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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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BEKKER

(O del mundo encantado, del diablo, del libro de Enoc y de los hechiceros)

Baltasar Bekker - Diccionario Filosófico de VoltaireBaltasar Bekker, teólogo y predicador alemán, hombre excelente, enemigo del infierno eterno y del diablo, y más amigo todavía de la precisión, movió mucho ruido en su época con un libro voluminoso que, con el título de El mundo encantado, publicó en 1694.

Jacobo Jorge de Chaufepie, que pretende ser el continuador de Bayle, asegura que Bekker aprendió el griego en Groninga. Nicerón alega buenas razones, que le hacen creer que lo aprendió en Franeker; pero no sabe nada seguro sobre ese punto tan interesante. Lo cierto es que en la época de Bekker, que fue ministro del Santo Evangelio en Holanda, el diablo gozaba de prodigiosa fama entre los teólogos de todas las comuniones, y esto sucedía a la mitad del siglo XVII, a pesar de los esfuerzos de Bayle y de otros hombres sabios que empezaban a ilustrar a la humanidad. Estaban en boga en toda Europa los poseídos y los hechiceros, y con frecuencia se tocaban resultados funestos.

Apenas había pasado un siglo desde que el rey Jacobo, gran enemigo de la comunión romana y del poder del Papa, hizo imprimir su obra titulada Demonología, en la que reconocía los maleficios, los íncubos y los súcubos, y en la que confiesa el poder del diablo y del Papa, que en su opinión, puede sacar a Satanás del cuerpo de los poseídos, como los demás sacerdotes. Los mismos franceses, que se vanaglorian en la actualidad de haber recobrado el buen sentido, estaban sumidos en la horrible cloaca de la más estúpida barbarie. No existía en Francia un solo tribunal que no estuviera ocupado en juzgar causas de hechicería, ni jurisconsulto grave que no escribiera respecto a los poseídos del diablo. Católicos y protestantes creían en esta absurda superstición, fundándose en que se dice en uno de los evangelios cristianos que fueron enviados los discípulos para expulsar a los diablos. Creían deber sagrado poner en el potro a las jóvenes de mala vida para hacerlas confesar que se habían acostado con Satanás, el cual se presentaba ante ellas bajo la forma de macho cabrío, con el miembro viril en el ano, y en los procesos criminales que formaban a esas desventuradas describían detalladamente las citas del macho cabrío con las prostitutas. Esos procesos terminaban siempre quemándolas en la hoguera, lo mismo si confesaban que si negaban, y llegó de este modo a ser Francia vasto teatro de matanzas jurídicas.

Tengo a la vista una colección de procesos infernales, recogida por un consejero de la gran Cámara del Parlamento de Burdeos, llamado Lancre. impresa en 1613, y dedicada a «Monseñor Sillery, canciller de Francia». Francia pasó entonces por una Saint-Barthelemy, y así continúa, desde la matanza de Vassy hasta el asesinato del mariscal de Ancre y de su inocente esposa.

En Ginebra, en 1652, en la época de Bekker, quemaron en la hoguera a una pobre mujer que se llamaba Micaela Chandron, convenciéndola de que era una hechicera.

He aquí en extracto el proceso verbal que se incoó contra esa desgraciada: «Micaela, al salir de la ciudad, encontró al diablo. Éste le dio un beso, recibió su homenaje y luego imprimió en el labio superior y en la teta derecha de la joven el sello con que acostumbra a marcar todas las personas que reconoce por favoritas suyas. El sello del diablo es una firma diminuta, que da insensibilidad a la piel, como aseguran los jurisconsultos demonólogos. El diablo manda a Micaela Chandron que hechice a dos jóvenes, y ella obedece humildemente a su señor. Los padres de las jóvenes la acusan judicialmente de haber maleficiado a sus hijas, y éstas declaran que sentían continuamente gran hormigueo en ciertas partes del cuerpo y que estaban poseídas del demonio. Llamaron a los médicos para que las visitaran, y buscaron en todo el cuerpo de Micaela el sello del diablo, que el proceso verbal llama «marca satánica». Le clavaron en el cuerpo una aguja larga, que le hizo sufrir dolorosa tortura y salir mucha sangre, y la pobre Micaela dio a entender con sus gritos que no la hicieron insensible las marcas del diablo. No encontrando los jueces prueba completa de que Micaela Chandron fuese bruja, le aplicaron el tormento, que infaliblemente produce las pruebas que se desean, y la desgraciada confesó todo lo que querían que confesara. Los médicos siguieron buscando todavía la marca satánica, y la encontraron en una pequeña señal negra que tenía en una de las piernas, en la que volvieron a clavarle la aguja; pero fueron tan horribles los dolores que le había causado el tormento, que la pobre mujer, que estaba expirando, apenas sintió el efecto que debía producirle la aguja y no lanzó ni un solo grito. De este modo quedó comprobado el crimen; pero como las costumbres empezaban a suavizarse, no la quemaron hasta después de haberla ahorcado.»

En todos los tribunales de la Europa cristiana repercuten aún esos salvajes decretos. Duró tanto tiempo la imbecilidad bárbara, que aun a mitad del siglo XVIII, en 1750, en Wurtzburgo, quemaron a una bruja. ¡Pero qué bruja! Una joven de la alta clase, que era abadesa de un convento de monjas, y esto sucedió durante el imperio de María Teresa de Austria.

Semejantes horrores, difundidos por toda Europa, decidieron a Bekker a pelear contra el diablo. En vano le dijeron en prosa y en verso que hacía mal en atacarle, siendo tan feo como era y pareciéndosele mucho, pues no consiguieron hacerle cejar en su propósito. Empezó por negar absolutamente el poder de Satanás, y tanto se enardeció combatiéndole, que llegó a sostener que Satanás no existe. «Si existiera el diablo —exclamaba—, se vengaría de mí por la guerra que le hago.» Bekker raciocinaba perfectamente, diciendo que si el diablo existiera le castigaría. Los sacerdotes, sus colegas, se pusieron contra él, afiliándose al partido de Satanás, y le anatematizaron.

Bekker entra en materia en el segundo tomo. Opina que la serpiente que sedujo a nuestros primeros padres no era el diablo, sino una verdadera serpiente, como la burra de Balaam era una verdadera burra, y como la ballena que se tragó a Jonás era una verdadera ballena. Tan cierto resultaba que era una verdadera serpiente, que toda su especie, que antes andaba con los pies, fue condenada a andar arrastrando. El Pentateuco no llama nunca a la serpiente «Satanás», «Belcebú» ni «Diablo»; ni siquiera nombra a Satanás. Bekker admite la existencia de los ángeles, aunque al mismo tiempo asegura que la razón humana no puede probar que existen. «Si existen —dice en el capítulo VIII del tomo segundo—, es difícil decir lo que son. La Sagrada Escritura no nos lo dice, ni en qué consiste su naturaleza, ni en qué consiste el ser de un espíritu. La Biblia no está escrita para los ángeles, sino para los hombres, y Jesucristo, para redimirnos, no tomó la forma de ángel, sino la de hombre.»

Si Bekker tiene tanto escrúpulo sobre la existencia de los ángeles, no es extraño que lo tenga también respecto a la de los diablos, y es ocupación divertida observar las contorsiones que obliga a hacer a su ingenio para que prevalezcan los textos que son favorables a la doctrina que sustenta y para eludir los que le son contrarios. Hace cuanto puede para probar que el diablo no tuvo parte alguna en las aflicciones que atormentaron a Job, siendo en esto más prolijo que los partidarios de ese hombre santo. Hay gran verosimilitud en creer que sólo le condenaron por despecho de haber perdido el tiempo leyéndole, y yo estoy convencido de que si el diablo se hubiera visto obligado a leer El mundo encantado, de Bekker, no le perdonaría nunca los tremendos ataques que le dirige.

Una de las mayores dificultades que encontró el teólogo holandés fue explicar estas palabras del Evangelio de San Mateo: «Jesús fue transportado por el espíritu al desierto, para que allí le tentara el diablo Kuath-bull.» No se encontró nunca un texto más terrible. El teólogo pudo escribir todo lo que quiso contra Belcebú, pero era preciso que admitiese su existencia, y una vez admitida, interpretaba los textos difíciles como podía.

El que desee saber lo que es el diablo, debe recurrir al jesuita Scoto, que se ocupa de él con muchísima extensión, con más extensión aún que Bekker.

Si sólo se consulta la historia, sabremos que el antiquísimo origen del diablo existe en la doctrina de los persas. Arhimán o Arhimane, que es el principio del mal, corrompe todo lo que el principio del bien hizo beneficioso. En Egipto, Tifón causa todo el mal que puede, y Oshireth, que nosotros llamamos Osiris, produce con Isis todo el bien de que es capaz. Antes de la época de los egipcios y de los persas, Maizazor en la India se rebeló contra Dios, y quedó convertido en diablo; pero al fin Dios le perdonó. Si Bekker y los socinianos hubieran conocido la anécdota de los ángeles indios sobre su rehabilitación, se hubiera aprovechado de ella para afirmarse en la opinión de que el infierno no es eterno y para prometerles el perdón a los condenados que lean sus libros.

Preciso es confesar que los judíos no mencionan siquiera la caída de los ángeles en el Antiguo Testamento; pero se trata de ella en el Nuevo. Cuando se estableció el cristianismo, atribuyeron un libro a Enoc, séptimo hombre después de Adán, concerniente al diablo y sus asociados. Enoc dice en él que el jefe de los ángeles rebeldes se llamaba Semiazas, y que sus lugartenientes eran Areciel, Atarcuf y Sampsic (1), y los capitanes de los ángeles fieles eran Rafael, Gabriel, Uriel, etc., pero no dice que la guerra se empeñara en el cielo; antes por el contrario, asegura que se batieron en una montaña del mundo por querer casarse con las hijas de los hombres. San Judas cita dicho libro en su epístola: «Dios retuvo —dice— encadenados en las tinieblas hasta el día del juicio final a los ángeles que, degenerando de su origen, abandonaron su propia morada. ¡Desgraciados los que siguen las huellas de Caín, cuya desventura profetizó Enoc, séptimo hombre después de Adán!» San Pedro, en su segunda epístola, alude al libro de Enoc cuando se expresa de este modo: «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, y los lanzó al Tártaro, donde los tiene sujetos con cables de hierro.»

Era difícil que Bekker pudiera contradecir pasajes tan formales, y sin embargo, fue todavía más inflexible con los diablos que con los ángeles. Para que no le subyugue el libro de Enoc, sostiene que así como no existe el diablo, tampoco existe dicho libro, o lo que es lo mismo, que es apócrifo. Añade que el diablo pertenece a la antigua mitología, que el cristianismo ha calcado, porque no somos mas que unos plagiarios.

¿En la actualidad puede preguntarse en qué consiste que llamamos Lucifer al espíritu maligno, que la traducción hebraica y el libro atribuido a Enoc llaman Semiaxah o Semexiah? Sin duda porque entendemos mejor el latín que el hebreo, Isaías inserta una parábola contra un rey de Babilonia, en la que le dice: «Al saber tu muerte se oyeron cantos de alegría y se regocijaron los abetos, porque tus recaudadores no vendrán ya a cobrarnos la contribución de la talla. ¿Cómo desde tu altura descendiste al sepulcro, a pesar de los sonidos de las gaitas? ¿Cómo te acostaste entre los gusanos y la pobredumbre? ¿Cómo caíste del cielo, Helel, estrella de la mañana?», etc. La palabra caldea hebraica Helel se tradujo por la palabra Lucifer, y la estrella de la mañana, la estrella de Venus; desde entonces fue el diablo Lucifer caído del cielo y precipitado a los infiernos. De este modo se establecen las opiniones, y algunas veces una sola palabra, una sílaba mal traducida, una letra equivocada o suprimida, originan la creencia de todo un pueblo. De la palabra Soracté se ha formado San Orestes; de la palabra Rabboni se ha formado San Raboni; de Semo Sanctus se ha formado San Simón el Mago; de esto hay ejemplos innumerables.

Pero ya sea el diablo, la estrella Venus, el Semiaxah de Enoc, el Satán de los babilónicos, el Mozaizor de los indios o el Tifón de los egipcios, Bakker tiene razón para decir que no debe atribuirse el enorme poder que se le atribuyó hasta estos últimos tiempos. Es excesivo haberle inmolado ya a la noble abadesa de Wurtzburgo, a Micaela Chandron, al cura Gaufridi, a la mariscala de Ancre y a más de cien mil brujos en trescientos años en las naciones cristianas. Si Baltasar Bekker se hubiera concretado a cortar las uñas al diablo, le hubieran aplaudido; pero siendo sacerdote, querer matar al demonio le costó perder su curato.

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(1) Ya publicamos la lista de los ángeles principales en el artículo Ángel.

 

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