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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Milagros

 

MESÍAS

Mesías - Diccionario Filosófico de VoltaireLa palabra «Mesías» proviene del hebreo, y es sinónima de la palabra griega Cristo. Una y otra las consagró la religión, y sólo se aplican al ungido por excelencia, al soberano, libertador que el antiguo pueblo judío esperaba, cuya venida está esperando todavía, y que fue para los cristianos Jesús, hijo de María, que consideraron como al ungido del Señor, el Mesías prometido de la humanidad.

Vemos en el Antiguo Testamento que la palabra Mesías, en vez de aplicarse particularmente al libertador, cuya venida esperaba el pueblo de Israel, se aplicó también con frecuencia a los reyes y príncipes idólatras, que eran hermanos del Eterno, ministros de sus venganzas o instrumentos para ejecutar los designios de su sabiduría. Por eso el autor del Eclesiastés dice de Elíseo qui ungis reges ad pænitenciam, o como insertan los Septantes, ad vindictam. «Que unges los reyes para la penitencia y para la venganza del Señor.» Por eso envió un profeta para ungir a Jehú, rey de Israel. Anunció la unción sagrada a Hazzazel, rey de Damasco y de Siria; esos dos príncipes fueron los Mesías del Altísimo para vengar los crímenes y las abominaciones de la casa de Acab.

En el capítulo XLV de Isaías se llama expresamente Mesías a Ciro. «De este modo el Eterno dijo a Ciro, su ungido, y su Mesías», etc. Ezequiel, en el capítulo XXVIII de sus Revelaciones, da el nombre de Mesías al rey de Tiro, que le llama también querubín, y habla de él y de su gloria enfáticamente.

Además, el nombre de Mesías, que en griego significa Cristo, como hemos dicho, se aplicaba a los reyes, a los profetas y a los grandes sacerdotes de los hebreos. El libro I de los Reyes, en el capítulo XII, dice: «El Señor y su Mesías son testigos.» Lo que quiere decir: el Señor y el rey que Él ha establecido. David, animado por el espíritu de Dios, da más de una vez a Saúl, su suegro, la calificación de Mesías del Señor. «Dios me guarde —dice con frecuencia— de perseguir al ungido del Señor, al Mesías de Dios.»

Si se aplicó esa denominación a reyes idólatras, a príncipes crueles y tiranos, también se aplicó en los antiguos oráculos para designar al verdadero ungido del Señor, al Mesías por excelencia, cuya venida esperaban todos los fieles de Israel. Por eso Ana, madre de Samuel, termina su cántico con estas palabras notables, que no pueden aplicarse a ningún rey, porque entonces no los tenían los hebreos: «El Señor juzgará los extremos del mundo, dará el imperio a su rey y levantará el altar de su Cristo, de su Mesías.» Esa misma palabra se encuentra en muchos oráculos.

Si se comparan esos diferentes oráculos y todos los que se aplican ordinariamente al Mesías, resultarán de la comparación contrastes hasta cierto punto inconciliables y que justifican la obstinación del pueblo para el que se realizaron.

Efectivamente, ¿cómo podemos concebir, antes que el hecho lo hubiera justificado en la persona de Jesús, cómo podemos concebir que estuviera dotado de inteligencia divina y humana al mismo tiempo un ser grande y abatido que triunfa del diablo y que el espíritu infernal, sin embargo, lo tienta, lo arrastra y le hace viajar contra su voluntad; un ser que es señor y sirviente, rey y vasallo, sacrificador y víctima al mismo tiempo, mortal y vencedor de la muerte, rico y pobre; conquistador glorioso, cuyo reinado eterno no ha de tener fin, que debe someter el mundo entero por sus prodigios, y sin embargo, es un hombre que ha de pasar por toda la escala del dolor, privado de toda clase de comodidades, que ha de carecer absolutamente de lo necesario para la vida, y se llama rey y viene al mundo a colmarle de gloria y de honores, y esto no obstante, pasa la vida inocente y desgraciado, es perseguido y muere en un suplicio vergonzoso y cruel, encontrando en esa humillación y en ese envilecimiento el origen de una elevación única que le conduce al punto más alto y culminante de la gloria, del poder y de la felicidad, colocándole en la categoría de la primera de las criaturas?

Todos los cristianos encuentran unánimemente esos caracteres que parecen incompatibles en la persona de Jesús de Nazaret; sus sectarios le dan este título por excelencia, no porque fuera ungido de un modo sensible, inmaterial, como lo eran antiguamente algunos reyes, algunos profetas y algunos sacrificadores, sino porque el espíritu divino le había designado para realizar grandísimos destinos, y recibió la unción espiritual que es necesaria para realizarlos.

Esto acabábamos de escribir sobre artículo tan importante, cuando un predicador holandés, más célebre por el descubrimiento que vino a comunicarnos que por sus mediocres producciones, nos hizo saber que Jesús era el Cristo, el Mesías de Dios, que fue ungido en las tres épocas más notables de su vida para que fuera nuestro rey, nuestro profeta y nuestro sacrificador.

Cuando se verificó su bautismo, la voz del soberano Señor de la Naturaleza le declaró su hijo único y bienamado, y por lo tanto, su representante. Transfigurado en el Tabor, asociándose a Moisés y a Elías, la misma voz sobrenatural lo anuncia a la humanidad como hijo del que anima y envía a los profetas y a quien debe de obedecerse con preferencia a éstos. En el huerto de Getsemaní desciende un ángel del cielo para socorrerle en las agonías que le causa la proximidad de su suplicio. Le infunde valor para soportar una muerte cruel que es imposible que evite, y le pone en el caso de tener ánimo para prestarse al sacrificio como la víctima más pura e inocente.

El juicioso predicador holandés encuentra el óleo sacramental de esas unciones celestes en los signos visibles que el poder de Dios hizo aparecer sobre su ungido: en su bautismo, la «sombra de la paloma» que simbolizaba al Espíritu Santo que descendió sobre él; en el Tabor, la «nube milagrosa» que le cubrió; en Getsemaní, la «sudor de grumos de sangre» que cubrió todo su cuerpo.

Después de saber todo esto es necesario ser muy incrédulos para no reconocer por esos signos al ungido del Señor por excelencia, al Mesías prometido, y nunca deploraríamos bastante la ceguedad inconcebible del pueblo judío si su proceder no hubiera entrado en el plan de la infinita sabiduría de Dios y si no hubiera sido preciso para la terminación de su obra y para la salvación de la humanidad.

Pero también debemos convenir que en el estado de opresión en que se encontraba el pueblo judío, y después de las gloriosas promesas que el Eterno le hizo muchas veces, debía seguir suspirando por que viniera el Mesías prometido que le había de emancipar, y que hasta cierto punto es injustificable que no reconociera a su libertador en la persona de Jesús, tanto más cuanto que el hombre es natural que piense más en el cuerpo que en el espíritu, que sea más sensible a las necesidades del momento que a los beneficios del porvenir, que siempre son inciertos.

Por lo demás, debe creerse que Abraham, y después de él algunos patriarcas y profetas, pudieron forjarse la idea de cómo debía ser el reinado espiritual del Mesías; pero esa idea debió quedar encerrada en el pequeño círculo de los inspirados, y no debe sorprendernos que desconociéndola la multitud, la noción de esa idea se haya alterado hasta el punto de que cuando el Salvador apareció en la Judea, el pueblo y sus doctores, hasta sus príncipes, esperaran la venida de un monarca, de un conquistador que con la rapidez de sus conquistas debía sojuzgar al mundo entero. ¿Cómo podían conciliar la idea halagadora que tenían del Mesías en el estado abyecto, y en apariencia miserable, en que se les apareció Jesucristo? Por eso se escandalizaron al oír que se anunciaba como el Mesías, y le persiguieron, le atormentaron y le sentenciaron a la muerte de los criminales. Desde entonces, no viendo ningún acontecimiento que indique que van a cumplirse sus profecías, y resistiéndose a que no se cumplan, se entregan los judíos a toda clase de ideas quiméricas.

Por eso cuando presenciaron los triunfos de la religión cristiana y comprendieron que podían explicarse espiritualmente y aplicar a Jesucristo la mayoría de sus antiguos oráculos, convinieron, contra la opinión de sus antepasados, en negar los pasajes que nosotros creemos que aluden al Mesías, interpretando torcidamente la Biblia y proporcionándose su propia perdición.

 

Algunos judíos sostienen que han sido mal interpretados sus oráculos y que en vano suspiran por la venida del Mesías, porque ya vino y lo personificó Ezequías. Esta fue la opinión del famoso Hillel. Otros, más moderados, o contemporizando con los tiempos y con las circunstancias, sostienen que la creencia de la venida de un Mesías no es artículo fundamental de fe, y que negando ese dogma la ley no se pervierte, sólo sufre una variación. Sosteniendo esta variación, el judío Albo decía al Papa que negar la venida del Mesías no era mas que cortar una rama del árbol sin tocar las raíces.

El famoso rabino Jarchi, o Raschi, que vivía a principios del siglo XII, dice que los antiguos hebreos creían que el Mesías nació el día que destruyeron a Jerusalén los ejércitos romanos; eso es lo que se dice vulgarmente llamar al médico después de muerto el enfermo.

El rabino Kimchi, que también vivió en el siglo XII, anunció que el Mesías, cuya venida creía muy próxima, expulsaría de la Judea a los cristianos que la perseguían entonces; verdad es que los cristianos perdieron la Tierra Santa, pero fue porque los venció Saladino, y por poco que ese conquistador hubiera protegido a los judíos poniéndose de su parte, es verosímil, teniendo en cuenta su entusiasmo, que hubieran creído que Saladino era su Mesías.

Los autores sagrados y el mismo Jesús comparan con frecuencia el reinado del Mesías y la eterna felicidad a los días de bodas y de festines; pero los talmudistas abusaron extrañamente de esas parábolas; creen que el Mesías dará a su pueblo reunido en la tierra de Canaán una comida, cuyo vino será el mismo que hizo Adán en el paraíso terrenal, y que se conserva en vastas bodegas subterráneas que los ángeles socavaron en el centro de la tierra. Servirá de entrada en esa comida el famoso pez llamado el gran Leviatan, que se traga de un sorbo un pez menos grande que él, y que tiene trescientas líneas de longitud. Dios, al principio, creó un macho y una hembra de esa especie, pero por miedo de que trastornasen el mundo y que lo llenasen de descendientes suyos, Dios mató a la hembra y la saló, reservándola para el festín del Mesías.

Los rabinos añaden que para esa comida matarán al toro Behemoth, que es tan grande, que se come todos los días el heno de mil montañas; también mataron a la hembra de dicho toro al principio del mundo, para que especie tan prodigiosa no se multiplicara; pero aseguraron que el Eterno no lo saló, porque la carne de vaca salada no es tan buena como la de Leviatán. Los judíos tienen tanta fe en estos desvaríos rabínicos, que con frecuencia juran por su parte del toro Behemoth, como algunos cristianos impíos juran por su parte de paraíso.

Después de exponer estas ideas tan groseras respecto a la venida del Mesías y respecto a su reinado, ¿debe extrañarnos que los judíos antiguos y modernos, y muchos primitivos cristianos, imbuidos por desgracia de esos desvaríos, no hayan tenido la alta idea que merece la naturaleza divina del ungido del Señor y no hayan atribuido al Mesías la cualidad de Dios? Véase cómo se expresan los judíos sobre este asunto en la obra titulada Judæ Lusitani Quæstiones ad Cristianos: «Reconocer —dicen— un hombre-Dios, es abusar de nosotros mismos, es inventarse un monstruo, un centauro, la extraña amalgama de dos naturalezas que no pueden juntarse.» Añaden que «los profetas no dijeron que el Mesías fuera un hombre-Dios, que sabían distinguir entre Dios y David, que declararon al primero Señor, y su servidor al segundo», etc.

Cuando el Salvador apareció, aunque las profecías eran claras, las oscurecieron las preocupaciones, por desgracia. El mismo Jesucristo, por contemporizar, o por no sublevar los espíritus, se manifiesta muy reservado en todo lo que se refiere a su divinidad. «Quería —dice San Crisóstomo— acostumbrar insensiblemente a sus oyentes a creer un misterio que es muy superior a la razón humana.» Cuando habla con la autoridad de un Dios perdonando los pecados, este acto subleva a todos los que lo presencian, y sus más evidentes milagros no pueden convencer de su divinidad a aquellos por quienes los realiza. Cuando ante el tribunal del soberano sacrificador confiesa con modesto acento que es hijo de Dios, el gran sacerdote se desgarra el manto e indignado le dice que es un blasfemo. Antes de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles no tuvieron idea de la divinidad de su querido maestro; les pregunta qué es lo que el pueblo piensa de él, y sus discípulos le contestan que unos creen que es Elías, otros Jeremías o cualquier otro profeta. San Pedro necesita tener una revelación para saber que Jesús es Cristo, el hijo de Dios vivo.

Los judíos, indignados contra la divinidad de Jesucristo, recurrieron a toda clase de medios para destruir ese gran misterio; torturaron el sentido de sus propios oráculos o no se los aplicaban al Mesías; sostenían que el calificativo de Dios no era exclusivo de la Divinidad y que lo aplicaban los autores sagrados a los jueces, a los magistrados y a todos los que están constituidos en autoridad, y citan un gran número de pasajes de la Sagrada Escritura que justifican esta observación, pero que no destruyen las palabras terminantes de los antiguos oráculos que se refieren al Mesías.

Sostienen además que si el Salvador, y luego que él los evangelistas, los apóstoles y los primitivos cristianos, llaman a Jesús hijo de Dios, ese calificativo augusto sólo significaba en los tiempos evangélicos una contraposición a hijo de Belial, esto es, que quería decir únicamente hombre de bien, servidor de Dios, como contraposición de hombre perverso que no temía a Dios.

No sólo los judíos negaron que Jesucristo era el Mesías su divinidad, sino que hicieron todo lo posible por hacerle aparecer despreciable, arrojando sobre su nacimiento, sobre su vida y sobre su muerte todo el ridículo y todo el oprobio que pudo inventar su criminal encarnizamiento.

Entre todas las obras que produjo la ceguedad de los judíos, no hay ninguna tan odiosa y tan extravagante como el antiquísimo libro titulado Sepher Toldos Jeschut, que desenterró M. Vagenseil y que insertó en el segundo tomo de su obra que lleva por título Tela ígnea Satanæ.

En la referida obra se encuentra una historia monstruosa del Salvador, inventada con todo el odio y con toda la mala fe posible. Consta en ella que un individuo llamado Panther o Pandera, habitante de Belén, estaba locamente enamorado de una joven que era esposa de Jokannán. De este trato ilícito resultó un hijo, al que pusieron por nombre Jesuá o Jesús. El padre de ese niño se vio obligado a huir y se refugió en Babilonia. Al joven Jesús le enviaron a la escuela, pero añade el autor que tuvo la insolencia de mirar con descaro a los sacrificadores y de cubrirse delante de ellos, en vez de presentarse con la cabeza baja y con el rostro tapado, como era costumbre entonces; este atrevimiento fue reprendido y dio margen a que averiguaran su nacimiento, que encontraron impuro y lo expusieron a la ignominia. El detestable libro Sepher Toldos Jeschut fue conocido desde el siglo II. Celso lo cita con confianza, y Orígenes lo refuta en el capítulo IX.

Existe otro libro titulado también Toldos Jeschut, que publicó M. Huldric el año 1705, que sigue lo más de cerca la doctrina del Evangelio de la infancia, pero que incurre a cada momento en los más groseros anacronismos; hace nacer y morir a Jesucristo durante el reinado de Herodes el Grande, y supone que a ese príncipe denunciaron el adulterio de Panther y de María, madre de Jesús. El autor, que toma el nombre de Jonatás, que dice que es contemporáneo de Jesucristo y que vivía en Jerusalén, refiere que Herodes consultó sobre el supuesto adulterio con los senadores de una ciudad, situada en el territorio de Cesárea; pero no pensamos ocuparnos de un autor que es tan absurdo en todas sus contradicciones.

Esto no obstante, hay que confesar que todas esas calumnias mantenían en los judíos el odio implacable que tenían a los cristianos y al Evangelio, haciendo cuanto pudieron por alterar la cronología del Antiguo Testamento y por sembrar la duda respecto a la época de la venida al mundo del Salvador.

Ahmed-ben-Cassum-la-Andacousi, moro de Granada, que vivió a fines del siglo XVI, cita un antiguo manuscrito árabe, que se encontró con diez y seis láminas de plomo, grabadas con caracteres árabes, en una gruta de Granada. Don Pedro de Quiñones, arzobispo de dicha ciudad, atestigua ese hallazgo. Dichas láminas de plomo las llevaron a Roma, donde, después de examinarlas minuciosamente, fueron consideradas apócrifas durante el pontificado de Alejandro VII; sólo contienen historias fabulosas referentes a la vida de María y de su hijo.

El nombre de Mesías, acompañado del epíteto de falso, se aplica todavía a los impostores que en diferentes épocas trataron de engañar a los judíos. Hubo falsos Mesías desde antes de la venida del verdadero ungido de Dios. El sabio Gamaliel cita a uno que se llamaba Teodas, y cuya historia se encuentra en las antigüedades judaicas de Flavio Josefo, libro XX, cap. II, que se vanagloriaba de poder pasar el Jordán a pie seco, y consiguió atraerse muchos partidarios; pero los romanos los persiguieron y los desbandaron, cortaron la cabeza a su desventurado jefe y la expusieron en Jerusalén.

Gamaliel cita también a Judas el Galileo, que sin duda es el mismo que Josefo menciona en el capítulo XII del libro II de la guerra de los judíos. Dice que ese falso profeta llegó a reunir cerca de treinta mil hombres; pero la hipérbole es el carácter distintivo de dicho historiador.

En los tiempos apostólicos apareció Simón el Mago, quien consiguió afiliar a su partido a los habitantes de la Samaria, que consideraron que era «virtud de Dios». En el siglo siguiente, en los años 178 y 179 de la era cristiana, durante el imperio de Adriano, apareció el falso Mesías Barcoquebas, al frente de un ejército. El emperador envió a Julio Severo para que lo derrotara, y después de varios encuentros, encerró a los sublevados en la ciudad de Bither, que sostuvo un empeñado sitio, pero que fue tomada: prendieron a Barcoquebas y lo castigaron con la última pena. Adriano creyó que el mejor medio de evitar las continuas rebeliones de los judíos era prohibirles por medio de un edicto que entraran en Jerusalén, y puso guardias hasta en la puerta de dicha ciudad para impedir que entraran en ella los restos del pueblo de Israel.

Dice Sócrates, el historiador eclesiástico, que el año 434 apareció en la isla de Candía un falso Mesías que se llamaba Moisés, y que se titulaba el antiguo libertador de los hebreos y decía que había resucitado para libertarlos otra vez.

Un siglo después, el año 530, se presentó en la Palestina un falso Mesías que tenía por nombre Juliano; se anunciaba como un gran conquistador, que al frente de su nación había de destruir por medio de las armas todos los pueblos cristianos; los judíos, seducidos por estas promesas, mataron a muchos cristianos.

El emperador Justiniano envió tropas contra él, empeñaron una batalla, lo cogieron y lo mataron.

Al principio del siglo VIII, Sereno, que era un judío español, apareció como un Mesías; predicó y tuvo discípulos, y murió como ellos en la miseria. En el siglo XII aparecieron varios Mesías falsos, uno de ellos en Francia, durante el reinado de Luis el Joven; lo ahorcaron lo mismo que a sus partidarios, sin que nunca se pudiera averiguar el nombre del maestro ni el de los discípulos. El siglo XIII fue fértil en falsos Mesías; siete u ocho aparecieron en Arabia, en Persia, en España y en Moravia. Uno de ellos, que se llamaba «David del Rey», tuvo fama de ser gran mago; entusiasmó a los judíos, y se puso al frente de un partido considerable; pero ese Mesías fue asesinado.

Jaedro Zieglerne, de Moravia, que vivió a la mitad del siglo XVI, anunciaba que había de venir el Mesías dentro de catorce años; decía que lo había visto en Estrasburgo, y que guardaba con el mayor cuidado una espada y un cetro para ponerlos en sus manos. El año 1624, otro Zieglerne confirmó la predicción del primero, y el año 1666, Labatei-Leví, hijo de Alepo, se fingió ser el Mesías que predijeron los dos Zieglerne. Empezó predicando en los caminos reales y en los campos, y los turcos se burlaban de él, mientras sus discípulos le admiraban. Parece que al principio no atrajo a los hombres importantes de la nación judía, porque los jefes de la sinagoga de Esmirna dictaron contra él sentencia de muerte, pero la conmutaron por la pena de destierro.

Estuvo a punto de contraer tres matrimonios, pero aseguran que no consumó ninguno de ellos, porque decía que casarse era indigno de él. Se asoció con un tal Nathan-Leví, que representaba al personaje del profeta Elías que había de preceder al Mesías. Se presentaron en Jerusalén, y en dicha ciudad Nathan anunció que Labatei-Leví era el libertador de las naciones. El populacho judío se declaró partidario de ellos, pero los que tenían algo que perder los anatematizaron.

Leví, por huir de la tempestad, se retiró a Constantinopla y desde allí pasó a Esmirna; Nathan-Leví le envió cuatro embajadores, que le reconocieron por el Mesías y le saludaron respetuosamente; esta embajada se impuso al pueblo y a algunos doctores, que declararon que Labatei-Leví era el Mesías y el rey de los hebreos; pero la sinagoga de Esmirna sentenció a su rey a ser empalado.

Labatei se puso bajo la protección del cadí de Esmirna, y consiguió entusiasmar a todo el pueblo judío, que se puso de su parte; hizo levantar dos tronos, uno para él y otro para su esposa, tomó el nombre de rey de los judíos, dando a su hermano José-Leví la denominación de rey de Judá. Prometió a los judíos que conquistaría el Imperio otomano, y llevó su insolencia hasta el extremo de quitar de la liturgia judía el nombre del emperador, sustituyéndolo por el suyo.

Lo metieron en la cárcel en los Dardanelos, y los judíos propalaron por todas partes que los turcos le perdonaban la vida porque sabían que era inmortal. El gobernador de los Dardanelos se enriqueció con los regalos que los judíos le prodigaban para que les permitiera que visitaran a su rey, al Mesías prisionero, que en la cárcel conservaba su dignidad y se dignaba consentir que le besaran los pies.

Entretanto, el sultán, que tenía la corte en Andrinópolis, decidió terminar aquella farsa: hizo ir allí a Leví, y le dijo que si era el Mesías debía ser invulnerable; Leví convino en ello. El Gran Señor dispuso entonces que sirviera de blanco a las flechas de sus icoglanes, y el Mesías no tuvo más remedio que confesar que no era invulnerable, pretextando que sólo le enviaba Dios como testimonio de la santa religión musulmana. Al verse continuamente azotado por los ministros de la ley, se hizo mahometano, y vivió y murió tan despreciado de los judíos como de los musulmanes; su conducta desacreditó de tal modo la profesión de falso Mesías, que después de Leví ya no ha aparecido otro.

 

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