ALCORÁN O CORÁN (1)
(2)
I
Este libro gobierna despóticamente el África septentrional, desde el monte Atlas hasta
el desierto de Barca, todo el Egipto, las costas del Océano etiópico en el espacio de seiscientas leguas, la Siria,
el Asia Menor, todos los países que rodean el mar Negro y el mar Caspio, excepto el reino de Astrakán, todo el Imperio
del Indostán, toda la Persia, gran parte de la Tartaria, y en Europa la Tracia, la Macedonia, la Bulgaria, la Servia,
la Bosnia, la Grecia, Epiro y casi todas las islas hasta el estrecho de Otranto.
En toda esa prodigiosa extensión de terreno no hay un solo mahometano que haya tenido la dicha de
leer nuestros libros sagrados, y entre los literatos católicos hay muy pocos que conozcan el
Corán, del que casi todos
formamos una idea ridícula, a pesar de los estudios que sobre él han hecho los verdaderos sabios.
He aquí las primeras líneas de dicho libro:
«Tributemos elogios a Dios, que es el Soberano de todos los mundos, al Dios de misericordia,
al Soberano del día de la justicia; a Ti es a quien adoramos, sólo de Ti esperamos protección. Guíanos por
caminos rectos, por los caminos que recorren los que TÚ colmas de Gracia, no por los caminos que siguen los que
dan motivo a tu cólera y andan extraviados.»
Esa es la introducción del libro, a la que siguen tres letras mayúsculas, A, L, M, que según
el sabio Sale, son incomprensibles, ya que cada comentarista las explica a su manera. Pero es opinión general que significan:
Alá, Latif, Magid; o sea Dios, la Gracia y la Gloria.
Continúa escribiendo Mahoma, y Dios es el que habla. He aquí sus propias palabras:
«Este libro no permite que se dude de él, y sirve para dirigir a los justos que creen en las
profundidades de la fe, que observan todas las horas de los rezos, que reparten como limosnas lo que no nos hemos
dignado concederles, que están convencidos de que la revelación descendió hasta Ti, y que envió profetas que te
precedieran. Los fieles deben tener firme seguridad en la vida del porvenir, y dirigidos por
su Señor, serán dichosos.
»En cuanto a los incrédulos, les es igual que les aconsejes como que no les aconsejes;
nada creen: el sello de la infidelidad tienen grabado en el corazón y en los oídos; sus ojos ven tinieblas y les espera
terrible castigo.
»Algunos dicen: «Creemos en Dios y en el último día»; pero en el fondo no son creyentes.
Creen engañar al Eterno, y se engañan a sí mismos sin saberlo; su flaqueza está en el corazón, y el mismo Dios
la aumenta», etc.
Los eruditos dicen que las anteriores palabras tienen mucha más energía en el idioma árabe, y
efectivamente, el Corán pasa todavía hoy por ser el libro más elegante y más sublime que se ha escrito
en dicha lengua.
Le hemos atribuido infinidad de tonterías que no ha dicho. Sobre todo, los frailes europeos
escribieron varios libros contra los mahometanos, cuando no se podía contestar de otro modo a los conquistadores
de Constantinopla. A nuestros autores, que son más numerosos que los autores genízaros, no les costó gran trabajo
conseguir que las mujeres siguieran su partido, y las persuadieron de que Mahoma no las consideró como animales
inteligentes, que debían ser esclavas según las leyes del Corán, que no podían poseer ningunos bienes en
este mundo, y que en el otro no les correspondía ninguna parte del paraíso. Todo esto es falso, pero lo hicieron creer
a puño cerrado.
Para convencerse de esto, basta leer el segundo y cuarto sura, o sea capítulos, del Corán;
allí se encuentran las siguientes leyes, traducidas por Ryer, que permaneció mucho tiempo en Constantinopla;
por Moroci, que no fue nunca a aquellos países, y por Sale, que vivió veinticinco años entre los árabes.
Reglamento de Mahoma sobre las mujeres
»I. No os caséis con mujeres idólatras hasta que sean creyentes. Una criada musulmana vale más que una gran
dama idólatra.
»II. Los que quieran pronunciar votos de castidad teniendo mujeres, se tomarán cuatro
meses de tiempo para decidirse. Las mujeres se portarán con sus maridos como sus maridos se porten con ellas.
»III Podéis divorciaros dos veces de vuestra mujer, pero si os divorciáis la tercera, la despedís
para siempre; la retendréis con humanidad, o la despediréis bondadosamente. No es licito quedaros nada de lo
que le dierais.
»IV. Las mujeres honestas deben ser atentas y obedientes, hasta cuando estén ausentes
sus maridos. Si son prudentes, absteneos de moverles la menor cuestión; pero si tenéis alguna con ellas,
escoged para que la decida un árbitro de su familia y otro de la vuestra.
» V. Podéis tomar una mujer, dos, tres y hasta cuatro; pero si creéis no poder obrar
equitativamente con todas, no toméis mas que una. Dadles viudedad conveniente si creéis próximo vuestro fin;
cuidadlas, tratadlas siempre con cariño.
» VI. No se os permite heredar a vuestras mujeres contra su voluntad, ni impedir que se
casen con otros si os divorciáis, para quedaros con la viudedad que les corresponde, excepto cuando se las
declare culpables de algún crimen.
»VII. Os es permitido casaros con esclavas, pero es mejor que os abstengáis de semejantes
casamientos.
»VIII. La mujer divorciada tiene obligación de amamantar a su hijo durante dos años,
y el padre está obligado durante ese tiempo a pasarle alimentos proporcionados a su posición. Para destetar
al hijo antes de los dos años, es preciso el consentimiento del padre y de la madre. Si aquél se ve obligado
a entregarlo a una nodriza, la pagará razonablemente.»
Lo copiado basta para reconciliar a las mujeres con Mahoma, que no las trató con dureza,
como se ha querido suponer. No pretendemos justificarle, pero no podemos condenarle por su doctrina, que proclama
un solo Dios. En el sura CXXII, dice: «Dios es único, eterno; ni engendró ni es engendrado; nada hay semejante a él.»
Estas palabras, más que su espada, sometieron a él el Oriente.
Aparte de esto, el Corán es una compilación de revelaciones ridículas y de predicaciones vagas
e incoherentes; pero que contiene leyes muy a propósito para el país que fueron dictadas, leyes que se obedecen todavía,
sin que las hayan reformado ni enmendado los intérpretes mahometanos ni nuevos decretos.
Fueron enemigos de Mahoma los poetas y los doctores de la Meca. Éstos sublevaron contra él a los
magistrados, que publicaron un decreto para que se apoderaran de su persona como a reo convencido de haber dicho que se debía adorar
a Dios y no a las estrellas. Pero como es sabido, bastó decir esto para que comenzase su grandeza. Cuando
vieron que de este modo no conseguían perderle y que sus escritos le traían muchísimos prosélitos, hicieron correr por
la ciudad la voz de que no era el autor de ellos, que le ayudaban a escribirlos, unas veces un sabio judío y otras un
sabio cristiano, suponiendo que existieran sabios entonces.
En Francia también se ha dicho de algunos prelados que hacían componer
a frailes los sermones y las oraciones fúnebres que ellos predicaban.
Existió un padre Hércules que escribía los sermones para cierto obispo,
y los que tenían por costumbre ir a oírlos,
se decían unos a otros: »Vamos a oír los trabajos de Hércules.»
A semejante imputación responde Mahoma en el capítulo XVI, con motivo
de una tontería que se dijo en el púlpito que chocó a los oyentes:
«Cuando leas el
Corán, dirígete a Dios para que te preserve de Satán, cuyo poder sólo alcanza
a los que le toman por señor y pretenden que Dios tenga compañeros.
»Cuando en el
Corán sustituyo un versículo a otro, algunos infieles dicen: «Tú has forjado esos versículos»; pero no
saben distinguir lo verdadero de lo falso. Debían decir que el Espíritu Santo me trajo esos versículos de parte de Dios,
inspirándome la verdad. Otros dicen maliciosamente: «Hay quien le ayuda
a escribir el Corán»; pero ¿cómo el hombre a quien
imputan mis obras puede enseñarse, no conociendo mas que una lengua extranjera y estando escrito el Corán
en puro árabe?»
El que pretendían que ayudaba a trabajar
a Mahoma era un judío que se llamaba Bensalén o Bensalón; pero no es verosímil
que un judío ayudase a escribir a Mahoma contra los judíos, aunque no es imposible. También creyeron que
un fraile escribía
con Mahoma, el Corán. A este fraile unos le llaman Bohaira y otros Sergino; pero es chocante que ese fraile tuviera nombre
latino y no árabe.
En cuanto a las controversias teológicas que han mediado entre los musulmanes, no me inmiscuyo y no
me corresponde hablar de
ellas. El muftí debe dictar su fallo.
Se ha cuestionado sobre si el
Corán es eterno o es creado; los musulmanes lo creen eterno. A continuación de la historia
de Chalcondyle, se imprimió el Triunfo de la cruz, en el que se dice que el Corán es arriano, maniqueo, originiano,
macedonio, etc., etc., y sin embargo, Mahoma no pertenecía a ninguna de esas sectas. Mejor se puede decir que era jansenista,
porque el fondo de su doctrina lo domina el decreto absoluto de la predestinación gratuita.
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