso saber que en 1730 hubo un filósofo que
fue perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, o sea que no
ejercitaba su entendimiento todos los minutos del día y de la
noche, así como no se servía en todos ellos de los brazos y de las
piernas. No sólo la ignorancia de la corte le persiguió, sino
también la ignorancia maligna de algunos que pretendían ser literatos. Lo que sólo
produjo en Inglaterra algunas disputas filosóficas produjo en
Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima por seguir a Locke.
Siempre hubo en el fango de nuestra literatura algunos
miserables capaces de vender su pluma y atacar hasta a sus mismos
bienhechores. Esta observación parece impertinente en un articulo en
el que se trata del alma; pero no debemos perder ninguna ocasión de
afear la conducta de los que quieren deshonrar el glorioso título de
hombres de letras, prostituyendo su escaso talento y su conciencia a
un vil interés, a una política quimérica, y que hacen traición a sus
amigos por halagar a los necios. No sucedió nunca en Roma que
denunciaran a Lucrecio por haber puesto en verso el sistema de
Epicuro; ni a Cicerón por decir muchas veces que después de morir no
se siente dolor alguno; ni acusaron a Plinio ni a Varrón de haber
tenido ideas particulares acerca de la Divinidad. La libertad de
pensar fue ilimitada en Roma. Los hombres de cortos alcances y
temerosos que en Francia se han esforzado en ahogar esa libertad,
madre de nuestros conocimientos y espuela del entendimiento humano,
para conseguir sus fines han hablado de los peligros quiméricos que
ésta puede traer. No reflexionaron que los romanos, que gozaban de
completa libertad de pensar, no por eso dejaron de ser nuestros
vencedores y nuestros legisladores, y que las disputas de escuela
tienen tan poca relación con el gobierno como el tonel de Diógenes
tuvo con las victorias de Alejandro. Esta lección equivale a una
lección respecto al alma; quizá tendremos algunas ocasiones de
insistir sobre ella.
Aunque adoremos a Dios con toda el
alma, debemos confesar nuestra
profunda ignorancia respecto al alma, a esa facultad de sentir y de
pensar que debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros
endebles raciocinios nada quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto
que debemos emplear la inteligencia, cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias,
como los relojeros emplean los resortes en los relojes, sin saber
lo que es un resorte.
IV - Sobre el alma y nuestras ignorancias
Fundándonos en los conocimientos adquiridos, nos hemos atrevido a
cuestionar si el alma se creó antes que nosotros; si llega de la
nada a introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad viene a colocarse entre una vejiga y los intestinos;
si allí recibe o aporta algunas ideas, y qué ideas son éstas; si
después de animarnos algunos momentos su esencia, luego que el cuerpo
muere, vive en la eternidad; si siendo espíritu, lo mismo que Dios,
es diferente a éste o es semejante. Esas cuestiones que parecen
sublimes, como dijimos, son las cuestiones que entablan los ciegos
de nacimiento respecto a la luz.
¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y los modernos? Nos
han enseñado que un niño es más sabio que ellos, porque éste sólo
piensa en lo que puede conseguir. Hasta ahora la naturaleza de los
primeros principios es un secreto del Creador. ¿En qué consiste que
los aires arrastran los sonidos? ¿Cómo es que algunos de nuestros
miembros obedecen constantemente a nuestra voluntad? ¿Qué mano es
la que coloca las ideas en la memoria, las conserva allí como en un
registro y las saca cuando queremos y también cuando no queremos?
Nuestra naturaleza, la del universo y la de las plantas, están
escondidas en un abismo de las tinieblas. El hombre es un ser que
obra, que siente y piensa: he aquí todo lo que sabemos; pero
ignoramos qué es lo que nos hace pensar, sentir y obrar. La facultad
de obrar es tan incomprensible para nosotros como la facultad de
pensar. Es menos difícil concebir que el cuerpo de barro tenga
sentimientos e ideas, que concebir que un ser tenga ideas y sentimientos.
Comparad el alma de Arquímedes con el
alma de un imbécil: ¿son las
dos de una misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar,
pensarán siempre con independencia del cuerpo, que no podrá obrar
sin ellas; si piensan por su propia naturaleza, ¿será de la misma
especie el alma que no puede comprender una regla de aritmética, que
el alma que midió los cielos? Si los órganos corporales hacen pensar
a Arquímedes, ¿por qué un idiota, mejor constituido y más
vigoroso que Arquímedes, digiriendo mejor y desempeñando con más
perfección las funciones corporales, no piensa? A esto se contesta
que su cerebro no es tan bueno; pero eso es una suposición, porque
los que así contestan no lo saben. No se encontró nunca diferencia
alguna en los cerebros disecados, y es además verosímil que el
cerebelo de un tonto se encuentre en
mejor estado que el de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó
prodigiosamente.
Deduzcamos, pues, de esto lo que antes dedujimos: que somos
ignorantes ante los primeros principios.
V - De la necesidad de la revelación
El mayor beneficio que debemos al Nuevo Testamento consiste en
habernos revelado la inmortalidad del alma. Inútil fue que el
obispo Warburten tratara de oscurecer tan importante verdad
diciendo continuamente que «los antiguos judíos desconocieron ese
dogma necesario, y que los saduceos no lo admitían en la época de
Jesús».
Interpreta a su modo las palabras que dicen que Jesucristo
pronunció: «¿Ignoráis que Dios os dijo: Yo soy el Dios de Abraham,
el Dios de lsaac y el Dios de Jacob? Luego Dios no es el Dios de
los muertos, sino el Dios de los vivos.» Atribuye a la parábola del
mal rico un sentido contrario al que le atribuyen todas las
Iglesias. Sherlock, obispo de Londres, y otros muchos sabios lo
refutan; los mismos filósofos ingleses le echan en cara que es
escandaloso que un obispo anglicano tenga la opinión contraria de la Iglesia anglicana; y Warburten, al verse contradecido, llama impíos
a dichos filósofos, imitando a Arlequín, personaje de la comedia
titulada El ladrón de la casa, que después de robar y arrojar los
muebles por la ventana, viendo que en la calle un hombre se llevaba algunos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Coged al
ladrón!»
Vale más bendecir la revelación de la
inmortalidad del alma y de las penas y recompensas después de la
muerte, que la soberbia filosofía de hombres que siembran la duda.
El gran César no creía; claro lo dijo en pleno Senado, cuando, para
impedir que matasen a Catilina,
expuso su criterio según el cual la muerte no dejaba en el hombre ningún sentimiento, y todo moría con él. Nadie le refutó esta
opinión.
El imperio romano estaba dividido en dos grandes sectas: la de
Epicuro, que sostenía que la Divinidad era inútil en el mundo y que
el alma perecía con el cuerpo, y la de los estoicos, que sostenía
que el alma era una porción de la Divinidad, la cual después de la
muerte del cuerpo volvía a su origen; esto es, al gran todo de
donde había dimanado. Unas sectas creían que el
alma era mortal y
otras que era inmortal, pero todas ellas estaban conformes en
burlarse de las penas y las recompensas futuras.
Nos restan todavía bastantes pruebas de que los romanos tuvieron tal
creencia, y esta opinión, profundamente grabada en los corazones de
los héroes y de los ciudadanos romanos, les inducía a matarse sin
el menor escrúpulo, sin esperar que el tirano los entregara al
verdugo.
Los hombres más virtuosos de entonces, que estaban convencidos de
la existencia de un Dios, no esperaban en la otra vida ninguna
recompensa ni temían ningún castigo. Veremos en el artículo titulado
Apócrifo que Clemente, que más tarde fue Papa y santo, puso en duda
que los primitivos cristianos creyesen en la segunda vida, y sobre
esto consultó a San Pedro en Cesárea. No creemos que San Clemente
escribiera la historia que se le atribuye; pero esa historia prueba
que el género humano necesitaba guiarse por la revelación. Lo que
en este asunto nos sorprende es que un dogma tan reprimente y tan
saludable haya consentido que cometan grandes crímenes los hombres,
que viven tan poco tiempo y que se ven estrechados entre dos
eternidades.
VI - Las almas de los tontos y de los monstruos
Nace un niño mal conformado y absolutamente imbécil; no concibe
ideas y vive sin ellas. ¿Cómo hemos de definir esta clase de animal?
Unos doctores dicen que es algo entre el hombre y la bestia; otros,
que posee un alma sensitiva, pero no un
alma intelectual. Come, bebe
y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa. ¿Existe para él la
otra vida, o no existe? Se ha propuesto este caso, pero hasta hoy no
ha obtenido completa resolución.
Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener
alma,
porque su padre y su madre la tenían; pero guiándonos por este
razonamiento, si hubiera nacido sin nariz, debíamos suponer que la
tenía, porque su padre y su madre la tuvieron.
Una mujer da a luz un niño que carece de barba, que tiene la frente
aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos
redondos; pero sin embargo de esto, el resto del cuerpo tiene la
misma estructura que los demás mortales. Los padres deciden que reciba el bautismo, y todo el mundo
cree que posee alma inmortal; pero si esa misma ridícula criatura
tiene las uñas en forma de punta y la boca en forma de pico, le
declaran monstruo, dicen que carece de alma y no la bautizan.
Sabido es que en Londres, en 1726, hubo una mujer que paría cada
ocho días un gazapillo. Sin ninguna dificultad, bautizaban a dicho
niño. El cirujano que asistía a la referida mujer durante el parto
juraba que ese fenómeno era verdadero, y le creían. ¿Pero qué
motivo tenían los crédulos para negar que tuviesen
alma los hijos de
dicha mujer? Ella la tenía, sus hijos debían también tenerla. ¿El
Ser Supremo no puede conceder el don del pensamiento y el de la
sensación al ser desfigurado que nazca de una mujer en forma de
conejo, lo mismo que al que nazca en figura de hombre? El
alma que
se predisponía a alojarse en el feto de esa madre, ¿sería capaz de
volverse al vacío?
Locke observa respecto a los monstruos que no debe atribuirse la
inmortalidad al exterior del cuerpo, que la configuración nada
importa en este caso. La inmortalidad no está más ligada a la forma
del rostro o del pecho que a la configuración de la barba o a la
hechura del traje, y pregunta: «¿Cuál es la justa medida de
deformidad a la que hay que sujetarse para conocer si un niño tiene
alma o no la tiene? ¿Desde qué grado debe ser declarado monstruo?»
¿Qué hemos de pensar en esta materia de un niño que tenga dos
cabezas y que, a pesar de esto, su cuerpo está bien modelado? Unos
dicen que tiene dos almas, porque está provisto de dos glándulas pineales, y otros contestan
a esto diciendo que no puede tener dos
almas quien no tiene mas que un pecho y un ombligo.
Se ha cuestionado tanto sobre el
alma humana, que si ésta llegara
a
examinarlas todas, sería víctima de insoportable fastidio. Le
pasaría lo que le sucedió al cardenal Polignac en un conclave. Su
intendente, cansado de no poderle enterar nunca de las cuentas de
la intendencia, hizo un viaje a Roma y se colocó en la pequeña
ventana de su celda, cargado con un inmenso fajo de papeles. Estuvo
allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo que no
obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía
cerca de dos horas que el cardenal había salido de su celda.
Nuestras almas nos abandonarían antes que sus intendentes las
hubieran enterado de lo mucho que de ellas nos hemos ocupado.
VII
Debo confesar que siempre que examino al
«infatigable» Aristóteles, al «doctor Angélico» y al «divino» Platón, tomo por motes estos
epítetos que se les aplican. Me parecen todos los filósofos que se han ocupado del
alma humana ciegos,
charlatanes y temerarios, que hacen esfuerzos para persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros
amantes de la
filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo su palabra,
imaginándose que de ese modo ven algo.
No vacilo en colocar en la categoría de maestro de errores
a Descartes y a Malebranche. Descartes nos asegura que el
alma del
hombre es una sustancia, cuya esencia es pensar que piensa siempre,
y que se ocupa desde el vientre de la madre de ideas metafísicas y
de acciones generales que olvida en seguida. Malebranche está
convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró partidarios, es
porque las fábulas más atrevidas son las que mejor recibe la débil
imaginación del hombre.
Muchos filósofos han escrito la novela del
alma; pero un sabio es
el único que ha escrito modestamente su historia. Compendiaré esa
historia según yo la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará
acorde con las ideas de Locke; pudiera ser que Locke tenga razón
contra Descartes y Malebranche, y que se equivoque para la
Sorbona, pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no
desde el punto de las revelaciones de la fe. Sólo me corresponde
pensar humanamente. Los teólogos que decidan respecto a lo divino:
la razón y la fe son de naturaleza contraria. En una palabra, voy a
insertar un extracto de Locke, a quien yo censuraría si fuese
teólogo, pero a quien patrocino como una hipótesis, como conjetura
filosófica, humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el
alma.
1.º La palabra alma es una de esas palabras que pronunciamos sin
entenderlas; sólo entendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas;
no tenemos idea del alma: luego no la comprendemos.
2.º Se nos ha ocurrido llamar
alma a la facultad de sentir y de
pensar, así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a
la facultad de querer.
Algunos razonadores dijeron en seguida a esto: «El hombre es un compuesto de materia y de
espíritu; la materia es extensa
y divisible; el espíritu ni es una cosa ni otra: luego es de
naturaleza distinta. Es una reunión de dos seres que no han sido
creados el uno para el otro y que Dios unió a pesar de su
naturaleza. Apenas vemos el cuerpo, y absolutamente no vemos el
alma. Esta no tiene partes: luego es eterna; tiene ideas puras y
espirituales: luego no las recibe de la materia; tampoco las recibe
de sí misma: luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la
idea de Dios y del infinito, y todas las ideas generales.»
Humanamente hablando, contesto a dichos razonadores diciéndoles que son muy sabios. Empiezan por concedernos que
existe el alma, y luego nos explican lo que debe ser; pronuncian la
palabra materia, y deciden de plano lo que la materia es. Pero yo
les replico: No conocéis ni el espíritu ni la materia. En cuanto al
espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar, y en cuanto a la
materia, comprendéis que ésta no es mas que una reunión de
cualidades, de colores, de extensiones y de solideces; a esa
reunión llamáis materia, y marcáis los límites de ésta y los del
alma antes de estar seguros de la existencia de una y de otra.
Enseñáis gravemente que las propiedades de la materia son la
extensión y la solidez; y yo os repito modestamente que la materia
tiene otras mil propiedades, que ni vosotros ni yo conocemos.
Aseguráis que el alma es indivisible y eterna, dando por seguro lo
que es cuestionable. Obráis casi lo mismo que el director de un
colegio que, no habiendo visto un reloj en toda su vida, le pusieran
en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese director,
como buen peripatético, queda sorprendido viendo la precisión con
que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombra de que el
botón oprimido por el dedo haga tocar la hora que la saeta marca. El
filósofo no duda un momento de que dicha máquina tenga un
alma que
la dirige y que se manifiesta por medio de los resortes. Demuestra
científicamente su opinión, y compara esa máquina con los ángeles,
que imprimen movimiento a las esferas celestes, sosteniendo en
clase una agradable tesis sobre el alma de los relojes. Uno de sus
discípulos abre el reloj, en el que no ve mas que las ruedas y los
muelles; y sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del
alma de los relojes, creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante
que abre el reloj, que se llama hombre, y que en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos, trata de examinar por grados
lo que deseamos conocer.
Tomemos un niño desde el momento en que nace, y sigamos paso
a
paso el progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios
se tomó el trabajo de crear un alma para que se alojara en el cuerpo
de dicho niño cuando éste tuviera cerca de seis semanas, y que
cuando se introduce
en su cuerpo está provista de ideas metafísicas, conoce el
espíritu,
las ideas abstractas y el infinito; en una palabra, es sabia. Pero
desgraciadamente sale del útero con una completa ignorancia; pasa
diez y ocho meses sin conocer mas que la teta de la nodriza, y
cuando llega a la edad de veinte años y se pretende que esa
alma
recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo,
es muchas veces tan obtusa, que ni siquiera puede concebir ninguna
de aquellas ideas. El mismo día que la madre pare al citado niño con
su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un canario. Al cabo
de diez y ocho meses, el perro es excelente cazador, al año el
canario canta muy bien, y el gato al cabo de seis semanas posee
todos los atractivos que ha de poseer. El niño, al cumplir cuatro
años, no sabe nada. Supongo que yo sea un hombre grosero, que he
presenciado tan prodigiosa diferencia y que no he visto nunca
ningún niño; pues desde luego creo que el gato, el perro y el
canario son criaturas muy inteligentes y que el niño es un autómata.
Pero poco a poco voy apercibiéndome de que el niño tiene ideas,
memoria y las mismas pasiones que esos animales, y entonces
comprendo que es una criatura razonable como ellos. Me comunica
diferentes ideas por medio de las palabras que aprendió, como el
perro por sus distintos gritos me hace conocer sus diversas
necesidades. Me apercibo de que a los siete u ocho años el niño
combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el
suyo, y que por fin, pasando los años, consigue adquirir gran número de conocimientos. Entonces ¿qué debo pensar de él? ¿Qué es
de una naturaleza completamente diferente? No puedo creerlo, porque
vosotros veis un imbécil al lado de Newton, y sostenéis que uno y
otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia del más
al menos. Para asegurarnos de la verosimilitud de mi opinión
probable, estudio al perro y al niño cuando están despiertos y
cuando duermen. Hago que los sangren a uno y a otro, y sus ideas
parece que salgan de ellos con la sangre. Puestos en ese estado, los
llamo y no me contestan; y si me esfuerzo en hablar con ellos, no lo
consigo. Luego los examino durante su sueño: me doy cuenta de que el
perro, después de comer muy bien, sueña y grita como si estuviera
cazando; y el
niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen
frugalmente, ni uno ni otro sueña; en una palabra, veo en ellos que
la facultad de sentir, de apercibirse, de expresar las ideas, se
desarrolla poco a poco y se debilita también por grados. Encuentro
entre el niño y el perro muchos más puntos de contacto que encuentro
entre el hombre de talento y el hombre absolutamente imbécil. ¿Qué
opinión tendré, pues, de esa naturaleza'? La que
todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la inmortalidad del
alma.
Hasta sospecharé, con apariencias de verdad, que Arquímedes y un
topo son de la misma especie, aunque de género diferente; que la
encina y el grano de mostaza están formados por los mismos
principios, aunque aquélla sea un árbol grande y ésta una planta
pequeña. Creeré que Dios concedió porciones de inteligencia a las
porciones de materia organizada para pensar; que la materia está
dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos;
que éstos las proporcionan según la medida de nuestras ideas. Creeré
que la ostra tiene menos sensaciones y menos sentido, porque
teniendo el alma dentro de la concha, los cinco sentidos son
inútiles para ella. Hay muchos animales que sólo están dotados de
dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto que son muy
pocos. Es de creer que en otros mundos existan otros animales que
estén dotados de veinte o treinta sentidos y otras especies mucho
más perfectas que tengan muchos más.
Esta parece la manera más lógica de razonar, quiero decir, de
sospechar y de adivinar. Indudablemente pasó mucho tiempo antes de
que los hombres fueran bastante ingeniosos para inventar un ser
desconocido que está en nosotros, que nos hace obrar, que no es
completamente nosotros y que vive después que nosotros morimos. De
ese modo se llegó por grados a concebir idea tan atrevida. Al
principio, la palabra «alma» significó «vida», y era común para
nosotros y para los demás animales; luego nuestro orgullo nos hizo
sospechar que el alma sólo correspondía al hombre, y entonces
inventamos una forma sustancial para las demás criaturas: el
orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de apercibirse y
de sentir que se llama «alma» en el hombre e «instinto» en el
bruto. Dilucidaré esa cuestión cuando los físicos me enseñen lo que
es la «luz», el «sonido», el «espacio», el «cuerpo» y el «tiempo». Repetiré con el sabio Locke: «La filosofía consiste en detenerse
cuando la antorcha de la física no nos alumbra.»
Observo los efectos de la Naturaleza; pero confieso que, como
vosotros, tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a
que no debo atribuir a muchas causas, y mucho menos a causas
desconocidas, lo que puedo atribuir a una causa conocida; puedo
atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de sentir: luego no
debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se llama
alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os subleváis
contra esta proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a
decir que el cuerpo pueda pensar. «Pero ¿qué contestaríais -respondería
Locke- si os dijera que vosotros sois también culpables de
irreligión, porque os atrevéis a limitar el poder de Dios? ¿Quién,
sin ser impío, puede asegurar que es imposible para Dios dotar a la
materia de la facultad de sentir y de pensar? Sois al mismo tiempo
débiles y atrevidos; aseguráis que la materia no piensa, únicamente
porque no concebís que la materia pueda pensar.»
Grandes filósofos que decidís sobre el poder de Dios y al mismo
tiempo concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel
(2), ¿no comprendéis que, según vuestras mismas teorías y en el
citado caso, Dios concedería a la piedra la facultad de pensar? Si
la materia de la piedra desapareciera, no sería piedra ya, sería
ángel. Por cualquier parte que cuestionéis, os veréis obligados a confesar
dos cosas: vuestra ignorancia y el poder inmenso del Creador;
vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la omnipotencia del Creador nos demuestra que le es posible
conseguir que la materia piense.
Conociendo que la materia no perece, no debéis negar
a Dios el poder
de conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de
que la dotó. La extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que
hay filósofos que creen en el vacío; los accidentes subsisten
independientes de la sustancia para los cristianos que creen en la
sustanciación. Decís que Dios no puede hacer nada que implique
contradicción, pero para encontrar ésta se necesita saber
muchísimo más de lo que sabemos; y en esta materia sólo sabemos
que tenemos cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la
escuela a no dudar, y que toman por oráculos los silogismos que en
ellas les enseñaron y las supersticiones que aprendieron por
religión, tienen a Locke por impío
peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y
enseñarles que las opiniones de los filósofos
jamás perjudicaron a la religión, Está probado que la luz proviene
del sol y que los planetas giran alrededor de ese astro; por esto
no se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el
sol, y que el sol se paró ante la aldea de Gabaón. Está demostrado
que el arco iris lo forma la lluvia, y por eso no deja de respetarse
el texto sagrado, que dice que Dios puso el arco iris en las nubes
después del diluvio, como signo de que ya no habría más
inundaciones.
Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen
las demostraciones de la razón, no por eso dejan de reverenciarlos
los filósofos católicos, que saben que la razón y la fe son de
diferente naturaleza. La idea de los antípodas fue condenada por los
papas y los concilios; y luego otros papas reconocieron los
antípodas, adonde llevaron la religión cristiana, cuya destrucción
creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre que, como se
decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba, con
relación a nosotros, y que, como dice San Agustín, hubiera caído del
cielo.
VIII
Supongo que hay en una isla una docena de filósofos buenos, y que en
esa isla no han visto mas que vegetales. Esta isla, y sobre todo los
doce filósofos buenos, son difíciles de encontrar; pero permitidme
esta ficción. Admiran la vida que circula por las fibras de las
plantas, que parece que se pierde y se renueva en seguida; y no
comprendiendo bien cómo las plantas nacen, cómo se alimentan y
crecen, llaman a estas operaciones «alma vegetativa», «¿Qué
entendéis por alma vegetativa?» «Es una palabra -responden- que
sirve para explicar el resorte desconocido que mueve la vida de las
plantas.» «Pero ¿no comprendéis —les replica un mecánico— que ésta la
desarrollan los pesos, las palancas, las ruedas y las poleas?» «No —replicarán dichos filósofos—; en su vegetación hay algo más que
movimientos ordinarios; existe en todas las plantas el poder secreto
de atraerse el zumo que las nutre, y ese poder, que no puede
explicar ningún mecánico, es un don que Dios concedió a la materia,
cuya naturaleza nos es desconocida.»
Después de esa cuestión, los filósofos descubren los animales que hay en la isla, y luego de examinados atentamente,
comprenden que hay otros seres organizados como los hombres. Esos seres
es indudable que tienen memoria, que tienen conocimiento, que están dotados de las mismas
pasiones que
nosotros, que nos hacen comprender sus necesidades, y como
nosotros, perpetúan su especie. Los filósofos disecan algunos
animales, les encuentran corazón y cerebro, y exclaman: «El autor
de esas máquinas, que no crea nada inútil, ¿les hubiera concedido
todos los órganos del sentimiento con el propósito de que no
sintieran? Sería absurdo creerlo así. Encierran algo que
llamaremos también «alma», a falta de otra expresión más propia,
algo que experimenta sensaciones y que en cierta medida tiene
ideas. Pero ¿qué es ese principio? ¿Es diferente de la materia? ¿Es
espíritu puro? ¿Es un ser intermedio entre la materia, que apenas
conocemos, y entre el espíritu puro, que nos es completamente
desconocido? ¿Es una propiedad que Dios concedió a la materia
orgánica?»
Los filósofos, para estudiar esa materia, hacen experimentos
con los insectos y los gusanos; los cortan, dividiéndolos en
muchas partes, y quedan sorprendidos al ver que al pasar algún
tiempo nacen cabezas a las partes cortadas. El mismo animal se
reproduce, y en su propia destrucción encuentra el medio de multiplicarse. Hay muchas
almas que están esperando, para animar
las partes reproducidas, que hayan cortado la cabeza al primor
tronco. Se parecen a los árboles a los que se cortan las ramas y
plantándolas se reproducen. ¿Esos árboles tienen muchas
almas? No
parece esto posible; luego es muy probable que el
alma de las bestias sea de otra especie que la que llamamos
alma vegetativa
en las plantas, que sea una facultad de orden superior que Dios
concedió a ciertas porciones de materia 'para darnos otra prueba de
su poder y otro motivo para adorarle.
Si oyera ese raciocinio un hombre violento que argumentase
más,
les diría: «Sois unos malvados que mereceríais que os quemaran los
cuerpos para salvar las almas, porque negáis la inmortalidad del
alma del hombre.» Los filósofos, al oír esto, se mirarían unos a
otros con sorpresa; y después, uno de ellos contestaría con suavidad
al hombre violento: «Por qué creéis que debíamos arder en una
hoguera y qué os indujo a suponer que abriguemos nosotros el
convencimiento de que es mortal vuestra alma cruel?» «Porque
abrigáis la creencia de que Dios concedió a los brutos, que están organizados como nosotros, la
facultad de tener sentimientos e ideas, y como el
alma de las bestias muere con sus
cuerpos, creéis también que lo mismo muere el
alma de los hombres.»
Uno de los filósofos le replicaría:
«No tenemos la seguridad de que lo que llamamos
alma en los animales
perezca cuando éstos dejan de vivir; estamos persuadidos de que la
materia no perece, y suponemos que Dios haya dotado a los animales
de algo que puede conservar, si esta es la voluntad divina, la
facultad de tener ideas. No aseguramos que esto suceda, porque no es
propio de hombres ser tan confiados; pero no nos atrevemos a poner
límites al poder de Dios. Decimos sencillamente que es probable que
las bestias, que son materia, hayan recibido de Él algo de
inteligencia. Descubrimos todos los días propiedades de la materia
que antes de descubrirlas no teníamos idea de que existieran.
Empezamos definiendo la materia, diciendo que era una sustancia
que tenía extensión; luego reconocimos que también tenía solidez, y
más tarde tuvimos que admitir que la materia posee una fuerza que llamamos «fuerza de inercia», y últimamente nos sorprendió
a
nosotros mismos tener que confesar que la materia gravita. Al
avanzar en nuestros estudios, nos vimos obligados a reconocer
seres que se parecen en algo a la materia, y que, sin embargo,
carecen de los atributos de que la materia está dotada. El fuego
elemental, por ejemplo, obra sobre nuestros sentidos como los
demás cuerpos, pero no tiende a un centro común como éstos; por el
contrario, se escapa del centro en líneas rectas por todas partes, y
no parece que obedezca a las leyes de atracción y de gravitación
como los otros cuerpos. La óptica tiene misterios que sólo podemos
explicar atreviéndonos a suponer que los rayos de la luz se
compenetran. Efectivamente, hay algo en la luz que la distingue de
la materia común: parece que la luz sea un ser intermediario entre
los cuerpos y otras especies de seres que desconocemos. Es verosímil
que esas otras especies de seres sean el punto intermedio que
conduzca hasta otras criaturas, y que así sucesivamente exista una
cadena de sustancias que se eleven hasta lo infinito.
»Esa idea nos parece digna de la grandeza de Dios, si hay alguna
idea humana digna de ella. Entre esas sustancias pudo Dios escoger
una para alojarla en nuestros cuerpos, y es la que nosotros
llamamos alma humana. Los libros santos nos enseñan que esa
alma es
inmortal, y la razón está acorde en esto con la revelación; ninguna
sustancia perece: las formas se destruyen, el ser permanece. No
podemos concebir la creación de una sustancia; tampoco podemos
concebir su anonadamiento, pero nos atrevemos a afirmar que el Señor absoluto de todos los seres puede dotar de
sentimientos y de percepciones al ser que se llama materia. Estáis
seguros de que pensar es la esencia de vuestra
alma, pero nosotros
no lo estamos; porque cuando examinamos un feto nos cuesta gran
trabajo creer que su alma haya tenido muchas ideas en su envoltura
materna, y dudamos que en su sueño profundo, en su completo letargo,
haya podido dedicarse a la meditación. Por eso nos parece que el pensamiento pudiera consistir, no en la esencia del ser pensante,
sino en el presente que el Creador hiciera a esos seres que
llamamos «pensadores»; y todo esto nos hace sospechar que si Dios
quisiera, podría otorgar ese don a un átomo, conservarle o destruirle, según fuese su voluntad. La dificultad consiste menos
en adivinar cómo la materia puede pensar, que en adivinar cómo
piensa una sustancia cualquiera. Sólo concebimos ideas, porque
Dios quiso dárnoslas. ¿Por qué os empeñáis en oponeros a que se las
conceda a las demás especies? ¿os atreveréis a creer que vuestra
alma sea de la misma clase que las sustancias que están más cerca
de la Divinidad? Hay motivo para sospechar que éstas sean de orden
superior, y por lo tanto, Dios les haya concedido una manera de
pensar infinitamente más hermosa, así como concedió cantidad muy
limitada de ideas a los animales, que son de un orden inferior a los
hombres. Ni sé cómo vivo ni cómo doy la vida, y ¡queréis que sepa
cómo concibo ideas! El alma es un reloj que Dios nos concedió para dirigirnos, pero no nos ha explicado la maquinaria de
que el reloj
se compone.
»De todo cuanto digo no es posible inferir que el
alma humana sea
mortal. En resumen: pensamos lo mismo que vos sobre la inmortalidad
que la fe nos anuncia; pero somos demasiado ignorantes para poder
afirmar que Dios no tenga poder para conceder la facultad de pensar
al ser que él quiera. Limitáis el poder del Creador, que es sin
límites, y nosotros lo extendemos hasta donde alcanza su existencia.
Perdonadnos que le creamos omnipotente, y nosotros os perdonaremos
que restrinjáis su poder. Sin duda sabéis todo lo que puede hacer, y
nosotros lo ignoramos. Vivamos como hermanos, adorando
tranquilamente al Padre común. Sólo hemos de vivir un día; vivámosle en paz, sin proporcionarnos
cuestiones que se decidirán en la vida inmortal que empezará
mañana.»
El hombre brutal, no encontrando nada que replicar
a los filósofos,
incomodándose, habló y dijo muchas vaciedades. Los filósofos se
dedicaron durante algunas semanas a
leer historia, y después de este estudio, he aquí lo que dijeron a
aquel bárbaro indigno de estar dotado de alma inmortal:
«Hemos leído que en la antigüedad había tanta tolerancia como en
nuestra época; que en ella se encuentran grandes virtudes, y que
por sus opiniones no perseguían a los filósofos. ¿Por qué, pues,
pretendéis que nos condenen al fuego por las opiniones que
profesamos? Creyeron en la antigüedad que la materia era eterna;
pero los que suponían que era creada no persiguieron a los que no lo
creían. Díjose entonces que Pitágoras, en una vida anterior, había
sido gallo, que sus padres habían sido cerdos, y sin embargo de esto,
su secta fue querida y respetada en todo el mundo, menos por los
pasteleros y por los que tenían habas que vender. Los estoicos
reconocían a un Dios poco más o menos semejante al que admitió
después temerariamente Spinoza; el estoicismo, sin embargo, fue la
secta más acreditada y la más fecunda en virtudes heroicas. Para los
epicúreos, los dioses eran semejantes a nuestros canónigos y su
indolente gordura sostenía su divinidad, y tornaban en paz el néctar
y la ambrosía, sin inmiscuirse en nada. Los epicúreos enseñaban la
materialidad y la mortalidad del alma; pero no por eso dejaron de
tenerles consideraciones, y eran admitidos a desempeñar todos los
empleos.
»Los platónicos no creían que Dios se hubiera dignado crear al
hombre por sí mismo; decían que había confiado este encargo a los
genios, que al desempeñar su tarea cometieron muchas tonterías. El
Dios de los platónicos era un obrero inmejorable, pero que empleó
para crear al hombre discípulos muy medianos. No por eso la antigüedad dejó de apreciar la escuela de Platón. En una palabra:
cuantas sectas conocieron los griegos y los romanos tenían
distintos modos de opinar sobre Dios, sobre el
alma, sobre el
pasado, sobre el porvenir, y ninguna de esas sectas fue perseguida.
Todas esas sectas se equivocaban, pero vivieron en amistosa paz, y
esto es lo que nosotros no alcanzamos a comprender, porque hoy vemos
que la mayor parte de los discutidores son monstruos y los de la antigüedad
eran verdaderos hombres.
»Si desde los griegos y los romanos queremos remontarnos
a las
naciones más antiguas, podemos fijar la atención en los judíos. Ese
pueblo, que fue supersticioso, cruel, ignorante y miserable,
sabía, sin embargo, honrar a los fariseos, que creían en la
fatalidad del destino y en la metempsicosis. Respetaba también a
los saduceos, que negaban en
absoluto la inmortalidad del alma y la existencia de los
espíritus,
fundándose en la ley de Moisés, que no habló nunca de penas ni de
recompensas después de la muerte. Los esenios, que creían también en
la fatalidad, y nunca sacrificaban víctimas en el templo, eran más
respetados todavía que los fariseos y saduceos. Ninguna de esas
opiniones perturbó nunca el gobierno del Estado; y quizás hubieran
tenido motivo para degollarse y para exterminarse recíprocamente
unos a otros, si en tenerlo se hubiesen empeñado. Debemos, pues, imitar esos loables ejemplos; debemos pensar en alta voz y dejar
que piensen lo que quieran los demás. Seréis capaz de recibir
cortésmente a un turco que crea que Mahoma viajó por la luna, ¿y
deseáis descuartizar a un hermano vuestro porque cree que Dios
puede dotar de inteligencia a todas las criaturas?»
Así habló uno de los filósofos, y otro añadió: «Creedme;
no ha habido ejemplo de que ninguna opinión filosófica perjudique a
la religión de ningún pueblo. Los misterios pueden contradecir las
demostraciones científicas; no por
eso dejan de respetarlos los filósofos cristianos, que saben que los
asuntos de la razón y de la fe son de diferente naturaleza. ¿Sabéis
por qué los filósofos no lograrán nunca formar una secta
religiosa? Pues no la formarán porque carecen de entusiasmo. Si
dividimos el género humano en veinte partes, componen las diez y
nueve los hombres que
se dedican a trabajos manuales, y quizá éstos ignorarán siempre que
existió Locke. En la otra veinteava parte se encuentran pocos
hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo
leen novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el
número de los que piensan, y éstos no se ocupan en perturbar el
mundo. No encendieron la tea de la discordia en su patria Montaigne,
Descartes, Gassendi, Bayle, Spinoza, Hobbes, Pascal, Montesquieu,
ni ninguno de los hombres que han honrado la filosofía y la
literatura. La mayor parte de los que perturbaron a su país fueron
teólogos, que ambicionaron ser jefes
de secta o ser jefes de partido. Todos los libros de filosofía
moderna juntos no produjeron en el mundo tanto ruido como produjo
en otro tiempo la disputa que tuvieron los franciscanos respecto a
la forma que debía dárseles a sus mangas y a sus capuchones.»
IX - De la antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma
El dogma de la inmortalidad del alma es la idea más consoladora y
al mismo tiempo más reprimidora que el espíritu humano pudo
concebir. Esta agradable filosofía fue tan antigua en Egipto como
sus pirámides, y antes que los egipcios, la conocieron los persas.
He referido ya en alguna parte la alegoría del primer Zaratustra,
que cita el Sadder, en la que Dios enseña a Zaratustra el sitio
destinado para recibir el castigo, sitio que se llamaba Dardarot
en Egipto, Hades y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en nuestras lenguas modernas por la palabra
«infierno». Dios enseña a Zaratrustra en el sitio destinado a los
castigos a todos los malos reyes, a uno de los cuales le faltaba un
pie, y Zaratustra preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese
rey sólo había hecho una buena acción en toda su vida, y esta acción
consistía en haber acercado con el pie una gamella que no estaba
bastante próxima a un pobre borrico que se moría de hambre. Dios
llevó al cielo el pie del rey malvado y dejó en el infierno el resto
de su cuerpo.
Dicha fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota antigüedad de la opinión sobre la segunda vida. Los
judíos
también tenían esta opinión, y su metempsicosis lo prueba. Los
chinos reverenciaban las almas de sus antepasados, y esos pueblos
fundaron poderosos imperios mucho tiempo antes que los egipcios.
Aunque es antiguo el imperio de Egipto, no lo es tanto como los
imperios del Asia, y en aquél y en éstos el
alma subsistía después
de la muerte del cuerpo. Verdad es que todos esos pueblos, sin
excepción, supusieron que el alma tenía forma etérea, sutil, y era
imagen del cuerpo. La palabra «soplo» la inventaron mucho después
los griegos, pero no se puede negar que creyeron que era inmortal
una parte de nosotros mismos. Los castigos y las recompensas en la
otra vida formaron los cimientos de la antigua teología.
Ferecides fue el primer griego que creyó que las
almas vivían una
eternidad, pero no fue el primero que dijo que las
almas sobrevivían
a los cuerpos. Ulises, que vivió mucho
tiempo antes que Ferecides, había ya visto las
almas de los héroes
en los infiernos; pero que las almas fuesen tan antiguas como el
mundo fue una opinión que nació en Oriente y que FerecIdes
difundió en Occidente. No creo que exista un solo sistema moderno
que no se encuentre en los pueblos antiguos. Los edificios actuales
los hemos construido con los escombros de la antigüedad.
X
Sería un magnífico espectáculo poder ver el alma. La máxima
«Conócete a ti mismo» es un excelente precepto, pero precepto que
sólo Dios puede practicar; porque ¿qué mortal puede comprender su
propia esencia?
Llamamos alma a lo que anima; pero no podemos saber más de ella, porque nuestra
inteligencia tiene límites. Las tres cuartas partes
del género humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero no encontró ni encontrará.
El hombre ve una planta que vegeta, y dice que tiene «alma
vegetativa»; observa que los cuerpos tienen y dan movimiento, y a
esto llama fuerza; ve que su perro de caza aprende el oficio, y
supone que tiene «alma sensitiva, instinto»; tiene ideas
combinadas, y a esta combinación llama «espíritu». ¿Pero qué
entiendes tú por esas palabras? Indudablemente la flor vegeta;
¿pero existe realmente un ser que se llame vegetación? Un cuerpo
rechaza a otro, ¿pero posee dentro de sí un ser distinto que se
llama fuerza? El perro te trae una perdiz, ¿pero vive en él un ser
que se llama instinto? ¿No te burlarías de un polemista que te
dijese: «Todos los animales viven; luego encierran dentro de ellos
un ser, una forma sustancial, que es la vida»? Si un tulipán
pudiera hablar y te dijera: «Mi vegetación y yo somos dos seres
que formamos un conjunto», ¿no te burlarías del tulipán?
Vamos a ver lo que sabes y de lo que estás seguro: sabes
que andas
con los pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el
cuerpo y que piensas con la cabeza. Veamos si el único auxilio de
la razón pudo proporcionarte bastantes datos para deducir, sin un
apoyo sobrenatural, que tienes un alma.
Los primeros filósofos, tanto caldeos como
egipcios, dijeron: «Es indispensable que haya dentro de nosotros algo que
produzca los pensamientos; ese algo debe ser muy sutil, debe ser un
soplo, debe ser un éter, una quinta esencia: una entelequia, un
nombre, una armonía.» Según el divino Platón, es un compuesto del
«mismo» y del «otro». «Lo constituyen dos átomos que piensan en
nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. ¿Pero cómo un átomo
pudo pensar? Confesad que no lo sabéis.
La opinión más aceptable es sin duda la de que el
alma es un ser
inmaterial; ¿pero indudablemente conciben los sabios lo que es un
ser inmaterial? «No -contestan éstos-, pero sabemos que por
naturaleza piensa.» «¿Y por dónde lo sabéis'?» «Lo sabemos, porque
piensa.» «Me parece que sois tan ignorantes corno Epicuro. Es
natural que una piedra caiga, porque cae; pero yo os pregunto:
¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene
alma; sabemos
que una negación y una afirmación no son divisibles, porque no son
parte de la materia.» Soy de vuestra opinión; pero la materia posee
cualidades que no son materiales, ni divisibles, como la
gravitación; la gravitación no tiene partes; no es, pues, divisible.
La fuerza motriz de los cuerpos tampoco es un ser compuesto de
partes. La vegetación de los cuerpos orgánicos, su vida, su
instinto, no constituyen seres aparte, seres divisibles; no podéis
dividir en dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el
instinto de un perro, lo mismo que no podéis dividir en dos una
sensación, una negación o una afirmación. El argumento que sacáis
de la indivisibilidad del pensamiento no prueba nada.
¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que
existe en vuestro interior un poder desconocido que os hace sentir y
pensar. Pero ese poder de sentir y de pensar ¿es el mismo poder que
os hace digerir y andar? Tenéis que confesarme que no, porque
aunque el entendimiento diga al estómago: «digiere», el estómago
no digerirá si está enfermo; y si el ser inmaterial manda a los
pies que anden, éstos no andarán si tienen gota. Los griegos
comprendieron que el pensamiento no tiene relación muchas veces
con el juego de los órganos, y dotaron los órganos del
alma animal y los pensamientos de una
alma más fina. Pero el alma del
pensamiento, en muchas ocasiones, depende del
alma animal. El
alma
pensante ordena a las manos que tomen, y toman; pero no dice al
corazón que lata, ni a la sangre que corra, ni al quilo que se
forme, y todos esos actos se realizan sin su intervención. He aquí
dos almas que son muy poco dueñas de su casa.
De esto debe deducirse que el
alma animal no
existe, o que consiste en el movimiento de los órganos; y al mismo tiempo hay que añadir
que al hombre no le suministra su débil razón ninguna prueba de que
la otra alma exista.
Veamos ahora los varios sistemas filosóficos que se han establecido
respecto al alma. Uno de ellos sostiene que el alma del hombre es
parte de la sustancia del mismo Dios; otro, que es parte del Gran
Todo. Hay sistema que asegura que el alma está creada para toda la
eternidad; hay otro que sostiene que el alma fue hecha y no
creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las
almas a medida
que las necesita, y que llegan en el instante de la copulación;
otros añaden que se alojan en el cuerpo con los animalillos seminales, etc., etc. Filósofo hubo que dijo que se equivocaban
todos los que le hablan precedido, asegurando que el
alma espera
seis semanas para que esté formado el feto, y entonces toma posesión
de la glándula pineal; pero que si se encuentra con algún germen
falso, sale del cuerpo y espera mejor ocasión. La última opinión
consiste en dar al alma por morada el cuerpo calloso; este es el
sitio que le asigna La Peyronie.
Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el
alma es
una forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia
difiere de su poder, que existen tres almas «vegetativas»: la «nutritiva»,
la «aumentativa» y la «generativa»; que la memoria de las cosas
espirituales es espiritual, y la memoria de las corporales
corporal; que el alma razonable es una forma inmaterial en cuanto a
las operaciones, y material en cuanto al ser». ¿Has entendido
algo? Pues Santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como
ésta. Por esto, sin duda, le llaman el ángel de las escuelas. No se
han inventado menos sistemas para el cuerpo; para explicar cómo oirá
sin tener oídos, cómo olerá sin tener nariz y cómo tocará sin tener
manos; en qué cuerpo se alojará en seguida; de qué modo el «yo», la
identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el
alma del
hombre que se volvió imbécil a la edad de quince años y murió
imbécil a los setenta volverá a anudar el hilo de las ideas que tuvo
en la edad de la pubertad, y por qué medio un
alma a cuyo cuerpo se
le cortó una pierna en Europa y perdió un brazo en América podrá
encontrar la pierna y el brazo, que quizás se habrán transformado
en legumbres y habrán pasado a formar parte integrante de la sangre
de cualquier otro animal. No terminaría nunca si detallara todas
las extravagancias que sobre el alma humana se han publicado.
Es singular que las leyes del pueblo predilecto de Dios no digan ni
una sola palabra acerca de la espiritualidad y de la
inmortalidad
del alma, ni hablen tampoco de esto el Decálogo, ni el Levítico, ni
el Deuteronomio. También es indudable que en ninguna parte
Moisés proponga a los judíos recompensas y penas en otra vida. No
les habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les dice que
esperen ir al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de
Moisés todo es temporal. En el Deuteronomio habla a los judíos de
este modo:
«Si después de haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis
exterminados en vuestra patria y quedaréis reducidos a escaso
número, que viviréis esparcidos por las demás naciones.
»Yo soy un Dios celoso que castigo la iniquidad de los padres hasta
la tercera y hasta la cuarta generación.
»Honrad a padre y madre, con el objeto de vivir
muchos años.
»Siempre tendréis que comer; la comida no os faltará nunca.
»Si obedecéis a dioses extranjeros, seréis destruidos.
»Si obedecéis al verdadero Dios, tendréis lluvias en la primavera,
y en otoño trigo, aceite, vino, heno para los animales, y podréis
comer y saciaros.
»Imprimid estas palabras en vuestros corazones, ponedlas ante
vuestros ojos, escribidlas sobre vuestras puertas, con la idea de
que vuestros días se multipliquen.
»Haced lo que os mando, sin quitar ni añadir nada.
»Si aparece un profeta que profetice sucesos prodigiosos, si su
predicación es verdadera, si lo que prevé sucede, si os dice:
«Vamos, seguid conmigo a los dioses extranjeros», matadle en
seguida, que se amotine todo el pueblo contra él para herirle.
»Cuando el Señor os entregue las naciones, degollad sin perdonar
a
un solo hombre, no tengáis piedad de nadie.
»No comáis animales
impuros, como lo son el águila, el grifo, el ixión, etc.
»No comáis tampoco animales rumiantes y que tengan las uñas
hendidas, como el camello, la liebre, el puercoespín, etc.
»Si observáis estos mandatos, seréis bendecidos en la ciudad y en
los campos, y serán benditos los frutos de vuestro vientre, de
vuestra tierra y de vuestras bestias.
»Si no obedecéis todos estos mandatos ni observáis todas las
ceremonias, seréis malditos en la ciudad y en los campos, sufriréis la pobreza y el hambre, os moriréis de frío, de fiebre
y de miseria; tendréis sarna, fístulas, etc., os saldrán úlceras en
las rodillas y en los muslos.
»El extranjero os prestará con usura; pero vosotros no le prestaréis
de ese modo, porque vosotros querréis servir al Señor», etc., etc.
Es evidente que en todas estas promesas y amenazas no se trata mas
que de lo temporal, y no se encuentra una sola palabra que verse
sobre la inmortalidad del alma ni sobre la vida futura. Algunos
comentaristas ilustres creen que Moisés estaba enterado de esos dos
grandes dogmas, y prueban su opinión apoyándose en lo que dijo
Jacob, el cual, creyendo que habían devorado a su hijo bestias
feroces, exclamó: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto es,
moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia
citando pasajes de Isaías y de Ezequiel; pero los hebreos a quienes
habló Moisés no pudieron haber leído a Isaías ni a Ezequiel, que
escribieron muchos siglos después.
Es inútil cuestionar sobre lo que secretamente opinaba Moisés, ya
que está comprobado que en sus leyes no habló nunca de la vida
futura, y que limita los castigos y las recompensas al tiempo
presente. Si conoció la vida futura, ¿por qué no proclamó este
dogma? A tal pregunta contestan varios comentaristas diciendo que
el Señor de Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de
explicar en tiempo oportuno a los judíos una doctrina que no
estaban en estado de comprender cuando vivían en el desierto.
Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del
alma, le hubiera combatido una importante escuela de los judíos, la de los saduceos,
autorizada por el Estado, que les permitía desempeñar los primeros
cargos de la nación y nombrar grandes pontífices a sus sectarios.
Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los
judíos en tres sectas: la de los fariseos, la de los saduceos y la
de los esenios. El historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos
refiere en el libro XIII de sus antigüedades que los fariseos
creían en la metempsicosis; los saduceos creían que el
alma perecía
con el cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según éstos,
las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los
aires para introducirse en los cuerpos, por la violenta atracción
que ejercían sobre ellas; y cuando morían los cuerpos, las
almas que
habían pertenecido a los buenos iban a morar más allá del Océano, en
un país donde no se sentía calor ni frío, ni
había viento ni llovía. Las almas
de los malos iban a morar en un
clima pernicioso. Esta era la teología de los judíos.
El que debía enseñar a todos los hombres condenó
a estas tres
sectas. Sin su auxilio no hubiéramos llegado nunca a comprender
nuestra alma, porque los filósofos no tuvieron jamás una idea
determinada de ella, y Moisés, único legislador del mundo antiguo,
que habló con Dios frente a frente, dejó la humanidad sumida en la
más profunda ignorancia respecto a este punto. Sólo después de mil
setecientos años tenemos la certidumbre de la existencia y de la
inmortalidad
del alma.
Cicerón abrigaba sus dudas. Su nieto y su nieta supieron la verdad
por los primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de esa época y después de ella, en todo el resto del mundo,
donde los apóstoles no penetraron, cada cual debía preguntar a su
alma: «¿Qué eres? ¿de dónde vienes? ¿qué haces? ¿dónde vas? Eres
un no sé qué, que piensas y sientes, pero aunque sientas y pienses
más de cien millones de años, no conseguirás saber más sin el
auxilio de Dios, que te concedió el entendimiento para que te
sirviera de guía,
pero no para penetrar en la esencia de lo que él creó.» Así pensó Locke, y antes que Locke, Gassendi, y antes que Gassendi, multitud
de sabios; pero hoy los bachilleres saben lo que esos grandes
hombres ignoraban.
Enemigos encarnizados de la razón se han atrevido
a oponerse a esas verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su
imprudencia hasta el extremo de imputar al autor de esta obra la
opinión de que cada alma es materia. Perseguidores de la
inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo contrario, y que, dirigiéndonos
a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les
preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que
no sabéis nada.» Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.
Nadie sabe lo que es el ser que llamamos «espíritu», al que vosotros
mismos dais un nombre material, haciéndole sinónimo de aire. Los
primeros Padres de la Iglesia creían que el
alma era corporal. Es
imposible que nosotros, que somos seres limitados, sepamos si
nuestra inteligencia es sustancia o facultad; no podemos conocer a
fondo ni el ser extenso ni el ser pensante, o sea el mecanismo del pensamiento. Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke,
afirmamos que por nosotros mismos no podemos conocer los secretos
del Creador. ¿Sois dioses que lo sabéis todo? Os repetimos que
sólo podemos conocer por la revelación de la Naturaleza y el destino
del alma; y esta revelación no os
basta. Debéis ser enemigos de la revelación, porque perseguís a
los que la creen y a los que de ella lo esperan todo.
Nos referimos a la palabra de Dios, y vosotros, que fingiendo
religiosidad sois enemigos de Dios y de la razón, que blasfemáis
unos de otros, tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero en las fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste
de mi el año pasado; debo beberme tu sangre.» Pero la filosofía no
se venga, se ríe de esos vanos esfuerzos y enseña tranquilamente a
los hombres que queréis embrutecer para que sean iguales a vosotros.
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(1) Puede decirse que Locke creó la metafísica (así como Newton creó
la física) para conocer el alma, sus ideas y sus afecciones. No estudió en los libros, porque éstos le hubieran dado instrucción
errónea; se contentó con estudiarse a si mismo, y después de
contemplarse mucho tiempo, en el Tratado del entendimiento humano
presentó a los hombres el espejo donde él se había contemplado. En
una palabra, redujo la metafísica a lo que debe ser: a que fuese la
física experimental del alma.
(2) San Mateo, cap. III, verso 9.
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