GÉNESIS (1)
(2)
(3)
Como los escritores sagrados están conformes con las ideas admitidas y no se
separan de ellas,
porque sin su condescendencia no las hubieran entendido, sólo haremos algunas observaciones respecto
a la física de
los tiempos remotos, porque respecto a su teología la respetamos,
creemos en ella, pero no nos atreveremos nunca a discutirla.
«Al principio, Dios creó el cielo y la tierra.» De este modo se nos ha traducido el principio de la
Biblia; pero esa traducción
no es exacta. Los hombres instruidos saben que el texto dice: «Al principio, los dioses hicieron el cielo y la tierra.» Esta idea,
por otra parte, está acorde con la creencia antigua de los fenicios, que creyeron que Dios empleó
a dioses inferiores para desembrollar
el caos. Los fenicios constituían ya bastante tiempo un pueblo poderoso que se gobernaba por su teogonía antes que los hebreos
se apoderaran de algunos cantones de su país. Es natural suponer que cuando los hebreos consiguieron establecerse en algunos
puntos de la Fenicia, empezaron a aprender la lengua de esa nación, y que entonces sus escritores adoptaron la antigua
física de sus señores,
porque ésta es la marcha del espíritu
humano.
En la época en que se coloca a Moisés, ¿los filósofos fenicios sabían ya lo bastante para considerar
que la tierra era un punto comparada con la multitud infinita de globos que Dios puso en
la inmensidad del espacio que se llama cielo? La idea tan antigua como falsa de que el cielo fue creado para la tierra ha
prevalecido casi siempre entre el pueblo ignorante. Esta idea equivale a decir que Dios creó las montañas y un grano de arena y que
las montañas las hizo para ese grano. No es imposible que los fenicios, que eran buenos navegantes, no tuviesen algunos buenos
astrónomos; pero las antiguas preocupaciones prevalecieron, y se apoyó en ellas el autor del
Génesis, que escribió para enseñarnos
el camino que conduce a Dios y no para enseñarnos la física.
«Y la tierra estaba desnuda y vacía, y las tinieblas estaban sobre la luz del abismo, el espíritu de
Dios llevado sobre las
aguas.» La tierra no estaba aún formada como lo está ahora; la materia existía, pero no la había aún organizado la Potencia Divina;
el espíritu de Dios significa al pie de la letra el «soplo», el «viento» que agitaba las aguas. Esta idea está expresada en
los fragmentos del autor fenicio Sanchoniaton. Creían los fenicios, como los demás pueblos, que la materia es eterna, y no
hay un solo
autor de la antigüedad que diga que se ha sacado algo de la nada. Tampoco se encuentra en toda la
Biblia ningún pasaje que
diga que de la nada se hizo la materia; no porque no sea verdad que la creación salió de
la nada, sino porque esta verdad no
la conocieron los judíos. Los hombres se dividieron siempre en dos partidos cuando trataron la cuestión de la eternidad del mundo,
pero estuvieron unánimes en creer en la eternidad de la materia. Ésta fue la opinión de la antigüedad.
«Y dijo Dios: Sea hecha la luz. Y fue hecha la luz. Y vio Dios la luz que era buena.
Y separó la luz de las tinieblas. Y llamó a la
luz día, y a las tinieblas noche; y fueron la tarde y la mañana un día. Dijo también Dios: Sea hecho el firmamento en
medio de
las aguas. Y dividió aguas de aguas. Hizo Dios el firmamento, y dividió las aguas que estaban bajo del firmamento de aquellas que
estaban sobre el firmamento. Y Dios llamó al firmamento cielo; y fue la tarde y la
mañana del segundo día. Y Dios vio que era bueno.»
Empecemos por examinar si el obispo D'Avranches, Huet-Lecrec y otros tienen razón contradiciendo
a los que pretenden
encontrar en los versículos anteriores rasgos de elocuencia sublime. La elocuencia
no es afectada en ninguna historia escrita
por los judíos. El estilo que se usa en la citada obra es el más sencillo, como en todo el resto de la
Biblia. Si un orador,
para dar a conocer el poder de Dios, empleara únicamente esta expresión: «Él dijo que la luz fuera,
y la luz fue», esa frase
sería entonces sublime, como la del pasaje del salmo Dixit, et facta sunt. Es un rasgo que, siendo
único en esa parte, y
colocado para producir una gran imagen, hiere la imaginación y la eleva; pero en
la Biblia, la narración es más sencilla, y el autor judío sólo habla de la luz
como de cualquier otro de los objetos de la creación, diciendo siempre al fin de cada versículo: «Y Dios vio
que era bueno.» No cabe duda de que todo es sublime en la
creación; pero la sublimidad de la luz es superior a la de la hierba de los campos; lo sublime es lo que se eleva sobre
lo
demás.
También era una opinión muy antigua creer que la luz no provenía del sol. La veían difundirse en los
aires antes de salir y
ponerse ese astro, y se figuraban que el sol sólo servía para darle mayor vigor. Por eso el autor del
Génesis participa de este
error popular cuando dice que fueron creados el sol y la luna cuatro días después que la luz. Era imposible que hubiera mañana
y tarde antes que existiera el sol. El autor inspirado se dignó descender hasta las preocupaciones vagas
y groseras de la
nación. Dios no pretendió enseñar filosofía a los judíos; pudo elevar su espíritu hasta la verdad, pero prefirió descender hasta
ellos. No repetiremos bastante esta solución.
La separación de la luz y las tinieblas también es el resultado de una física errónea: no parece sino que
la noche y el día
estuvieran mezclados como granos de diferentes especies que fácilmente se separan unos de otros. Sabemos que
las tinieblas consisten en la carencia de luz, y que sólo la luz existe
mientras nuestros ojos reciben esa sensación; pero
entonces estaban muy lejos de conocer esas verdades.
La idea del firmamento arranca de la más remota antigüedad: creyeron que los cielos eran sólidos, porque
veían en ellos siempre
los mismos fenómenos. Los cielos rodaban obre nuestras cabezas, a pesar de ser de una materia fuerte
dura. ¿Qué medio tenían para calcular cómo las exhalaciones de la tierra y de los mares podían suministrar agua
a las nubes? No
existía entonces ningún Halley que pudiera hacer ese cálculo. Se creía que había depósitos de agua en el cielo. Esos depósitos sólo
podían llevarse por una inmensa bóveda, que se veía por ser transparente; era de cristal. Para que las aguas superiores desde esa
bóveda cayesen a la tierra, era necesario que hubiera allí puertas o exclusas que se abriesen
o que se cerrasen. Tal era la
astronomía de entonces, y como escribían para los judíos, tenían que adoptar los escritores sus conocimientos groseros, copiados
de otros pueblos tan groseros como ellos.
«E hizo Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que presidiese al día y la lumbrera menor para
que presidiese la noche y las estrellas.»
Seguimos viendo la misma ignorancia de la Naturaleza.
Los judíos no sabían que la luz que da la luna es una luz reflejada. El autor cree que las estrellas son puntos luminosos, como
aparecen a la vista, aunque son otros tantos soles alrededor de los que ruedan
otros mundos. El Espíritu Santo se empequeñeció
hasta el punto de ponerse a nivel del espíritu de aquella época. Si hubiera dicho que el sol es un
millón de veces más grande
que la tierra y la luna cincuenta veces más pequeña, no le hubieran comprendido, porque
a la vista esos dos astros parece que sean igualmente grandes.
«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y tenga dominio sobre los peces del mar,
y sobre las aves del
cielo, y sobre las bestias, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se mueve en la tierra.»
¿Qué entendían los judíos por «hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza»? Lo que toda la antigüedad
entendía. Sólo de los
cuerpos se hacen imágenes. Ninguna nación imaginó un dios que no fuera corporal,
porque es imposible representarlo de otra
manera. Puede decirse que
Dios no es nada de lo que conocemos; pero no podemos tener ninguna idea de lo que es. Los judíos creyeron que
constantemente Dios tenía cuerpo, como los otros pueblos lo creían. Los primitivos Padres de la Iglesia creyeron también que Dios
era corporal hasta que adoptaron las ideas de Platón, o mejor dicho, que el cristianismo brilló con luz más pura.
«Él los creó macho y hembra.»
Si Dios o los dioses secundarios crearon al hombre macho y hembra
a su imagen, esto parece dar a entender que los judíos creían que
Dios y los dioses secundarios eran machos y hembras. Se ha discutido si el autor quiso decir que el hombre tuvo al principio los dos
sexos, o que Dios creó el mismo día a Adán y a Eva. El sentido más natural de esa oración gramatical es que Dios formó
a Adán y a Eva
al mismo tiempo; pero si lo entendemos así, contradice absolutamente la creación de la mujer, que fue formada de la costilla del
hombre bastante tiempo después de los siete días de la creación.
«Y descansó el séptimo día.»
Los fenicios, los caldeos y los indios dicen que Dios formó el mundo en seis tiempos, que el antiguo
Zaratustra llama los seis gahambars, que tan célebres son en Persia. Es incontestable que los pueblos que acabamos
de citar contaban con una teología
antes que los judíos habitasen los desiertos de Oreb y de Sinaí, antes que pudiesen tener escritores, y varios sabios creen
verosímil que la alegoría de los seis días sea una imitación de la alegoría de los seis tiempos. Dios pudo haber permitido que
naciones relativamente civilizadas tuviesen esta idea antes que la inspirara él al pueblo judío, así como permitió que otros
pueblos inventaran las artes que los judíos desconocían.
«Y salía un río del lagar del deleite para regar el paraíso, el cual desde allí se reparte en cuatro
cabezas. El nombre del uno, Fisón: éste es el que cerca toda la tierra de Hevilath, en donde nace el oro, y el oro de
aquella tierra es muy bueno; allí se
encuentra bdelium y piedra cornalina. Y el nombre del segundo río, Gehón: éste es el que cerca toda
la tierra de Etiopía. Y el nombre del tercer río, Tigris: éste
corre hasta los Asirios. Y el cuarto río es el Eufrates.»
Si tomamos al pie de la letra esta versión, el
paraíso terrestre debía abarcar casi la tercera parte de Asia y de África. El
Eufrates y el Tigris nacen a más de sesenta leguas uno de otro y entre montañas horribles, que están muy lejos de ser un jardín.
El río que cerca la Etiopía, y que no puede ser mas que el Nilo, nace a más de mil leguas de los manantiales del Tigris y del
Eufrates; y si el Fisón es el
Fase, debe sorprendernos que el autor haya puesto en el mismo sitio el nacimiento de un río de Escitia y el de un río de
África;
es preciso, pues, dar a los anteriores versículos otra explicación y buscar otros ríos. Cada comentarista coloca en sitio
distinto el Paraíso terrenal (1).
Dícese que el jardín del Edén es una copia de los jardines del Edén en Saana, que pertenece
a la Arabia Feliz, famosa en la
antigüedad; que los hebreos, que constituían un pueblo relativamente reciente, pudieron ser muy bien hordas árabes,
y
envanecerse de la fertilidad y de la hermosura que tenían en el mejor cantón de la Arabia; que siempre siguieron las antiguas
tradiciones de las naciones que gozaban de más adelantos en medio de las que estaban como enclavados. No por eso dejaron de ser
dirigidos por el Señor.
«Tomó, pues, el Señor Dios al hombre, y púsole en el paraíso del deleite para que lo guardase y lo labrase.»
Me parece muy bien que «cultivara su jardín», pero es muy difícil que Adán pudiera cultivar un jardín de
mil leguas de extensión;
indudablemente tendría ayudas. Para comprender este versículo tienen otra vez los comentaristas que ejercitar su talento de
adivinación.
__________
(1) Unos comentaristas dicen que el río Guhion era el Oxus; otros, que
el Fisón era el Ganges; algunos otros, que los cuatro ríos eran el Irabatti, el
Ganges, el Indus y el Schat-al-arab, etc.
Pero están acordes, generalmente, en decir que el país de Hevilath o de Havila designa
a la India,
que en todos los tiempos fue rica en oro y en piedras preciosas.
|