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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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BETSAMES O BETHSHEMESH

Betsames o Bethshemesh - Diccionario Filosófico de VoltaireLa mayoría de los lectores quedarán sorprendidos al leer la palabra que encabeza este artículo, pero va dedicada a los sabios, con el objeto de que nos instruyan sobre ella.

Betsames o Bethshemesh era una aldea perteneciente al pueblo de Dios, situada a dos millas al Norte de Jerusalén, según dicen los comentaristas.

Habiendo los fenicios derrotado a los judíos en la época de Samuel, y habiéndoles cogido el arca de la Alianza en la batalla donde les mataron treinta mil hombres, el Señor los castigó severamente. «Percussit eos in secretiori parte natium... et ebullierunt villæ et agri... et nati sunt mures, et facta est confusio mortis magna in civitate.» Ese párrafo latino, traducido palabra por palabra, significa en castellano: «Los hirió en la parte más secreta de las nalgas... y las granjas y los campos hirvieron y nacieron ratones y reinó confusión de muerte en la ciudad.»

Los profetas de los fenicios, esto es, de los filisteos, les predijeron que sólo podrían librarse de tal calamidad dando al Señor cinco ratones de oro y cinco asnos de oro y devolviéndole el arca judía. En cumplimiento de esta orden de sus profetas, enviaron el arca con los cinco ratones y los cinco asnos, colocándola en una carreta tirada por dos vacas, cada una de las cuales daba de mamar a un becerrillo, pero sin que nadie guiara la carreta. Las dos vacas tomaron voluntariamente el camino recto que conduce a Betsames, adonde llevaron el arca, y los betsamitas se aglomeraron a su paso, deseando contemplar el arca. Esa libertad se castigó todavía con mayor severidad que la profanación de los fenicios. El Señor castigó con muerte súbita a setenta personas del pueblo y a cincuenta mil hombres del populacho.

El reverendo doctor Kenniccot, irlandés, imprimió en 1768 un comentario francés sobre dicho acontecimiento, dedicado al obispo de Oxford. Advierte al público los puntos donde se vende su libro en muchas naciones. En ese escrito pretende probar que se ha corrompido el texto de la Sagrada Escritura. Nos permitirá el reverendo doctor que no seamos de su opinión. Casi todas las Biblias están acordes en decir que perecieron setenta hombres del pueblo y cincuenta mil del populacho, como puede cotejarse leyendo el libro de los Reyes. Dice Kenniccot al obispo de Oxford: «Que antiguamente hubo gran preocupación en favor del texto hebreo, pero que desde hace diez y siete años, el señor obispo y él han podido sacudirse esa preocupación, después de estudiar y de reflexionar sobre ese capítulo.» A nosotros nos sucede lo contrario que al reverendo doctor; cuanto más leemos ese capítulo, más respetamos las vías del Señor, que son las nuestras.

«Es imposible —dice Kenniccot— que el lector de buena fe no se asombre y no se afecte viendo más de cincuenta mil hombres muertos en una sola aldea, quedando todavía otros cincuenta mil ocupados en la siega.» Confesamos que esas dos cantidades, sumadas, ascenderían a cerca de cien mil habitantes en una sola aldea; ¿pero el señor doctor se olvida de que el Señor prometió a Abraham que su posteridad se multiplicaría como la arena de los mares?

«Los judíos y los cristianos —añade— no tienen escrúpulo en confesar que les repugna tener fe en la destrucción de cincuenta mil setenta hombres.» A esto respondemos que nosotros somos cristianos y no nos repugna tener fe en todo lo que dice la Sagrada Escritura, y aún añadiremos lo que dice el reverendo padre Calmet, que si tuviéramos que «rechazar todo lo que es extraordinario y no está al alcance de nuestro espíritu, tendríamos que rechazar toda la Biblia». Estamos convencidos de que, dirigiendo a los judíos el mismo Dios, debían pasar por acontecimientos marcados con el sello de la Divinidad y absolutamente diferentes de los que suceden a los demás hombres, y hasta nos atrevemos a afirmar que la muerte de esos cincuenta mil setenta hombres es uno de los sucesos menos sorprendentes que se encuentran en el Antiguo Testamento. Hay en él cosas más estupendas.

Nos acomete más respetuosa sorpresa cuando la serpiente de Eva y la burra de Balaam hablan; cuando el agua de las cataratas se eleva, mezclada con la de la lluvia, quince codos por arriba de todas las montañas; cuando leemos las plagas de Egipto y vemos que seiscientos treinta mil judíos combatientes huyen a pie a través del mar que se abre; cuando Josué para el sol y la luna al mediodía; cuando Sansón mata mil filisteos con una quijada de asno. Todo es milagroso en aquellos tiempos divinos y respetamos profundamente todos esos milagros y el mundo antiguo, que no es nuestro mundo, y aquella naturaleza, que no es nuestra naturaleza, ya que todo eso consta en un libro divino que no puede tener nada de humano.

Nos asombra la libertad que se toma Kenniccot de llamar «deístas» y «ateos» a los que, reverenciando la Biblia más que él, tienen opinión distinta a la suya. Es difícil creer que el hombre que expresa semejantes ideas pertenezca a la Academia de las inscripciones y medallas; quizás sea miembro de la Academia de Beldam, que es la más antigua y más numerosa, cuyas sucursales se extienden por todo el mundo.

 

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