BACON (FRANCIS)
El mayor servicio que Francis Bacon prestó a la filosofía fue descubrir la atracción.
Al finalizar el siglo XVI, decía en su obra titulada
Nuevo método de saber: «Falta averiguar si existe una especie de
fuerza magnética que opera entre la tierra y los objetos que tienen peso: entre la luna y el Océano. Es indispensable
o que los cuerpos graves se dirijan hacia el centro de la tierra, o que se atraigan mutuamente, y en este último caso,
es evidente que cuanto más se aproximen a la tierra los cuerpos al caer, con tanta más fuerza se atraen unos
a otros.
Es preciso experimentar si el reloj de péndulo anda con más celeridad colocado en lo alto de una
montaña que si se coloca en el fondo de una mina, y esto indicará la probabilidad de que la tierra
esté dotada de verdadera atracción.»
Cerca de cien años después, encontró, calculó y demostró el gran Newton esa
atracción, esa gravitación, esa propiedad
universal de la materia, que es la causa que retiene los planetas dentro de sus órbitas, que obra en el sol y dirige
una paja hasta el centro de la tierra. Pero manifestó Bacón admirable sagacidad sospechando que había de existir esa
fuerza cuando nadie pensaba en semejante cosa.
Bacón sospechó, y Newton demostró, la existencia de un principio desconocido hasta entonces,
y quizás los hombres no
pasen de ahí, si no llegan a ser dioses. Newton fue muy prudente cuando, al demostrar las leyes de la atracción,
dijo que ignoraba la causa, añadiendo que quizás es una impulsión, quizás una sustancia ligera prodigiosamente
elástica difundida en toda la Naturaleza. Indudablemente trató de
amansar esos «quizás» a sus contrarios, que se sublevaron contra la palabra «atracción» y contra una propiedad de
la materia que obra en todo el universo sin tocar los cuerpos sobre los que obra.
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