CIRO
Muchos eruditos, entre ellos Rollin, nos aseguran que Javán,
a quien se supone padre de los griegos, era nieto de Noé. Lo creo, como creo que Perseo
fue el fundador del reino de la Persia. Únicamente me apesadumbra que los griegos no hayan conocido nunca
a Noé, verdadero autor de su raza. En otra parte ya manifesté el asombro y el dolor que me causaba que Adán, primer padre de todos los hombres, fuera absolutamente desconocido desde el Japón hasta el estrecho de Le Maire, excepto de un pequeño pueblo piojoso y miserable, y aun este pueblo le conoció bastante tarde. La ciencia genealógica es, sin duda, cierta, pero muy difícil.
Las dudas que hoy me asaltan no se refieren ni a Javán, ni
a Noé, ni a Adán, sino a Ciro; y no sé qué fábula de las inventadas sobre Ciro es preferible, si la de Herodoto, la de Clesias, la de Jenofonte, la de Diodora
o la de Justino, porque todas se contradicen. No alcanzo a comprender por qué se han obstinado en llamar Ciro
a un bárbaro que se llamaba Kosron, y Cirópolis y Persépolis a dos ciudades que tampoco se llamaban así.
Pasando en silencio todo lo que se ha dicho del gran Ciro, hasta la novela que lleva su nombre y los viajes que el escocés Ramsay le hace emprender, pediré únicamente algunos datos
a los judíos sobre Ciro, ya que de él se ocupan.
Notaré desde luego que ningún historiador habla una palabra de los judíos en la historia de Ciro, y que los judíos son los únicos que hacen mención de ellos mismos al ocuparse del referido príncipe. Se parecen en cierto modo
a esas personas que dicen, hablando de los superiores a ellas: «Nosotros conocemos
a los señores, pero los señores no nos conocen.» Lo mismo puede decirse de Alejandro con relación
a los judíos. Ningún historiador de Alejandro inmiscuye el nombre de éste entre los judíos, pero Flavio Josefo no por eso deja de decir que Alejandro
fue a rendir homenaje a Jerusalén, que allí adoró al pontífice judío Jaddus, el que en tiempos anteriores le había profetizado que conquistaría la Persia. Cuando Tarik conquistó
a España, los judíos le dijeron que ellos lo habían profetizado, y otras tantas predicciones hicieron
a Gengis, a Tamorlán y a Mahoma.
No quiera Dios que yo compare los profetas judíos con
esos aduladores que dicen la buenaventura, que lisonjean a los victoriosos y les predicen lo que ya les ha sucedido; haré notar únicamente que los judíos alegan testimonios respecto
a Ciro cerca de ciento setenta años antes de que éste viniera al mundo.
Isaías, en el capítulo XLV, versículo I, dice: «He aquí lo
dijo el Señor a Ciro, que es mi Cristo, que yo he llevado de la mano para que conquistara naciones, para poner en fuga
a los reyes, para abrir ante él todas las puertas: Caminaré delante de ti, humillaré
a los grandes, romperé los cofres y te entregaré el dinero que encierren, para que sepas que yo soy el Señor.»
Algunos sabios no pueden digerir que el Señor de el nombre de Cristo
a un profano, adicto a la religión de Zaratustra, y se atreven a decir que los judíos, como todos los débiles, adulaban
a los poderosos porque pusieron todas esas predicciones en favor de Ciro. Dichos sabios no respetan más
a Daniel que a Isaías, y tratan todas las profecías que se atribuyen a Daniel con el mismo desprecio que San Jerónimo demuestra respecto
a la aventura de Susana, a la del dragón de Belo y a la de los tres niños del horno. Esos sabios no parece que estimen
a los profetas. Algunos de ellos sostienen que es metafísicamente imposible ver claro el porvenir y que es una verdadera contradicción ver lo que no existe, porque el futuro no existe, y por lo tanto no puede verse; añadiendo que fraudes de
esta clase los hay innumerables en todas las naciones y que debemos
desconfiar de todo en la historia antigua. Dicen además que si hay
alguna predicción formal es la del descubrimiento de América, que se encuentra en Séneca el Trágico, y la de las cuatro estrellas del polo antártico que profetizó el Dante. Sin embargo de esto,
a nadie se le ha ocurrido decir que son adivinos el Dante y Séneca. Nosotros estamos lejos de participar de la opinión de esos sabios, y nos concretamos
a ser extremadamente circunspectos con los profetas de nuestros días.
Es muy difícil saber si Ciro murió de muerte natural
o decapitado por orden de Tomyris. Confieso que me alegraría que tuvieran razón los sabios que opinan que le cortaron la cabeza. Es conveniente que esos ilustres ladrones de caminos
reales, que devastan y ensangrientan el mundo, encuentren
castigo en la tierra.
Ciro parece que haya sido destinado para servir de asunto
a una novela. Jenofonte la empezó, y por desgracia la terminó Ramsay.
Como prueba de la triste suerte que espera a los héroes, tuvo Ciro la desventura de ser el protagonista de
la tragedia de Danchet, que es enteramente desconocida. La Ciropedia,
de Jenofonte, es más conocida, porque la escribió un griego. Los Viajes de Ciro no lo son tanto, aunque están impresos en francés y en inglés y se prodiga en ellos la erudición. Lo gracioso de la novela titulada
Viajes de Ciro consiste en encontrar un Mesías en todas partes, así en Memfis, en Babilonia y en Tiro, como en Jerusalén y como en el Evangelio. El autor, que
fue cuáquero, anabaptista, anglicano y presbiteriano, concluye por convertirse en partidario del ilustre autor del
Telémaco. Llegó a ser luego preceptor del hijo de un gran señor, y le hizo creer que había nacido para instruir al universo y para gobernarle. Por eso da lecciones
a Ciro para que llegue a ser el mejor rey del universo y el teólogo más ortodoxo. Le hace asistir
a la escuela de Zaratustra y luego a la del judío Daniel, que era el mejor de los filósofos conocidos, porque no sólo explicaba los sueños, sino que adivinaba cuanto le había soñado, cosa que nadie mas que él pudo hacer nunca. Ciro sostiene largas conversaciones con el rey Nabucodonosor en la época en que era toro, y Ramsay hace que Nabucodonosor rumie profunda teología. No es extraño que el príncipe de Turena, para quien escribió esta obra, mejor que leerla, prefiriese ir de caza
o asistir a la ópera.
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