ARISTÓTELES

No debe creerse que el preceptor de Alejandro, que escogió Filipo,
fuera un pedante y un espíritu equivocado. Indudablemente Filipo era un buen juez,
poseía instrucción poco común y rivalizaba en elocuencia con Demóstenes.
ARISTÓTELES I - De su lógica
La lógica de Aristóteles, su arte de raciocinar, es tanto más apreciable
cuanto que tenía que luchar con los griegos, que se ejercitaban continuamente en esgrimir
argumentos capciosos, de cuyo defecto no estuvo libre su maestro Platón.
Véase, por ejemplo, el argumento que emplea Platón para probar la inmortalidad del alma:
«¿La muerte no es lo contrario de la vida? Sí. ¿No nacen la una de la otra? Sí. ¿Qué nace,
pues, de lo vivo? Lo muerto. ¿Y qué nace de lo muerto? Lo vivo. De los muertos, pues, nacen
todas las cosas vivas; por consecuencia, las almas existen en los infiernos después de la muerte.»
Sería preciso tener reglas seguras para desenredar ese espantoso galimatías,
con el que la reputación de Platón fascinaba los espíritus. Sería necesario demostrar que Platón
daba sentido ambiguo a todas esas palabras. El muerto no nace del
vivo; pero el hombre vivo cesa de tener vida. El vivo no nace del muerto, sino que ha nacido de un hombre que tuvo
vida y que murió después; por consecuencia, la conclusión de Platón de que todas las cosas vivas
nacen de
los muertos es ridícula. De esa conclusión saca otra que no se contiene en las premisas, y es
la siguiente: «Luego las almas están en los infiernos después de la muerte.»
Para deducir
esto es necesario haber probado antes que los cuerpos muertos están en los infiernos y que el
alma acompaña
a los cuerpos muertos. En el argumento de Platón no se encuentra una sola palabra que sea exacta.
Era preciso haber dicho: «Lo que pienso no tiene partes; lo que no tiene partes es indestructible;
luego lo que piensa en nosotros, no teniendo partes, es indestructible.» O lo que es lo mismo: «El
cuerpo muere, porque es divisible; el alma es indivisible; luego ella no muere.» Si Platón hubiera
hablado de ese modo, le hubiéramos comprendido.
De este modo razonaba Platón y de esta índole eran los
argumentos capciosos de los griegos. Un maestro enseña retórica a su discípulo con la condición de que le pagará en cuanto gane la primera causa que
defienda. El discípulo piensa no pagarle nunca, forma proceso a su maestro y le dice: «Nunca os deberé
nada, porque si pierdo la primera causa que defienda, sólo debo pagaros si la gano; y si la gano, mi
demanda la intentaré para no pagaros.» El maestro, retorciendo el argumento, dice: «Si perdéis, pagad;
si ganáis, pagad; porque nuestro trato consiste en que me pagaréis después de haber ganado la primera causa.»
Es evidente que esa argumentación está fundada en un
equívoco. Aristóteles enseña a evitarlo poniendo en el argumento los términos necesarios. Sólo se debe
pagar el día del vencimiento del plazo; el plazo aquí es ganar una causa; la causa no se ha ganado todavía;
luego no ha llegado aún el vencimiento; luego el discípulo no debe nada aún.
Pero «aún» no significa nunca; luego el discípulo quería entablar un proceso ridículo. El maestro no tenía
derecho a exigir nada, por no haber llegado el plazo del vencimiento, y tenía que esperar que el discípulo
defendiese otro proceso.
Si un pueblo vencedor estipulara con el pueblo vencido que sólo le
devolvería
la mitad de sus buques, y los partiera todos por la mitad y le restituyera la mitad justa, creyendo cumplir
de este modo el tratado, hubiera usado con el pueblo vencido un equívoco
criminal.
Aristóteles, sentando las reglas de su lógica, prestó un gran servicio al espíritu humano, enseñándole
a evitar los
equívocos, que son los que producen las equivocaciones en filosofía, en teología
y en los negocios. La desgraciada guerra de 1756 tuvo por pretexto un equívoco sobre la Acadia.
Verdad es que el buen sentido natural y la costumbre de raciocinar sobrepujan
a las reglas de Aristóteles. El hombre
que está dotado de buen oído y de buena voz puede cantar bien sin saber las reglas de la música; pero siempre
es preferible saberlas.
ARISTÓTELES II - De su física
Hoy no la entendemos, pero es más que probable que
Aristóteles la entendiera y que en su época le entendieran
también. El griego es una lengua extraña para nosotros, y no se aplican hoy las mismas palabras
a las mismas ideas.
Por ejemplo: cuando dice en el capítulo VII que los principios de los cuerpos son la «materia», la «privación»
y la «forma», parece que diga un disparate, pera no lo dice. La materia, en su opinión, es el primer principio de todo, el
objeto de todo y es indiferente a todo. Le es esencial la forma para convertirse en algo. La privación
es la que distingue un ser de todas las demás cosas que no son él. A la materia le es indiferente convertirse en
rosa o en peral; pera cuando se convierte en peral o en rosa, se queda privada de todo lo que pudiera convertirla en
plata o en plomo. Esa verdad casi no vale la pena de enunciarse; pero en fin, en
Aristóteles todo es inteligible y
nada es impertinente. «El acto de lo que está en potencia» parece una frase
ridícula, y sin embargo, no lo es. La materia puede distinguirse en todo lo que se quiera: en fuego, en tierra,
en agua, en vapor, en metal, en mineral, en animal, en árbol o en flor; eso es lo que significa la expresión «acto
de potencia». Por lo tanto, no era ridículo entre los griegos decir que el movimiento era un acto de potencia,
porque la materia puede estar inmóvil, y es probable que por eso creyera
Aristóteles que el movimiento
no es esencial
a la materia. Aristóteles debió necesariamente conocer mal la física en detalle, que es lo
que les sucedió a todos los filósofos, hasta
que llegó la época en que Galileo, Torricelli, Guericke, Drebelio, Boyle y otros empezaron
a hacer experimentos.
La física es una mina a la que sólo se puede descender con la ayuda de las máquinas que los
antiguos no conocieron.
Permanecieron inclinados al borde del abismo, haciendo cálculos sobre lo que podría encerrar en su fondo, pero no consiguieron verle.
ARISTÓTELES III - Tratado de Aristóteles sobre los animales
Ese tratado forma una verdadera antítesis con el anterior, y es el mejor libro que nos
queda de la antigüedad, porque Aristóteles, para escribirlo, sólo se sirvió de sus propios
ojos. Alejandro le proporcionó todos los animales raros de Europa,
de África y de Asia. Este fue uno de los frutos de sus conquistas. Para conseguir este objeto gastó sumas
tan enormes, que hoy asustarían a los administradores del tesoro real; pero eso es lo que debe inmortalizar la gloria de
Alejandro.
En nuestros días, un héroe, cuando tiene la desgracia de empeñarse en una guerra, apenas le es posible proteger las
ciencias, tiene que pedir dinero prestado a los judíos, y luego, para satisfacer sus empréstitos, ha de dejar fluir la
sustancia de sus vasallos en el cofre de las Danaides de los usureros, de donde después se escapa por las rendijas.
Alejandro trajo para Aristóteles elefantes, rinocerontes, tigres, leones, cocodrilos, gacelas, águilas y avestruces.
Y
nosotros, cuando por casualidad nos presentan algún animal raro en alguna feria, vamos
a admirarle pagando una corta
cantidad, si no se muere antes de que satisfagamos la curiosidad de verle.
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ARISTÓTELES IV - De su metafísica
Siendo para él Dios el primer motor, es el que hace mover el alma. Pero en su opinión,
¿qué es Dios y qué es el alma? El alma es una entelequia. ¿Qué quiere decir entelequia?
Aristóteles la define diciendo
que es un principio y un acto, una potencia nutritiva, sensible y razonable. Esto, traducido
a un idioma claro, quiere
decir que tenemos Ia facultad de alimentarnos, de sentir y de razonar. El cómo y el por qué son muy difíciles de comprender. Los griegos no sabían mejor lo que era una entelequia que nuestros
doctores sabían lo que es el alma.
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ARISTÓTELES v - De su moral
La moral de Aristóteles es, como las demás, muy buena, porque no existen dos morales. La de Confucio, de Zaratustra, de Pitágoras, de
Aristóteles, de Epicteto y de Marco Antonio son absolutamente las mismas. Dios dotó
a todos los corazones del conocimiento del bien con alguna inclinación hacia el mal.
Aristóteles dice que son precisas tres cosas para ser virtuosos: la naturaleza, la razón y el hábito. Esto es una
gran verdad. Sin poseer un buen natural es dificilísimo practicar la virtud; la razón lo fortifica y el hábito
hace que nos sean
familiares las acciones honradas. Enumera todas las virtudes, entre las que coloca la amistad. Distingue la amistad entre los iguales, entre
los parientes, entre los huéspedes y entre los amantes. Las naciones modernas no conocemos la amistad que nace de
los derechos que se adquieren por la hospitalidad. Lo que constituía el sagrado lazo de la sociedad en los tiempos
antiguos, entre nosotros sólo es la cuenta de un fondista. En cuanto a la amistad entre los amantes, debemos decir
que en la actualidad entra pocas veces la virtud en el amor; creemos no deber nada
a la mujer a la que mil veces
se lo hemos prometido todo. Es triste que nuestros primeros doctores no hayan puesto casi nunca la amistad en la categoría de las virtudes y ni
siquiera la hayan recomendado. Por el contrario, parece que traten de inspirar muchas veces la enemistad; se parecen
a
los tiranos en que temen a las asociaciones. También tiene razón
Aristóteles al colocar todas las virtudes entre los extremos opuestos; quizás fue el primero que
les asignó ese sitio. Dice expresamente que la piedad es el término medio entre el ateísmo y la superstición.
ARISTÓTELES VI - De su retórica
Probablemente Cicerón y Quintiliano tuvieron siempre a la vista la
Retórica y la Poética de Aristóteles. Cicerón,
en su libro titulado El orador, dice: «Nadie tuvo su ciencia, ni su sagacidad, ni su invención, ni su criterio.»
Quintiliano no sólo elogia la extensión de sus conocimientos, sino la suavidad de su elocución.
Aristóteles dice que el orador debe estar enterado de las leyes, de la hacienda, de los tratados, de las plazas de guerra, de las guarniciones, de los víveres y de las mercancías. Los oradores del Parlamento de Inglaterra, de las
Dietas de Polonia y de los Estados de Suecia no considerarán inútiles estas lecciones de
Aristóteles, pero quizás lo
sean para otras
naciones. Desea también que el orador conozca las pasiones
humanas, las costumbres y las debilidades de cada clase social. No creo que se le haya escapado ni una sola delicadeza
del arte. Recomienda, sobre todo, que se presenten ejemplos al ocuparse de los asuntos públicos;
nada produce tan gran
efecto en el espíritu humano. Se comprende, por lo que dice sobre esta materia, que escribió su
Retórica mucho tiempo antes que Alejandro fuera nombrado
general de la Grecia, en oposición al gran rey. «Si alguno
―dice― tuviera que probar
a los griegos que les interesa oponerse
a las empresas del rey de Persia e impedir que se convierta en dueño de Egipto, debía recordarles que Darío Ochus
no quiso atacar a Grecia hasta después que se apoderó de Egipto, y haría notar que Jerjes observó la misma conducta. No consintáis,
pues, que se apodere de Egipto.» Aristóteles permite en los discursos que se pronuncian en las grandes asambleas que se valgan los oradores de parábolas y
fábulas, que causan gran efecto a la muchedumbre, y refiere tres muy ingeniosas, tomadas de la más remota antigüedad,
como la del caballo que imploró la ayuda del hombre para vengarse del ciervo y se convirtió en esclavo por
haber querido
buscar un protector. Debe notarse que en el libro II, en el que
Aristóteles trata de los argumentos insignificantes, refiere un ejemplo
que demuestra la opinión que tenía Grecia, y probablemente Asia, respecto a la extensión del poder de los dioses. «Si es verdad
―dice― que ni los mismos dioses pueden saberlo
todo por sabios que sean, con más razón puede decirse esto de los hombres.» Este pasaje demuestra evidentemente que entonces no se atribuía la omnisciencia
a la Divinidad.
No se concebía que los dioses pudieran saber lo que no existe; y como el porvenir no existe todavía, les parecía imposible
que lo conocieran. Esta es la opinión de los socinianos. Pero volvamos a ocuparnos de la
Retórica de Aristóteles. Lo más
sobresaliente en el capítulo que titula «De la locución y de la
dicción», es el buen sentido que manifiesta criticando a los que
pretenden ser poetas en prosa. Le gusta el estilo patético, pero condena
el estilo hinchado y proscribe los epítetos inútiles. En efecto,
Demóstenes y Cicerón, que siguieron tales preceptos, no mostraron jamás
estilo poético en sus discursos. «El estilo ―dice
Aristóteles― debe estar siempre en armonía con el asunto.» Es impertinente hablar de física poéticamente y prodigar los tropos y las figuras retóricas en los asuntos que sólo
requieren método, claridad y verdad. Proceder de ese modo es querer ser un charlatán para conseguir que se apruebe el
falso sistema, moviendo mucho ruido con las palabras. Este vano aparato engaña a los ignorantes, pero causa desdén
a
los hombres ilustrados. En Francia, las oraciones fúnebres se han apoderado del estilo poético, introduciéndolo en su prosa; pero como ese
género de oratoria está fundado en la exageración, debe permitírsele que tome prestados los adornos de la poesía. Los novelistas se permiten algunas veces esta licencia. Creo que fue La Calprenede el primero que traspasó de
este modo los límites del arte, abusando de su facilidad. Con mucho gusto perdonamos esta licencia al autor del
Telémaco, que quiso imitar a Hornero, no sabiendo escribir versos, en obsequio de la sana moral que contiene ese
libro, materia en la que sobrepuja infinitamente a Homero. Pero lo que le dio mayor celebridad fue sin duda la
crítica del orgullo de Luis XIV y del carácter áspero de Louvois, que se creyó retratado en el
Telémaco.
ARISTÓTELES VII - Poética
No se encuentra en las naciones modernas un físico, un geómetra, un metafísico, ni siquiera un moralista
que hable bien de la poesía. Les abruma la reputación de Homero, de Virgilio, de Sófocles, de Ariosto
y
del Tasso y de todos los demás que encantaron el mundo con las producciones armoniosas de su genio. Parece
que no comprendan las bellezas que encierran, o que si las comprenden, desean no
comprenderlas. Es ridículo Pascal cuando dice en la primera parte de sus pensamientos: «Así como se dice «belleza poética», debía decirse también «belleza geométrica» y «belleza medicinal». Sin embargo, no se dice; y la razón consiste
en que sabemos cuál es el objeto de la geometría y cuál es el objeto de la medicina; pero no sabemos en qué consiste
el placer que es el objeto de la poesía. No sabemos qué es ese modelo natural que debemos imitar en ella, y no sabiéndolo, para explicarlo hemos inventado frases caprichosas como éstas: «siglo de oro», «maravillas
de nuestros días», «fatal laurel», «hermoso astro», etc., etc., y
a esa jerigonza se llama «belleza poética.» Compréndese a primera vista que es falso y detestable ese fragmento de Pascal. Sabe todo el mundo que no hay nada
bello en la medicina ni en las propiedades de un triángulo, y que sólo llamamos «bello» lo que causa en nuestra alma
y en nuestros sentidos placer y admiración. Así raciocina
Aristóteles, en
contraposición a Pascal, que usa un raciocinio
falso. «Fatal laurel» y «bello astro» no han sido jamás bellezas poéticas; si Pascal quiere saber lo que éstas son,
lea a Malherbe, y sobre todo a Homero, a Virgilio, a Horacio, a Ovidio y
a otros grandes poetas. Nicole escribió contra el teatro, del que no tenía la menor noción; y en esta tarea le secundó Dubois, que era tan
ignorante como él en bellas letras: Montesquieu, en su divertido libro titulado
Cartas persas, se permite la vanidad
de creer que Homero y Virgilio eran niños de teta comparados con el hombre que imitó con talento y con éxito el
Siamés, de Dufreny, y que llenó el libro de cosas atrevidas, sin las que nadie le hubiera leído. «¿Qué son los poetas épicos?
―exclama―. Yo no lo sé; desprecio a los líricos tanto como aprecio a
los trágicos.» No debía despreciar, sin embargo, a Píndaro y a Horacio:
Aristóteles no les despreciaba. Descartes escribió para la reina Cristina una especie
de loa en verso, que era detestable. Malebranche no daba más
valor a la belleza de la frase qu'il mourut, de Corneille, que a uno de los versos malos de Jodelle
o de Garnier. Fue un gran hombre
Aristóteles, porque sentó las reglas de la tragedia después de haber establecido
las de la dialéctica,
las de la moral y las de la política, destapando cuanto pudo el gran velo que cubría la Naturaleza.
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