ALCORÁN O CORÁN (1)
(2)
II
Mahoma, hijo de Abdallah, fue un charlatán audaz y sublime. En el capítulo X dice: «¿Quién más que Dios puede haber
compuesto el Corán?» Como el público decía: «Mahoma forjó ese libro», él replicó: «Probad
a escribir un capítulo cualquiera
que se parezca a los de ese libro; que os ayude quien queráis, y no lo conseguiréis.» En el capítulo XVII exclama: «¡Loor al
que transportó durante la noche a este su servidor desde el sagrado templo de la Meca
hasta Jerusalén!» Fue un magnífico viaje,
pero no tanto
como el que hizo Mahoma aquella noche misma, de planeta en planeta, y las cosas sorprendentes que en ellos vio.
Supone que hizo quinientos años de camino y que cortó la luna en dos. Sus discípulos, que reunieron
solemnemente los versículos
del Corán después de la muerte de su autor, acortaron la duración del viaje al cielo, temiendo que se les
burlaran los filósofos.
Tuvieron demasiada delicadeza, y debieron sujetarse a los comentaristas, que lograron explicar el itinerario del viaje. Los amigos
de Mahoma debían saber por experiencia que lo maravilloso es lo que más halaga al pueblo. Los sabios lo contradicen en secreto,
pero el pueblo los obliga a callar. Al acortar el itinerario del viaje de planeta en planeta, dejaron la referencia de lo
que le sucedió en la luna. No se puede estar en todo.
El Corán es
una rapsodia sin trabazón, orden ni arte. En opinión de los árabes, es
un libro hermosísimo, y aseguran que
está escrito con una pureza y con una elegancia que ningún autor de esa nación ha podido alcanzar después. Es un poema,
o mejor dicho, una especie de prosa rimada, que contiene seis mil versículos. Ningún poeta en el mundo consiguió que su obra
alcanzase tanta fortuna. Se agitó entre los musulmanes la cuestión de averiguar si el
Corán era eterno, o si lo creó Dios para dictárselo a Mahoma. Los doctores decidieron que era eterno;
hicieron bien: lo que es eterno tiene mucho más valor, y siempre
en las cuestiones que atañen al vulgo debe adaptarse lo más increíble.
Los frailes que se desencadenaron contra
Mahoma, diciendo un sinnúmero de tonterías de cosecha propia, opinaron que éste
no sabia escribir. Pero ¿cómo es posible creer que un hombre que fue negociante, poeta, legislador
y soberano no supiera
escribir? Si su libro es malo para nosotros y para nuestra época, era muy bueno para sus contemporáneos, como lo fue
y lo es
todavía su religión. No se puede negar que apartó a toda el Asia del culto de la idolatría, que enseñó la unidad de Dios y
que combatió con energía a los que le atribuyeron asociados para redactar el Corán. En su nación prohibió ejercer la usura
con los extranjeros, y mandó hacer limosnas. En su código religioso impone la oración como de necesidad absoluta, y hace móvil
de todo a la resignación con los decretos del Eterno. Se comprende, pues, que religión tan sencilla y tan sabia, enseñada
por un hombre que alcanzaba la victoria en todas partes, subyugara a una gran parte del mundo. Los musulmanes hicieron
tantos prosélitos con la predicación como con la espada, y convirtieron a su religión
a los indios y hasta a los negros.
Los mismos turcos, que les vencieron, se sometieron luego
al islamismo.
Mahoma conservó en su ley muchas de las prácticas que encontró establecidas en la Arabia,
como la circuncisión,
el ayuno, el viaje a la Meca, que se realizaba cuatro mil años antes de su venida al mundo; las abluciones, que
son necesarias para conservar la salud y la limpieza en un país cálido, en el que el lienzo no se conocía, y
la idea del juicio final, que establecieron los magos y fue copiada por
los árabes. Cuéntase que, como Mahoma anunciara que
los muertos resucitarían desnudos, su mujer Aishca manifestó que esto
le parecía indecente, y él le repuso: «No te sobresaltes por eso, que ese día nadie tendrá gana de reír.» Según el
Corán, un ángel debe pesar en una gran balanza a los hombres y las mujeres. Esta
idea también está tomada de los magos,
lo mismo que la del puente sutil que es preciso pasar luego de la muerte, y su paraíso, en el que los escogidos
musulmanes encontrarán baños, departamentos bien amueblados, camas blandas y huríes de ojos grandes y negros.
Verdad es que el
Corán dice también que todos los placeres de los sentidos, que son necesarios para los que resucitan con ellos,
son insignificantes comparados con el placer de la contemplación del Ser Supremo. Mahoma se manifiesta
tan humilde, que declara en el susodicho libro que él no irá al paraíso por su propio mérito,
sino por la voluntad de Dios. También por la voluntad divina manda que
la quinta parte de los despojos sea siempre para
el Profeta.
Tampoco es verdad que excluyera a las mujeres del paraíso, como se ha dicho. No es creíble que un hombre
tan ladino
quisiera tener en contra suya a esa mitad del género humano que dirige a la otra mitad. Abulfeda refiere que un día,
importunándole una vieja, le preguntó qué se debía hacer para ganarse el paraíso, y él le contestó: «Amiga mía,
en el paraíso no hay viejas.» La pobre mujer rompió a llorar, y el Profeta, para consolarla, añadió: «No hay viejas
en el paraíso, porque al llegar allí se rejuvenecen.» Doctrina tan consoladora se
ve confirmada en el capitulo LIV del Corán.
Mahoma prohibió beber vino porque un día algunos de sus sectarios estaban borrachos cuando se presentaron
a hacer oración. Permitió tener varias mujeres, conformándose en esto con la costumbre tradicional de los Orientales.
Las leyes civiles del
Corán son buenas, su doctrina es admirable en cuanto se conforma con la nuestra; pero
los medios que emplea son horribles; se vale del engaño y del asesinato. El del engaño puede perdonársele,
porque se dice que los árabes tuvieron ciento veinticuatro mil profetas antes que él, y
no tenía nada de particular
para ellos que naciera uno más; además, hay quien dice que es necesario engañar
a los hombres. Pero ¿cómo es posible
justificar al Profeta que nos dice: «Cree que yo he hablado con el ángel Gabriel, y
si no lo crees, págame un tributo»?
Por eso yo prefiero Confucio
a Mahoma. Confucio fue un sabio sin tener ninguna revelación, y para extender su doctrina
sólo se valió de la razón, y no de la mentira ni de la espada. Siendo virrey de una provincia grande,
consiguió establecer la moral y las leyes; cuando cayó en desgracia y fue pobre
las enseñó, practicándolas igualmente
en la época de su grandeza y en la época de su abatimiento, consiguiendo que su nación se encariñase
con la virtud y que fuese su discípulo el más antiguo y el más prudente de los pueblos.
El conde de Boulainvilliers,
que fue entusiasta por Mahoma, se empeña en elogiar a los árabes, pero
sus elogios no
consiguen hacer olvidar que constituían un pueblo de bandidos. Adorando a las
estrellas, robaban antes de nacer Mahoma,
y adorando a Dios, robaron en la época del Profeta.
Hay autores que los disculpan, diciendo que tenían la sencillez
de los tiempos heroicos. Pero ¿qué son los siglos heroicos? Los siglos en los que se degollaban los hombres unos
a otros
por poseer un pozo o una cisterna, como se han degollado luego por poseer una provincia.
Mahoma enardeció a los primeros musulmanes con la rabia del entusiasmo, y no hay nada tan terrible como el pueblo
que no tiene nada que perder y pelea al mismo tiempo por la codicia de la rapiña y por el fanatismo de la religión.
Eran poco delicados en sus procedimientos. El contrato de primer casamiento de Mahoma dice que, en atención
a que Cadisha está enamorada de él, y él también enamorado de ella, es conveniente que se unan. Pero ¿se encuentra esa
misma sencillez en haberle compuesto una genealogía para probar que descendía de Adán en línea recta, como hicieron
descender más tarde del mismo Adán a algunas casas de España y de Escocia?
El gran Profeta probó también la
desgracia que es común a muchos maridos. Sabiéndolo, nadie debe quejarse de sufrirla.
Es conocido el nombre del que gozó los favores de su segunda mujer, la hermosa Aishca: se llamaba Aassan. Mahoma
se portó con ella con más altivez que César, que repudió a su esposa, diciendo que de la mujer de César nadie
debía sospechar. El Profeta ni siquiera quiso sospechar de la suya. Hizo descender del cielo un capítulo del
Corán para
afirmar que su mujer le era fiel.
Mahoma es digno de admiración porque, empezando por ser un mercader de camellos, consiguió elevarse
a tal altura, que fue
legislador, pontífice y monarca; por haber sometido la Arabia, que jamás pudo ser sometida; por haber dado las primeras
sacudidas al Imperio romano de Oriente y al
de los persas; por haber cambiado la faz de una parte de Europa, de la mitad del Asia, de casi toda el
África, y por
faltar poco para que su religión subyugara al universo. Yo
le admiro además por haber sabido conservar la paz en su casa teniendo muchas mujeres.
Su yerno Alí asegura que cuando desenterraron el cadáver del Profeta le encontraron como si estuviera acabado de
enterrar, y que su viuda Aishca exclamó: «Si yo hubiera sabido que Dios tenía que conceder esa gracia al difunto,
le hubiera cuidado mejor.»
Nunca se ha escrito la vida de ningún hombre con tantos detalles como se escribió
la suya. Sus menores particularidades
fueron sagradas. Se sabe la clase y el número de objetos que le pertenecieron: nueve espadas, tres lanzas, tres arcos,
siete corazas, tres escudos, doce mujeres, un gallo blanco, siete caballos, dos mulos, cuatro camellos, sin contar la borrica
Borac, con la que ascendió al cielo y que tomó
prestada, porque era propiedad del ángel Gabriel.
Todas las frases que pronunció fueron cuidadosamente recogidas. Una de las más singulares que dijo
fue la siguiente:
«El goce de las mujeres hace rezar con más fervor.» Como consecuencia de esta máxima, podía rezarse el acto de gracias
al ir a la cama, lo mismo que se reza al sentarse a la mesa, pues una mujer vale tanto como una comida. Mahoma pasó
también por ser un gran médico, de modo que no careció de ninguna de las grandes condiciones que son necesarias para engañar
a los hombres.
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