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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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ALCORÁN O CORÁN (1) (2)

II

Mahoma -Alcorán o Corán - Diccionario Filosófico de VoltaireMahoma, hijo de Abdallah, fue un charlatán audaz y sublime. En el capítulo X dice: «¿Quién más que Dios puede haber compuesto el Corán?» Como el público decía: «Mahoma forjó ese libro», él replicó: «Probad a escribir un capítulo cualquiera que se parezca a los de ese libro; que os ayude quien queráis, y no lo conseguiréis.» En el capítulo XVII exclama: «¡Loor al que transportó durante la noche a este su servidor desde el sagrado templo de la Meca hasta Jerusalén!» Fue un magnífico viaje, pero no tanto como el que hizo Mahoma aquella noche misma, de planeta en planeta, y las cosas sorprendentes que en ellos vio.

Supone que hizo quinientos años de camino y que cortó la luna en dos. Sus discípulos, que reunieron solemnemente los versículos del Corán después de la muerte de su autor, acortaron la duración del viaje al cielo, temiendo que se les burlaran los filósofos. Tuvieron demasiada delicadeza, y debieron sujetarse a los comentaristas, que lograron explicar el itinerario del viaje. Los amigos de Mahoma debían saber por experiencia que lo maravilloso es lo que más halaga al pueblo. Los sabios lo contradicen en secreto, pero el pueblo los obliga a callar. Al acortar el itinerario del viaje de planeta en planeta, dejaron la referencia de lo que le sucedió en la luna. No se puede estar en todo.

El Corán es una rapsodia sin trabazón, orden ni arte. En opinión de los árabes, es un libro hermosísimo, y aseguran que está escrito con una pureza y con una elegancia que ningún autor de esa nación ha podido alcanzar después. Es un poema, o mejor dicho, una especie de prosa rimada, que contiene seis mil versículos. Ningún poeta en el mundo consiguió que su obra alcanzase tanta fortuna. Se agitó entre los musulmanes la cuestión de averiguar si el Corán era eterno, o si lo creó Dios para dictárselo a Mahoma. Los doctores decidieron que era eterno; hicieron bien: lo que es eterno tiene mucho más valor, y siempre en las cuestiones que atañen al vulgo debe adaptarse lo más increíble.

Los frailes que se desencadenaron contra Mahoma, diciendo un sinnúmero de tonterías de cosecha propia, opinaron que éste no sabia escribir. Pero ¿cómo es posible creer que un hombre que fue negociante, poeta, legislador y soberano no supiera escribir? Si su libro es malo para nosotros y para nuestra época, era muy bueno para sus contemporáneos, como lo fue y lo es todavía su religión. No se puede negar que apartó a toda el Asia del culto de la idolatría, que enseñó la unidad de Dios y que combatió con energía a los que le atribuyeron asociados para redactar el Corán. En su nación prohibió ejercer la usura con los extranjeros, y mandó hacer limosnas. En su código religioso impone la oración como de necesidad absoluta, y hace móvil de todo a la resignación con los decretos del Eterno. Se comprende, pues, que religión tan sencilla y tan sabia, enseñada por un hombre que alcanzaba la victoria en todas partes, subyugara a una gran parte del mundo. Los musulmanes hicieron tantos prosélitos con la predicación como con la espada, y convirtieron a su religión a los indios y hasta a los negros. Los mismos turcos, que les vencieron, se sometieron luego al islamismo.

Mahoma conservó en su ley muchas de las prácticas que encontró establecidas en la Arabia, como la circuncisión, el ayuno, el viaje a la Meca, que se realizaba cuatro mil años antes de su venida al mundo; las abluciones, que son necesarias para conservar la salud y la limpieza en un país cálido, en el que el lienzo no se conocía, y la idea del juicio final, que establecieron los magos y fue copiada por los árabes. Cuéntase que, como Mahoma anunciara que los muertos resucitarían desnudos, su mujer Aishca manifestó que esto le parecía indecente, y él le repuso: «No te sobresaltes por eso, que ese día nadie tendrá gana de reír.» Según el Corán, un ángel debe pesar en una gran balanza a los hombres y las mujeres. Esta idea también está tomada de los magos, lo mismo que la del puente sutil que es preciso pasar luego de la muerte, y su paraíso, en el que los escogidos musulmanes encontrarán baños, departamentos bien amueblados, camas blandas y huríes de ojos grandes y negros. Verdad es que el Corán dice también que todos los placeres de los sentidos, que son necesarios para los que resucitan con ellos, son insignificantes comparados con el placer de la contemplación del Ser Supremo. Mahoma se manifiesta tan humilde, que declara en el susodicho libro que él no irá al paraíso por su propio mérito, sino por la voluntad de Dios. También por la voluntad divina manda que la quinta parte de los despojos sea siempre para el Profeta.

Tampoco es verdad que excluyera a las mujeres del paraíso, como se ha dicho. No es creíble que un hombre tan ladino quisiera tener en contra suya a esa mitad del género humano que dirige a la otra mitad. Abulfeda refiere que un día, importunándole una vieja, le preguntó qué se debía hacer para ganarse el paraíso, y él le contestó: «Amiga mía, en el paraíso no hay viejas.» La pobre mujer rompió a llorar, y el Profeta, para consolarla, añadió: «No hay viejas en el paraíso, porque al llegar allí se rejuvenecen.» Doctrina tan consoladora se ve confirmada en el capitulo LIV del Corán.

Mahoma prohibió beber vino porque un día algunos de sus sectarios estaban borrachos cuando se presentaron a hacer oración. Permitió tener varias mujeres, conformándose en esto con la costumbre tradicional de los Orientales.

Las leyes civiles del Corán son buenas, su doctrina es admirable en cuanto se conforma con la nuestra; pero los medios que emplea son horribles; se vale del engaño y del asesinato. El del engaño puede perdonársele, porque se dice que los árabes tuvieron ciento veinticuatro mil profetas antes que él, y no tenía nada de particular para ellos que naciera uno más; además, hay quien dice que es necesario engañar a los hombres. Pero ¿cómo es posible justificar al Profeta que nos dice: «Cree que yo he hablado con el ángel Gabriel, y si no lo crees, págame un tributo»?

Por eso yo prefiero Confucio a Mahoma. Confucio fue un sabio sin tener ninguna revelación, y para extender su doctrina sólo se valió de la razón, y no de la mentira ni de la espada. Siendo virrey de una provincia grande, consiguió establecer la moral y las leyes; cuando cayó en desgracia y fue pobre las enseñó, practicándolas igualmente en la época de su grandeza y en la época de su abatimiento, consiguiendo que su nación se encariñase con la virtud y que fuese su discípulo el más antiguo y el más prudente de los pueblos.

El conde de Boulainvilliers, que fue entusiasta por Mahoma, se empeña en elogiar a los árabes, pero sus elogios no consiguen hacer olvidar que constituían un pueblo de bandidos. Adorando a las estrellas, robaban antes de nacer Mahoma, y adorando a Dios, robaron en la época del Profeta.

Hay autores que los disculpan, diciendo que tenían la sencillez de los tiempos heroicos. Pero ¿qué son los siglos heroicos? Los siglos en los que se degollaban los hombres unos a otros por poseer un pozo o una cisterna, como se han degollado luego por poseer una provincia.

Mahoma enardeció a los primeros musulmanes con la rabia del entusiasmo, y no hay nada tan terrible como el pueblo que no tiene nada que perder y pelea al mismo tiempo por la codicia de la rapiña y por el fanatismo de la religión.

Eran poco delicados en sus procedimientos. El contrato de primer casamiento de Mahoma dice que, en atención a que Cadisha está enamorada de él, y él también enamorado de ella, es conveniente que se unan. Pero ¿se encuentra esa misma sencillez en haberle compuesto una genealogía para probar que descendía de Adán en línea recta, como hicieron descender más tarde del mismo Adán a algunas casas de España y de Escocia?

El gran Profeta probó también la desgracia que es común a muchos maridos. Sabiéndolo, nadie debe quejarse de sufrirla. Es conocido el nombre del que gozó los favores de su segunda mujer, la hermosa Aishca: se llamaba Aassan. Mahoma se portó con ella con más altivez que César, que repudió a su esposa, diciendo que de la mujer de César nadie debía sospechar. El Profeta ni siquiera quiso sospechar de la suya. Hizo descender del cielo un capítulo del Corán para afirmar que su mujer le era fiel.

Mahoma es digno de admiración porque, empezando por ser un mercader de camellos, consiguió elevarse a tal altura, que fue legislador, pontífice y monarca; por haber sometido la Arabia, que jamás pudo ser sometida; por haber dado las primeras sacudidas al Imperio romano de Oriente y al de los persas; por haber cambiado la faz de una parte de Europa, de la mitad del Asia, de casi toda el África, y por faltar poco para que su religión subyugara al universo. Yo le admiro además por haber sabido conservar la paz en su casa teniendo muchas mujeres.

Su yerno Alí asegura que cuando desenterraron el cadáver del Profeta le encontraron como si estuviera acabado de enterrar, y que su viuda Aishca exclamó: «Si yo hubiera sabido que Dios tenía que conceder esa gracia al difunto, le hubiera cuidado mejor.»

Nunca se ha escrito la vida de ningún hombre con tantos detalles como se escribió la suya. Sus menores particularidades fueron sagradas. Se sabe la clase y el número de objetos que le pertenecieron: nueve espadas, tres lanzas, tres arcos, siete corazas, tres escudos, doce mujeres, un gallo blanco, siete caballos, dos mulos, cuatro camellos, sin contar la borrica Borac, con la que ascendió al cielo y que tomó prestada, porque era propiedad del ángel Gabriel.

Todas las frases que pronunció fueron cuidadosamente recogidas. Una de las más singulares que dijo fue la siguiente: «El goce de las mujeres hace rezar con más fervor.» Como consecuencia de esta máxima, podía rezarse el acto de gracias al ir a la cama, lo mismo que se reza al sentarse a la mesa, pues una mujer vale tanto como una comida. Mahoma pasó también por ser un gran médico, de modo que no careció de ninguna de las grandes condiciones que son necesarias para engañar a los hombres.

 

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