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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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ONÁN, ONANISMO

Onán-onanismo - Diccionario Filosófico de VoltairePrometimos en el artículo titulado Amor socrático hablar de Onán y del onanismo, aunque esto no tenga nada de común con el amor socrático, siendo como es un efecto desordenado del amor propio.

La raza de Onán fue muy singular. El patriarca Judá, su padre, se acostó, como sabemos, con su nuera Tamar la fenicia en un camino real. Jacob, padre de Judá, había sido al mismo tiempo marido de dos hermanas, hijas de un idólatra, y engañó a su padre y a su suegro. Lot, hermano del abuelo de Jacob, se había acostado con sus dos hijas. Salomón, descendiente de Jacob y de Judá, se casó con Rahab la cananea, que era prostituta. Booz, hijo de Salomón y de Rahab, admitió en su lecho a Ruth la madianita, y fue bisabuelo de David. David robó a Betsabé al capitán Unías, que era su marido, mandándolo asesinar para gozar con más libertad de sus amores. En las dos genealogías de Nuestro Señor Jesucristo, que difieren en otros puntos, pero que son iguales en éstos, se encuentra que el Salvador nació de esta multitud de fornicaciones, de adulterios y de incestos. Estas singularidades bastan para anonadar a la razón humana, para humillar nuestra inteligencia limitada y para convencernos de que son inescrutables los designios de la Providencia.

El reverendo padre Calmet hace la siguiente reflexión a propósito del incesto que cometió Judá con Tamar y del pecado de Onán: «La Biblia —dice—nos detalla una historia que en su sentido literal choca a nuestra inteligencia y le parece poco edificante; pero el sentido oculto y misterioso que encierra es tan elevado como parece rastrero el literal a los ojos de la carne. Sin tener poderosas razones para ello, no hubiera permitido el Espíritu Santo que la historia de Tamar, de Rahab, de Ruth y de Betsabé se encontraran mezcladas en la genealogía de Jesucristo.»

Sería de desear que Calmet hubiera explicado esas poderosas razones, para desvanecer las dudas y los escrúpulos de los hombres honrados y timoratos que deseen comprender por qué el Ser eterno, creador de los mundos, nació en una aldea judía y de una raza de ladrones y de prostitutas. Este misterio, que es uno de los más inconcebibles, merecía que algún sabio comentarista lo explicara. Ocupémonos ahora del onanismo.

Averiguado está cuál fue el crimen del patriarca Judá, así como se conoce el crimen de los patriarcas Simón y Leví, sus hermanos, cometidos en Sichem, y el crimen de los otros patriarcas cometidos contra su hermano José; pero es difícil precisamente averiguar cuál fue el pecado de Onán. Judá había casado a su hijo primogénito Her con Tamar la fenicia. Her murió «por haber sido perverso». El patriarca quiso entonces que su segundo hijo Onán se casara con la viuda del primogénito, obedeciendo la antigua ley de los egipcios y de los fenicios; esto se llamaba «hacer» salir hijos a su hermano. El primer hijo del segundo matrimonio tenía que llevar el nombre del marido difunto de la mujer, y esto es lo que Onán no quería. Odiaba a su hermano, y por no tener un hijo que llevase el nombre de Her, dícese que «echaba el semen en el suelo».

Falta saber si era en el acto de la cópula con su mujer cuando engañaba de ese modo a la Naturaleza, o si por medio de la masturbación eludía los deberes conyugales: el Génesis no nos lo dice. Actualmente se llama «pecado de Onán» el abuso que hace el hombre de sí mismo, forzando la naturaleza con su propia mano, vicio bastante común en los mancebos y en las jóvenes de temperamento demasiado ardiente. Se ha notado que sólo esa especie de hombres y la especie de los monos son los únicos animales que incurren en ese defecto que contraría el propósito de la Naturaleza.

Un médico escribió en Inglaterra contra ese vicio un pequeño volumen titulado Del onanismo, del que se hicieron veinticuatro ediciones en poco tiempo, dando por supuesto que eso no fuera una treta del librero para atraerse lectores, lo que no sería una caso nuevo. M. Tissot, famoso médico de Lausana, también publicó otro libro sobre el onanismo, más profundo y más metódico que el de Inglaterra. Estas dos obras ponen de manifiesto las consecuencias funestas de esa perniciosa práctica, que origina la pérdida de las fuerzas, la impotencia, la depravación del estómago y de las vísceras, los temblores, los vértigos, el embrutecimiento, y muchas veces la muerte prematura. M. Tissot sabe por experiencia que la quinina es el mejor remedio para curar esas enfermedades, si se abandona por completo ese hábito vergonzoso y funesto, que tan extendido está entre los estudiantes, los pajes y los frailes jóvenes; pero se convenció de que era más fácil tomar la quinina que sobreponerse a lo que se convierte en una segunda naturaleza. Añadid las consecuencias del onanismo a las consecuencias de la sífilis, y os convenceréis de lo ridícula y de lo desgraciada que es la especie humana. Para consolarla, M. Tissot refiere tantos ejemplos de enfermos de repleción de humores como enfermos de emisión de humores, encontrando unos y otros lo mismo en los hombres que en las mujeres. No puede oponerse argumento más fuerte contra los votos temerarios de castidad. Efectivamente, ¿en qué se ha de convertir el líquido precioso que nos dio la Naturaleza para propagar el género humano? Si lo prodigamos indiscretamente, puede matarnos; si lo retenemos, también nos puede causar muerte. Se ha observado que las poluciones nocturnas son frecuentes en las personas de ambos sexos que no se han casado; pero lo son mucho más en los jóvenes religiosos que en las monjas, porque el temperamento del hombre es mucho más dominante. De esto debe sacarse la consecuencia de que es locura condenarnos nosotros mismos a estas deshonestidades, y que es una especie de sacrilegio en las personas sanas prostituir ese don que recibieron del Creador y renunciar al matrimonio, que el mismo Dios ordena. Así lo creen los protestantes, los judíos, los musulmanes y otros pueblos; pero los católicos patrocinan los conventos. Respecto a los católicos, les aplicaré las palabras que el profundo dom Calmet dice del Espíritu Santo: sin duda tuvieron buenas razones para creerlo así.

 

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