ALFABETO (1)
(2)
Filosóficamente hablando, y haciendo abstracción de
lo que dicen los libros sagrados, de los cuales no nos ocupamos aquí, la
lengua primitiva para nosotros es sólo una quimera. ¿Qué pensaríais del
hombre que tratase de inquirir cuál fue el grito primitivo que lanzaron
todos los animales, y el por qué de que en el transcurso de muchos
siglos los corderos se hayan concretado a balar, los palomos a
arrullarse y las serpientes a silbar? Los animales se entienden
perfectamente en su idioma, mucho mejor que nosotros. El gato comprende
perfectamente los variados maullidos de la gata. Maravilla ver cómo una
yegua endereza las orejas, patea el suelo y se agita al oír los
relinchos ininteligibles de un caballo. Cada especie tiene su lengua; la
de los esquimales no es la misma que la de los indígenas del Perú. No
hubo lengua ni alfabeto primitivo, como no hubo encinas ni hierbas
primitivas.
Varios rabinos opinan que la samaritana fue la
lengua madre; otros aseguran que lo fue el bajo bretón; en la
incertidumbre (y que no se molesten los habitantes de Quimper o de
Samaria), podemos no admitir ninguna lengua madre. Sin ofender a
nadie, ¿no pudiéramos suponer que comenzaron el alfabeto los gritos
y las exclamaciones? Los niños, cuando ven un objeto que les choca,
dicen: ha, he; cuando lloran, hi, hi; cuando se
burlan, hu, hu, hou, hou; cuando les pegan, ¡ay! ¡ay!
Esas exclamaciones, formadas todas con vocales, son tan naturales en
todos los niños como el canto de las ranas, y constituyen casi un
alfabeto. Basta que la madre diga a su hijo algo equivalente a ven,
toma, dame, calla, acércate, vete; esas palabras
nada representan y nada describen, pero se dan a comprender con el
gesto. Desde esos rudimentos hay que andar un largo camino para
llegar a la sintaxis. Me asombro cuando pienso que desde la palabra
ven hemos conseguido llegar a decir un día: «Hubiera venido,
madre mía, con gran placer, obedeciendo vuestro mandato con el
respeto de siempre, si al dirigirme hacia vos no me hubiera caído en
tierra y si no me hubiera clavado en la pierna una pincha de las
plantas del jardín.» Paréceme que ha sido preciso el transcurso de
varios siglos para juntar esas frases, y el transcurso de otros
tantos para crearlas.
Los caracteres alfabéticos, representando al
mismo tiempo los nombres de las cosas, su número, las fechas de los
acontecimientos y las ideas, se convirtieron muy pronto en misterios
para los mismos que inventaron dichos signos. Los caldeos, los
sirios y los egipcios atribuyeron algo divino a la combinación de
las letras y al modo de pronunciarlas; creyeron que los nombres
tenían significación por sí mismos, conteniendo una fuerza y una
virtud secretas. Llegaron hasta imaginar que la palabra que
significaba poder era poderosa por su misma naturaleza; que la que
significaba ángel era angélica; que la que expresaba la idea de Dios
era divina. Por eso la esencia de los caracteres se introdujo
necesariamente en la magia, y no se verificaba ninguna operación
mágica sin que en ella intervinieran las letras del alfabeto.
Esa puerta que se abrió a todas las ciencias dio
entrada a todos los errores. Los magos de todas partes se
aprovecharon de ella para andar por el laberinto que ellos mismos
construyeron, y en el que no se permitía entrar a los demás hombres.
El modo de pronunciar las consonantes y las vocales se convirtió en
el más profundo de los misterios, y con frecuencia en el más
terrible. Había un modo de pronunciar Jehová, nombre que daban a
Dios los sirios y los egipcios, que forzaba al hombre a caer en
tierra muerto. San Clemente de Alejandría refiere que Moisés causó
la muerte repentina de Nechepe, rey de Egipto, diciéndole al oído
esa palabra, y en seguida le resucitó pronunciando también la misma
palabra.
Nada retardó tanto el progreso del espíritu
humano como esa ciencia profunda del error, que nació en los pueblos
asiáticos con el origen de las verdades. El universo se embruteció
con el mismo arte que debía ilustrarse. De esto se encuentra un gran
ejemplo en Orígenes, en San Clemente de Alejandría y en Tertuliano.
Orígenes dice con la mayor naturalidad: «Si al invocar a Dios le
llamamos Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se conseguirá con la
invocación de estos nombres unos resultados de naturaleza y fuerza
tan grandes, que los demonios se someten a los que los pronuncian.
Pero si le invocamos con otro calificativo, como el de «Dios del mar
ruidoso», como «Dios suplantador», esos calificativos carecerán de
virtud. El nombre de Israel traducido al griego no tendrá
ningún poder, pero pronunciado en hebreo, con las demás palabras
requeridas, se verificará el conjuro.»
El mismo Orígenes dice estas frases notables:
«Existen nombres que naturalmente poseen virtud. Esos nombres son
los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia, los
brahmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y
quimérico, como suponen los estoicos y los epicúreos. El nombre de
Sabaoth y el de Adanai no se han inventado para los
cristianos, sino que pertenecen a una teología misteriosa que se
relaciona con el Creador, y de esto proviene la virtud que tienen
esos nombres cuando se usan como es debido y cuando se pronuncian
según las reglas», etc.
Pronunciando las letras según el método mágico,
se obligaba a la luna a descender a la tierra. Debemos perdonar a
Virgilio que creyese semejantes paparruchas y que hablase seriamente
de ellas en el verso 69 de su égloga octava:
Carmina vel coelo possunt deducer lunam (1)
En una palabra: el alfabeto fue el origen de todos los
conocimientos del hombre y de todos sus absurdos.
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(1) Con esas palabras se conseguía que la luna descendiera
a la tierra.
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