AFIRMACIÓN POR JURAMENTO
No nos ocuparemos aquí de la afirmación con que los sabios afirman con frecuencia. No se debe afirmar ni decidir mas que en geometría. En todo lo demás imitemos al Marfurins de Moliere, que dice: «Puede... es fácil... no es imposible... es menester verlo.» Adoptemos el «quizás» de Rabelais,
el «qué sé yo» de Montaigne, el non liquet de los romanos y la «duda» de la Academia de Atenas. Esto lo decimos tratando de cosas profanas, porque en cuanto
a las cosas sagradas, ya es sabido que no es lícita la duda.
Ocupándonos de este artículo en el Diccionario
Enciclopédico, dijimos que los hombres llamados
quákeros (cuáqueros) en Inglaterra hacían fe en el tribunal de justicia con una sola afirmación y no los obligaban
a prestar juramento. Los pares del reino gozan iguales privilegios; los pares seculares afirman por su honor y los pares eclesiásticos poniendo la mano sobre el
corazón. Los quákeros obtuvieron la misma prerrogativa en
el reinado de Carlos II: es la única secta que en Europa goza de ese honor.
El canciller Cuwer quiso obligar a los
quákeros a que prestasen juramento como los demás ciudadanos: pero el que estaba al frente de ellos le contestó con gravedad:
—Amigo canciller, debes saber que Nuestro Señor Jesucristo nos priva afirmar de otro modo, y que nos
dijo
expresamente: «Os prohíbo jurar por el cielo, porque
es el trono de Dios, y por la tierra, porque es el escabel de mis pies;
por
Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey, y por la cabeza, porque tú no puedes convertir un solo cabello en blanco
ni
en negro.» Esto es positivo, amigo canciller, y no nos atrevemos a desobedecer a Dios por complacerte
a ti y al Parlamento.
—No se puede hablar mejor —le respondió el canciller—;
pero voy a referiros una anécdota que quizá no sepáis. Un día, Júpiter mandó que se dejasen poner herraduras todas las bestias de carga; los caballos, los mulos y hasta los camellos obedecieron en seguida; sólo los asnos se resistieron
a cumplir la orden; expusieron tantas razones, estuvieron rebuznando tanto tiempo, que Júpiter, que era bondadoso, les dijo por fin: «Señores asnos, os concedo lo que pedís; no os pondrán herraduras; pero
a la primera falta que cometáis recibiréis cien palos»
Es preciso confesar que hasta hoy los
quákeros no han incurrido en ninguna falta.
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