ARISTÓTELES (1)
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VI
De su retórica
Probablemente Cicerón y Quintiliano tuvieron siempre a la vista la
Retórica y la Poética de Aristóteles. Cicerón,
en su libro titulado El orador, dice: «Nadie tuvo su ciencia, ni su sagacidad, ni su invención, ni su criterio.»
Quintiliano no sólo elogia la extensión de sus conocimientos, sino la suavidad de su elocución. Aristóteles dice que el orador debe estar enterado de las leyes, de la hacienda, de los tratados, de las plazas de guerra, de las guarniciones, de los víveres y de las mercancías. Los oradores del Parlamento de Inglaterra, de las
Dietas de Polonia y de los Estados de Suecia no considerarán inútiles estas lecciones de Aristóteles, pero quizás lo
sean para otras
naciones. Desea también que el orador conozca las pasiones
humanas, las costumbres y las debilidades de cada clase social. No creo que se le haya escapado ni una sola delicadeza
del arte. Recomienda, sobre todo, que se presenten ejemplos al ocuparse de los asuntos públicos;
nada produce tan gran
efecto en el espíritu humano. Se comprende, por lo que dice sobre esta materia, que escribió su
Retórica mucho tiempo antes que Alejandro fuera nombrado
general de la Grecia, en oposición al gran rey. «Si alguno
―dice― tuviera que probar
a los griegos que les interesa oponerse
a las empresas del rey de Persia e impedir que se convierta en dueño de Egipto, debía recordarles que Darío Ochus
no quiso atacar a Grecia hasta después que se apoderó de Egipto, y haría notar que Jerjes observó la misma conducta. No consintáis,
pues, que se apodere de Egipto.» Aristóteles permite en los discursos que se pronuncian en las grandes asambleas que se valgan los oradores de parábolas y
fábulas, que causan gran efecto a la muchedumbre, y refiere tres muy ingeniosas, tomadas de la más remota antigüedad,
como la del caballo que imploró la ayuda del hombre para vengarse del ciervo y se convirtió en esclavo por
haber querido
buscar un protector. Debe notarse que en el libro II, en el que Aristóteles trata de los argumentos insignificantes, refiere un ejemplo
que demuestra la opinión que tenía Grecia, y probablemente Asia, respecto a la extensión del poder de los dioses. «Si es verdad
―dice― que ni los mismos dioses pueden saberlo
todo por sabios que sean, con más razón puede decirse esto de los hombres.» Este pasaje demuestra evidentemente que entonces no se atribuía la omnisciencia
a la Divinidad.
No se concebía que los dioses pudieran saber lo que no existe; y como el porvenir no existe todavía, les parecía imposible
que lo conocieran. Esta es la opinión de los socinianos. Pero volvamos a ocuparnos de la
Retórica de Aristóteles. Lo más
sobresaliente en el capítulo que titula «De la locución y de la
dicción», es el buen sentido que manifiesta criticando a los que
pretenden ser poetas en prosa. Le gusta el estilo patético, pero condena
el estilo hinchado y proscribe los epítetos inútiles. En efecto,
Demóstenes y Cicerón, que siguieron tales preceptos, no mostraron jamás
estilo poético en sus discursos. «El estilo ―dice Aristóteles― debe estar siempre en armonía con el asunto.» Es impertinente hablar de física poéticamente y prodigar los tropos y las figuras retóricas en los asuntos que sólo
requieren método, claridad y verdad. Proceder de ese modo es querer ser un charlatán para conseguir que se apruebe el
falso sistema, moviendo mucho ruido con las palabras. Este vano aparato engaña a los ignorantes, pero causa desdén
a
los hombres ilustrados. En Francia, las oraciones fúnebres se han apoderado del estilo poético, introduciéndolo en su prosa; pero como ese
género de oratoria está fundado en la exageración, debe permitírsele que tome prestados los adornos de la poesía. Los novelistas se permiten algunas veces esta licencia. Creo que fue La Calprenede el primero que traspasó de
este modo los límites del arte, abusando de su facilidad. Con mucho gusto perdonamos esta licencia al autor del
Telémaco, que quiso imitar a Hornero, no sabiendo escribir versos, en obsequio de la sana moral que contiene ese
libro, materia en la que sobrepuja infinitamente a Homero. Pero lo que le dio mayor celebridad fue sin duda la
crítica del orgullo de Luis XIV y del carácter áspero de Louvois, que se creyó retratado en el
Telémaco.
VII
Poética
No se encuentra en las naciones modernas un físico, un geómetra, un metafísico, ni siquiera un moralista
que hable bien de la poesía. Les abruma la reputación de Homero, de Virgilio, de Sófocles, de Ariosto
y
del Tasso y de todos los demás que encantaron el mundo con las producciones armoniosas de su genio. Parece
que no comprendan las bellezas que encierran, o que si las comprenden, desean no
comprenderlas. Es ridículo Pascal cuando dice en la primera parte de sus pensamientos: «Así como se dice «belleza poética», debía decirse también «belleza geométrica» y «belleza medicinal». Sin embargo, no se dice; y la razón consiste
en que sabemos cuál es el objeto de la geometría y cuál es el objeto de la medicina; pero no sabemos en qué consiste
el placer que es el objeto de la poesía. No sabemos qué es ese modelo natural que debemos imitar en ella, y no sabiéndolo, para explicarlo hemos inventado frases caprichosas como éstas: «siglo de oro», «maravillas
de nuestros días», «fatal laurel», «hermoso astro», etc., etc., y
a esa jerigonza se llama «belleza poética.» Compréndese a primera vista que es falso y detestable ese fragmento de Pascal. Sabe todo el mundo que no hay nada
bello en la medicina ni en las propiedades de un triángulo, y que sólo llamamos «bello» lo que causa en nuestra alma
y en nuestros sentidos placer y admiración. Así raciocina Aristóteles, en
contraposición a Pascal, que usa un raciocinio
falso. «Fatal laurel» y «bello astro» no han sido jamás bellezas poéticas; si Pascal quiere saber lo que éstas son,
lea a Malherbe, y sobre todo a Homero, a Virgilio, a Horacio, a Ovidio y
a otros grandes poetas. Nicole escribió contra el teatro, del que no tenía la menor noción; y en esta tarea le secundó Dubois, que era tan
ignorante como él en bellas letras: Montesquieu, en su divertido libro titulado
Cartas persas, se permite la vanidad
de creer que Homero y Virgilio eran niños de teta comparados con el hombre que imitó con talento y con éxito el
Siamés, de Dufreny, y que llenó el libro de cosas atrevidas, sin las que nadie le hubiera leído. «¿Qué son los poetas épicos?
―exclama―. Yo no lo sé; desprecio a los líricos tanto como aprecio a
los trágicos.» No debía despreciar, sin embargo, a Píndaro y a Horacio: Aristóteles no les despreciaba. Descartes escribió para la reina Cristina una especie
de loa en verso, que era detestable. Malebranche no daba más
valor a la belleza de la frase qu'il mourut, de Corneille, que a uno de los versos malos de Jodelle
o de Garnier. Fue un gran hombre Aristóteles, porque sentó las reglas de la tragedia después de haber establecido
las de la dialéctica,
las de la moral y las de la política, destapando cuanto pudo el gran velo que cubría la Naturaleza.
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