ALEJANDRO
Los historiadores sólo se deben ocupar hoy de Alejandro
para decir algo nuevo de él, para destruir las fábulas históricas, físicas
y morales que desfiguran la historia del único grande hombre que hubo entre
los conquistadores de Asia.
Cuando se reflexiona sobre lo que hizo Alejandro, el cual, en la edad fogosa
de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas,
fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron;
cuando se reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio
del mundo, nos sorprende y nos extraña que Boileau le trate de loco,
de ladrón de carretera, y proponga al superintendente de policía La Reynié
unas veces que le encierre en una cárcel, y otras que mande que le ahorquen.
Semejante petición, si se presentara en el tribunal del palacio de policía,
no debía admitirse, porque se oponen a su admisión el derecho consuetudinario
de París y el derecho de gentes. Alejandro estaba «exceptuado»,
porque fue elegido en Corinto capitán general de la Grecia, y por su cargo debía
vengar a la patria de las invasiones de los persas,
y cumplió con su deber destruyendo ese Imperio. Y uniendo siempre a la magnanimidad el más
extraordinario valor, respetando a la mujer y a las hijas de Darío,
prisioneras suyas, no mereció de ningún modo ser encarcelado ni condenado
a muerte, y si lo fuese tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo
entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.
Rollín afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro por
favorecer a los judíos, enemigos de los troyanos. A pesar de esto que dice
Rollín, es probable que Alejandro tuviera otras razones, entre ellas
la de convenir a un capitán prudente no dejar que Tiro fuera dueña del
mar mientras él se dirigía a atacar Egipto.
No cabe duda que Alejandro respetaba Jerusalén; pero paréceme
que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un ejemplo raro de fidelidad, digno del
único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios, negándose a entregar víveres
a Alejandro, porque habían
jurado ser fieles a Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos
en muchas ocasiones, porque, según su ley,
no debían servir a ningún rey profano.
Si se negaron imprudentemente a pagar contribuciones
a su vencedor,
no se negaron por ser fieles a Darío, sino porque su ley les ordenaba
expresamente que miraran con horror a las naciones idólatras.
En sus libros las execran continuamente, y constan en ellos
las reiteradas tentativas que hicieron para sacudir su yugo.
Si al principio se negaban a pagar las contribuciones, fue
porque sus rivales, los samaritanos, las pagaron sin dificultad,
y porque creyeron que Darío, hasta siendo vencido, era todavía
bastante poderoso para sostener a Jerusalén contra Samaria.
También es falso que los judíos fueran entonces «el único
pueblo
que reconoció al verdadero Dios», como dice Rollín. Los samaritanos
adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco
que los judíos y con los mismos caracteres hebraicos, esto es,
tirios, que los judíos habían perdido. El cisma que se promovió
entre Samaria y Jerusalén fue, en pequeña escala, lo mismo que
el cisma promovido entre los griegos y los latinos. El odio fue
igual por entrambas partes, suscitado por el mismo fondo de religión.
Alejandro, en cuanto se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique,
que hoy todavía causa la admiración de los inteligentes, fue a castigar
a Jerusalén, que estaba cerca del camino que pensaba seguir.
Los judíos, llevando al frente su sumo sacerdote, se presentaron
a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma, porque es sabido que el dinero
apacigua a los conquistadores irritados. Alejandro se apaciguó,
y los judíos continuaron siendo vasallos suyos y de sus sucesores. Esta
es la historia verdadera y verosímil.
Rollín repite un extraño cuento, tomándolo del exagerado historiador
Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de
la expedición de Alejandro. Pero éste merece perdón, porque trata
en todas las ocasiones de defender a su desgraciada patria. Rollín
dice después de Josefo que cuando el sumo sacerdote Jaddus se prosternó
ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová grabado en una lámina
de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como entendía perfectamente el
hebreo, se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus. Como este exceso de cortesía asombró
a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a Jaddus hacía mucho
tiempo; que se le apareció diez años atrás con el mismo traje y
con el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista
del Asia (conquista en la que no pensaba entonces); que el mismo
Jaddus le excitó a pasar el Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le haría vencer
a los persas. Ese
cuento de vieja estaría en su sitio en la historia de Los cuatro hijos
de Aymón y en la de Roberto el Diablo, pero es indigno de figurar en la vida de Alejandro.
Sería muy útil para la juventud publicar una Historia
antigua bien razonada, de la que se extirpasen cuentos y absurdos. La fábula
de Jaddus merecería respeto si a lo menos se encontrara
en los libros sagrados; pero como ni siquiera la mencionan, nos es
lícito ponerla en el ridículo que
se merece.
No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de
las Indias que está más acá del Ganges, y que era tributaria de los persas.
Mr. Holwell, que vivió treinta años entre los brahmanes de Benarés, que aprendió
su lengua moderna y su antigua lengua sagrada, nos asegura que en los anales de
aquéllos está probada la invasión de Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kounha,
gran bandido, gran asesino. Esos pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo,
y es creíble que pusieran igualmente sobrenombres semejantes a los reyes de Persia.
Sus anales dicen que Alejandro entró en el país por la provincia que se llama hoy Bandahar,
y es probable que tuviese algunas fortalezas en aquella frontera.
Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron Sind. No se
encuentra en la historia de Alejandro ni un solo nombre indio. Los griegos no llamaron
nunca por su propio nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe asiático; lo mismo hicieron
con los egipcios: hubieran creído deshonrar la lengua griega sujetándola a una pronunciación
que les parecía bárbara.
Si Flavio Josefo refirió una fábula ridícula
concerniente a Alejandro y a un pontífice
judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de Josefo, también quiso adornar con
alguna fábula la vida de su héroe. Aumentó todavía lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro aseguran
que Alejandro, al dirigirse a la India, ordenó que le adoraran, no sólo los persas, sino también
los griegos. Pero es preciso saber lo que Alejandro, los persas, los griegos, Quinto Curcio y
Plutarco entendían por la palabra «adorar».
Si entendemos por «adorar» invocar a un hombre como a una divinidad, ofrecerle incienso y sacrificios,
erigirle altares y templos, Alejandro no exigió nada de todo eso. Si pretendió que, siendo el vencedor
y el dueño de los persas, le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en ciertas
ocasiones y que le trataran como a un rey persa, no pretendió nada que no fuera natural y razonable.
Los miembros de los Parlamentos de Francia hablan de rodillas
a los reyes cuando presiden los tribunales
de justicia. El Tercer Estado habla de rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los
vasos de vino al rey de Inglaterra, y de este modo sirven a muchos reyes de Europa en su consagración.
De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de la China y al emperador del Japón. Los consejeros
de la China de orden inferior doblan la rodilla ante los consejeros de orden
superior. Como reverencia al Papa, le besan el pie derecho. Ninguna de
tales ceremonias se consideró nunca como una adoración en el sentido riguroso de la palabra; de modo que todo lo que se ha
dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro está basado en un equívoco.
Sólo Octavio, que tomó por sobrenombre Augusto, mandó realmente que le adoraran, tomando la palabra
en el sentido más estricto. Le erigieron templos y altares, y se conocieron sacerdotes de Augusto; fue
esto un verdadero sacrilegio de adoración.
Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más difíciles de conciliar si no
supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de
los mejores ciudadanos y la suerte de una provincia han dependido con frecuencia de
la buena o la mala digestión de un soberano bien o mal
aconsejado.
Pero ¿cómo es posible conciliar hechos improbables que se refieren de una manera contradictoria? Unos
autores dicen que Calisteno fue sentenciado a muerte y crucificado por orden de
Alejandro, porque
no le quiso reconocer como hijo de Júpiter. A esto debemos objetar que los griegos no usaban el suplicio
de la cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después, de un exceso de gordura. Ateneo asegura
que le encerraron en una jaula de hierro, como un pájaro, y en ella se lo comieron los gusanos. No es
posible deducir la verdad de hechos tan contradictorios.
En la historia de Alejandro se encuentran aventuras que Quinto Curcio supone sucedidas en una ciudad
y
Plutarco en otra, y las dos ciudades distan una de otra quinientas leguas. Alejandro, completamente armado
y solo, asalta
una muralla y entra en una ciudad que estaban sitiando; esta ciudad estaba cerca de Candahar,
si hemos de creer a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, si hemos de creer
a Plutarco.
Cuando Alejandro llega a las costas de Malabar o al Ganges (que dista un punto de otro cerca de novecientas
millas), manda que se apoderen de diez filósofos indios, que los griegos llamaban
gimnosofistas,
y que iban desnudos como los orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante de Visé,
y les asegura con seriedad que ahorcará primero al que las resuelva peor, y así sucesivamente mandará
ahorcar a los otros.
Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió
matar a sus magos si no le adivinaban
uno de los sueños que él había olvidado; y a la del califa de Las mil y una noches, que quería estrangular
a su narradora en cuanto terminara de referirle el cuento. Plutarco es
el que refiere esta tontería, y preciso es respetarla: Plutarco era griego.
Puede colocarse ese cuento al lado del envenenamiento de Alejandro por Aristóteles. Plutarco nos
refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual a su vez lo había oído decir al rey Antígono,
que Aristóteles envió una botella de agua de Nonacris, ciudad de la Arcadia; que esa agua era tan
fría que mataba de repente a los que la bebían; que Antípatra envió dicha agua en un casco de pezuña
de mulo, y por esto llegó fresca a Babilonia; que Alejandro la bebió y que murió al cabo de seis días,
víctima de continua fiebre.
Aunque Plutarco lo dice, duda de la veracidad de esa anécdota.
Lo que resulta probado en la historia de Alejandro es que a la edad de veinticuatro años
conquistó la Persia en tres batallas; que tuvo
tanto genio como valor; que
cambió la faz de Asia, de Grecia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que Boileau no debía
burlarse de él no siendo capaz de realizar tan gigantescas empresas ni en doble número de años.
|