ADULTERIO
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II
Memoria de un magistrado. (Escrita el año 1764)
Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer
a quien sedujo un sacerdote
antes de su casamiento y que luego dio varios escándalos públicos. Tuvo la paciencia de separarse de ella amistosamente.
El magistrado era hombre de cuarenta años, vigoroso, de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado
escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre, y le repugnaba el trato ilícito con una mujer galante
o liarse
con una viuda. Encontrándose en la incertidumbre de esta situación, dirigió a la Iglesia de su culto las siguientes quejas:
«Mi esposa es criminal, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria para el consuelo de mi vida y para que yo
persevere en la virtud, y la secta a que estoy afiliado me la niega, prohibiéndome casarme con una mujer honrada.
Las leyes civiles actuales, cimentadas por desgracia en el derecho canónico, me privan de los derechos de la humanidad.
La Iglesia me pone en el caso o de procurarme placeres que ella reprueba, o resarcimientos vergonzosos que ella condena.
Me impulsa a ser criminal.
»Examino todos los pueblos del mundo, y no encuentro uno solo, exceptuando el pueblo católico romano, en los que el
divorcio y un segundo casamiento no sean de derecho natural. ¿Qué trastorno del orden hace, pues, que en los países
católicos sea una virtud consentir el adulterio y un deber carecer de mujer cuando la propia nos ultrajó indignamente?
¿Por qué un lazo podrido es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código:
Quit quit ligatur dissoluble est? Lo que se liga es disoluble. Se
me permite la separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el
divorcio. La ley puede quitarme mi mujer, y sin embargo me deja un algo que se llama sacramento; no gozo ya del matrimonio, y sin embargo,
estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!
»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice directamente las palabras que esa misma Iglesia
cree que pronunció Jesucristo: «Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra» (3).
»No me ocuparé en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho para violar
a su capricho la ley de su Señor,
ni del hecho de que cuando un Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar
a la que no puede darlo. No trataré
tampoco de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o envenenadora debe repudiarse lo mismo que una adúltera.
Me concretaré únicamente en ocuparme del triste estado en que me encuentro sumido. Dios permite que me vuelva
a casar y el obispo de Roma no me lo permite.
»El divorcio estuvo en uso en los pueblos católicos durante el reinado de todos los emperadores;
y lo estuvo también en todos los Estados que se desmembraron del Imperio romano. Los reyes de Francia
que llamamos de la «primera raza», casi todos repudiaron a sus mujeres para tomar otras. Pero ascendió
al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto
mandó que el yugo matrimonial fuera insacudible. Este decreto fue ley para toda Europa, y cuando los
reyes quisieron repudiar a una mujer adultera, pudiendo hacerlo según la ley de Jesucristo, tuvieron,
para conseguirlo, que valerse de pretextos ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de
Eleonora de Crineune, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para
repudiar a Margarita de
Valois, pretextó una causa más falsa todavía: la falta de consentimiento. Era
preciso mentir para divorciarse legalmente.
»Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin permiso
del Papa no podrá abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan tan absurda esclavitud?
»Convengo en que los sacerdotes y los frailes renuncien
a las mujeres. Cometen un atentado contra
la población, y es una desgracia para ellos, pero merecen esa desgracia, porque ellos mismos se la
proporcionan. Son víctimas de los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia
y sin patria, que viven únicamente para la iglesia; pero yo, que soy magistrado, que sirvo al Estado
todo el día, necesito una mujer por la noche; y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que
Dios me concede. Los apóstoles estaban casados, Josef también, y yo quiero estarlo. Soy alsaciano,
y sin embargo dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el bárbaro
poder de privarme de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla en clase de tiple.»
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(3) San Mateo, cap, XIX, verso 9.
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