GÉNESIS (1)
(2)
(3)
«He aquí que yo traeré agua de diluvio sobre la tierra para destruir toda carne en la que hay espíritu de
vida debajo del cielo:
todas las cosas que hay en la tierra perecerán.»
En este versículo haré notar sólo que San Agustín, en su obra titulada
La Ciudad de Dios, dice: «Maximum illud diluvium grœca nec latina novit historia»; esto es, que ni la historia
griega ni la latina conocieron ese gran diluvio. En efecto, no se
conocieron antiguamente más diluvios que el de Deucalión y el de Ogiges, en Grecia. Estos diluvios se consideran universales en
las fábulas que recogió Ovidio, pero fueron totalmente desconocidos en el Asia oriental, y
San Agustín no se equivoca cuando
dice que la historia no habla de ellos.
Dios dijo a Noé: «Yo estableceré mi pacto con vosotros, y
con vuestro linaje después de vosotros. Y con toda ánima viviente que
esté con vosotros, con las aves, con los animales domésticos y campestres de la tierra que han salido del arca.»
«¡Pactar Dios con las bestias! ¡Vaya un pacto!», exclaman los incrédulos. Pero si se alía
con el hombre, ¿por qué no se ha de
aliar con la bestia? Los animales están dotados de sentimiento, y hay algo tan divino en el sentimiento como en el pensamiento más
metafísico. Sin duda, en virtud de ese pacto, Francisco de Asís, fundador de la orden seráfica, decía
a las cigarras y a las liebres:
«Canta, mi querida cigarra; ramonea, mi querido lebrato.» ¿Cuáles fueron las condiciones del tratado? Las condiciones fueron
que los animales se comerían los unos a los otros, que se alimentarían de nuestra carne
y nosotros de la suya, y que después
de comérnoslos, nosotros los hombres nos exterminaríamos los unos
a los otros. Si se hizo semejante pacto, era digno de que se hubiera celebrado con el diablo. Probablemente, todo ese
pasaje quiere
sin duda denotar que Dios es el Señor absoluto de todo cuanto respira en la tierra.
«Pondré mi arco en las nubes, y será señal de alianza entre mí y entre la tierra.»
Notad que el autor no dice: «He puesto mi arco en las nubes»; dice «lo pondré»: esto
supone evidentemente que era opinión general
que el arco iris no había existido siempre. Este fenómeno lo produce necesariamente la lluvia, y
el autor lo presenta como un signo sobrenatural que anuncia que la
tierra ya no será inundada. Es extraño que escogiera el signo de la lluvia para anunciar que ya no llovería.
«Y descendió el Señor para ver la ciudad y la torre que edificaban
los hijos de Adán, y dijo: «He aquí: el pueblo es uno solo,
y el lenguaje de todos es uno mismo; y han comenzado a hacer esto, y no desistirán de lo que han pensado hasta que lo hayan
puesto por obra. Venid, pues; descendamos y confundamos allí su lengua de manera que ninguno entienda el lenguaje de su compañero.»
Observemos únicamente en este fragmento que el autor sagrado continúa conformándose siempre con las
opiniones populares. Habla
siempre de Dios como si fuera un hombre que quisiera enterarse de todo lo que sucede y ver por sus propios ojos lo que pasa en sus
dominios, que reúne a sus consejeros para decidirse a oír la opinión de éstos.
«Y Abraham, habiendo dirigido sus gentes, que componían un total de trescientos diez y ocho, se lanzó
sobre los cinco reyes, los
derrotó y los persiguió hasta Hoba, que está a la izquierda de Damasco.»
Desde la ribera meridional del lago de Sodoma hasta Damasco median ochenta leguas, en las que es
preciso pasar el Líbano y el Antilíbano. Al leer ese versículo sonríense otra vez triunfalmente los incrédulos; pero estando
el Señor de parte de Abraham,
todo le fue posible a éste.
«Y llegaron los dos ángeles a Sodoma al caer de la tarde y cuando Lot estaba sentado
a las puertas de la ciudad», etc.
La historia de los dos ángeles que los sodomitas trataban de
violar es quizá la más extraordinaria que la antigüedad refiere.
Al leerla hay que tener presente que toda el Asia abrigaba la creencia de que existían demonios íncubos y súcubos; que además
esos dos ángeles eran criaturas más perfectas que los hombres, y siendo más hermosos que éstos, debían encender más los deseos
en un pueblo tan corrompido. Puede ser también que ese rasgo de la historia sólo sea
una figura retórica que expresara el
horrible desenfreno de Sodoma y de Gomorra. Nos atrevemos a proponer esta solución a los sabios, pero desconfiando de nosotros
mismos.
¿Qué vamos a decir respecto a Lot, que propone a los
sodomitas que en vez de los dos ángeles violen a sus dos hijas; respecto
a la mujer de Lot, que se convierte en estatua de sal,
y respecto a todo lo demás de esta historia? La antigua fábula árabe de Cinira y de Mirrha tiene algún parecido con el incesto
de Lot y de sus hijas, y la aventura de Filemón y de Baucis se parece a la de
los ángeles que se aparecieron a Lot y a su mujer. En cuanto a la
estatua de sal, ¿no tiene algún punto de semejanza con la historia de
Orfeo y de Eurídice?
Muchos sabios opinan, como el gran Newton y como el docto Le Clerc,
que Samuel escribió el Pentateuco cuando los judíos llegaron a aprender
a leer y a escribir, y que todas las historias que contiene son imitaciones de las fábulas de la Siria; pero basta que se
encuentren en la Biblia para que las reverenciemos, sin pensar en otra cosa mas que en que inspiró el Espíritu Santo ese sagrado
libro. Recordemos siempre que aquellos tiempos eran diferentes de los nuestros, y repitamos que el Antiguo Testamento es una
historia verdadera, y que es fabuloso todo lo que inventó el resto del universo. Algunos de ellos sostienen que se debían suprimir
en los libros canónicos todas esas cosas increíbles, que escandalizan a los débiles; pero les han contestado que eran
corazones corrompidos y hombres dignos de arder en la hoguera, y que es imposible que sea honrado el que no crea que los
sodomitas violaron a dos ángeles. De ese modo razonan una especie de monstruos que tratan de supeditar
a los espíritus pusilánimes.
Verdad es que muchos célebres Padres de la Iglesia tuvieron la prudencia de convertir esas historias en
alegorías, siguiendo el
ejemplo de los judíos, y papas más prudentes todavía trataron de impedir que se tradujeran esos libros
a las lenguas vulgares, por
miedo de poner a los hombres al alcance de juzgar lo que se proponen que adoren.
Los sabios, demasiado envanecidos de su saber, sostienen que es imposible que Moisés haya escrito el
Génesis. Una de las grandes
razones en que se apoyan, es que en la historia de Abraham se dice que este patriarca pagó la caverna para enterrar
a su mujer
en «moneda corriente», y que el rey de Gerara dio mil piezas de plata a Sara en cuanto la rindió, después que por su hermosura
fue capaz de robarla, cuando ésta había cumplido setenta y cinco años. Dicen que ellos han consultado todos los autores antiguos,
que comprueban que no se conocía la moneda en aquellos tiempos; pero todo esto son sutilezas, puesto que la Iglesia cree firmemente
que Moisés fue el autor del Pentateuco.
«Habiendo partido de allí Abraham a la tierra de Mediodía, habitó entre Cades y Sur, y estuvo peregrino
en Gerara. Y dijo de
Sara su mujer: «Mi hermana es. Envióla, pues, Abimelec, rey de Gerara, y tomóla.»
Repetimos lo que dijimos en el artículo titulado
Abraham: que Sara tenía entonces noventa años; que
bastante tiempo atrás la
robó un rey de Egipto, y que otro rey del mismo desierto de Gerara robó después también
a la mujer de Isaac, hijo de Abraham.
También allí hablamos de la doméstica Agar, de la que Abraham tuvo un hijo, y del modo cómo dicho patriarca despidió
a una y
a otro. Sabido es la saña con que los incrédulos combaten esas historias y el desdén con que las tratan, y que
consideran inferior
a las Mil y una noches la historia de Abimelec enamorado de Sara, que Abraham hizo pasar por hermana suya, y la
historia de otro
Abimelec enamorado de Rebeca, que Isaac hizo pasar por hermana. Repetiremos que el gran defecto de esos sabios
críticos consiste
en querer sujetar esas historias a los principios de nuestra débil razón y en juzgar
a los antiguos árabes como juzgan hoy a
la corte de Francia y de Inglaterra.
«Y el alma de Sichem, hijo del rey de Hemor, fue unida con el alma de Dina, calmando su tristeza con
tiernas caricias, y se dirigió a Hemor su padre, y le dijo: «Concédeme esta doncella por mujer.»
Este pasaje subleva a los sabios, que se indignan de que el hijo de un rey haga el honor
a un vagabundo de casarse con la hija
de éste, como efectivamente se casó, haciendo grandes regalos a Jacob el padre y
a Dina la hija. El rey de Hemor se digna recibir
en la ciudad que habitaba a esos ladrones errantes que se llaman patriarcas, y llevó su amabilidad hasta el extremo incomprensible
de dejar que circuncidaran, no sólo a él, sino también a su hijo, a su corte y a su pueblo, aceptando la superstición de aquella
horda que no poseía ni una media legua de territorio. En pago de tan asombrosa bondad, ¿qué hicieron los sagrados patriarcas?
Esperar el día en el que la llaga de la circuncisión produce ordinariamente la fiebre, y como locos, recorrer toda la ciudad con el
puñal en la mano Simeón y Leví, y asesinar al rey, a su hijo y a todos los habitantes. Esa anticipada Saint-Barthelemy
es una novela abominable, ridícula e inverosímil. Es imposible que dos hombres puedan degollar
a todo un pueblo. Pero hay en esa
historia otra imposibilidad más palpable. Computando exactamente los tiempos, se prueba que Dina, la hija de Jacob, no podía
tener entonces mas que tres años, y forzando mucho la cronología, hasta podrá concedérsele que tenía cinco, y esto es lo que
indigna a los sabios, que exclaman: «¿Por qué el libro de la historia de un pueblo réprobo, libro que fue desconocido mucho
tiempo en el mundo, libro en el que se ultraja a la razón y a
las costumbres en cada página, tratan de presentárnoslo como irrefragable, como santo, como dictado por el mismo Dios?
¿No es una impiedad creer en él? ¿No sienten el furor de los antropófagos los que persiguen
a los hombres sensatos y modestos
que no lo creen?» A estas objeciones sólo podemos contestar que la Iglesia cree en ese libro y que debemos doblegarnos
a su criterio.
«He aquí los reyes que reinaron en el país de Edom, antes que los hijos de Israel tuvieran rey.»
Éste es el famoso pasaje que ha sido una de las mayores piedras de escándalo, y que indujo al gran Newton,
al sabio Samuel Clarke,
al profundo filósofo Bolingbroke, al docto Le Clerc y a otros a sostener que es imposible que Moisés sea el autor del
Génesis. El
citado versículo fue principalmente el que decidió a Astruc a destrozar todo el
Génesis y a hacer suposiciones sobre las Memorias de donde lo tomó
el autor. Su trabajo es ingenioso y exacto, pero temerario. Ningún concilio se
hubiera atrevido a intentarlo, pero sólo le sirvió
para hacer más densas las tinieblas que quería disipar. Ése es el fruto del árbol de la ciencia que todos queremos comer. ¿Por
qué fatalidad los frutos del árbol de la ignorancia son más nutritivos y más fáciles de digerir?
Pero ¿qué nos importa después de todo que ese versículo, que todo el capítulo, lo hayan escrito Moisés,
Samuel, el sacrificador
que fue a Samaria, Esdras u otro cualquiera? De todos modos, nuestro gobierno, nuestras leyes, nuestra moral, nuestro bienestar,
¿tienen acaso alguna relación con los de los jefes desconocidos de un infeliz país bárbaro, llámese Edom
o Idumea, en el que siempre
habitaron ladrones? Esos pobres árabes, que no tienen ni camisa, no se enteraron nunca de si existíamos nosotros, saquean las
caravanas y comen pan de cebada, y nosotros nos atormentamos por saber si hubo reyecillos en ese cantón de la Arabia Pétrea antes
que los hubiera en un cantón inmediato, situado en
el Occidente del lago de Sodoma.
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