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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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NEWTON Y DESCARTES

Newton-Descartes - Diccionario Filosófico de VoltaireNewton estaba destinado a la Iglesia. Empezó por ser teólogo, cuyo sello conservó toda la vida. Abrazó seriamente el partido de Arrio contra Atanasio, y fue un poco más allá que aquél, como todos los socinianos. Hay hoy en Europa muchos sabios de esta escuela, que no califico de comunión, porque no forman corporación, no estando acordes unos con otros y reduciendo algunos de ellos su sistema al puro deísmo, armonizado con la moral de Cristo. Newton no pertenecía a estos últimos; sólo difería de la Iglesia anglicana en el detalle de la consubstancialidad, y creía en todo lo demás.

Prueba su buena fe comentando el Apocalipsis, en el que ve con claridad que el Papa es el Anticristo, y por otra parte explica ese libro y todos los que se relacionan con él. Parece que con su comentario trataba de consolar a la raza humana de la superioridad que sobre ella tenía.

Algunos escritores, leyendo la parte metafísica que Newton incluyó al fin de sus Principios matemáticos, encontraron en ella algo tan oscuro como el Apocalipsis. Los metafísicos y los teólogos se parecen en cierto modo a aquellos gladiadores que les hacían combatir con los ojos tapados; pero cuando Newton trabajó las matemáticas con los ojos abiertos, su vista alcanzó hasta los límites del mundo.

Inventó el cálculo que se llama del infinito; descubrió y demostró el principio nuevo que hace mover toda la Naturaleza. No se conoció la luz antes que él la estudiara; sólo se tenía de ella ideas confusas y falsas. Inventó los telescopios de reflexión. El primero lo construyó él mismo, y demostró por qué no se puede aumentar la fuerza y el alcance de los telescopios ordinarios. Cuando estaba construyendo su nuevo telescopio, un jesuita alemán creyó que era un trabajador que se dedicaba a hacer anteojos, y era un «artífice que se llamaba Newton», como él mismo dice en un pequeño libro. La posteridad le vengó bien después. En Francia lo trataron con mayor injusticia; le creyeron durante algún tiempo un hombre que se dedicaba a hacer experimentos y que se había equivocado, y porque Mariote utilizaba prismas malos, no querían reconocer los descubrimientos de Newton.

Sus compatriotas le admiraron en cuanto empezó a escribir y a operar. En Francia sólo le conocieron en todo su valor al cabo de cuarenta años, pero en cambio se entusiasmaban los franceses con la materia acanalada y ramosa de Descartes, con los pequeños torbellinos blandos del padre Malebranche.

Entre todos los que trataron al cardenal Polignac, no hubo nadie que no le oyera decir que Newton era peripatético y que sus rayos caloríferos y su atracción se resentían de ateísmo. El cardenal Polignac reunía a todas las ventajas que le proporcionó la Naturaleza la de ser muy elocuente; escribía versos latinos con asombrosa facilidad, pero no conocía más filosofía que la de Descartes, y sabía de memoria sus razonamientos, como sabemos de memoria las fechas.

No consiguió ser geómetra, y no había nacido filósofo; podía juzgar las Catilinarias y la, Eneida, pero no podía juzgar a Newton y a Locke.

Cuando consideramos que Newton, Locke, Clarke y Leibniz hubieran sido perseguidos en Francia, encarcelados en Roma y quemados en Lisboa, ¿qué idea debemos formar de la razón humana? La razón humana nació en ese siglo en Inglaterra. Hubo allí en los tiempos de la reina María una persecución tenaz sobre el modo de pronunciar el griego, y los perseguidores se equivocaban. Los que castigaron a Galileo se equivocaron mucho más, y todo inquisidor debía avergonzarse cada vez que veía una esfera de Copérnico. Si Newton hubiera nacido en Portugal y un dominico hubiera creído que era una herejía la razón inversa del cuadrado de las distancias, hubieran revestido con un «sambenito» en un «auto de fe» al caballero Isaac Newton.

Con frecuencia se pregunta por qué las personas que por su ministerio deben ser sabias e indulgentes fueron con frecuencia ignorantes e implacables. Fueron ignorantes porque habían estudiado mucho tiempo, y crueles porque conocían que sus malos estudios los despreciaban los sabios. Nada ciertamente tenían que perder los inquisidores que tuvieron la audacia de condenar el sistema de Copérnico por herético y por absurdo, porque ningún perjuicio les irrogaba ese sistema. Si la tierra gira alrededor del Sol, como los demás planetas, no por eso los inquisidores iban a perder sus rentas, sus asignaciones ni su dignidad. Hasta el dogma permanece seguro cuando sólo lo combaten los filósofos, y todas las academias del universo no conseguirán cambiar las creencias del pueblo. ¿Cuál es, pues, el principio de la cólera que consiguió que los Anitos quisieran exterminar a los Sócrates? Enciende la cólera de los Anitos el comprender en el fondo de su conciencia que los Sócrates los desprecian.

 

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