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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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BARAC Y DÉBORA

Barac y Débora - Diccionario Filosófico de VoltaireNo discutiremos en este artículo la época en que Barac fue jefe del pueblo judío, ni por qué siendo jefe dejó que una mujer mandase un ejército; tampoco discutiremos si esta mujer, que se llama Débora, fue casada con Lapidot, ni si era parienta o amiga de Barac, ni qué día se dio la batalla de Tabor en Galilea, entre Débora y Sisara, general de los ejércitos de trescientos mil peones, diez mil jinetes y tres mil carros de guerra, si hemos de dar crédito al historiador Flavio Josefo.

Tampoco nos ocuparemos de Jabino, rey de una aldea que se llamaba Azor, a pesar de lo cual podía disponer de más soldados que el Gran Turco. Nos causa profunda lástima la mala suerte de su gran visir Sisara, que, al perder la batalla de Galilea, saltó de su carro de batalla, que conducían cuatro caballos, y huyó a pie para correr con más velocidad. Se dirigió a pedir hospitalidad a una santa mujer judía, que le dio leche y le hundió en la cabeza un clavo grande de carreta en cuanto se quedó dormido. Lo sentimos mucho, pero no vamos a ocuparnos de esto; vamos a ocuparnos de los carros de guerra.

Al pie del monte Tabor, cerca del torrente de Cisón, se dio la batalla que acabamos de citar. El monte Tabor es una montaña escarpada, cuyas laderas, un poco más bajas, se extienden por casi todo el territorio de Galilea. Entre esa montaña y los peñascos inmediatos hay una pequeña llanura, sembrada de piedras y guijarros, en la que no puede practicar sus evoluciones la caballería. Esa llanura tiene de extensión cuatrocientos o quinientos pasos. No es creíble que el capitán Sisara pudiera formar allí en batalla sus trescientos mil soldados y sus tres mil carros, que no hubieran podido maniobrar ni en una llanura mucho más grande.

Debemos suponer que los hebreos no tenían carros de guerra en un país que únicamente era famoso por los jumentos; pero los asiáticos los utilizaban en las grandes llanuras. Confucio dice positivamente que desde tiempo inmemorial los virreyes de las provincias de la China tenían obligación de suministrar al emperador cada uno de ellos mil carros de guerra tirados por cuatro caballos. Esos carros debieron usarse mucho tiempo antes de la guerra de Troya, puesto que Homero, al ocuparse de ella, no dice que era una nueva invención. Pero esos carros antiquísimos no estaban construidos como los de Babilonia; ni las ruedas ni el eje llevaban hierros cortantes. Esa invención debió ser muy formidable en las grandes llanuras, sobre todo cuando los carros eran numerosos y corrían con impetuosidad, guarnecidos de hoces y con largas picas. Pero cuando se acostumbraron a ellos, evitaban sus choques con tanta facilidad, que dejaron de usarse en todo el mundo.

En Francia, durante la guerra de 1741, trataron de reproducir esa invención antigua, rectificándola. Uno de los ministros de Estado mandó construir un carro de guerra, y llegaron a probarlo. Opinaron que en llanuras extensas como las de Lutzen podrían ser muy útiles, ocultándolos detrás de la caballería, cuyos escuadrones debían abrirse para dejar paso a los carros y luego correr detrás de ellos; pero los generales opinaron de otro modo; creyeron que esa maniobra era inútil y hasta peligrosa en los tiempos en que los cañones solos ganan las batallas. Replicaron a los generales que se pondrían en los ejércitos que llevaran carros de guerra tantos cañones para protegerlos como tuvieran los enemigos para destruirlos, añadiendo que al principio los carros estarían al abrigo de los disparos de los cañones enemigos, detrás de los batallones o de los escuadrones, que después éstos se abrirían para que los carros corrieran impetuosamente, y que su ataque inesperado podía producir efecto prodigioso. Los generales no contestaron nada que pudiera refutar las anteriores razones, pero se negaron a hacer la guerra como en la antigüedad la hicieron los persas.

 

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