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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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ALFABETO (1) (2)

Alfabeto - Diccionario Filosófico de VoltaireFilosóficamente hablando, y haciendo abstracción de lo que dicen los libros sagrados, de los cuales no nos ocupamos aquí, la lengua primitiva para nosotros es sólo una quimera. ¿Qué pensaríais del hombre que tratase de inquirir cuál fue el grito primitivo que lanzaron todos los animales, y el por qué de que en el transcurso de muchos siglos los corderos se hayan concretado a balar, los palomos a arrullarse y las serpientes a silbar? Los animales se entienden perfectamente en su idioma, mucho mejor que nosotros. El gato comprende perfectamente los variados maullidos de la gata. Maravilla ver cómo una yegua endereza las orejas, patea el suelo y se agita al oír los relinchos ininteligibles de un caballo. Cada especie tiene su lengua; la de los esquimales no es la misma que la de los indígenas del Perú. No hubo lengua ni alfabeto primitivo, como no hubo encinas ni hierbas primitivas.

Varios rabinos opinan que la samaritana fue la lengua madre; otros aseguran que lo fue el bajo bretón; en la incertidumbre (y que no se molesten los habitantes de Quimper o de Samaria), podemos no admitir ninguna lengua madre. Sin ofender a nadie, ¿no pudiéramos suponer que comenzaron el alfabeto los gritos y las exclamaciones? Los niños, cuando ven un objeto que les choca, dicen: ha, he; cuando lloran, hi, hi; cuando se burlan, hu, hu, hou, hou; cuando les pegan, ¡ay! ¡ay! Esas exclamaciones, formadas todas con vocales, son tan naturales en todos los niños como el canto de las ranas, y constituyen casi un alfabeto. Basta que la madre diga a su hijo algo equivalente a ven, toma, dame, calla, acércate, vete; esas palabras nada representan y nada describen, pero se dan a comprender con el gesto. Desde esos rudimentos hay que andar un largo camino para llegar a la sintaxis. Me asombro cuando pienso que desde la palabra ven hemos conseguido llegar a decir un día: «Hubiera venido, madre mía, con gran placer, obedeciendo vuestro mandato con el respeto de siempre, si al dirigirme hacia vos no me hubiera caído en tierra y si no me hubiera clavado en la pierna una pincha de las plantas del jardín.» Paréceme que ha sido preciso el transcurso de varios siglos para juntar esas frases, y el transcurso de otros tantos para crearlas.

Los caracteres alfabéticos, representando al mismo tiempo los nombres de las cosas, su número, las fechas de los acontecimientos y las ideas, se convirtieron muy pronto en misterios para los mismos que inventaron dichos signos. Los caldeos, los sirios y los egipcios atribuyeron algo divino a la combinación de las letras y al modo de pronunciarlas; creyeron que los nombres tenían significación por sí mismos, conteniendo una fuerza y una virtud secretas. Llegaron hasta imaginar que la palabra que significaba poder era poderosa por su misma naturaleza; que la que significaba ángel era angélica; que la que expresaba la idea de Dios era divina. Por eso la esencia de los caracteres se introdujo necesariamente en la magia, y no se verificaba ninguna operación mágica sin que en ella intervinieran las letras del alfabeto.

Esa puerta que se abrió a todas las ciencias dio entrada a todos los errores. Los magos de todas partes se aprovecharon de ella para andar por el laberinto que ellos mismos construyeron, y en el que no se permitía entrar a los demás hombres. El modo de pronunciar las consonantes y las vocales se convirtió en el más profundo de los misterios, y con frecuencia en el más terrible. Había un modo de pronunciar Jehová, nombre que daban a Dios los sirios y los egipcios, que forzaba al hombre a caer en tierra muerto. San Clemente de Alejandría refiere que Moisés causó la muerte repentina de Nechepe, rey de Egipto, diciéndole al oído esa palabra, y en seguida le resucitó pronunciando también la misma palabra.

Nada retardó tanto el progreso del espíritu humano como esa ciencia profunda del error, que nació en los pueblos asiáticos con el origen de las verdades. El universo se embruteció con el mismo arte que debía ilustrarse. De esto se encuentra un gran ejemplo en Orígenes, en San Clemente de Alejandría y en Tertuliano. Orígenes dice con la mayor naturalidad: «Si al invocar a Dios le llamamos Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se conseguirá con la invocación de estos nombres unos resultados de naturaleza y fuerza tan grandes, que los demonios se someten a los que los pronuncian. Pero si le invocamos con otro calificativo, como el de «Dios del mar ruidoso», como «Dios suplantador», esos calificativos carecerán de virtud. El nombre de Israel traducido al griego no tendrá ningún poder, pero pronunciado en hebreo, con las demás palabras requeridas, se verificará el conjuro.»

El mismo Orígenes dice estas frases notables: «Existen nombres que naturalmente poseen virtud. Esos nombres son los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia, los brahmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y quimérico, como suponen los estoicos y los epicúreos. El nombre de Sabaoth y el de Adanai no se han inventado para los cristianos, sino que pertenecen a una teología misteriosa que se relaciona con el Creador, y de esto proviene la virtud que tienen esos nombres cuando se usan como es debido y cuando se pronuncian según las reglas», etc.

Pronunciando las letras según el método mágico, se obligaba a la luna a descender a la tierra. Debemos perdonar a Virgilio que creyese semejantes paparruchas y que hablase seriamente de ellas en el verso 69 de su égloga octava:

Carmina vel coelo possunt deducer lunam (1)

En una palabra: el alfabeto fue el origen de todos los conocimientos del hombre y de todos sus absurdos.

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(1) Con esas palabras se conseguía que la luna descendiera a la tierra.

 

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