ALEJANDRÍA
Más de veinte ciudades llevan el nombre de Alejandría,
y todas ellas las fundaron Alejandro y sus capitanes, convertidos en otros
tantos reyes. La fundación de estas ciudades son monumentos
superiores a las estatuas que más tarde la esclavitud erigió al poderío. Pero la
única de esas ciudades que llamó la atención de todo el mundo por su grandeza
y sus riquezas fue la que quedó convertida en capital de Egipto. Hoy no es mas
que un montón de ruinas. Se sabe que la mitad de dicha ciudad se reedificó en
otra parte, cerca del mar. La torre del Faro, que fue una de las maravillas del
mundo, ya no existe.
Esta ciudad floreció durante el reinado de los Ptolomeos
y la época de los
romanos. No degeneró mientras la poseyeron los árabes. Los mamelucos y los
turcos, que la conquistaron sucesivamente, no dejaron que decayese; sólo perdió su
importancia cuando el paso del cabo de Buena Esperanza abrió a Europa el camino
de las Indias y se transformó el comercio del mundo, que Alejandro también cambió,
y que había cambiado muchas veces antes de la época de Alejandro.
Lo que hay que notar en los habitantes de Alejandría, durante todas
sus dominaciones, es la industria que poseyeron unida a su actividad,
su afición a los adelantos aplicables al comercio y a todos los trabajos
que le hacen florecer, su espíritu porfiador y pendenciero, su superstición
y su relajación de costumbres. En todo esto no cambiaron nunca.
La ciudad se pobló de egipcios, de griegos y de judíos que,
siendo pobres al principio, se enriquecieron con el comercio.
La opulencia introdujo en Alejandría las bellas artes y la literatura.
Los judíos edificaron un templo magnífico como el que tenían en Bubaste, y
tradujeron sus libros al griego, que se había convertido en la lengua
del país. Los cristianos establecieron grandes escuelas. Reinó allí tan
grande y tan viva animosidad entre los egipcios indígenas, los griegos,
los judíos y los cristianos, que continuamente unos a otros se acusaban ante
el gobernador, y hubo frecuentes y sangrientas sediciones. En una de ellas,
que estalló durante el imperio de Calígula, los judíos, que lo exageran todo,
dicen que el celo que tenían por la religión y por el comercio les costó
perder cincuenta mil hombres, degollados por los alejandrinos.
El cristianismo, que Pantenes, Orígenes y Clemente
habían establecido, y que era admirable por sus buenas costumbres,
degeneró hasta el punto de llegar a convertirse en partido político.
Los cristianos copiaron las costumbres de los egipcios. La codicia de la
ganancia dominó al espíritu religioso, y los habitantes de Alejandría,
enemistados unos con otros, sólo estaban acordes en profesar amor sin límites
al dinero.
Sobre este objeto versa la famosa carta que el emperador Adriano dirigió al
cónsul Servianus, y que transcribe Vopiscus:
«He visitado el Egipto, que tanto me elogiáis, y le conozco perfectamente.
Esa nación es ligera, voluble, pero va a cambiar muy pronto. Los adoradores
de Serapis se hacen cristianos, y los que están al frente de la religión de
Cristo se convierten en devotos de Serapis. Los archirrabinos judíos, los samaritanos, los sacerdotes cristianos,
o son astrólogos,
o adivinos, o alcahuetes. Cuando el patriarca griego va a Egipto, se
apoderan de él unos para que adore a Serapis y otros a Cristo. Son sediciosos,
vanos y pendencieros. La ciudad es comercial, opulenta y muy poblada, y sus habitantes
no están nunca ociosos: unos trabajan en la confección del vidrio,
otros fabrican papel; parece que conocen la
generalidad de los oficios. Ni aun los enfermos dejan de trabajar,
y el oro es un dios al que allí sirven igualmente los cristianos
y los judíos», etc.
Esa carta, que escribió un emperador conocido tanto por su talento
como por su valor, demuestra que en aquella ciudad, lo mismo los
cristianos que los que no lo eran se habían corrompido. Pero las costumbres
de los primeros cristianos no habían degenerado en todas partes.
Aunque experimentaron la desgracia de haberse dividido en diferentes sectas,
que se detestaban las unas a las otras y se acusaban recíprocamente,
los más tenaces contrarios del cristianismo tuvieron que confesar que
en su seno se encontraban las almas más puras y más grandes,
y lo mismo sucede en la actualidad en ciudades más desenfrenadas
y más locas que Alejandría.
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