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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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GÉNESIS (1) (2) (3)

Jardín del Edén - Génesis - Diccionario Filosófico de VoltaireComo los escritores sagrados están conformes con las ideas admitidas y no se separan de ellas, porque sin su condescendencia no las hubieran entendido, sólo haremos algunas observaciones respecto a la física de los tiempos remotos, porque respecto a su teología la respetamos, creemos en ella, pero no nos atreveremos nunca a discutirla.

«Al principio, Dios creó el cielo y la tierra.» De este modo se nos ha traducido el principio de la Biblia; pero esa traducción no es exacta. Los hombres instruidos saben que el texto dice: «Al principio, los dioses hicieron el cielo y la tierra.» Esta idea, por otra parte, está acorde con la creencia antigua de los fenicios, que creyeron que Dios empleó a dioses inferiores para desembrollar el caos. Los fenicios constituían ya bastante tiempo un pueblo poderoso que se gobernaba por su teogonía antes que los hebreos se apoderaran de algunos cantones de su país. Es natural suponer que cuando los hebreos consiguieron establecerse en algunos puntos de la Fenicia, empezaron a aprender la lengua de esa nación, y que entonces sus escritores adoptaron la antigua física de sus señores, porque ésta es la marcha del espíritu humano.

En la época en que se coloca a Moisés, ¿los filósofos fenicios sabían ya lo bastante para considerar que la tierra era un punto comparada con la multitud infinita de globos que Dios puso en la inmensidad del espacio que se llama cielo? La idea tan antigua como falsa de que el cielo fue creado para la tierra ha prevalecido casi siempre entre el pueblo ignorante. Esta idea equivale a decir que Dios creó las montañas y un grano de arena y que las montañas las hizo para ese grano. No es imposible que los fenicios, que eran buenos navegantes, no tuviesen algunos buenos astrónomos; pero las antiguas preocupaciones prevalecieron, y se apoyó en ellas el autor del Génesis, que escribió para enseñarnos el camino que conduce a Dios y no para enseñarnos la física.

«Y la tierra estaba desnuda y vacía, y las tinieblas estaban sobre la luz del abismo, el espíritu de Dios llevado sobre las aguas.» La tierra no estaba aún formada como lo está ahora; la materia existía, pero no la había aún organizado la Potencia Divina; el espíritu de Dios significa al pie de la letra el «soplo», el «viento» que agitaba las aguas. Esta idea está expresada en los fragmentos del autor fenicio Sanchoniaton. Creían los fenicios, como los demás pueblos, que la materia es eterna, y no hay un solo autor de la antigüedad que diga que se ha sacado algo de la nada. Tampoco se encuentra en toda la Biblia ningún pasaje que diga que de la nada se hizo la materia; no porque no sea verdad que la creación salió de la nada, sino porque esta verdad no la conocieron los judíos. Los hombres se dividieron siempre en dos partidos cuando trataron la cuestión de la eternidad del mundo, pero estuvieron unánimes en creer en la eternidad de la materia. Ésta fue la opinión de la antigüedad.

«Y dijo Dios: Sea hecha la luz. Y fue hecha la luz. Y vio Dios la luz que era buena. Y separó la luz de las tinieblas. Y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche; y fueron la tarde y la mañana un día. Dijo también Dios: Sea hecho el firmamento en medio de las aguas. Y dividió aguas de aguas. Hizo Dios el firmamento, y dividió las aguas que estaban bajo del firmamento de aquellas que estaban sobre el firmamento. Y Dios llamó al firmamento cielo; y fue la tarde y la mañana del segundo día. Y Dios vio que era bueno.»

Empecemos por examinar si el obispo D'Avranches, Huet-Lecrec y otros tienen razón contradiciendo a los que pretenden encontrar en los versículos anteriores rasgos de elocuencia sublime. La elocuencia no es afectada en ninguna historia escrita por los judíos. El estilo que se usa en la citada obra es el más sencillo, como en todo el resto de la Biblia. Si un orador, para dar a conocer el poder de Dios, empleara únicamente esta expresión: «Él dijo que la luz fuera, y la luz fue», esa frase sería entonces sublime, como la del pasaje del salmo Dixit, et facta sunt. Es un rasgo que, siendo único en esa parte, y colocado para producir una gran imagen, hiere la imaginación y la eleva; pero en la Biblia, la narración es más sencilla, y el autor judío sólo habla de la luz como de cualquier otro de los objetos de la creación, diciendo siempre al fin de cada versículo: «Y Dios vio que era bueno.» No cabe duda de que todo es sublime en la creación; pero la sublimidad de la luz es superior a la de la hierba de los campos; lo sublime es lo que se eleva sobre lo demás.

También era una opinión muy antigua creer que la luz no provenía del sol. La veían difundirse en los aires antes de salir y ponerse ese astro, y se figuraban que el sol sólo servía para darle mayor vigor. Por eso el autor del Génesis participa de este error popular cuando dice que fueron creados el sol y la luna cuatro días después que la luz. Era imposible que hubiera mañana y tarde antes que existiera el sol. El autor inspirado se dignó descender hasta las preocupaciones vagas y groseras de la nación. Dios no pretendió enseñar filosofía a los judíos; pudo elevar su espíritu hasta la verdad, pero prefirió descender hasta ellos. No repetiremos bastante esta solución.

La separación de la luz y las tinieblas también es el resultado de una física errónea: no parece sino que la noche y el día estuvieran mezclados como granos de diferentes especies que fácilmente se separan unos de otros. Sabemos que las tinieblas consisten en la carencia de luz, y que sólo la luz existe mientras nuestros ojos reciben esa sensación; pero entonces estaban muy lejos de conocer esas verdades.

La idea del firmamento arranca de la más remota antigüedad: creyeron que los cielos eran sólidos, porque veían en ellos siempre los mismos fenómenos. Los cielos rodaban obre nuestras cabezas, a pesar de ser de una materia fuerte dura. ¿Qué medio tenían para calcular cómo las exhalaciones de la tierra y de los mares podían suministrar agua a las nubes? No existía entonces ningún Halley que pudiera hacer ese cálculo. Se creía que había depósitos de agua en el cielo. Esos depósitos sólo podían llevarse por una inmensa bóveda, que se veía por ser transparente; era de cristal. Para que las aguas superiores desde esa bóveda cayesen a la tierra, era necesario que hubiera allí puertas o exclusas que se abriesen o que se cerrasen. Tal era la astronomía de entonces, y como escribían para los judíos, tenían que adoptar los escritores sus conocimientos groseros, copiados de otros pueblos tan groseros como ellos.

«E hizo Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que presidiese al día y la lumbrera menor para que presidiese la noche y las estrellas.»

Seguimos viendo la misma ignorancia de la Naturaleza. Los judíos no sabían que la luz que da la luna es una luz reflejada. El autor cree que las estrellas son puntos luminosos, como aparecen a la vista, aunque son otros tantos soles alrededor de los que ruedan otros mundos. El Espíritu Santo se empequeñeció hasta el punto de ponerse a nivel del espíritu de aquella época. Si hubiera dicho que el sol es un millón de veces más grande que la tierra y la luna cincuenta veces más pequeña, no le hubieran comprendido, porque a la vista esos dos astros parece que sean igualmente grandes.

«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre las bestias, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se mueve en la tierra.»

¿Qué entendían los judíos por «hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza»? Lo que toda la antigüedad entendía. Sólo de los cuerpos se hacen imágenes. Ninguna nación imaginó un dios que no fuera corporal, porque es imposible representarlo de otra manera. Puede decirse que Dios no es nada de lo que conocemos; pero no podemos tener ninguna idea de lo que es. Los judíos creyeron que constantemente Dios tenía cuerpo, como los otros pueblos lo creían. Los primitivos Padres de la Iglesia creyeron también que Dios era corporal hasta que adoptaron las ideas de Platón, o mejor dicho, que el cristianismo brilló con luz más pura.

«Él los creó macho y hembra.»

Si Dios o los dioses secundarios crearon al hombre macho y hembra a su imagen, esto parece dar a entender que los judíos creían que Dios y los dioses secundarios eran machos y hembras. Se ha discutido si el autor quiso decir que el hombre tuvo al principio los dos sexos, o que Dios creó el mismo día a Adán y a Eva. El sentido más natural de esa oración gramatical es que Dios formó a Adán y a Eva al mismo tiempo; pero si lo entendemos así, contradice absolutamente la creación de la mujer, que fue formada de la costilla del hombre bastante tiempo después de los siete días de la creación.

«Y descansó el séptimo día.»

Los fenicios, los caldeos y los indios dicen que Dios formó el mundo en seis tiempos, que el antiguo Zaratustra llama los seis gahambars, que tan célebres son en Persia. Es incontestable que los pueblos que acabamos de citar contaban con una teología antes que los judíos habitasen los desiertos de Oreb y de Sinaí, antes que pudiesen tener escritores, y varios sabios creen verosímil que la alegoría de los seis días sea una imitación de la alegoría de los seis tiempos. Dios pudo haber permitido que naciones relativamente civilizadas tuviesen esta idea antes que la inspirara él al pueblo judío, así como permitió que otros pueblos inventaran las artes que los judíos desconocían.

«Y salía un río del lagar del deleite para regar el paraíso, el cual desde allí se reparte en cuatro cabezas. El nombre del uno, Fisón: éste es el que cerca toda la tierra de Hevilath, en donde nace el oro, y el oro de aquella tierra es muy bueno; allí se encuentra bdelium y piedra cornalina. Y el nombre del segundo río, Gehón: éste es el que cerca toda la tierra de Etiopía. Y el nombre del tercer río, Tigris: éste corre hasta los Asirios. Y el cuarto río es el Eufrates.»

Si tomamos al pie de la letra esta versión, el paraíso terrestre debía abarcar casi la tercera parte de Asia y de África. El Eufrates y el Tigris nacen a más de sesenta leguas uno de otro y entre montañas horribles, que están muy lejos de ser un jardín. El río que cerca la Etiopía, y que no puede ser mas que el Nilo, nace a más de mil leguas de los manantiales del Tigris y del Eufrates; y si el Fisón es el Fase, debe sorprendernos que el autor haya puesto en el mismo sitio el nacimiento de un río de Escitia y el de un río de África; es preciso, pues, dar a los anteriores versículos otra explicación y buscar otros ríos. Cada comentarista coloca en sitio distinto el Paraíso terrenal (1).

Dícese que el jardín del Edén es una copia de los jardines del Edén en Saana, que pertenece a la Arabia Feliz, famosa en la antigüedad; que los hebreos, que constituían un pueblo relativamente reciente, pudieron ser muy bien hordas árabes, y envanecerse de la fertilidad y de la hermosura que tenían en el mejor cantón de la Arabia; que siempre siguieron las antiguas tradiciones de las naciones que gozaban de más adelantos en medio de las que estaban como enclavados. No por eso dejaron de ser dirigidos por el Señor.

«Tomó, pues, el Señor Dios al hombre, y púsole en el paraíso del deleite para que lo guardase y lo labrase.»

Me parece muy bien que «cultivara su jardín», pero es muy difícil que Adán pudiera cultivar un jardín de mil leguas de extensión; indudablemente tendría ayudas. Para comprender este versículo tienen otra vez los comentaristas que ejercitar su talento de adivinación.

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(1) Unos comentaristas dicen que el río Guhion era el Oxus; otros, que el Fisón era el Ganges; algunos otros, que los cuatro ríos eran el Irabatti, el Ganges, el Indus y el Schat-al-arab, etc. Pero están acordes, generalmente, en decir que el país de Hevilath o de Havila designa a la India, que en todos los tiempos fue rica en oro y en piedras preciosas.

 

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