CONSTANTINO (1) (2)
I
El siglo de constantino
Entre los siglos que siguieron al de Augusto, se distingue el de Constantino,
que será siempre célebre por los cambios que operó en el mundo. Al principio es cierto que volvió
a traer
la barbarie y que no contó con Cicerones, Horacios ni Virgilios, ni siquiera tuvo Lucanos ni Sénecas, ni
un historiador hábil ni exacto; sólo se vieron en él sátiras absurdas y panegíricos descabellados.
Los cristianos empezaban entonces a escribir historia, pero no tomaban por modelo
a Tito Livio ni a Tucídides.
Los sectarios de la antigua religión del Imperio no escribían con mayor elocuencia ni
con más exactitud.
Los dos partidos, enconados, no examinaban escrupulosamente las calumnias que se imputaban recíprocamente;
de esto provino que consideraran a un mismo hombre ya como un dios, ya como un monstruo.
La decadencia general, así en las artes mecánicas como en la elocuencia y la virtud, se extendió por
todas partes desde la muerte de Marco Aurelio, que fue el último emperador de la secta estoica que
engrandeció al hombre, haciéndole duro para sí mismo y compasivo para los demás. Desde la muerte de ese
emperador filósofo, reinaba en todas partes la tiranía y la confusión. Los soldados disponían
con frecuencia
del Imperio. El Senado llegó a ser tan abyecto, que una ley prohibió expresamente
a los senadores que fueran
a la guerra. Se vio al mismo tiempo que treinta jefes del partido se apoderaran del título de emperador en
treinta provincias del Imperio. Los bárbaros se precipitaban por todas partes sobre ese Imperio desgarrado
a la mitad del siglo III, y que sólo podía subsistir por la disciplina militar que lo fundó.
Durante esas perturbaciones, el cristianismo iba estableciéndose gradualmente en Egipto, Siria y las costas
del Asia Menor. El Imperio romano admitía toda clase de religiones, como admitía toda clase de sectas
filosóficas. Permitía el culto de Osiris; consentía que los judíos gozaran de grandes privilegios,
a pesar de sus sublevaciones; pero los pueblos perseguían continuamente en las provincias
a los cristianos, y sufrían igual persecución de los magistrados, que
arrancaban contra ellos edictos a los emperadores. No debe
extrañarnos el odio general que al principio se atrajo el cristianismo, mientras toleraban otras religiones.
Esto consistía en que los egipcios, los judíos y otros adoradores de dioses extranjeros no declararon guerra
abierta a los dioses del Imperio; no se oponían a la religión dominante, y uno de los primeros deberes de
los cristianos consistía en exterminar el culto del Imperio. Los sacerdotes de los dioses se indignaban viendo
disminuir los sacrificios y las ofrendas, y el pueblo, entusiasta y fanático, se sublevaba contra los cristianos;
sin embargo, varios emperadores les protegieron. Adriano prohibió terminantemente que se les persiguiera.
Marco Aurelio mandó que no les persiguieran por cuestión de religión. Caracalla, Heliogábalo, Alejandro,
Filipo y Galiano les dejaron vivir en completa libertad. Los cristianos contaban en el siglo III con
algunas iglesias muy concurridas y ricas, y gozaron de tal independencia, que en
ese siglo celebraron diez y seis concilios. Los primitivos cristianos tenían obstruido el camino que conduce
a las dignidades, porque eran casi todos de condición
obscura; pero
se fueron dedicando al comercio, y alguno de ellos llegó a amontonar considerable riqueza.
Éste es el recurso
de todas las sociedades que se ven privadas de obtener cargos del Estado. De este recurso se valieron los
calvinistas en Francia, los no conformistas en Inglaterra, los católicos en Holanda, los armenios en Persia,
los banianos en la India y los
judíos en todo el mundo. Andando el tiempo, los gobiernos tuvieron tanta tolerancia, se dulcificaron tanto las costumbres,
que los cristianos llegaron a alcanzar todas las dignidades y todos los honores. No se vieron
obligados a hacer sacrificios a los dioses del Imperio; nadie se ocupaba de si asistían
a los templos,
porque los romanos gozaron de libertad absoluta en materia de religión, y los
cristianos gozaban de la misma libertad que los secuaces de otras
religiones. Tan cierto es que llegaron a gozar de todos los honores, que Diocleciano y Galerio les privaron
de ellos el año 303, durante la persecución de que luego nos ocuparemos.
Manes, que vivió en el reinado de Probo, hacia el año 278, fundó una nueva religión en Alejandría. Compuso
su secta de algunos principios antiguos de los persas y algunos dogmas del cristianismo. Probo y su
sucesor Caro dejaron vivir tranquilamente a Manes y los cristianos. Diocleciano protegió
a éstos y toleró
a los maniqueos durante doce años; pero en 296 publicó un edicto contra los maniqueos, proscribiéndolos
como enemigos del Imperio y partidarios de los persas. No comprendió a los cristianos en dicho edicto, y pudieron
vivir tranquilos durante el imperio de Diocleciano, profesando públicamente su religión, hasta
los dos años últimos del reinado del susodicho emperador.
Para completar este cuadro, falta apuntar lo que abarcaba entonces el Imperio romano. A pesar de las
sacudidas interiores y exteriores que experimentaba, a pesar de las irrupciones de los bárbaros, era dueño
de todo lo que posee hoy el sultán de los turcos, exceptuando la Arabia; de todo lo que posee el Austria en
Alemania y de todas las provincias de Alemania hasta el Elba; era dueño de Italia, de Francia, de España y de Inglaterra
y de la mitad de Escocia, de
toda el África hasta el desierto de Sahara. Todas esas naciones las mantenían bajo el yugo romano
cuerpos de ejército menos considerables que los que Alemania y Francia ponen hoy en pie de guerra
cuando se enemistan.
El Imperio romano fue aumentando, fomentando su territorio desde la época de César hasta la de Teodosio,
tanto por
sus buenas leyes, por su civilización y por su benéfica influencia, como por su fuerza y por el terror que inspiraba.
Todavía sorprende que ninguno de los pueblos que conquistó la Ciudad Eterna, después que se gobernaron
por sí mismos, no fueran capaces de construirse caminos tan magníficos, anfiteatros y baños públicos como
en ellos construyeron sus vencedores. Algunas regiones que son hoy casi bárbaras y están desiertas se veían entonces pobladas
y civilizadas, como por ejemplo Epiro, la Macedonia, la Tesalia, la Iliria, la Panonia,
y sobre todo el Asia Menor y las costas
de África. Pero en cambio fueron menos poderosas de lo que hoy son Alemania, Francia
e Inglaterra. Esos tres
Estados han ganado mucho gobernándose por sí mismos; pero tuvieron que pasar cerca de doce siglos para que
llegasen al estado floreciente en que hoy se encuentran.
Las ruinas del Asia Menor y de la Grecia, la despoblación de Egipto y
la barbarie de África, son pruebas que
evidencian la pasada grandeza romana. El sinnúmero de ciudades florecientes que se encontraban entonces en
dichos países están convertidas ahora en miserables aldeas, y hasta sus campos se han hecho estériles en manos
de pueblos embrutecidos.
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