ARISTÓTELES (1)
(2)
(3)

No debe creerse que el preceptor de Alejandro, que escogió Filipo,
fuera un pedante y un espíritu equivocado. Indudablemente Filipo era un buen juez,
poseía instrucción poco común y rivalizaba en elocuencia con Demóstenes.
I
De su lógica
La lógica de Aristóteles, su arte de raciocinar, es tanto más apreciable
cuanto que tenía que luchar con los griegos, que se ejercitaban continuamente en esgrimir
argumentos capciosos, de cuyo defecto no estuvo libre su maestro Platón.
Véase, por ejemplo, el argumento que emplea Platón para probar la inmortalidad del alma:
«¿La muerte no es lo contrario de la vida? Sí. ¿No nacen la una de la otra? Sí. ¿Qué nace,
pues, de lo vivo? Lo muerto. ¿Y qué nace de lo muerto? Lo vivo. De los muertos, pues, nacen
todas las cosas vivas; por consecuencia, las almas existen en los infiernos después de la muerte.»
Sería preciso tener reglas seguras para desenredar ese espantoso galimatías,
con el que la reputación de Platón fascinaba los espíritus. Sería necesario demostrar que Platón
daba sentido ambiguo a todas esas palabras. El muerto no nace del
vivo; pero el hombre vivo cesa de tener vida. El vivo no nace del muerto, sino que ha nacido de un hombre que tuvo
vida y que murió después; por consecuencia, la conclusión de Platón de que todas las cosas vivas
nacen de
los muertos es ridícula. De esa conclusión saca otra que no se contiene en las premisas, y es
la siguiente: «Luego las almas están en los infiernos después de la muerte.»
Para deducir
esto es necesario haber probado antes que los cuerpos muertos están en los infiernos y que el
alma acompaña
a los cuerpos muertos. En el argumento de Platón no se encuentra una sola palabra que sea exacta.
Era preciso haber dicho: «Lo que pienso no tiene partes; lo que no tiene partes es indestructible;
luego lo que piensa en nosotros, no teniendo partes, es indestructible.» O lo que es lo mismo: «El
cuerpo muere, porque es divisible; el alma es indivisible; luego ella no muere.» Si Platón hubiera
hablado de ese modo, le hubiéramos comprendido.
De este modo razonaba Platón y de esta índole eran los
argumentos capciosos de los griegos. Un maestro enseña retórica a su discípulo con la condición de que le pagará en cuanto gane la primera causa que
defienda. El discípulo piensa no pagarle nunca, forma proceso a su maestro y le dice: «Nunca os deberé
nada, porque si pierdo la primera causa que defienda, sólo debo pagaros si la gano; y si la gano, mi
demanda la intentaré para no pagaros.» El maestro, retorciendo el argumento, dice: «Si perdéis, pagad;
si ganáis, pagad; porque nuestro trato consiste en que me pagaréis después de haber ganado la primera causa.»
Es evidente que esa argumentación está fundada en un
equívoco. Aristóteles enseña a evitarlo poniendo en el argumento los términos necesarios. Sólo se debe
pagar el día del vencimiento del plazo; el plazo aquí es ganar una causa; la causa no se ha ganado todavía;
luego no ha llegado aún el vencimiento; luego el discípulo no debe nada aún.
Pero «aún» no significa nunca; luego el discípulo quería entablar un proceso ridículo. El maestro no tenía
derecho a exigir nada, por no haber llegado el plazo del vencimiento, y tenía que esperar que el discípulo
defendiese otro proceso.
Si un pueblo vencedor estipulara con el pueblo vencido que sólo le
devolvería
la mitad de sus buques, y los partiera todos por la mitad y le restituyera la mitad justa, creyendo cumplir
de este modo el tratado, hubiera usado con el pueblo vencido un equívoco
criminal.
Aristóteles, sentando las reglas de su lógica, prestó un gran servicio al espíritu humano, enseñándole
a evitar los
equívocos, que son los que producen las equivocaciones en filosofía, en teología
y en los negocios. La desgraciada guerra de 1756 tuvo por pretexto un equívoco sobre la Acadia.
Verdad es que el buen sentido natural y la costumbre de raciocinar sobrepujan
a las reglas de Aristóteles. El hombre
que está dotado de buen oído y de buena voz puede cantar bien sin saber las reglas de la música; pero siempre
es preferible saberlas.
II
De su física
Hoy no la entendemos, pero es más que probable que Aristóteles la entendiera y que en su época le entendieran
también. El griego es una lengua extraña para nosotros, y no se aplican hoy las mismas palabras
a las mismas ideas.
Por ejemplo: cuando dice en el capítulo VII que los principios de los cuerpos son la «materia», la «privación»
y la «forma», parece que diga un disparate, pera no lo dice. La materia, en su opinión, es el primer principio de todo, el
objeto de todo y es indiferente a todo. Le es esencial la forma para convertirse en algo. La privación
es la que distingue un ser de todas las demás cosas que no son él. A la materia le es indiferente convertirse en
rosa o en peral; pera cuando se convierte en peral o en rosa, se queda privada de todo lo que pudiera convertirla en
plata o en plomo. Esa verdad casi no vale la pena de enunciarse; pero en fin, en Aristóteles todo es inteligible y
nada es impertinente. «El acto de lo que está en potencia» parece una frase
ridícula, y sin embargo, no lo es. La materia puede distinguirse en todo lo que se quiera: en fuego, en tierra,
en agua, en vapor, en metal, en mineral, en animal, en árbol o en flor; eso es lo que significa la expresión «acto
de potencia». Por lo tanto, no era ridículo entre los griegos decir que el movimiento era un acto de potencia,
porque la materia puede estar inmóvil, y es probable que por eso creyera Aristóteles que el movimiento
no es esencial
a la materia. Aristóteles debió necesariamente conocer mal la física en detalle, que es lo
que les sucedió a todos los filósofos, hasta
que llegó la época en que Galileo, Torricelli, Guericke, Drebelio, Boyle y otros empezaron
a hacer experimentos.
La física es una mina a la que sólo se puede descender con la ayuda de las máquinas que los
antiguos no conocieron.
Permanecieron inclinados al borde del abismo, haciendo cálculos sobre lo que podría encerrar en su fondo, pero no consiguieron verle.
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