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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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BACO

Baco - Diccionario Filosófico de VoltaireDe todos los personajes verdaderos o fabulosos de la antigüedad profana, el más importante para nosotros es Baco, no por la excelente invención que le atribuyeron todos los pueblos del universo, excepto el pueblo judío, sino por la prodigiosa semejanza que tiene su historia fabulosa con la historia verdadera de Moisés.

Los primitivos poetas dicen que Baco nació en Egipto y que le expusieron en el Nilo. Por eso el primer Orfeo le llama Mises, que en la lengua del antiguo egipcio quiere decir «salvado de las aguas», según aseguraban los que entendían el antiguo egipcio, que hoy ya nadie entiende. Le educaron en una montaña de la Arabia, llamada Nisa, que se cree era el monte Sinaí. Se supone que una diosa le mandó que fuera a destruir una nación bárbara, y que pasó a pie el mar Rojo acompañado de multitud de hombres, de mujeres y de niños. En una ocasión el río Oronte apartó sus aguas a derecha e izquierda para dejarle pasar, y el río Hidaspe hizo lo mismo. Mandó al sol que se parara, y dos rayos luminosos le salieron de la cabeza. Hizo saltar una fuente de vino pegando en tierra con su tirso y grabó sus leyes en dos planchas de mármol. Sólo le faltó haber atraído sobre Egipto diez plagas para ser la copia exacta de Moisés.

Si no estoy equivocado, Vosio fue el primero a quien se le ocurrió hacer ese paralelo. Huet, obispo de Abranche, también lo hizo, y añadió en su demostración evangélica que Moisés no sólo es Baco, sino también Osiris y Tifón. Colocado ya en esa pendiente, se desliza tanto por ella, que para él Moisés es también Esculapio, Anfión, Apolo, Adonis y hasta Príapo. Es sumamente gracioso que Huet, para probar que Moisés es Adonis, se funde en que uno y otro guardaron corderos. Prueba que es Príapo diciendo que algunas veces pintaban a Príapo con un asno y que los gentiles creyeron que los judíos adoraban a un jumento. Además alega otra prueba, que no tiene nada de canónica, y es la siguiente: que la vara de Moisés podía compararse con el cetro de Príapo. Como ven los lectores, estas demostraciones no son como la de Euclides.

No nos ocuparemos en este artículo de otros Bacos menos antiguos, como por ejemplo, el que precedió doscientos años a la guerra de Troya y los griegos festejaron por suponerle hijo de Júpiter, que estaba encerrado en una pierna de éste. Nos limitaremos a ocuparnos del que supusieron nacido en los confines de Egipto, por haber realizado muchísimos prodigios. El respeto que profesamos a los libros sagrados judíos no nos permite dudar que los egipcios, los árabes y después los griegos hayan querido imitar la historia de Moisés; la dificultad consiste únicamente en averiguar cómo pudieron saber esta historia incontestable.

Respecto a los egipcios, no es posible que se hayan ocupado en escribir los milagros de Moisés, que les hubieran avergonzado. Si se hubieran ocupado de ellos, lo hubieran copiado Josefo y Filón. Josefo, en su respuesta a Apión, se cree obligado a citar a todos los autores de Egipto que mencionaron a Moisés, y no encuentra ninguno de ellos que refiera un solo milagro de aquél. No pueden ser, pues, los egipcios los que dieron pie para establecer el paralelo escandaloso entre el divino Moisés y el profano Baco.

Es evidente que si un solo autor egipcio hubiera referido alguno de los milagros de Moisés, la Sinagoga de Alejandría y la Iglesia disputadora de dicha ciudad célebre hubieran citado al autor judío y al milagro referido. Atenágoras, Clemente y Orígenes, que tantas cosas inútiles dicen, habrían referido mil veces ese pasaje temerario, que hubiera sido el mejor argumento para los Padres de la Iglesia. Todos callaron sobre este punto; luego nada sabían y nada podían decir. Pero ¿cómo se pudo conseguir que ningún egipcio refiriera las hazañas de un hombre que mandó matar a los primogénitos de todas las familias de Egipto, que ensangrentó el Nilo, que ahogó en el mar al rey y a todo su ejército, etc. etc.?

Los historiadores franceses confiesan unánimemente que el sicambro Clodovico subyugó las Galias con un puñado de bárbaros. Los historiadores ingleses confiesan también que los sajones, los dinamarqueses y los normandos, sucesivamente, consiguieron exterminar parte de su nación. Si unos y otros no lo hubieran confesado, Europa entera lo diría a voces. El universo entero debió publicar lo mismo los espantosos prodigios de Moisés, de Josué, de Gedeón, de Sansón y de otros muchos profetas, y sin embargo, el universo entero se calló sobre todo esto. Por una parte, es indudable que son verdaderos esos antiguos acontecimientos, porque los refiere la Sagrada Escritura, que merece la aprobación de la Iglesia, y por otra parte, es indudable que ningún pueblo se ocupó de los referidos sucesos. Adoremos a la Providencia y sometámonos a sus designios.

 

Los árabes, enamorados siempre de lo maravilloso, serían probablemente los autores de las fábulas que sobre Baco se inventaron y luego los griegos copiaron y embellecieron. Pero ¿cómo los árabes y los griegos tenían que copiarlas de los judíos? Sabemos que los hebreos no comunicaron sus libros a nadie hasta la época de los Ptolomeos; consideraban esa comunicación como un sacrilegio, y el mismo Josefo, para justificar la terquedad de los judíos en ocultar el Pentateuco al resto del mundo, dice que Dios había castigado a todos los extranjeros que se atrevieron a referir las historias judías. De este modo Flavio Josefo defiende a los judíos de que ocultaran tanto tiempo sus libros sagrados. Esos libros eran tan raros, que sólo encontró un ejemplar de ellos en la época del rey Josías, y aun este ejemplar estaba olvidado hacía mucho tiempo en el fondo de un cofre, como ya dijimos en otra ocasión.

Esa aventura sucedió, según dice el libro IV de los Reyes, 624 años antes de la era vulgar, 400 años después de Homero y en los tiempos más florecientes de la Grecia. Los griegos ignoraban entonces que había hebreos en el mundo. La cautividad de los judíos en Babilonia aumentó todavía la ignorancia de sus propios libros, y fue preciso que Esdras los restaurara al cabo de setenta años, cuando hacía ya más de quinientos que la fábula de Baco corría de boca en boca por toda la Grecia.

Si los griegos hubiesen copiado sus fábulas de la historia judía, no hubieran ignorado esos sucesos tan interesantes para el género humano. Las aventuras de Abraham, las de Noé, Matusalem, Set, Enoc, Caín y las de Eva, fueron desconocidas durante muchísimos años, y los griegos sólo tuvieron una vaga noticia del pueblo judío algún tiempo después de la revolución que hizo Alejandro en Asia y en Europa. El historiador Flavio Josefo terminantemente así lo afirma. Al contestar a Apión (que había muerto cuando él publicó la contestación, porque Apión murió durante el imperio de Claudio, y Josefo escribió en la época de Vespasiano), dice: «Como vivimos lejos del mar, no nos dedicamos al comercio y no tenemos trato con las demás naciones. Nos concretamos a cultivar nuestras tierras, que son muy fértiles, y sobre todo a educar a nuestros hijos, porque creemos indispensable enseñarles nuestras santas leyes e inspirarles el deseo de cumplirlas. Estas razones, agregadas a cuanto dije y a nuestro modo particular de vivir, demuestran que en los siglos pasados no tuvimos nunca comunicación con los griegos, como la tuvieron los egipcios y los fenicios.»

Después de la auténtica afirmación del escritor judío, defensor acérrimo del honor de su patria, es imposible creer que los antiguos griegos tomaran la fábula de Baco de los libros sagrados de los hebreos ni de ninguna otra. ¿En qué consiste, pues, que los griegos tuvieran como fábulas lo que los hebreos consideraban como historia? ¿Sucedería esto porque estaban dotados del don de invención, por tener facilidad para inventar, o porque los grandes ingenios coinciden en el pensamiento? No lo sabemos; Dios lo permitió, y esto debe bastarnos. ¿Qué importa que los árabes y los griegos refieran los mismos hechos que los judíos? Debemos leer el Antiguo Testamento para prepararnos a leer el Nuevo, y en uno y otro sólo debemos buscar lecciones de beneficencia, de moderación, de indulgencia, de verdadera caridad.

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