ALFABETO
Si
viviera todavía el sabio Du Marsais, le preguntaríamos qué nombre tiene
el alfabeto. Pero como este sabio murió, preguntaremos a los ilustrados
redactores de la Enciclopedia para que nos digan por qué el
alfabeto no
tiene nombre en ninguna lengua europea. Alfabeto sólo significa A B; y A
B carecen de significado, o por mejor decir, no indican mas que dos
sonidos, sin relación el uno con el otro: beta no se forma de
alfa; éste es el primer sonido y aquél el segundo, sin que sepamos
por qué.
¿En qué consiste, pues, que carezcamos de
términos para expresar el alcance de las esencias? El conocimiento
de los números, o sea el saber contar, no se llama uno-dos, y
los rudimentos del arte de manifestar nuestros pensamientos no
tienen en Europa término propio que lo designe.
El alfabeto es la primera parte de la gramática.
Los que posean el idioma árabe, del que yo no tengo la más ligera
noción, podrán decirme si la citada lengua, que, según se dice,
dispone de ochenta voces para expresar la palabra caballo, tiene
siquiera una para significar la palabra alfabeto. Confieso que, lo
mismo que el árabe, ignoro el chino, pero sin embargo, he leído en
un vocabulario de la China que dicha nación tiene dos palabras para
expresar el catálogo o la lista de los caracteres de su lengua:
ho-tou y haipien. Nosotros no podemos vanagloriarnos de
que nuestras lenguas occidentales posean ninguna de las dos voces. A
los griegos les sucedía lo mismo que a nosotros: no tenían frases
para expresar su alfabet, que los griegos copiaron de los
fenicios, de la nación que llamaron los hebreos «el pueblo
ilustrado», lo que no les impidió apoderarse de su territorio.
Debemos suponer que los fenicios, enseñando sus
caracteres a los griegos, les prestaron el gran servicio de
librarlos de las dificultades que ofrecía la escritura egipcia que
Cecrops les llevó de Egipto. Los fenicios, como eran negociantes,
trataban de entenderse con facilidad; pero los egipcios, que se
creían intérpretes de los dioses, querían que los entendieran
difícilmente. Me imagino oír a un comerciante fenicio acabado de
llegar a Achaix, que dice a su corresponsal griego: «Mis caracteres
no sólo son fáciles de escribir y reflejan el pensamiento como los
sonidos, sino que expresan nuestras deudas activas y pasivas. El
sonido fenicio alef, que en Grecia pronunciáis alfa,
equivale a una onza de plata; beha, equivale a dos; ro,
a cien; sigma, equivale a doscientas. Os debo doscientas
onzas, os pago un ro y os debo otro ro; de este modo,
con facilidad, haremos nuestras cuentas.»
Probablemente los comerciantes fueron los que
establecieron la sociabilidad entre los hombres, satisfaciendo sus
necesidades, porque para negociar es preciso entenderse. Los
egipcios conocieron muy tarde el comercio, por tener horror al mar,
que para ellos era Tifón, esto es, el odio del mal. Desde tiempos
remotos los tirios fueron navegantes, y unieron con vínculos
estrechos los pueblos que la Naturaleza había separado, reparando
las catástrofes y revoluciones del globo que ahogaron a parte del
género humano. A su vez, los griegos comunicaron su
alfabeto y su
comercio a otros pueblos, que lo modificaron, como los griegos
modificaron el alfabeto de los tirios. Cuando sus mercaderes
(considerados después como semidioses) establecieron en Colcos el
comercio de platería llamado «toisón de oro», dieron también su
alfabeto a los pueblos de dichas regiones, que lo conservaron
modificándolo igualmente.
Es verosímil que ni Tiro, ni Egipto, ni ningún pueblo
asiático de los que habitan cerca del Mediterráneo comunicaran su
alfabeto a los pueblos del Asia oriental. Si los tirios y los caldeos
que habitan las orillas del Eufrates, por ejemplo, hubieran comunicado
su alfabeto a los chinos, éstos conservarían algo de él, usando sus
veintidós, veintitrés ó veinticuatro letras; mas por el contrario, usan
signos distintos para todas las palabras que componen su idioma,
disponiendo, según se dice, de ochenta mil, distintos completamente de
los que se usaban en Tiro. A esta riqueza de signos, tan prodigiosamente
diferentes, hay que añadir que escriben de arriba abajo, y los tirios y
los caldeos escribían de derecha a izquierda. Los griegos y nosotros
escribimos de izquierda a derecha.
Si examinamos los caracteres tártaros, indios,
siameses y japoneses, veremos que no tienen la menor analogía con el
alfabeto griego ni con el fenicio. Esto no obstante, todos esos pueblos,
incluyendo en ellos a los hotentotes y a los cafres, pronuncian las
vocales y las consonantes casi lo mismo que nosotros, porque casi poseen
nuestra misma laringe, del mismo modo que el campesino más rudo está
dotado de una garganta parecida a la de la primera cantante de la Opera
de Nápoles. La diferencia que hace que el campesino tenga una voz ruda y
discordante de bajo y que la cantante despliegue una voz de ruiseñor es
tan imperceptible, que ningún anatomista puede conocerla.
Al decir que los mercaderes de Tiro enseñaron el
alfabeto a los griegos, no hemos querido suponer que les enseñaran a
hablar. Probablemente los atenienses se expresarían ya mejor que los
pueblos de la baja Siria, porque su garganta era más flexible, las
palabras de su idioma se componían de un suave conjunto de vocales,
de consonantes y de diptongos, y la lengua de los pueblos de la
Fenicia era ruda y grosera. Figuraos que los romanos de hoy hubieran
conservado el antiguo alfabeto de Etruria, y que los mercaderes
holandeses pretendieran que adoptasen el que éstos usan en la
actualidad. Los romanos admitirían quizás dichos caracteres, pero se
abstendrían de hablar la lengua bátava. Esto es precisamente lo que
el pueblo de Atenas hizo con los marineros de Cafthor, que llegaban
de Tiro o de Besith: adoptaron su alfabeto, porque era preferible al
que copiaron de Egipto, pero rechazaron su idioma.
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Filosóficamente hablando, y haciendo abstracción de
lo que dicen los libros sagrados, de los cuales no nos ocupamos aquí, la
lengua primitiva para nosotros es sólo una quimera. ¿Qué pensaríais del
hombre que tratase de inquirir cuál fue el grito primitivo que lanzaron
todos los animales, y el por qué de que en el transcurso de muchos
siglos los corderos se hayan concretado a balar, los palomos a
arrullarse y las serpientes a silbar? Los animales se entienden
perfectamente en su idioma, mucho mejor que nosotros. El gato comprende
perfectamente los variados maullidos de la gata. Maravilla ver cómo una
yegua endereza las orejas, patea el suelo y se agita al oír los
relinchos ininteligibles de un caballo. Cada especie tiene su lengua; la
de los esquimales no es la misma que la de los indígenas del Perú. No
hubo lengua ni alfabeto primitivo, como no hubo encinas ni hierbas
primitivas.
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Varios rabinos opinan que la samaritana fue la
lengua madre; otros aseguran que lo fue el bajo bretón; en la
incertidumbre (y que no se molesten los habitantes de Quimper o de
Samaria), podemos no admitir ninguna lengua madre. Sin ofender a
nadie, ¿no pudiéramos suponer que comenzaron el
alfabeto los gritos
y las exclamaciones? Los niños, cuando ven un objeto que les choca,
dicen: ha, he; cuando lloran, hi, hi; cuando se
burlan, hu, hu, hou, hou; cuando les pegan, ¡ay! ¡ay!
Esas exclamaciones, formadas todas con vocales, son tan naturales en
todos los niños como el canto de las ranas, y constituyen casi un
alfabeto. Basta que la madre diga a su hijo algo equivalente a ven,
toma, dame, calla, acércate, vete; esas palabras
nada representan y nada describen, pero se dan a comprender con el
gesto. Desde esos rudimentos hay que andar un largo camino para
llegar a la sintaxis. Me asombro cuando pienso que desde la palabra
ven hemos conseguido llegar a decir un día: «Hubiera venido,
madre mía, con gran placer, obedeciendo vuestro mandato con el
respeto de siempre, si al dirigirme hacia vos no me hubiera caído en
tierra y si no me hubiera clavado en la pierna una pincha de las
plantas del jardín.» Paréceme que ha sido preciso el transcurso de
varios siglos para juntar esas frases, y el transcurso de otros
tantos para crearlas.
Los caracteres alfabéticos, representando al
mismo tiempo los nombres de las cosas, su número, las fechas de los
acontecimientos y las ideas, se convirtieron muy pronto en misterios
para los mismos que inventaron dichos signos. Los caldeos, los
sirios y los egipcios atribuyeron algo divino a la combinación de
las letras y al modo de pronunciarlas; creyeron que los nombres
tenían significación por sí mismos, conteniendo una fuerza y una
virtud secretas. Llegaron hasta imaginar que la palabra que
significaba poder era poderosa por su misma naturaleza; que la que
significaba ángel era angélica; que la que expresaba la idea de Dios
era divina. Por eso la esencia de los caracteres se introdujo
necesariamente en la magia, y no se verificaba ninguna operación
mágica sin que en ella intervinieran las letras del
alfabeto.
Esa puerta que se abrió a todas las ciencias dio
entrada a todos los errores. Los magos de todas partes se
aprovecharon de ella para andar por el laberinto que ellos mismos
construyeron, y en el que no se permitía entrar a los demás hombres.
El modo de pronunciar las consonantes y las vocales se convirtió en
el más profundo de los misterios, y con frecuencia en el más
terrible. Había un modo de pronunciar Jehová, nombre que daban a
Dios los sirios y los egipcios, que forzaba al hombre a caer en
tierra muerto. San Clemente de Alejandría refiere que Moisés causó
la muerte repentina de Nechepe, rey de Egipto, diciéndole al oído
esa palabra, y en seguida le resucitó pronunciando también la misma
palabra.
Nada retardó tanto el progreso del espíritu
humano como esa ciencia profunda del error, que nació en los pueblos
asiáticos con el origen de las verdades. El universo se embruteció
con el mismo arte que debía ilustrarse. De esto se encuentra un gran
ejemplo en Orígenes, en San Clemente de Alejandría y en Tertuliano.
Orígenes dice con la mayor naturalidad: «Si al invocar a Dios le
llamamos Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se conseguirá con la
invocación de estos nombres unos resultados de naturaleza y fuerza
tan grandes, que los demonios se someten a los que los pronuncian.
Pero si le invocamos con otro calificativo, como el de «Dios del mar
ruidoso», como «Dios suplantador», esos calificativos carecerán de
virtud. El nombre de Israel traducido al griego no tendrá
ningún poder, pero pronunciado en hebreo, con las demás palabras
requeridas, se verificará el conjuro.»
El mismo Orígenes dice estas frases notables:
«Existen nombres que naturalmente poseen virtud. Esos nombres son
los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia, los
brahmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y
quimérico, como suponen los estoicos y los epicúreos. El nombre de
Sabaoth y el de Adanai no se han inventado para los
cristianos, sino que pertenecen a una teología misteriosa que se
relaciona con el Creador, y de esto proviene la virtud que tienen
esos nombres cuando se usan como es debido y cuando se pronuncian
según las reglas», etc.
Pronunciando las letras según el método mágico,
se obligaba a la luna a descender a la tierra. Debemos perdonar a
Virgilio que creyese semejantes paparruchas y que hablase seriamente
de ellas en el verso 69 de su égloga octava:
Carmina vel coelo possunt deducer lunam (1)
En una palabra: el alfabeto fue el origen de todos los
conocimientos del hombre y de todos sus absurdos.
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(1) Con esas palabras se conseguía que la luna descendiera
a la tierra.
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