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Voltaire - Diccionario Filosófico |
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MOISÉS (1) (2)
(3)
III
No puede ponerse en duda que existió Moisés, que fue legislador del pueblo judío. Examinaremos su historia, sujetándola
a las leyes de la crítica, pero no someteremos a examen la parte divina de ella. Nos limitaremos
a lo probable, porque los hombres no pueden juzgar de otra manera. Desde luego, es natural y probable que una nación árabe habitara en los confines de Egipto, por la parte de la Arabia desierta, que haya sido tributaria
o esclava de los reyes de Egipto y que luego tratara de establecerse en otras partes; pero lo que la razón humana no puede comprender es que dicha
nación, compuesta de setenta individuos todo lo más en la época de José, aumentara la población en doscientos quince años, desde José hasta Moisés, hasta poder reunir seiscientos mil combatientes, como dice el
Exodo; porque seiscientos mil hombres en estado de llevar las armas suponen
una población de cerca de dos millones de habitantes, incluyendo en esa suma ancianos, mujeres y niños. No está en el modo de ser de la Naturaleza que una colonia de setenta personas, varones y hembras, produzca en dos siglos dos millones de habitantes. Los cálculos de esa progresión los desmiente la experiencia de todas las naciones y de todos los tiempos. Además, es muy probable que los seiscientos mil combatientes, protegidos por el Señor de la Naturaleza con multitud de milagros, no se hubieran resignado
a vagar errantes por los desiertos y se hubieran apoderado del fértil Egipto.
Establecidas estas primeras reglas de crítica humana y razonable, debemos convenir en que Moisés sólo sacó de Egipto un número insignificante de hombres. Los egipcios conservaban una antigua tradición que refiere Plutarco en el tratado de
Isis y 0siris, cuya tradición supone que Tifón, padre de Jerossalaine y de Inddeco, huyó de Egipto montado en un asno. Se comprende por ese pasaje que los antepasados de los judíos que habitaban en Jerusalén salieron fugitivos de Egipto. Otra tradición tan antigua, pero más conocida, supone que los judíos fueron expulsados de Egipto, ya por ser bandidos indisciplinables, ya por estar contaminados de la lepra. Esta doble acusación es verosímil aplicada al territorio de Gessen, que habían habitado, territorio que estaba inmediato al de los árabes vagabundos, en el que la enfermedad de la lepra era muy común. La misma Sagrada Escritura da
a entender que dicho pueblo salió de Egipto contra su voluntad. El capítulo XVII del
Deuteronomio prohíbe a los reyes que piensen en reunir los judíos en Egipto.
La conformidad de muchas costumbres egipcias y judías fortifica
también la opinión de que ese pueblo era una colonia egipcia, y lo que
añade otro grado de probabilidad es la fiesta de la Pascua, esto es, de
la fuga, instituida en memoria de su evasión. Esta fiesta por sí sola no constituiría
una prueba, porque todos los pueblos establecieron solemnidades para celebrar los acontecimientos fabulosos
e increíbles, como lo eran la mayoría de las fiestas de los griegos y de los romanos; pero la huida de un país
a otro es un acontecimiento común y fácil de creer. La prueba sacada de la fiesta de la Pascua la fortifica la de los Tabernáculos, que celebraban en recuerdo de la época en que los judíos vivían en el desierto cuando salieron de Egipto. Estas verosimilitudes, agregadas
a otras, prueban que una colonia que
salió de Egipto se estableció durante algún tiempo en la Palestina.
Casi todo lo demás que sucedió al pueblo judío es tan maravilloso, que se escapa
a la comprensión humana, y lo único que podemos tratar de inquirir es el tiempo en que aconteció dicha fuga,
o lo que es lo mismo, la época en que se escribió el Éxodo y examinaron las opiniones que reinaban entonces, y encontraremos la prueba de ella en ese libro mismo, comparándolo con los antiguos usos de las naciones.
Respecto a los libros atribuidos a Moisés, debemos decir que las reglas más sencillas de la crítica nos impiden creer que él los haya escrito.
1.ª No es posible que haya aplicado a los sitios de
que nos habla nombres que sólo les pusieron mucho tiempo después. En el
referido libro menciona las ciudades de Jair, y conviene todo el mundo en que tomaron esta denominación mucho tiempo después de la muerte de Moisés. Ese libro se ocupa también del territorio de Dan y de su tribu, que no tuvo esa denominación hasta más tarde, porque entonces no era dueña de aquel territorio.
2.ª ¿Cómo Moisés podía citar el libro de las guerras del Señor, cuando esas guerras y ese libro son posteriores
a su época?
3.ª ¿Cómo pudo hablar Moisés de la derrota del gigante Ogrey de Basán, que fue vencido en el desierto el último año que gobernó? ¿Cómo pudo añadir que se conservaba todavía en Rabat la cama de dicho gigante, que era de hierro y tenía nueve codos de altura? La ciudad de Rabat
era la capital de los ammopitas, y los hebreos no habían penetrado aún en su territorio. Ese pasaje tiene todas las apariencias de ser obra de un escritor posterior, al que engañó su inadvertencia. Para probar la victoria conseguida respecto
a dicho gigante, presenta como testimonio la cama que se conservaba en Rabat, pero se olvida de que está haciendo hablar
a Moisés.
4.ª
¿Cómo pudo Moisés decir que estaban a la parte de allá del Jordán las ciudades que en la situación que él ocupaba estaban
a la parte de acá? ¿No es una prueba palpable de que el libro que se le atribuye se escribió mucho tiempo después que los israelitas pasaron el riachuelo del Jordán, que no pasaron nunca conducidos por el gran profeta?
5.ª ¿Es acaso verosímil que Moisés dijera a su pueblo que se había apoderado en el pequeño cantón de Argob, país estéril y horrible de la Arabia Pétrea, de sesenta grandes
ciudades rodeadas de murallas y fortificadas, sin contar con otras ciudades abiertas? ¿No es probable que andando el tiempo escribiera esas exageraciones un autor que trataba de halagar
a una nación grosera?
6.ª Todavía es menos verosímil que Moisés refiriera los milagros que llenan su historia. Se persuade fácilmente
a un pueblo feliz y victorioso de que Dios pelea por él, pero es incomprensible para la naturaleza humana que un pueblo crea que se hacen cien milagros en beneficio suyo, cuando todos ellos les conducen
a perecer a un desierto. Examínense bien algunos de los milagros que refiere el
Éxodo.
7.ª Parece contradictorio y hasta injurioso para la esencia divina que Dios, después de escogerse un pueblo para que fuera el único depositario de sus leyes y para que dominara
a las demás naciones, envíe a un hombre de dicho pueblo para que se presente al rey, su opresor, y le pida permiso para ir
a hacer sacrificios a Dios en el desierto, con la idea de que ese pueblo pueda huir de allí bajo el pretexto de hacer sacrificios. La inteligencia humana sólo comprende que
ése es un acto de bellaquería, indigno de la majestad y del poder del Ser Supremo.
Al ver el pueblo predilecto por el que Dios hace tantos milagros, creemos que indudablemente ha de llegar
a ser el dueño del universo. No podemos leer sin sorpresa y sin asombro que Moisés en presencia del rey convierta su vara en serpiente y todas las aguas del reino en sangre, que haga nacer tantas ranas que llenen el mundo, que convierta en piojos el polvo, que pueble el aire de insectos venenosos, que llene
a los hombres y a los animales de terribles úlceras, que haga caer granizo y rayos para arruinar toda la nación, que infeste la atmósfera de langosta, que sumerja el país en tinieblas palpables durante tres días, que un ángel exterminador hiera de muerte
a todos los primogénitos de los hombres y de los animales de Egipto, empezando por los
hijos del rey, que haga caminar en seco a través de las olas del mar Rojo, que se aparten y formen montañas de agua
a derecha y a izquierda y que luego se junten y caigan sobre el ejército de Faraón y se lo traguen. Pues bien; el pueblo en cuyo favor se obraron tantas maravillas consigue por resultado morir de hambre y de sed en las ardientes arenas del desierto, y hombre
a hombre, de prodigio en prodigio, todo ese pueblo muere sin llegar a columbrar el pequeño rincón del mundo en el que sus descendientes consiguen establecerse al poco tiempo por determinado número de años. Merece disculpa no creer esa multitud de maravillas que la inteligencia humana no puede comprender.
La razón, abandonada a sí misma, no puede convencerse de que Moisés haya escrito cosas tan asombrosas. ¿Cómo puede creer una generación tantos milagros tan inútiles para ella? ¿Qué papel tan desairado hacen representar
a la Divinidad, dedicándola a conservar la ropa y los zapatos de su pueblo durante cuarenta años, después de haber puesto toda la Naturaleza de su parte?
Es, pues, natural creer que historia tan prodigiosa se escribió mucho tiempo después de la muerte de Moisés, como las novelas de Carlomagno se forjaron tres siglos después de su época, y como los orígenes de todas las naciones se escribieron en los tiempos en que ya éstos se habían perdido de vista y dejaban
a la imaginación la libertad de inventar. Cuanto más grosero y desgraciado es un pueblo, más trata de ennoblecer su historia antigua, y no hay pueblo en el mundo que haya sido tanto tiempo miserable y bárbaro como el pueblo judío.
No es creíble que cuando no tenían con qué hacerse zapatos en el desierto, bajo la dominación de Moisés, tuvieran tentaciones de escribir. Debemos sospechar que los desgraciados que nacieron en el desierto no recibirían brillante educación, y que los judíos no empezaron
a leer y a escribir hasta que tuvieron algún trato con los fenicios. Probablemente, en los comienzos de la monarquía, los judíos dotados de algún ingenio escribirían el
Pentateuco, sujetándole como pudieron a esas tradiciones. ¿Hubiera recomendado Moisés
a
los reyes que leyeran y escribieran su misma ley en la época en que no se conoció la monarquía? ¿No es probable que el capítulo XVII del
Deuteronomio se redactara para moderar el poder de los reyes, y que lo escribieran los sacerdotes de la época de Saúl? Parece lo más verosímil asegurar
a dicha época la redacción del Pentateuco. Las continuas esclavitudes por las que pasó el pueblo judío, no son
a propósito para establecer la literatura en una nación ni para dar a
conocer los libros, y cuanto más raros fueron al principio estos libros,
más se empeñaron los autores en llenarlos de prodigios.
Indudablemente, es muy antiguo el Pentateuco atribuido
a Moisés, si se redactó en los tiempos de Saúl y de Samuel; tiempos inmediatos
a los de la guerra de Troya, y es uno de los monumentos más curiosos del modo de pensar de los hombres de aquella época. Se sabe que todas las naciones conocidas entonces se enamoraban de los prodigios proporcionalmente
a su estado de ignorancia, y todo sucedía entonces por mediación celeste en Egipto, en Frigia, en Grecia y en Asia. Los autores del
Pentateuco dan a entender que cada nación tenía sus dioses y que éstos disfrutaban de un poder igual.
Si Moisés, en nombre de Dios, trueca su vara en serpiente, los sacerdotes de Faraón también realizan semejante prodigio; si convierte las aguas de Egipto en sangre, los sacerdotes también lo imitan en seguida, sin que podamos concebir en qué aguas verificaban semejantes metamorfosis,
a no ser que los sacerdotes hubieran creado nuevas aguas para convertirlas en sangre. Los escritores judíos prefieren incurrir en este absurdo
a que haya alguno que dude de que los dioses de Egipto pueden convertir el agua en sangre, lo mismo que el Dios de Jacob.
Pero cuando el Dios de Jacob llena de piojos todo el territorio de Egipto, entonces aparece su verdadera superioridad; los magos no pueden imitarle, y el Dios de los
judíos dice: «Faraón sabrá que no hay nadie semejante a mí.» Estas palabras que ponen en su boca denotan el ser que se cree más poderoso que sus rivales, le igualan en la metamorfosis de una vara en serpiente y en la conversión de las aguas en sangre; pero gana la partida convirtiendo el polvo en piojos y en otras maravillas sucesivas.
La idea del poder sobrenatural que poseían los sacerdotes de todos los países está indicada en muchas partes de la Sagrada Escritura. Cuando Balaam, sacerdote del
pequeño Estado del reyezuelo Balac, se dispone a maldecir a los judíos en el desierto, Dios se aparece
a dicho sacerdote para impedir que los maldiga. Parece que era terrible la maldición de Balaam. No bastó para contener
a ese sacerdote que Dios le hablara; envió ante él un ángel con espada en mano, y todavía hizo que le hablara su burra. Estas precauciones prueban que la maldición de un sacerdote producía efectos funestos.
La idea de que existía un Dios superior a los demás dioses, que creó el cielo y la tierra, estaba tan arraigada en aquellos pueblos, que Salomón, en su última plegaria, exclama: «Dios mío, no hay ningún dios semejante
a ti, ni en la tierra ni en el cielo.» Esta opinión hacía creer a los judíos en todos los sortilegios y en los encantamientos de las demás naciones. Originó también la historia de la pitonisa de Endor, que poseía el poder
de evocar la sombra de Samuel. Cada pueblo tuvo sus prodigios y sus oráculos, y no le ocurría dudar
de los milagros y de las profecías de las demás naciones. No parecía sino que los sacerdotes, negando los prodigios de las naciones inmediatas, temieran desacreditar los suyos. Esa especie de teología prevaleció mucho tiempo en todo el mundo.
No es éste el sitio oportuno para entrar en detalles de todo lo que se ha escrito sobre Moisés, ya que nos ocupamos de sus leyes en artículos de esta obra. Nos limitaremos
a indicar ahora que es sorprendente que un legislador a quien Dios inspira no anuncie
a los hombres la vida futura. No se encuentra una sola palabra en el Levítico que haga alusión
a la inmortalidad del alma. A esta abrumadora objeción sólo contestan que Dios se quiso rebajar hasta ponerse al nivel de la tosquedad de los judíos. A esa miserable respuesta replicaremos que
a Dios correspondía elevar a los judíos hasta hacerlos adquirir los conocimientos necesarios, y no rebajarse hasta ellos. Si el alma es inmortal, si hay penas y recompensas futuras, es necesario que los hombres lo sepan. Si Dios les habla, debe enterarles de ese dogma fundamental. Repetimos que es perdonable que la razón humana no encuentre en semejante historia mas que la tosquedad bárbara de los primitivos tiempos de un pueblo salvaje. El hombre no puede raciocinar de otro modo; pero si Dios es efectivamente el autor del
Pentateuco, debemos someternos a él ciegamente y desoír la voz de la razón.
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