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Voltaire - Diccionario Filosófico |
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MOISÉS (1) (2) (3)
I
La filosofía —que algunas veces se ha salido de sus límites—, los estudios sobre la antigüedad, el espíritu de discusión y de crítica se han llevado
a tal extremo, que muchos sabios han llegado a dudar que existiera Moisés, suponiendo que ese hombre sólo
fue un ser fantástico; como probablemente lo son Perseo, Baco, Atlas, Vesta, Rea, Isis, Odín, Merlín, Roberto el Diablo y otros muchos héroes de novelas de los que se ha escrito la vida y milagros.
«No es verosímil —dicen los incrédulos— que haya existido un hombre cuya vida es un prodigio continuo. No es verosímil que realizara infinidad de milagros en el Egipto, en la Arabia y en la Siria, sin que resonaran en todo el mundo. No es verosímil que ningún escritor egipcio
o griego no hubiera transmitido esos milagros a la posteridad. Sin embargo, sólo lo mencionan los judíos, y fuera el tiempo que fuese el que escribieran su historia, ninguna nación la conoció hasta el siglo II. El primer autor que cita los libros de Moisés es Longino, ministro de la reina Zenobia, en la época del emperador Aureliano.»
Debe llamarnos la atención que el autor del Mercurio trimegista, que era egipcio, no hable una palabra de Moisés. Si un solo autor antiguo hubiera referido alguno de esos milagros, Eusebio lo hubiese dicho, ya en su
Historia, ya en su Preparación evangélica. Verdaderamente reconoce que hay autores que citan el nombre de Moisés, pero ninguno de ellos refiere sus prodigios. Antes que Eusebio, los
historiadores Josefo y Filón, que tanto elogiaron a su nación, repasaron todos los escritores que citan
a Moisés, y ninguno de ellos menciona los actos maravillosos que se le atribuyen. Viendo el silencio general del mundo entero, he aquí cómo argumentan los incrédulos con temeridad que se refuta
a sí misma:
«Los judíos son los únicos que poseían el Pentateuco, que atribuyen
a Moisés. Los mismos libros dicen que el Pentateuco no lo conocieron hasta la época del rey Josías, treinta y seis años antes de la primera destrucción de Jerusalén y de la cautividad, y sólo se encontró un ejemplar en casa del pontífice Helfias, que lo desenterró del fondo de un arcón cuando estaba contando el dinero, y el pontífice se lo envió al rey por medio de su escriba Safán.» «Este hecho —dicen los incrédulos— puede obscurecer la autenticidad del
Pentateuco. Efectivamente; si los judíos hubieran conocido el
Pentateuco, el sabio Salomón, inspirado por Dios al edificar
el templo por mandato supremo, ¿lo hubiera adornado con
multitud de figuras, desobedeciendo la ley de Moisés? Los
profetas judíos que profetizaron en nombre del Señor desde
Moisés hasta el rey Josías, ¿no hubieran apoyado todas sus predicciones en las leyes de Moisés? ¿No citarían las palabras de éste y no las hubieran comentado? Ningún profeta,
sin embargo, cita a Moisés ni copia frases suyas; por el contrario, las contradicen en todas partes.»
Opinan los incrédulos que los libros que se atribuyen
a
Moisés los escribió en Babilonia, durante la cautividad de los
judíos, Esdras, o poco después de dicha cautividad. Se apoyan para decirlo en que sólo se encuentran en los escritos
judíos terminaciones persas y caldeas; y en corroboración de este aserto citan las siguientes palabras:
Babel, puerta de dios; Beel-phegor, dios del principio; Beel-cebuth, dios de los insectos;
Bethel, casa de dios; Daniel, juicio de dios; Gabriel, hombre de dios;
Jahel, afligido de dios; Jaiel, vida de dios; Israel, viendo
a dios; Oziel, fuerza de dios; Rafael, socorro de dios; Uriel, el fuego de dios.
De modo que todo es extranjero en la nación judía, como lo fue ella misma en la Palestina; no provenían de ese pueblo la circuncisión, las ceremonias, los sacrificios, el arca, el querubín, el cabrón Hazazel, el bautismo de justicia, el bautismo sencillo, la adivinación, la interpretación de los sueños ni el encantamiento de las serpientes; ese pueblo nada inventó.
El célebre lord Bolingbrocke no cree que Moisés haya existido: encuentra en el
Pentateuco multitud de contradicciones y errores de cronología y de geografía que espantan; nombres de muchísimas ciudades que no se habían edificado todavía; preceptos transmitidos
a los reyes en los tiempos en que los judíos no sólo no conocían la autoridad real, sino que era presumible que nunca la hubieran conocido, porque vivían en desiertos, teniendo tiendas por habitaciones; como los árabes beduinos. Sobre todo, lo que le parece contradicción inexplicable es el don que hizo
a los levitas de cuarenta y ocho ciudades, con todos sus pueblos, en un territorio en el que no se encontraba ni una sola aldea, y rebate con desprecio
y con dureza a Abbadie, que sostiene todo lo que él contradice.
Me tomaré la libertad de hacer presente al vizconde de Bolingbrocke, y
a todos los que opinan como él, que no sólo la nación judía creyó siempre en la existencia de Moisés y en la de sus libros, sino que Jesucristo mismo da testimonio de ello. Los cuatro evangelistas y las
Actas de los Apóstoles la reconocen; San Mateo dice terminantemente que Moisés y Elías vieron
a Jesucristo en la cumbre de la montaña durante la noche de la transfiguración, y San Lucas dice lo mismo.
Jesucristo declara en el Evangelio de San Mateo, que no vino al mundo para abolir dicha ley, sino para cumplirla; continuamente el Nuevo Testamento hace referencia
a la ley de Moisés y a los profetas; y la Iglesia cree que Moisés escribió el
Pentateuco, y más de quinientas sociedades que se establecieron en el cristianismo han creído siempre en la existencia de ese gran profeta; debemos, pues, someternos
a decisión tan unánime. Sé que no he de convencer al vizconde y a los que como él opinan, porque están persuadidos de que los libros judíos se escribieron mucho después de la época de Moisés; pero me queda el consuelo de ponerme de parte de la opinión unánime de la Iglesia.
En el artículo titulado
Apócrifos nos ocupamos detalladamente de la época de Moisés: en él encontrarán más datos los lectores curiosos.
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