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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Jesuitas u orgullo

 

JENOFONTE

(La retirada de los diez mil)

Jenofonte - Diccionario Filosófico de VoltaireAunque Jenofonte no tuviera otro mérito que haber sido el amigo del mártir Sócrates, merecería llamar nuestra atención. Pero fue guerrero, filósofo, poeta, historiador y agricultor, y amable en sociedad; hubo algunos griegos que reunieron todos esos méritos. ¿Por qué este hombre libre tuvo un ejército griego a sueldo del joven Cosron, al cual los griegos llaman Ciro? Ciro era hermano segundo y vasallo del emperador de Persia Artajerjes, de quien se dice que no olvidaba nunca nada mas que las injurias. Ciro intentó asesinar a su hermano en el templo donde se celebraba la ceremonia de su consagración (porque los reyes de Persia fueron los primeros que se consagraron); pero Artajerjes no sólo perdonó a su hermano infame, sino que tuvo la debilidad de dejarle el gobierno absoluto de gran parte del Asia Menor, que había heredado de su padre, y del que merecía que Artajerjes le hubiera despojado.

En recompensa de tan extraordinaria clemencia, Ciro, desde el país que gobernaba, se sublevó contra su hermano, añadiendo un segundo crimen al primero. Declaró en su manifiesto «que era más digno del trono de Persia que su hermano, por ser mejor mago y beber más vino que él».

No creo que esas razones le proporcionaran aliarse con los griegos. Tomó a sueldo trece mil, entre los que se encontraba el joven Jenofonte, que entonces no era mas que un aventurero. Cada soldado tuvo al principio una dorica cada mes. La dorica era equivalente a una guinea o a un luis de oro de los tiempos modernos, como acertadamente dice el caballero de Jaucourt, y no a diez francos, como asegura Rollin.

Cuando Ciro les propuso ponerse en marcha con los demás soldados para batir a su hermano, que estaba cerca del Eufrates, le exigieron que les pagara dorica y media, y así lo hizo. Tuvieron, pues, treinta y seis libras cada mes, y ésta fue la paga mayor que se dio en aquellos tiempos. Los soldados de César y de Pompeyo sólo cobraban veinte sueldos cada día durante la guerra civil. Además de ese sueldo exorbitante, que se hacían pagar cuatro meses anticipados, Ciro les suministraba cuatrocientos carros cargados de harina y de vino.

Los griegos eran, pues, precisamente, lo que son hoy los helvecios, que alquilan sus servicios y su valor a los príncipes de las cercanías, pero por una suma más módica que el sueldo que recibían los griegos. Dígase lo que se quiera, es evidente que no se enteraban de si era o no justa la causa por la que combatían; se daban por satisfechos con que Ciro les pagase bien. Los lacedemonios constituían la mayor parte de las tropas de dicho caudillo, que de este modo faltaban a los tratados solemnes que habían concertado con el rey de Persia. ¿Qué se hizo la antigua aversión con que los espartanos miraron la plata y el oro? ¿Qué se hizo la antigua buena fe de los tratados? Clearco, hijo de Esparta, era el que mandaba el cuerpo principal de aquellos bravos mercenarios.

Son incomprensibles para mí las maniobras de guerra de Artajerjes y de Ciro; no entiendo por qué Artajerjes, que se presenta ante el enemigo con doscientos mil combatientes, empieza por trazar líneas de doce leguas de extensión entre Ciro y él; no entiendo tampoco el orden de batalla, pero comprendo menos todavía cómo Ciro, seguido sólo por seiscientos soldados de caballería, atacara durante la refriega a los seis mil guardias de a caballo del emperador, a los que además protegía numerosísimo ejército. Pero al fin murió a manos de su hermano Artajerjes, que sin duda había bebido menos vino que el ingrato rebelde y se batió con más sangre fría que éste. Claro es que ganó completamente la batalla, a pesar del valor y de la resistencia que le opusieron trece mil griegos, a los que Artajerjes intimó que se rindieran, y le contestaron que no querían rendirse, pero que si él, como emperador, los tomaba a sueldo, se pondrían a su servicio. Les era indiferente defender una causa u otra, con tal de que les pagasen. Eran, pues, matadores de alquiler.

Mercenarios de esta clase, además de Suiza, los hay en algunas provincias de Alemania. Si les pagan, nada les importa a esos buenos cristianos matar ingleses, franceses u holandeses, o morir a manos de éstos o de aquéllos.

Artajerjes creía firmemente que los referidos griegos eran cómplices de la sublevación de su hermano, y creía la verdad. Le hicieron traición, y él los engañó, según refiere Jenofonte: después que uno de los capitanes del emperador les prometió en nombre de éste dejarles libre la retirada y suministrarles víveres; después que Clearco y otros cinco jefes griegos se pusieron en sus manos para organizar la marcha, mandó que los decapitaran, haciendo degollar a todos los griegos que los acompañaron a la entrevista. Este acto real prueba que el maquiavelismo no es nuevo en el mundo. Pero ¿es cierto que Artajerjes prometió perdonar a los jefes mercenarios que se vendieron a su hermano? ¿No le era lícito castigar a los que creyó culpables?

 

  Aquí empieza la famosa retirada de los diez mil. Así como no puedo comprender la batalla, tampoco puedo comprender la retirada. El emperador, antes de que decapitaran a los seis generales griegos y a su acompañamiento, juró permitir que regresara a Grecia el ejército enemigo, que quedó reducido a diez mil hombres. La batalla se libró en el camino del Eufrates; fue, pues, necesario que regresaran los griegos por la Mesopotamia occidental, por la Siria, por el Asia Menor, por la Jonia. Pues no lo hicieron así; les hicieron pasar por Oriente, obligándoles a atravesar el Tigris con barcas que les proporcionaron, remontándose en seguida por el camino de la Armenia. Si alguno comprende esta marcha, en la que daban las espaldas a Grecia, me hará un especial favor explicándomela.

No podemos huir de este dilema: o los griegos se escogieron el camino que habían de seguir, y en este caso no sabían dónde iban ni lo que querían, o Artajerjes les hizo tomar ese camino contra su voluntad (que es lo más probable), y en este caso, ¿por qué no los exterminó? Sólo podemos explicarnos esta dificultad suponiendo que el emperador persa sólo se vengó de ellos a medias, dándose por satisfecho con castigar a los principales jefes mercenarios que habían vendido a Ciro sus tropas griegas; que habiendo empeñado su palabra a los soldados fugitivos, le pareció vergonzoso violarla; que estando seguro que de los griegos errantes morirían una tercera parte en el camino, abandonaba a su mala suerte a aquellos desgraciados. No veo otro medio de esclarecer un poco las oscuridades que envuelven la famosa retirada.

Nos sorprende la retirada de los diez mil; pero debe sorprendernos mucho más que Artajerjes, vencedor al frente de doscientos mil combatientes, dejara viajar por el Norte de sus vastos Estados diez mil fugitivos, que podía aplastar en cualquiera ciudad, al pasar un río, un desfiladero, que podía conseguir que murieran de hambre y de miseria. Esto no obstante, les proporcionó siete buques de gran tamaño para que pasaran el Tigris, como si tuviese la intención de conducirlos a las Indias. Desde allí les facilita escolta que los dirija hacia el Norte durante muchos días, llevándolos al desierto que hoy se llama Bagdad. Luego pasan el río Zabate, y allí reciben la orden del emperador de castigar a los jefes. Claro es que pudieron exterminar a los diez mil, lo mismo que castigaron a sus jefes; luego es verosímil suponer que no quisieron. Debemos, pues, creer que los griegos se vieron allí como viajeros perdidos, a los que la bondad del emperador permite terminar el viaje como les sea posible.

Hemos de hacer otra observación, que parece poco honrosa para el gobierno persa. Era imposible que los griegos no cuestionaran continuamente por los víveres con los pueblos por donde pasaban. Muertes, saqueos y desolaciones eran la consecuencia inevitable de semejantes desórdenes, y tan cierto es que así sucedió, que en un camino de seiscientas leguas, por el que los griegos caminaban a la ventura, no llevando escolta ni siendo perseguidos por ningún cuerpo numeroso de soldados persas, perdieron cuatro mil hombres, que mataron los campesinos o las enfermedades. ¿Por qué Artajerjes no les dio escolta después que pasaron el río Zabate, como se la dio desde el campo de batalla hasta el mencionado río? ¿Cómo es que un soberano tan bondadoso y prudente cometió tan inexcusable falta? Quizás dictara esa orden; quizás Jenofonte, que es algo declamador, omite el decirlo para no disminuir la importancia de la maravillosa retirada de los diez mil; quizás la escolta se vio obligada siempre a caminar muy lejos de la tropa griega, por la dificultad de proporcionarse víveres. De todos modos, Artajerjes fue extremadamente indulgente y los griegos le debieron la vida que entregaron en sus manos.

La Enciclopedia, en el artículo titulado Retirada, dice que ésta se realizó al mando de Jenofonte; pero se equivoca; éste no obtuvo nunca el mando superior, únicamente al fin de la marcha fue jefe de una división de mil cuatrocientos hombres. Esos héroes, después de pasar muchas fatigas, en cuanto llegaron a las riberas del Ponto Euxino se apoderaron a la fuerza de amigos y enemigos para rehacer sus filas. Jenofonte embarcó en Heraclea su división y fue a venderse con sus soldados a un rey de Tracia que no conocía, y en vez de auxiliar a su patria, que entonces estaban desolando los espartanos, se vendió a un pequeño déspota extranjero. Confieso que éste le pagó mal; pero esto es también otra razón para deducir que hubiera sido mejor para él socorrer a su patria.

De lo que venimos diciendo resulta que el ateniense Jenofonte, siendo soldado voluntario se alistó a las órdenes de un capitán lacedemonio, uno de los tiranos de Atenas, y se puso al servicio de un rebelde y de un asesino, y que cuando se encontró siendo jefe de mil cuatrocientos hombres se puso a sueldo y a las órdenes de un bárbaro. Lo peor de ese hecho es que la necesidad no le obligó a realizarlo. Confesó él mismo que había dejado en depósito, en el templo de la famosa Diana de Éfeso, gran parte del oro ganado en el servicio de Ciro. Notemos de paso que se exponía a sufrir la última pena, recibiendo la paga de un rey extranjero, si caía en su desgracia. Esto es lo que le sucedió al mayor general Doxat, que se vendió al emperador Carlos VI, y que éste mandó que le decapitaran por entregar a los turcos una plaza que le era imposible defender.

Rollin, ocupándose de la retirada de los diez mil, dice: «Esa feliz jornada consiguió que los pueblos de la Grecia menospreciaran a Artajerjes y que creyeran que su riqueza, su lujo y su numeroso serrallo constituían todo el mérito de ese gran rey.» Rollin no reflexiona que los griegos no podían mirar con desprecio al soberano que con decisiva victoria ganó una batalla; que perdonó como hermano y que venció como héroe; que pudiendo disponer a su antojo de la vida de diez mil griegos, les dejó vivir y regresar a su patria, y que pudiendo tenerlos a sueldo, no se dignó servirse de ellos. Añadid a estas razones que luego venció a los lacedemonios y a sus aliados, imponiéndoles leyes humillantes; añadid que en la guerra que sostuvo contra los escitas, cerca del mar Caspio, soportó como el último soldado todas las fatigas y todos los peligros; que vivió y murió gloriosamente.

Si me atreviera a atacar las preocupaciones de la opinión pública, diría que para mí es preferible la retirada del mariscal Belle-Isle a la retirada de los diez mil. Se vio bloqueado en Praga por sesenta mil hombres, no teniendo a su mando mas que trece mil; dictó con tanta habilidad órdenes tan acertadas, que salió de Praga con su ejército, con sus bagajes, con treinta cañones y sin víveres en un invierno crudo, sin que los sitiadores supieran que había salido de la ciudad, haciendo dos marchas antes de que se apercibieran. Le persigue sin tregua un ejército de treinta mil combatientes durante treinta leguas; le resiste retirándose, y a pesar de estar enfermo, lucha con el frío, con el hambre y con sus enemigos, perdiendo únicamente los soldados que no pueden resistir lo riguroso de la estación.

 

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