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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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LOCKE

John Locke - Diccionario filosófico de VoltaireNingún filósofo sufrió como él tantos ultrajes ni tantas calumnias. Por cada hombre que es capaz de contestar a sus adversarios exponiendo razones, hay ciento que sólo saben responder con injurias, y cada uno paga con la moneda que tiene. Todos los días están sonando en mis oídos las siguientes palabras: «Locke niega la inmortalidad del alma. Locke destruye la moral»; y lo sorprendente de esas frases es que entre todos los que forman el proceso a la moral de Locke, hay muy pocos que le hayan leído, pocos que le hayan entendido y ninguno a quien no debamos desear que poseyera las virtudes que poseyó dicho filósofo, que tan digno es de que se le llame sabio y justo.

Malebranche es muy leído en París: se han hecho muchas ediciones de su novela metafísica; pero he observado que no se leen mas que los capítulos que tratan de los errores de los sentidos y de la imaginación. Hay muy pocos lectores que examinen las ideas abstractas de ese libro. Los que conocen la nación francesa me creerán fácilmente si aseguro que si Malebranche hubiera supuesto los errores de los sentidos y de la imaginación, errores conocidos de los filósofos, y hubiera entrado de repente en materia, no hubiera hecho ningún sectario y apenas hubiera encontrado lectores. Asombra el raciocinio de los admiradores que se enamoraron de su estilo. Le creyeron cuando exponía ideas que los lectores no comprendían, porque empezó por tener razón exponiendo las ideas que estaban al alcance del que lo leía; sedujo porque era agradable, como Descartes sedujo porque era atrevido. Locke no era mas que sabio; por eso necesitó que pasaran veinte años para agotar en París la primera edición, impresa en Holanda, de su libro titulado El entendimiento humano. Ningún hombre hasta hoy fue entre nosotros menos leído y más calumniado que Locke. Los ecos de la calumnia y de la ignorancia repiten todos los días: «Locke no creía en la inmortalidad del alma; luego no era hombre probo.» Dejo a otros el cuidado de confundir a los autores de esa mentira, concretándome en este artículo a demostrar la impertinencia de esa conclusión.

El dogma de la inmortalidad del alma fue desconocido en todo el mundo durante mucho tiempo. Los primitivos judíos lo ignoraban: ¿no habría ningún hombre honrado entre ellos? La ley judaica, que nada enseñó respecto a la naturaleza y a la inmortalidad del alma, ¿no enseñaba acaso a practicar la virtud? Aunque hoy no nos asegurara la fe que somos inmortales, aun cuando estuviera demostrado que el alma perece con el cuerpo, no por eso debíamos dejar de adorar al Dios que nos creó, ni de seguir los consejos de la razón con que éste nos ha dotado. Aunque nuestra existencia no debiera durar mas que un solo día, debemos comprender que para pasar ese día dichosamente se necesita ser virtuosos, y en todos los países y en todos los tiempos ser virtuosos ha consistido y consistirá en portarnos con los demás como queremos que se porten con nosotros. Ésta es la virtud verdadera, que es hija de la razón y no del miedo; es la que guió a muchos sabios a la inmortalidad y es la que en los tiempos modernos dirigió la vida de Descartes, ese precursor de la física; de Newton, que fue el intérprete de la Naturaleza; de Locke, que es el único que enseñó al espíritu humano a conocerse bien; de Bayle, juez ilustrado e imparcial, porque es preciso confesar para vanagloria de las letras que la filosofía da rectitud al corazón, como la geometría hace al cerebro justo. Locke no sólo era virtuoso, no sólo creyó que el alma era inmortal, sino que no afirmó nunca que la materia piensa: sólo dijo que la materia puede pensar si Dios quiere, y que es un absurdo temerario negar que Dios tenga ese poder.

Pero quiero suponer que dijo y que otros repitieron que Dios, efectivamente, concedió a la materia la facultad de pensar; ¿por eso se ha de deducir que el alma sea mortal? El espíritu de escuela afirma que un compuesto conserva la naturaleza de las partes de que se compone, que la materia es perecedera y divisible, y que por lo tanto el alma será perecedera y divisible como ella. Esos raciocinios son falsos.

Es falso que si Dios quisiera que la materia pensara, el pensamiento fuera un compuesto de la materia, porque el pensamiento sería un don de Dios añadido al ser desconocido que llamamos materia, como Dios le añadió la atracción de las fuerzas centrípetas y el movimiento, que son atributos independientes de la divisibilidad. Es falso que aun en el sistema de las escuelas la materia sea divisible hasta el infinito. Verdad es que suponemos la divisibilidad hasta el infinito en geometría, pero esta ciencia no tiene más objetivo que nuestras ideas, y suponiendo línea sin anchura y puntos sin extensión, suponemos también una infinidad de círculos que pasen entre una tangente y un círculo dado. Pero en cuanto examinamos la Naturaleza tal como es, se evapora la divisibilidad hasta el infinito. La materia es cierto que permanece siempre siendo divisible para el pensamiento, pero es necesariamente indivisible, y la misma geometría, que me demuestra que mi pensamiento dividirá eternamente la materia, me demuestra también que existen en la materia partes individidas perfectamente sólidas, y he aquí la demostración:

Puesto que debemos suponer que tiene poros cada uno de los órganos elementales en los que imaginamos dividida la materia hasta el infinito, lo que reste de materia sólida lo expresará una serie infinita de términos más pequeños cada uno que el otro; luego semejante producto es necesariamente igual a cero; y si la materia fuese físicamente divisible hasta el infinito, al terminar esa operación ya no quedaría materia.

¿Qué prueba todo esto? Que existen partes de materias imperecederas e indivisibles; que Dios, que es todopoderoso, podrá cuando le plazca dotar de pensamiento a una de esas partes y conservarlas siempre. No digo que la razón me demuestre que Dios haya obrado de ese modo; únicamente digo que la razón me enseña que puede obrar así, y repito con el sabio Locke que no corresponde a nosotros, que somos criaturas de ayer, atrevemos a medir los límites del poder del Creador, del Ser infinito, del único ser necesario e inmutable.

Locke dice también que es imposible que la razón pruebe la espiritualidad del alma, y yo añado que no hay nadie en el mundo que no esté convencido de esa verdad. Es indudable que si el hombre estuviera convencido de que sería más libre y más feliz saliendo de su casa, la abandonaría en seguida; luego no se puede creer que el alma es espiritual sin creerla encarcelada en el cuerpo, en el que ordinariamente, si no es desgraciada, vive inquieta; debe, pues, desear salir de su cárcel; pero ¿qué hombre desea morir por ese motivo? Debemos procurar saber, no lo que los hombres han dicho sobre esta materia, sino lo que nuestra razón puede descubrirnos independientemente de las opiniones humanas.

 

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