ARISTÓTELES (1)
(2) (3)
III
Tratado de Aristóteles sobre los animales
Ese tratado forma una verdadera antítesis con el anterior, y es el mejor libro que nos
queda de la antigüedad, porque Aristóteles, para escribirlo, sólo se sirvió de sus propios
ojos. Alejandro le proporcionó todos los animales raros de Europa,
de África y de Asia. Este fue uno de los frutos de sus conquistas. Para conseguir este objeto gastó sumas
tan enormes, que hoy asustarían a los administradores del tesoro real; pero eso es lo que debe inmortalizar la gloria de
Alejandro.
En nuestros días, un héroe, cuando tiene la desgracia de empeñarse en una guerra, apenas le es posible proteger las
ciencias, tiene que pedir dinero prestado a los judíos, y luego, para satisfacer sus empréstitos, ha de dejar fluir la
sustancia de sus vasallos en el cofre de las Danaides de los usureros, de donde después se escapa por las rendijas.
Alejandro trajo para Aristóteles elefantes, rinocerontes, tigres, leones, cocodrilos, gacelas, águilas y avestruces.
Y
nosotros, cuando por casualidad nos presentan algún animal raro en alguna feria, vamos
a admirarle pagando una corta
cantidad, si no se muere antes de que satisfagamos la curiosidad de verle.
IV
De su metafísica
Siendo para él Dios el primer motor, es el que hace mover el alma. Pero en su opinión,
¿qué es Dios y qué es el alma? El alma es una entelequia. ¿Qué quiere decir entelequia? Aristóteles la define diciendo
que es un principio y un acto, una potencia nutritiva, sensible y razonable. Esto, traducido
a un idioma claro, quiere
decir que tenemos
Ia facultad de alimentarnos, de sentir y de razonar. El cómo y el por qué son muy difíciles de comprender. Los griegos no sabían mejor lo que era una entelequia que nuestros
doctores sabían lo que es el alma.
v
De su moral
La moral de Aristóteles es, como las demás, muy buena, porque no existen dos morales. La de Confucio, de Zaratustra, de Pitágoras, de Aristóteles, de Epicteto y de Marco Antonio son absolutamente las mismas. Dios dotó
a todos los corazones del conocimiento del bien con alguna inclinación hacia el mal. Aristóteles dice que son precisas tres cosas para ser virtuosos: la naturaleza, la razón y el hábito. Esto es una
gran verdad. Sin poseer un buen natural es dificilísimo practicar la virtud; la razón lo fortifica y el hábito
hace que nos sean
familiares las acciones honradas. Enumera todas las virtudes, entre las que coloca la amistad. Distingue la amistad entre los iguales, entre
los parientes, entre los huéspedes y entre los amantes. Las naciones modernas no conocemos la amistad que nace de
los derechos que se adquieren por la hospitalidad. Lo que constituía el sagrado lazo de la sociedad en los tiempos
antiguos, entre nosotros sólo es la cuenta de un fondista. En cuanto a la amistad entre los amantes, debemos decir
que en la actualidad entra pocas veces la virtud en el amor; creemos no deber nada
a la mujer a la que mil veces
se lo hemos prometido todo. Es triste que nuestros primeros doctores no hayan puesto casi nunca la amistad en la categoría de las virtudes y ni
siquiera la hayan recomendado. Por el contrario, parece que traten de inspirar muchas veces la enemistad; se parecen
a
los tiranos en que temen a las asociaciones. También tiene razón Aristóteles al colocar todas las virtudes entre los extremos opuestos; quizás fue el primero que
les asignó ese sitio. Dice expresamente que la piedad es el término medio entre el ateísmo y la superstición.
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