ADULTERIO (1)
(2) (3)
I
No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos. Adulterio
significa en latín alteración, adulteración, una cosa puesta en lugar de otra; llaves falsas,
contratos y signos falsos; adulteratio. Por eso el que se metía en lecho ajeno fue llamado «adúltero»,
como la llave falsa que abre la puerta de la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis
coccyx,
cuclillo, al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño.
Plinio el naturalista
dice (1): «Coccyx ova subdit in nialienis; ita plerique alienas uxores
faciunt matres.» «El cuclillo
deposita sus huevos en el nido de otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres
a las
mujeres de sus amigos.» La comparación no es muy exacta, porque aunque se compara al cuclillo con
el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales, el cornudo debía ser el amante y no el esposo.
Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los cuernos, porque los griegos designan
con la denominación de macho cabrío al esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. Efectivamente, los griegos llaman
a los bastardos «hijo de cabra», así como la canalla de
nuestras ciudades modernas les llama hijos de p....
La gente de educación, que no usa nunca términos depresivos,
no pronuncia jamás la palabra adulterio. No dice nunca la duquesa de tal comete adulterio con Fulano de cual; sino la marquesa A. tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las señoras comunican
a sus amigos
o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen: «Confieso que le tengo afición» Antiguamente declaraban que les
apreciaban mucho; pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba
a un consejero,
y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de calidad no «aprecian»
a
nadie... ni van a confesarse.
Las mujeres de Lacedemonia no conocieron ni la confesión ni el adulterio. Verdad es que Menelao probó lo que
Elena era capaz de hacer; pero Licurgo puso orden allí, consiguiendo que las mujeres fuesen comunes cuando
los maridos querían prestarlas y cuando las mujeres lo consentían. Cada uno puede disponer de lo que le
pertenece. En casos tales, el marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa
a un hijo de
otro. Allí todos los hijos pertenecían a la república y no a una familia determinada, y así no se perjudicaba
a nadie. El adulterio es un mal porque es un robo; pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido
de aquella época robaba con frecuencia a un hombre joven, bien formado y robusto, que cohabitara con su mujer.
Plutarco ha conservado hasta nuestros días la canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba
a
acostarse con la mujer de su amigo:
Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida.
Dad bravos ciudadanos a Esparta (2).
Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era imposible entre ellos. No sucede lo mismo
en las naciones modernas, en las que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.
Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que la mujer se burla con su amante algunas
veces del marido. En la clase baja sucede con frecuencia que la mujer roba al marido para dar al amante, y las
querellas matrimoniales arrastran a los cónyuges a cometer crueles excesos.
La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar
a un pobre hombre hijos de otros, cargándole
con un peso que no debía llevar. Por este medio, razas de héroes han llegado a
ser bastardas. Las mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y por la debilidad de un momento, han tenido hijos de un
enano contrahecho o de un lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes
micos han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa, y conservan en el salón de su palacio los
retratos de sus falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos, bien formados, llevando un espadón
que la raza moderna apenas podría sostener con las dos manos.
En algunas provincias de Europa, las jóvenes solteras hacen el amor; pero cuando se casan se convierten en esposas prudentes y útiles; todo lo contrario sucede en Francia: encierran en conventos
a las jóvenes, y se
les da una educación ridícula. Para consolarlas, sus madres les imbuyen la idea de que serán libres cuando se
casen. Apenas viven un año con su esposo, desean conocer a fondo el valor de sus propios atractivos. La joven
casada sólo vive, se pasea y va a los espectáculos con otras mujeres que le enseñan lo que desea saber. Si no
tiene amante como sus amigas, está como avergonzada y no se atreve a presentarse en público.
Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les presentan jóvenes, garantizando que son doncellas, se casan con ellas y las tienen siempre encerradas por precaución. Nos dan lástima las mujeres de Turquía,
de Persia y de las Indias, pero son mucho más dichosas en sus serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.
Entre nosotros sucede algunas veces que un marido, disgustado de su mujer, no queriendo formarle proceso criminal
por adulterio, se satisface con separarse de ella de cuerpo y bienes. A propósito de esto, insertaremos una
Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Nuestros lectores decidirán si son
o no son justas sus quejas.
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(1)Libro X, cap. IX.
(2) Véase en Plutarco la Vida de Pirrón, cap. XXXVIII.
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