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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Jefté

 

JAPÓN

Japón - Diccionario Filosófico de VoltaireNo trato de averiguar si el Japón, colección de islas, es mayor que Inglaterra, Escocia, Irlanda y las Oreadas juntas; si el emperador del Japón es más poderoso que el emperador de Alemania, y si los bonzos japoneses son más ricos que los frailes españoles.

Confesaré sin titubear que a pesar de estar relegados a los extremos del Occidente, estamos dotados de más genio que ellos, que se ven favorecidos por el sol Levante. Son mejores nuestras tragedias y nuestras comedias; hemos adelantado más que ellos en la astronomía, en las matemáticas, en la pintura, en la escultura y en la música. Además carecen de vinos que equivalgan al Borgoña y al Champaña.

¿Por qué hemos solicitado durante mucho tiempo permiso para visitar ese país, y ningún japonés deseó nunca hacer un viaje a nuestros países? Hemos visitado Méjico, la tierra de Yeso y la California, y hasta iríamos a visitar la luna con Astolfo si pudiéramos disponer de un hipogrifo. ¿Esto es en nosotros curiosidad o inquietud? ¿Es una necesidad real?

Desde que los europeos doblaron el cabo de Buena Esperanza, la propaganda se jactó de subyugar todos los pueblos vecinos de los mares orientales y de convertirlos. Desde entonces sólo se hizo ya el comercio en Asia con la espada en la mano, y cada nación de Occidente envió allí sucesivamente comerciantes, soldados y sacerdotes.

Debemos grabar en la memoria las memorables palabras que pronunció el emperador Yong-Thing cuando expulsó de su Imperio a los misioneros jesuitas, palabras que debían grabarse en las puertas de nuestros conventos: «¿Qué diríais de nosotros si, bajo el pretexto de ejercer el comercio en vuestras regiones, predicáramos a vuestros pueblos que vuestra religión era falsa y que debíais abrazar la nuestra?» Esto es, sin embargo, lo que la Iglesia latina hizo en todo el mundo; ese modo de proceder le costó muy caro en el Japón, y le faltó muy poco para quedar enterrada en las olas de su propia sangre. Había en las islas del Japón doce religiones distintas que vivían juntas tranquilamente. Los misioneros que llegaron de Portugal solicitaron fundar la religión trece; se lo consintieron, diciéndoles que nada les importaba tener una religión más, y al poco tiempo se establecieron en el Japón frailes que usaron el titulo de obispos. En cuanto quedó admitida la religión de éstos, se empeñaron en que fuera la única del país.

Uno de esos obispos encontróse en un camino con un consejero de Estado, que le disputó el paso; aquél sostuvo que perteneciendo al primer orden del Estado y el consejero al segundo, éste debía darle preferencia. Esa cuestión movió mucho ruido. Como los japoneses son más orgullosos que indulgentes, expulsaron de su país al fraile obispo y a otros cristianos el año 1586. Poco después proscribieron la religión cristiana. Los misioneros, humillándose, pidieron perdón; los perdonaron y ellos siguieron abusando.

El año 1637, habiéndose apoderado los holandeses de un buque español que se hacía a la vela desde el Japón a Lisboa, encontraron en ese buque varias cartas de Moro, cónsul de España en Nagasaki. Estas cartas contenían el plan completo de una conspiración que fraguaban los cristianos del Japón para apoderarse del país, especificando en ellas el número de buques que debían ir de Europa y de Asia para auxiliar la conspiración. Los holandeses entregaron estas cartas al gobierno japonés, prendieron a Moro, le obligaron que reconociera su letra y lo sentenciaron jurídicamente a ser quemado. Todos, neófitos, jesuitas y dominicos, empuñaron las armas, reuniéndose en número de treinta mil, y hubo allí una guerra civil espantosa, en la que murieron todos aquellos cristianos.

Los holandeses, en recompensa del servicio que prestaron al país, fueron los únicos que obtuvieron la libertad de comerciar con el Japón, con la condición de que no practicarían allí nunca actos de cristianismo; así lo prometieron, y han cumplido su palabra.

Séame permitido preguntar a los referidos misioneros: ¿qué ganancia les proporcionó su fanatismo que, después de destruir muchos pueblos de América, les impulsó a hacer lo mismo en las extremidades de Oriente, para la mayor gloria de Dios? Si fuera posible que se desencadenaran los diablos del infierno para venir a producir estragos en el mundo, ¿obrarían de otro modo? ¿De este modo es como se manifiesta la caridad cristiana? ¿Es éste el camino que conduce a la vida eterna? Lectores, añadid esta aventura a otras muchas: meditadlas y juzgad.

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