ABADÍA (1)
(2)
II
Los que huyen del mundo son hombres desengañados; los
que se consagran a Dios son dignos de respeto. Quizás el tiempo corrompió institución tan santa.
A los terapeutas judíos sucedieron los monjes en Egipto, que se llamaban
idiotai. ldiot significaba entonces solitario, pero muy pronto formaron una corporación, que indica todo lo
contrario de lo que significa la palabra con que los clasificaron. Cada corporación de frailes escogió su superior,
porque todas las elecciones se verificaban por pluralidad de votos en los primeros tiempos de la Iglesia. Se
esforzaban entonces
los hombres por adquirir la libertad primitiva de la naturaleza humana, tratando
de evitar las trabas y la esclavitud que son inseparables de los grandes
Imperios. Todas las sociedades religiosas se escogieron padre o abad,
a pesar de que el Evangelio dice: «No llaméis a nadie vuestro padre», etc.
Ni los abades ni los monjes fueron sacerdotes en los primeros siglos. En grupos se dirigían
a la aldea más inmediata a oír misa. Estos grupos llegaron a ser muy considerables; según se dice, llegó
a haber más de cincuenta mil monjes en Egipto.
San Basilio, que primero fue monje y después obispo de
Cesárea, en Capadocia, redactó un código para todos los monjes en el siglo IV. La regla de San Basilio se adoptó en
Oriente y en Occidente; casi no se conocieron otros monjes, y éstos se enriquecieron en todas partes, se
inmiscuyeron en todos los asuntos profanos y contribuyeron
a las revoluciones que estallaron en el Imperio.
Sólo se conocía esta
única orden, hasta el siglo VI, en que San Benito instituyó una nueva potencia en Monte-Casino.
San Gregario el Grande asegura en sus Diálogos que Dios le concedió el privilegio especial de que todos los benedictinos que
murieran en Monte-Casino se salvarían. Como consecuencia de esto, el papa Urbano
II, en 1092, publicó una bula en la que declaró al abad de Monte-Casino jefe de todos los abades del mundo. Pascual
II le concedió el título de abad de los abades. Como ya dijimos, se titula
patriarca de la santa religión, canciller colateral del reino
de Sicilia, gobernador de la Campania, príncipe de la Paz, etcétera, etc. Todos esos títulos nada
significarían si no los hubiera sostenido una riqueza fabulosa.
No hace mucho tiempo recibí una carta de uno de mis corresponsales de Alemania, cuya
carta empieza del modo siguiente: «Los abades príncipes de
Rempter, Elvaugen, Eudertl, Murbach, Beylesgaden, Vesembourg, Trum, Stablo, Corvey y los demás abades
que no son príncipes, disfrutan entre todos de novecientos mil florines de renta, que equivalen
a dos millones cincuenta mil libras francesas; de lo que deduzco que Jesucristo no gozó las comodidades de
la vida que ellos gozan.» Le respondí yo: «Tenéis que confesarme que los franceses son más devotos
que los alemanes en proporción de un sesenta y uno por ciento; porque sólo los beneficios consistoriales de los monjes
de Francia, esto es, los que pagan al Papa, ascienden a nueve millones de renta, contando a cincuenta
y nueve libras el marco; y nueve millones son a dos millones cincuenta mil libras como uno es a
sesenta y uno.»
Me replicó escribiéndome estas cortas líneas:
«Amigo mío, no os entiendo; indudablemente os parece, como a
mí, que nueve millones de libras francesas son una cantidad excesiva para que la disfruten los que
hacen voto de pobreza; y sin embargo, parece que deseéis que disfruten noventa millones. Os ruego que
me descifréis ese enigma.»
Le respondí lo siguiente: «Apreciable amigo: En otros tiempos conocí
a un joven al que le propusieron
que se casara con una mujer de sesenta años, la que en seguida otorgaría testamento nombrándolo
heredero absoluto; pero él contestó que no era bastante vieja.» El alemán comprendió
este enigma.
No debo pasar en silencio que en 1575 se propuso en el Consejo de Enrique
III, rey de Francia,
erigir en encomiendas seculares todas las abadías de monjes y conceder estas encomiendas
a los
empleados de la corte y a los oficiales del ejército; pero como poco después excomulgaron
a dicho
rey y murió asesinado, no se realizó ese proyecto.
El conde de Argenson, ministro de la Guerra, proyectó en 1750 establecer pensiones sobre los beneficios
en favor de los caballeros de la orden militar de San Luis. Este proyecto era fácil, justo y útil,
pero por lo mismo tampoco llegó a realizarse. Sin embargo, en el reinado de Luis XIV, la princesa
de Conti poseyó la abadía de San Dionisio; antes de dicho reinado, los seculares poseían beneficios,
y el duque de Sully, que era hugonote, poseyó una abadía.
El padre de
Hugo Capeto era rico por ser dueño de abadías, y le llamaban Hugo el abad. Se concedían
éstas también a las reinas para que sufragaran sus gastos particulares. Ogina, madre de Luis de
Ultramar, abandonó a su hijo porque éste le quitó la abadía de Santa María de Laon para
dársela a su mujer Gesberga. Hubo ejemplos de todo. Cuantos pudieron se aprovecharon de los usos, de las innovaciones,
de las leyes derogadas, de los títulos falsos o legítimos, del pasado, del presente
o del porvenir, para
apoderarse de los bienes terrenales; pero siempre... para la mayor gloria de Dios.
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