BACON (ROGEr)
Indudablemente creeréis que el famoso fraile del siglo XIII que se llamó Bacón fue un
hombre eminentísimo, poseedor de la verdadera ciencia, porque los ignorantes le persiguieron y le
encarcelaron en Roma. Confieso que le favorece esa preocupación general. ¿Pero no sucede todos los días
que unos charlatanes sentencian gravemente a otros charlatanes, y que unos locos impongan castigos
a otros'? El mundo fue durante mucho tiempo semejante a esos hospitales en los cuales el loco que se cree el Padre Eterno
anatematiza siempre al que se cree ser el Espíritu Santo. Semejantes hechos tampoco son raros en la actualidad.
Entre las causas de la celebridad de Bacon deben contarse, en primer lugar,
ser encerrado en una cárcel, y en
segundo lugar, el atrevimiento de decir que debían quemarse todos los libros de Aristóteles, que atrevimiento es
decirlo en la época en que los escolásticos respetaban a Aristóteles muchísimo más que los jansenistas respetaron
a San Agustín. ¿Roger Bacon pronunció ese fallo absoluto por haber escrito alguna obra mejor que la
Poética,
la Retórica y la Lógica de Aristóteles? Esas tres obras inmortales prueban que Aristóteles fue un gran genio, sutil,
profundo y metódico, pero que fue un mal físico, porque era imposible adelantar en esa ciencia en los tiempos en que
no se conocían instrumentos para estudiarla.
Bacon, en su mejor obra, en la que trata de la luz y de la visión, se expresa con más claridad
que Aristóteles,
cuando dice: «La luz hace por vía de multiplicación su especie luminosa, y esta acción se llama unívoca y conforme
al agente; pero existe en ella otra multiplicación equívoca, por medio de la cual la luz engendra el calor
y el calor engendra la putrefacción.»
En otra parte, Bacon dice que se puede prolongar la vida con el espermaceti,
con el áloe y con la carne de dragón;
pero que sólo se puede alcanzar la inmortalidad por medio de la piedra filosofal. Creerán nuestros
lectores sin dificultad que, siendo dueño dicho fraile de secretos tan importantes, debía poseer también todos los
secretos relativos a la
astrología judiciaria. Por eso sin duda asegura, en su libro Opus majus, que la cabeza del hombre está sometida
a
las influencias del signo del Cordero, el cuello a las del Toro y los brazos a las de los Gemelos. Prueba todo eso
con experimentos y elogia extraordinariamente a un gran astrólogo de París que evitó que un médico pusiera un
emplasto en la pierna de un enfermo porque el sol estaba entonces en el signo de Acuario, y ese signo es mortal
para las piernas cuando se les aplican emplastos.
Es opinión general que Roger Bacon fue el inventor de
la pólvora. Verdad es que en su época se habían hecho estudios para conseguir tan horrible descubrimiento.
Siempre he observado que el espíritu de invención existe en todas las épocas, y aunque los doctores y los gobernantes
sean profundamente ignorantes y reinen las preocupaciones, siempre salen hombres desconocidos y animados de un instinto
superior que encuentran inventos admirables, explicados después por los sabios.
He aquí lo que, respecto a la pólvora, dice Roger Bacon en la página 474 de su libro
Opus majus, edición de Londres: «El fuego gregüisco (1) se extingue con dificultad,
porque el agua no lo apaga. Existen ciertos fuegos cuya explosión
produce tanto ruido, que si los encendieran súbitamente y de noche, no podrían resistirlos ni una ciudad ni un ejército;
serían más ruidosos que los truenos. Existen fuegos que deslumbran tanto como los relámpagos; y es de suponer que con
artificios como éstos aterró Gedeón al ejército de los madianitas. Nos da una prueba de esto ese juego de niños
que se verifica en todo el mundo. Meten en un tubo
una cantidad de salitre, forzándola con una pequeña bala del tamaño de una pulgada, y la hacen reventar, produciendo un
ruido semejante al que produce el trueno, y del tubo sale una exhalación de fuego que parece un rayo.» Por este párrafo
se comprende que Roger Bacon sólo hizo la experiencia con una pequeña bola llena de salitre puesta en el fuego;
desde este experimento hasta la invención de la pólvora, media todavía bastante distancia. De ésta no se ocupa Rogelio en ninguna
parte, pero se inventó muy poco después.
Siempre me causó sorpresa que Bacon no conociese la dirección de la aguja imantada, que en su época empezaba
a conocerse
en Italia; pero en cambio, conoció muy bien el secreto de la vara del avellano y otras cosas parecidas, de las que trata
en su obra titulada Dignidad del arte experimental. A pesar del sinnúmero de absurdos y de desvaríos que contienen sus
obras, debemos confesar que Roger Bacon fue un hombre admirable con relación a su siglo, aunque puede objetárseme que
su siglo fue el del gobierno feudal y el de los escolásticos. Roger sabía algo de geometría y de óptica,
y porque sabía algo de eso le tuvieron por hechicero en Roma y en París. Sin embargo, no sabía
tanto como el árabe Alhazen, porque en aquella época resultaban los árabes los maestros de todo y eran los médicos
y los astrólogos de todos los reyes cristianos. El bufón del rey era de la nación de éste, pero su doctor era árabe
o judío.
Si pudiéramos trasladar a Bacon a los tiempos actuales, sería indudablemente un gran hombre. Era oro incrustado en los
excrementos de la época en que vivió; hoy sería
oro purificado.
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(1) «Fuego gregüisco» era una mezcla incendiaria que no se apagaba
con agua.
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