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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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DIOS Y DIOSES

Dios, dioses - Diccionario Filosófico de VoltaireEl conocimiento de un Dios no lo adquirimos por la Naturaleza, porque si así fuera, todos los hombres tendrían de él la misma idea, y ninguna idea nace con nosotros. Las ideas no son como la luz, que llega a nosotros en cuanto abrimos los ojos. La idea de Dios tampoco es una idea filosófica, porque los hombres conocieron dioses antes de que hubiera filósofos.

¿De dónde, pues, trae el origen esta idea? Del sentimiento y de la lógica natural, que con la edad se desarrolla hasta en los hombres más groseros. Presenciamos los asombrosos efectos de la Naturaleza, las cosechas y las esterilidades, los días serenos y los de tormenta, beneficios y calamidades, y esto nos hizo presentir la idea de un ser poderoso. Fue necesario tener jefes para que dirigieran las sociedades, y tuvimos necesidad de admitir soberanos de los nuevos soberanos que la debilidad humana se proporcionó, seres cuyo poder supremo hiciera temblar a los hombres. Los primeros soberanos se aprovecharon de estas nociones para cimentar su poder. He aquí los primeros pasos que se dieron, y el por qué de que cada pequeña sociedad tuviera su dios. Esas nociones eran groseras, porque todo lo era entonces. La sociedad que se regía por un jefe no negaba que la población vecina tuviera también su juez y su caudillo, y por consecuencia, no podía negar tampoco que tuviera su dios. Pero cada población tenía interés en que su caudillo fuese el mejor, se inclinaba a creerlo, y por consecuencia creían también que su dios era el más poderoso. De esto nacieron las antiguas fábulas, tan divulgadas en la antigüedad, de que los dioses de una nación se peleaban con los dioses de otra. De esto provinieron muchos pasajes que encontramos en los libros hebreos, que descubren lo que opinaban los judíos de los dioses de sus enemigos, creyendo siempre su dios superior al de ellos.

Hubo sacerdotes, magos y filósofos en los grandes Estados tan pronto como, perfeccionada la sociedad, pudo permitir que hubiera hombres ociosos que sólo se ocuparan de especulaciones. Algunos de ellos consiguieron perfeccionar su razón, hasta el punto de reconocer en secreto que existía un Dios único y universal. Así es que aunque los antiguos egipcios adoraran a Osiris, o mejor dicho, Osireth (que significaba «esta tierra me pertenece»), aunque adoraran también a otros seres superiores, admitían, sin embargo, un dios supremo, un príncipe único llamado Knef, y cuyo símbolo era una esfera colocada sobre el frontispicio del templo. Sobre este modelo los griegos adoptaron su Zeus, su Júpiter, señor de los demás dioses, que eran lo que son los ángeles en Babilonia y en el pueblo hebreo, y los santos entre los cristianos de la comunión romana. Es cuestión más ardua de lo que se cree, y que no está dilucidada, si pueden existir al mismo tiempo muchos dioses que sean iguales en poder.

No tenemos noción perfecta de la Divinidad. Sólo tenemos de ella sospechas, verosimilitudes y probabilidades. Sólo conseguimos reunir un reducido número de incertidumbres. Toda obra que nos descubre medios y fin, nos anuncia al obrero. El universo, que se compone de muchos medios, de los que cada uno tiene su fin, descubre, pues, un obrero muy inteligente y muy poderoso. He aquí una probabilidad que se aproxima mucho a la certidumbre; ¿pero ese obrero supremo es el infinito, está en todas partes, ocupa un sitio determinado? ¿Cómo hemos de responder a esta cuestión con nuestra inteligencia limitada y con nuestros débiles conocimientos?

La razón me prueba que existe un ser que confeccionó la materia de este mundo; pero mi razón es incapaz de probar que él hizo una materia y que la sacara de la nada. Todos los sabios de la antigüedad, sin exceptuar uno, creyeron que la materia era eterna y subsistente por sí misma. Todo lo que puedo hacer, sin recurrir a una inteligencia superior a la de los hombres, es creer que el Dios del mundo es también eterno y subsiste por sí mismo. Si Dios y la materia existen por sí mismos, ¿no subsistirán también otros mundos y otros dioses? Algunas naciones, algunas escuelas ilustradas, han admitido dos dioses en el mundo: uno origen del bien y otro origen del mal, suponiendo que mediara guerra interminable entre estos dos poderes iguales. Verdaderamente, la Naturaleza puede sufrir con más facilidad que existan en la inmensidad del espacio muchos seres independientes, que sean señores absolutos cada uno de su extensión, que dos dioses limitados e impotentes en el mundo, de los cuales uno no puede hacer el bien y el otro no puede hacer el mal.

Si Dios y la Naturaleza existen en toda la eternidad, como la antigüedad creyó, existen dos seres necesarios, y así como existen dos seres, pueden existir treinta. Sólo esas dudas, que dan origen a infinidad de reflexiones, sirven por lo menos para convencernos de la debilidad de nuestro entendimiento y para que confesemos nuestra ignorancia sobre la naturaleza de la Divinidad, como Cicerón. Respecto a esto no sabremos nunca más que él.

Inútilmente nos dirán las escuelas que Dios es infinito negativamente y no privativamente, formaliter et non materialiter; que es el primero, el medio y último acto; que está en todas partes y en ningún sitio. Cien páginas de comentarios sobre semejantes definiciones no nos harán adelantar un solo paso en esta cuestión. No tenemos gradas ni punto de apoyo para ascender a semejantes conocimientos: sentimos que dependemos de un ser invisible, y no podemos dar un paso más allá.

Es temeridad insensata pretender adivinar lo que es ese ser; si tiene o no tiene extensión, si existe o no existe en un sitio, cómo existe y cómo obra.

 

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