ARANDA
Aunque los nombres propios no sean el objeto de nuestros estudios enciclopédicos, hacemos en este artículo una excepción para ocuparnos del conde de Aranda, presidente del Consejo Supremo de España y capitán general de Castilla la Nueva, que
fue el que empezó a cortar las cabezas de la hidra de la Inquisición.
Fue justo que un español librase al mundo de ese monstruo, ya que otro español le hizo nacer. El inventor de la Inquisición
fue un santo, Santo Domingo el Mugriento, que iluminado por el Espíritu Santo y creyendo firmemente que la Iglesia católica, apostólica y romana sólo podían sostenerla los frailes y los verdugos, abrió los cimientos de la Inquisición en el siglo XIII, y sometió
a ella los reyes, los ministros y los magistrados. Pero acontece algunas veces en el mundo que un grande hombre es superior
a un santo en materias puramente civiles y que conciernen directamente a la majestad de las coronas,
a la dignidad del consejo de los reyes, a los derechos de la magistratura y
a la seguridad de los ciudadanos.
La conciencia, el fuero interno (como la llama la Universidad de Salamanca), es de otra índole; nada tiene que ver con las leyes del Estado. Los inquisidores y los teólogos deben rezar
a Dios por la salvación de los pueblos; pero los ministros y los magistrados deben cuidar del bienestar y de la justicia en la tierra.
A principios del año 1770, el auditor de guerra arrestó
a un soldado por haber cometido el delito de bigamia, y el Santo Oficio se empeñó con el monarca para que le entregase ese soldado, alegando el motivo de que
a él le correspondía juzgar al reo. Pero el rey de España decidió que ese proceso debía fallarlo el tribunal que presidía el capitán general, conde de Aranda, por medio de un decreto solemne que publicó en 5 de
febrero del mismo año. Ese decreto dice que el muy reverendo arzobispo de Farsalia, ciudad perteneciente
a los turcos, e inquisidor general de España, debe observar las leyes del reino, respetar las jurisdicciones reales y no extralimitarse ni inmiscuirse en encarcelar
a los vasallos del rey.
Todo no se puede hacer a un tiempo. Hércules no pudo limpiar en un día las cuadras del rey Augiss. Las cuadras de España estaban llenas de hediondas inmundicias hacía más de quinientos años, y era una lástima ver que sus caballos, tan valientes, tan hermosos y tan ligeros, sólo tenían por palafreneros frailes que les estropeaban la boca con una ruin mordaza, obligándolos
a revolcarse en el fango. El conde de Aranda, que era excelente picador, empezó
a poner la caballería española bajo otro pie, y consiguió poco a poco que en sus caballerizas se introdujera la mayor limpieza.
Ésta sería la ocasión de decir algo sobre los primeros y más hermosos días de la Inquisición, ya que es costumbre de los diccionarios, cuando se ocupan de la muerte de alguien, hacer mención de su nacimiento y de sus dignidades; pero todo esto lo detallaremos en otro artículo que titularemos
inquisición, publicando también allí la curiosa patente que le dio Santo Domingo. En este sitio sólo diremos que el conde de Aranda se hizo digno de la gratitud europea, por haber cortado las garras y haber limado los dientes del monstruo. Bendigamos al conde de Aranda.
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